Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 19. Corazones en peligro. #4
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19. Corazones en peligro. #4

Él no para de alardear de que no hay quién pueda resistirse a ese vínculo si lo desea.

Si consiguiese hacerlo conmigo en un combate sería complicado esquivar su mente.

Comprendo que no podría atraer mis poderes con la misma facilidad, pero comprobaría si es tan bueno como asegura.

Tien se vería obligado a cerciorarse de la inutilidad en estos menesteres que cree que poseo.

—Princesa Eladriel —la voz de Ilta me saca de mis pensamientos—. Deseo hablar a en privado con vos.

—Lugh —me inclino hacia él cuando la profesora inicia sus pasos—. Nos reuniremos en las puertas de Eryas a las tres. No me falles.

—Tranquila, anacardo resplandeciente —Lugh desvela una sonrisa. Incluso si sus cejas están arqueadas con tristeza—. Apenas te aguanto ahora, sería insoportable escucharte si no voy.

Sigo a la profesora hacia la zona de árboles donde antes conversaba con Lugh. Sujeta con elegancia su traje para sortear algunos surcos embarrados por el movimiento del agua de las clases. Se detiene cerca del sonido de la catarata.

—No dispongo de tiempo, profesora —contemplo el alrededor con la mirada—. Espero que este lugar sea suficiente para ofrecernos la intimidad que busca.

—Deseo hablaros de esa conversación que mantuvimos anoche en vuestros aposentos —Ilta ajusta sus gafas.

—Ilta —suavizo la expresión ante su postura erguida—. Mantengo respeto a tu posición ante todo. Yo no deseo que eso cambie.

—Lo comprendo —asiente sonriente—. Pero debo transmitiros que teníais razón.

—Ah, bien —mis ojos se cierran intrigados—. ¿En cuánto a qué?

—Espero poder mantener esta conversación con la princesa en calidad de súbdita, no de profesora —Ilta hace brillar a sus ojos mientras sus manos se unen al frente.

Sus palabras me hacen comprender. Asiento.

—¿Puedo ayudarte? —pregunto.

—Después de que mencionarais la distancia que sufro con la reina desde hace años, la razón doliente me atravesó sin piedad… —la profesora deja caer la mirada. Su gesto se quiebra.

—Solo es tarde para un alma cuando el dios de la muerte la reclama —sonrío.

—Recordé al pueblo —su mirada de eleva de forma repentina. Vibrante—. No es tarde para ellos si yo sigo vuestros pasos y no los abandono.

—Entonces recuerda también cuáles son las consecuencias que te traerá tomar esa decisión —estiro las cejas sin poder guardarme la advertencia.

—El egoísmo fue lo que me hizo alejarme de la reina —sostiene su mirada, aunque destelle vergüenza—. Yo no comprendía su amor ni ella comprendía el mío.

—Vuestro… —una arruga adorna mi entrecejo.

—Ella no reaccionaba —me interrumpe Ilta con las pupilas perdidas en el viento—. Permitió que el rey la rompiese poco a poco. Los últimos años tomó su poder, su voz —traga saliva—. Durante todo este tiempo la he culpado a ella de mi propio miedo.

—Comprendo cuánto asusta aceptar la culpa —dibujo una sonrisa leve que pueda levantar su moral.

—Me asusta que a mí también me aterre el rey —confiesa Ilta devolviendo la mirada a mi sonrisa.

—¿Y qué harás para cambiarlo? —elevo las comisuras.

—Unirme a vos —da un paso al frente para sujetarse a mi antebrazo—. Juro serviros y protegeros de manera leal y honesta a vos, la única ley de Ravenbell que yo seguiré.

Ilta hinca su rodilla. Ha ignorado por completo la blancura de su vestido que hace poco protegía con tanta elegancia.

Inclina su cabeza hacia abajo convencida de su juramento a pesar de que mi brazo sujeta el suyo para que se levante de inmediato.

Su firmeza en mantener la reverencia me parece igual de asombrosa que de desesperante.

—¿Cómo podréis servirme? —dejo caer los brazos. Mi nariz deja salir el aire contenido por la frustración.

—Haré lo que me pidáis. Guardaré lealtad a vuestras órdenes —anuncia Ilta todavía inclinada con sumisión.

—A partir de este punto quiero que me entregues toda la información sobre el rey que poseas —revelo con la mirada al frente para no verla.

Y aunque no lo desee, capto como su frente se eleva curiosa por escucharme. Complacida.

—También sobre los dioses. Todo lo que escuches en las reuniones del consejo de profesores y la asamblea. Hasta lo que se murmure en los pueblos —bajo la mirada hacia ella—. Y guardarás silencio si debo ausentarme de las clases.

