Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 19. Corazones en peligro. #5
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19. Corazones en peligro. #5

—Acompañarte no será seguro para ellos ni para ti —aunque con ternura, sacudo la cabeza en un gesto de negativa—. Pero os prometo que estarán a salvo, yo los proveeré en lo que necesiten.

Twig busca en su librea. Saca un par de bolsas de cuero raídas y diría que algo pestilentes que ofrece a las criadas sin vacilar.

Al menos, estas no llevan la inicial del reino bordada en ellas.

Ambas dudan. Se miran. Dona toma una para desatar las cuerdas y comprobar el interior antes de aceptar, sus ojos se abren al percibir el resplandor de las monedas que rebosan.

Amina tuerce el cuello hasta encontrarse con el temblequeo inconsolable de la señorita Daaria.

Ella apenas se ha separado de la esquina, aunque el hombre amenazante se haya alejado.

—¿Qué debemos hacer a cambio de estas monedas? —pregunta Dona sin dejar de mirar a la esclava.

—No quiero, sino vuestro silencio, y que os marchéis lejos con ellas —lanzo una mirada al saco entre sus dedos.

—¿Nuestro silencio? —Amine traga saliva—. ¿La mataréis?

—¿Cómo os atrevéis a pensar semejante bestialidad sobre vuestra princesa? —Twig eleva su brazo. Su voz se manifiesta con indignación.

—Disculpadme, don Twig —asiente Amine—. Pero nos trajeron con cuerdas alrededor del cuello, vos mismo descubristeis mi cabeza.

—Tengo una deuda con su hermano —confieso tras dedicar una mirada a Twig para que se detenga—. Ella es el pago.

Daaria detiene la vibración de sus miedos para fijarse en nosotros con atención cuando escucha hablar de su hermano.

Sus manos se apoyan con delicadeza sobre el banco.

El brillo de sus ojos me suplica que le confirme si debe levantarse…

Tan solo asiento. Despacio, ella avanza lento.

Todavía puedo ver como su desconfianza la sigue en cada uno de sus pasos según analiza el alrededor con rápidas miradas que la hacen detenerse entre los arcos de las columnas. Su cuerpo se tienta por ocultarse.

—¿Conocéis a Gáfanger? —pregunta Daaria tras una columna.

—Conozco a tu hermano —sonrío—. Él pidió mi ayuda para libertarte, es por eso por lo que estás aquí.

—Eso no es cierto —niega la señorita. Se asoma con ligereza para recorrerme con la mirada—. El cancilier Rohan pidió que me llevaran a sus aposentos.

—Fui yo quién le propuse eso —carraspeo. Bajo la mirada al recordar el incidente.

—¿Vos? ¿Le dijisteis que me llamase? —su mirada se tensa.

Daaria se aleja de la columna. Su ojos entrecerrados fruncen su ceño.

Siento pena porque mi confesión la vuelva alguien que desea encerrarse en sí mismo.

Aprieto los labios en una mueca de comprensión.

Bajo la tela de las mangas para mostrarle las heridas que el cancilier me hizo antes.

Quizás, si cree que él ya se sació conmigo, confíe en mí.

—Él ya no te verá más, te lo prometo —estiro el brazo en su dirección. Le muestro las manos mientras me acerco—. Solo podía sacarte de ahí abajo si él o uno de los canciliers te pedía.

—No debes temer —exige Twig desde un costado—. Ella es la princesa de este palacio.

—Silencio, Twig —le ordeno.

—¿Me llevaréis con mi hermano? —sus ojos se mueven rápidos hasta encontrarme. Veo en ellos una mota de anhelo.

—No puedo —niego con una sonrisa—. Debes huir de este reino en cuanto salgas de aquí.

—Por favor —ruega—. Él es la única familia que me queda.

Su vida era suficiente para quebrarme.

—Estoy segura de que él preferirá saberte lejos, que muerta —sacudo la mano frente a ella para que la tome—. Le prometí que te liberaría, no que te llevaría junto a él.

—Pero no tengo hogar. No tengo un lugar a donde ir —se mira el camisón de lino a la altura de los tobillos como único ropaje sobre su cuerpo—. Me arrebataron todas mis pertenencias cuando me encerraron aquí.

—Te daré la cantidad que le ofrecí a tu hermano, cincuenta mil feérines —señalo a Twig—. Él te lo dará cuando hayas podido salir de aquí.

Daaria llora. Sus lágrimas caen por su rostro inocente al sujetarse la tripa para dejarse vencer por la pena.

Todos guardamos silencio. Algunos de los moratones en sus piernas quedan expuestos cuando el vestido se encoge por el movimiento.

Heridas de un objeto filoso. Puede que llore porque al fin se siente libre de aquellos que la hirieron tanto.

O tal vez sea porque, ahora que es libre, no sabe qué vida vivir después de que hayan destrozado la suya.

La rodeo con mis brazos para ofrecerle el nimio consuelo que como cómplice de esto puedo darle.

Puede que, si escucha como el pulso de mi alma grita al precipicio de una difícil decisión a pesar de que en ningún lado te salvas, le haga convencerse de que debe saltar.

—Me iré con vosotras —Daaria eleva la mirada hacia Dona y Amine—. Soy joven, mi parte nos aportará más comodidad.

—Mi señora —Dona se acerca, inclinando la cabeza con desasosiego—. No sabemos dónde ir, en qué lugar nos aceptarán.

