Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 19. Corazones en peligro. #6
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19. Corazones en peligro. #6

Me aseguro de que la señorita Daaria sigue pegada a mi espalda mientras envuelvo con fiereza la empuñadura de la daga.

Contemplo la punta de la suya hacia delante.

Aleteo con fuerza al acceder al patio de armas cuando vuelvo a doblar el cuello, pero ya no la veo.

Cierro los ojos un instante al imaginar que puede haberse encontrado con algún guardia aún si no puedo detenerme a comprobarlo. No puedo dejar a Twig.

Las miradas de los herreros y guardias que entrenan erizan mi piel y alimentan mi intuición.

Vuelo todo lo rápido que puedo dentro de los muros sin estrellarme al girar cuando percibo el sonido de voces que sollozan bajo armaduras.

Busco la dirección correcta hasta que encuentro un cuarto del que sale una tenue luz amarilla que ilumina esa porción de la galería.

En el centro de la estancia, un guardia sujeta a Twig mientras, apartados, los hombres vestidos de campesinos protegen a Amine y el cuerpo tendido de Dona.

Otro guardia los amenaza. Tras el lamento mudo de mi querido Twig, solo veo el cuello de quién lo sostiene con tanta impiedad.

Sin pensarlo lanzo la daga que llevo en la mano con la vehemencia de apartarlo para siempre de su lado.

Se clava en un lateral, pero no es suficiente porque sus dedos no aflojan sus deseos.

Corro hacia él para empujar el arma con la fuerza de mi movimiento hasta cortar su garganta, solo una parte queda unida por músculo, pelo y piel.

Pateo su abdomen para apartarlo a un lado.

Observo al otro guardia mientras llamo a la luz de las antorchas para formar una flecha que lanzarle.

Sacude el brazo para estocarme un golpe firme con su espada que esquivo al desenvainar la daga que llevo en la bota.

Me lanzo sobre su espalda para clavarla en el mismo lateral que su compañero, tiro de ella hasta que su cabeza cae sobre su hombro.

Arrojo una mirada rápida a Twig para asegurarme de que aparte de conmocionado, no esté herido.

Prestos, los hombres que protegen el cuerpo de Dona y los temblequeos de Amine se apartan para permitir que pueda verlas.

Aprieto los labios al presenciar como la cabeza de la criada está alejada del resto del cuerpo y solo un camino de sangre los une.

Una lágrima recorre mi rostro cuando me agacho sobre su torso para buscar las monedas que le entregué y que guardó en su cinturón.

—Asegúrate de que sus hijos lo reciben —le lanzo la bolsa a Twig. Asiente al cogerlo.

—Señorita Daaria —Amine separa sus ojos mirando la puerta.

Entre jadeos, Daaria se sostiene en la puerta con la daga todavía en posición de ataque.

Cuando me aparto y puede ver el cuerpo de la criada ejecutado, el arma cae presto de su mano antes de lanzarse a la carrera para llegar a su lado.

La contempla de pie, cerca. Con los ojos llenos de lágrimas.

Recorre la estancia para observar el par de cadáveres que suceden al de Dona, los dos guardias a los que yo acabo de quitar la vida.

Se centra en Amine y los hombres antes de mirarme con la mandíbula caída.

—Princesa —la voz lejana de Twig me confunde al sentir su tacto—. Debéis marcharos de aquí inmediatamente.

—¿Cómo os descubrieron? —volteo apresurada para sujetar su cara.

—Mi señora —Amine se atreve a hablar con voz entrecortada—. Dona entró en pánico al escuchar pasos de guardias, comenzó a gritar despavorida por los pasillos.

—Mi pequeña Eladriel —insiste Twig al ver que lo miro, pero yo tampoco sé que veo—. Podrían inculparla por esto, iros.

—Te acompañaré hasta que estéis fuera, no puedo dejaros solo —hundo las yemas en su cara para que me escuche—. No puedo dejarte solo —abro los ojos al verlo tan asustado.

—Recordad que elegisteis este día porque debíais partir a la misión de Rhysartyr —me advierte Twig posando las manos sobre las mías—. Os esperan.

Lo miro asustada por un segundo porque no quiero soltarlo.

Llevo los ojos hasta Daaria. Ya no luce como esclava.

Busco algo en ella que me haga decidirme hasta que veo como su temblequeo desapareció bajo la empuñadura de la daga que todavía sostiene.

Recojo la mía del suelo. Me inclino para limpiarla en la ropa que asoma bajo la armadura del guardia y la envaino de nuevo en la bota.

—No dudaré en volver sí siento que algo va mal —advierto a Twig antes de colocarme en la puerta.

—Lo sé, mi pequeña princesa —sonríe Twig y eso, me da alma.

La intuición ya no golpea llena de cólera mi estómago, ahora la siento en el centro de mi pecho.

Me asfixia cuando sube y baja como si fuera a separarse.

Repito en mi mente que no había remedio mientras camino por los pasillos aparentando normalidad.

Insisto en eso de que solo arrebaté dos vidas porque salvaría cinco inocentes.

Ellos habían acabado con Dona, tenían a Twig en sus manos.

A mi Twig… Conocían el plan y si los dejaba vivir, en cuestión de segundos tendríamos a toda la guardia real de mi padre apuntándonos con lanzas.

Nos encerrarían en celdas. No están libres de pecado.

Pero esta es la primera vez que alguien deja este mundo bajo el filo de mi daga, y a pesar de ello no encuentro qué puede calmar la culpa.

Aun siento en la piel el murmullo de la sangre brotando de su cuello, al cerrar los ojos…

En el fondo, aunque solo sea como mecanismo de defensa a esta sensación, me alegro de no sonreír después de causar sus muertes como lo haría mi padre.

Sujeto mis manos al frente al atravesar el pasillo central para recibir las reverencias de los soldados.

Los centinelas abren la puerta veloces, veo como fruncen el ceño para ver qué me perturba tanto.

Tomo la primera bocanada de aire del jardín con intenciones de que sane dentro.

Apoyo las manos contra la pared para dejarme derrumbar antes de respirar, recuperar la calma.

Debo pensar con lógica, no con emociones.

No ahora. En mis visitas a la taberna escuchaba con frecuencia a los guardias más jóvenes del rey hablar entre ellos de las pruebas que deben superar para ser guardia real.

Parecían bastante tranquilos al contar en detalles como habían matado a un centenar de hombres, como empezaron a dejar de sentir remordimiento a partir del tercero.

Cómo es posible si yo, incluso sin cerrar los ojos, puedo ver sus expresiones despidiéndose de la vida.

El tacto cálido del alma me estremece cuando una mano me toca.

Desenvaino la daga de la bota. Giro. Desdoblo el brazo para lanzar un movimiento preciso al frente jadeando.

Lugh, frente a mí, detiene el pestañeo al ver la punta frente al centro de su cara.

Eleva las manos antes de dar un paso hacia atrás.

Lanzo el cuchillo a un lado al ver su cara tras él, corro para rodearlo con fuerza hasta que lo siento vivo y cercano.

No importa si ve como me sumo en el llanto más desconsolado.

—¿Bicho con patas? —Lugh responde abrazándome con más fuerza—. Me asustas.

—Estoy bien —cierro los ojos al escucharlo hablar.

—Lo decía porque me has apuntado con una daga y ahora me abrazas —ríe con algo de nervios—. Pero nada me ha hecho dudar de tu cordura.

—Sí —afirmo todavía abrazada a él.

Me alejo rápidamente. Me despejo la cara de lágrimas, limpio las manos mientras lucho por esbozar una sonrisa.

—Estaba concentrada en los detalles del plan de Rhysartyr y me asustaste al llegar tan silencioso —suspiro mientras uno las manos al frente—. Eso es todo.

—Estás horrible —Lugh eleva el labio superior con un gesto de asco que siempre considero exagerado—. Estás gris y tienes peor aspecto que las gachas de Grem.

—¿Por qué has venido ahora? —me cruzo de brazos ante sus agradables palabras—. Te dije a las tres.

—Llevo largo rato aquí, no me apetecía bajar la montaña para ir a casa —encoge los hombros—. Y siento sonar desagradable, pero prefiero renunciar a la cerveza que entrar en la guarida de tu padre.

—Me deshonraría más que desearas compartir mesa con él —aclaro mi garganta apartando la mirada de forma fugaz—. Creo que exageras con el tema de la princesa, ni siquiera sabes si algo pasó.

—A ti nunca te han roto el corazón, ¿verdad? —Lugh eleva las cejas con su sórdida ironía—. Claro, como eres una princesa… —ríe—. No les importa tu apariencia, solo tu corona.

—¿Quieres que nos vayamos ya? —inclino la cabeza hacia delante arrugando la frente de hastío.

—Por favor —sonríe—. Pero si culpan a alguien por nuestra apresurada visita, tú siempre serás la culpable y me obligaste a ir.

—Eres demasiado desagradable —arrugo el entrecejo. Lo empujo suavemente.

Eleva media sonrisa en la que no cabría toda la felicidad que trata de ocultar.

Despliego las alas hacia la mitad de la pasarela para sortear a los guardias de la verja.

Parece que perdió la desilusión, hasta vuela con más eficacia que yo.

Para ser francos, a mí también me resulta extraño el comportamiento de la princesa.

La advertencia del teniente sobre sus deseos de compromiso y corona han aparecido en mi mente desde que Lugh me ha confesado lo que le perturba sus pensamientos.

A ella no la conozco lo suficiente. No puedo asegurar del todo que se arriesgó en el claro porque está decidida a renunciar a todo lo que su reino le ofrece.

Aunque sigo cavilando que solo lo haría por una criatura que le importase de verdad.

El tiempo de vuelo se evapora mientras repaso con Lugh los pasos a tomar a partir de nuestra llegada.

Debería ser fácil, la parte más difícil es que no nos descubran.

Pero, entre medias, no dejo de preguntarme de qué manera podrá acceder un brujo y su estatura, al sitio mejor protegido de Eigton.

Del reino elfo. No es fácil esconderse siendo la raza más alta del reino.

El aire se respira distinto sobre el pueblo de la torre de la fe o la de la sabiduría, no digamos sobre la ciudadela.

O las imponentes puertas del palacio con tonos blancos, betas que rompen el color y orden que tanto les gusta a ellos.

Aprovecho para observar el alrededor por si pudiera ver al teniente en algún lugar oculto.

Mis anhelos no van desencaminados cuando nos topamos con el rey Aelfraed caminando elegante.

Su hija y un elfo con cabellera larga y rubia al que le falta la mitad del brazo derecho le acompañan.

Parece que están dando un tranquilo paseo alrededor de los jardines y su estructurada belleza, cada planta está en su lugar correspondiente.