—Néferien es el lugar más seguro para tres hadas —afirma Twig al fondo. Arrugo fugazmente la frente al escucharlo tan convincente—. Es el último reino en el que el rey os buscaría.

—A nadie conocemos por esas tierras —niega Amine—. Ellos saben el desprecio del rey de las hadas, ¿cómo conseguiremos que nos entreguen una casa en su reino?

—Yo me aseguraré de que esta noche tengáis una casa donde guarecer. También haré que lacayos os lleven un cargamento de provisiones antes de que llegue el alba de mañana —inclino la frente con advertencia—. Pero tenéis que iros ya.

Amine y Dona unen sus miradas a la de Daaria, ella se mantiene en silencio y sonriente. Asienten. Guardan el dinero en uno de los costados del cinturón de tela ancho y dorado que rodea sus cinturas. Sus posturas están más impacientes que nunca por recibir las que serán las últimas instrucciones.

—Nos separaremos —afirmo—. Twig os guiará hasta las mazmorras, a una de las dos entradas donde se reciben los presos. Desde allí podréis volar a las orillas por las cataratas y no llamaréis la atención de los guardias.

—Princesa, ¿qué tal si…? —pregunta Twig entre dientes.

Asiento en silencio. Volteo para dirigirme al par de hombres que escuchan todo con atención.

—Os ofrezco mil feérines de plata nativa adicional al pago que os hice, si os aseguráis de que llegan a la tierra de los brujos y pasan la frontera sin problemas —busco bajo mi corpiño una bolsa, pero solo les muestro las monedas—. Sin cuerdas ni capuchas —elevo las cejas con ironía.

Aceptan las monedas de una sacudida como si fuera un trozo de pan y llevaran semanas sin probar bocado. Las ocultan en algún lugar bajo su camisa con prisa. Se ajustan las capuchas verdes de sus capas al colocarse junto a Dona y Amine.

—¿Qué pasará conmigo? —Daaria se aferra a los brazos de las criadas con el entrecejo sumido al susto—. Dije que deseaba marcharme con ellas.

—No podemos ir por la misma salida que ellas. Los guardias te buscarán a ti, y si te encuentran, las pondremos en peligro —estiro la mano para ofrecérsela una vez más.

—Pero… —vacila Daaria.

—No te dejaré sola, yo iré contigo —muevo los dedos de forma insistente.

Daaria frunce los labios mientras sus dedos se hunden en el brazo de Dona. Acepta a regañadientes mi compañía cuando ella se lo indica. La coloco a mis espaldas. Siento como su mano se aferra fuerte a la mía, como su mirada se sostiene en mi hombro. Escuchar su miedo me hace olvidar el mío.

—Mi pequeña princesa —Twig se acerca. Se apoya sobre las puntas de sus pies para besarme la frente—. Que mis dioses os protejan.

—No permitiré que te despidas, querido Twig —le dedico una mirada sonriente.

Su sombra persigue la mía al abandonar el interior del baño.

Nuestras piernas corren prestas entre las columnas para llegar al pasillo principal.

Su mano aún está enlazada a la mía. Asomo la cabeza con cuidado para examinar el lado izquierdo.

Volteo rápido hacia la derecha para asegurarme de que, en efecto, los guardias han marchado hacia su cambio de turno.

Le dedico una mirada rápida tras comprobar que tampoco hay lacayos ni criados, ni el sonido de armaduras que resulten amenazantes.

Nos movemos rápido aprovechando que nadie ronda cerca de la entrada a la galería de cuartos del servicio del ala oeste.

Sorteo un par más en busca de la capilla.

En su interior hay una salida que debemos abordar para salir de aquí y poder volar hacia las orillas.

Solo debemos avanzar un poco más y un bote la estará esperando para llevarla lejos de Eryas para siempre.

En medio de las respiraciones que trato de contener comienzo a ver borroso.

Las paredes, el suelo, los cuadros… Desaparecen apenas mis ojos se llenan de azabache.

Hago un alto sin previo aviso en medio del pasillo.

Daaria se detiene de forma abrupta para evitar golpearme al encontrarse con mi quietud de golpe.

Suelto su mano. Me doblo en un quejido tras llevármela a la boca del estómago después de recuperar la visión.

—¿Princesa? —Daaria se abalanza a sujetarme.

Algo no funciona. Mi sentido de la intuición se ha encendido con demasiada fuerza.

Me apoyo en un gesto veloz para recuperar la postura.

Daaria recorre los extremos del pasillo con la mirada repleta de angustia mientras yo trato de contener la respiración entre los dientes para aguzar los oídos.

Tenso la espalda cuando los gemidos de dolor quieren azotarme para detenerme una vez más.

Le indico que haga silencio, que se detenga.

Salvo los jadeos que no consigo evitar soltar cuando la punzada vuelve con más fuerza, no logro distinguir nada alrededor.

Trago saliva al recordar a Twig al otro lado del palacio en compañía de Dona, Amine y los campesinos. El filo de mi intuición resplandece ante su imagen, pero doblarme implica perder segundos valiosos para correr. Desenvaino un par de dagas.

—¿Puedes volar? —le pregunto a Daaria tras desplegar las alas.

—El rey me hizo tomar un elixir para inhibir mi don —niega con pesar.

—Entonces corre todo lo rápido que puedas para mantenerte cerca —le lanzo una de las armas—. Empuña hacia delante y no dudes en atacar si tratan de atraparte. A ellos no les importará tu vida.

Vuelvo sobre nuestros pasos hasta llegar al pasillo de la entrada principal.