—Os serviré, mi princesa —asiente Ilta con energía.

—Profesora —ni siquiera deseo pestañear cuando soy su centro de visión—. Si me traicionas, si tu lealtad tiembla y los que deseo salvar caen, no te dejaré con vida.

Ilta deja caer su cabeza en un gesto de confirmación.

Despliego las alas mientras aun recupera la postura.

Antes de que pueda tomar impulso, sus manos ya se han unido al frente para dedicarme una reverencia que estoy dispuesta a ignorar con tanta eficacia como las otras.

Ladeo el cuello hacia las hadas de clase.

Contemplo a Lugh por última vez. Aún si mi piel rechaza que cualquier criatura le ofrezca un ápice de importancia, correría para abrazarlo por si la oscuridad de palacio me come al entrar.

Desvío mis pensamientos hacia Twig y la misión para poder tomar el aire.

Debe estar recorriendo la galería del jardín consumido por los nervios de no verme llegar.

Ojalá yo pudiera esconder como me tiembla el estómago.

Si no estamos en los baños cuando las criadas lleguen en compañía de la señorita, podría asustarse al ver que dos extraños campesinos las esperan.

Huiría asustada de verdad. Sería la peor opción para ella, esos hombres, las criadas e incluso nosotros.

No cumpliré mi palabra si le entrego un cadáver a Gáfanger.

Desciendo justo a su lado, bajo las escaleras de entrada.

Señalo el frente con un gesto hábil de cabeza para indicarle que siga mis pasos.

Se apresura a colocarse a mis espaldas cuando los centinelas comienzan a doblarse en una reverencia.

Separan las puertas cuando tomo el último escalón.

Respiro cuando ninguno de ellos menciona palabra de sospecha a nuestro paso, cierran con tanta normalidad como en otras ocasiones.

—No hay tiempo para recriminaciones —elevo el dedo antes de escuchar una de sus críticas—. Hay que llegar a los baños ahora.

—Si hubierais llegado antes… —Twig corre tieso, sus brazos apenas se sacuden—. No ha corrido mucho tiempo desde que las vi bajar a buscarla.

—Conseguí alguien que te librará de espiar al rey y sus canciliers —dibujo media sonrisa irónica.

—Vos veis aliados, yo posibles traidores —asegura con sarcasmo entre jadeos.

—Lo único que yo veo son menos posibilidades de que pierdas la cabeza —volteo el cuello para dedicarle una sonrisa burlona.

Mi atención se centra en el guardia que custodia la torre del homenaje.

Sabía que hoy tampoco faltaría a su puesto, no es una buena idea que sea testigo de todo.

Guardo el labio inferior entre los dientes en busca de cómo deshacerme de él por un tiempo cuando su lanza golpea el suelo.

Se retira de forma inmediata al vernos en la puerta de los baños.

—¿Y eso? —arrugo el entrecejo según señalo el hueco que deja el guardia.

—Solo es alguien que está de acuerdo con lo que haréis —sonríe Twig. Posa la mano en mi espalda para hacerme caminar.

Los baños tienen ese olor tan nauseabundo que mezcla orines y agua estancada del fondo de los barriles, convierte en poco apetecible la visita.

Estoy segura de que si alguna criatura siguiese la mugre incrustada en los rincones, podría encontrar con facilidad la zona de orinales, y la de tinas y jofainas.

Un grito agudo brota antes de que podamos acceder a la zona de baños.

Nos entregamos a la alerta. Tras cruzar uno de los arcos que separa los espacios, una figura vestida de oscuro se sacude sobre otra en los bancos de secado.

Distingo su pelo rubio, su barba clara y la forma en que sujeta con fuerza una cuerda alrededor del cuello de una de las criadas.

No puedo distinguir de quién se trata debido a la bolsa de tela que puso sobre su cabeza.

Recorro el resto del espacio al escuchar otra voz inocente.

Una mujer se cubre con las manos de otro hombre con cuerda entre sus manos y la cabeza cubierta por una capucha. Se encoge en una de las esquinas.

—¡Basta! —vocifero.

El hombre de cabello rubio ladea el cuello a mi voz con urgencia. El otro, cuyas barbas castañas son ahora visibles y llegan a la altura de su pecho, voltea. Una criada sale de detrás de una de las columnas de los baños cuando reconoce quién habla.

—Esto no formaba parte del trato —reclama Twig de inmediato.

Se acerca apresurado a la criada sentada sobre el banco para despejar su rostro de ese trozo de tela oscuro y la cuerda que lo asegura. La mujer solloza al llevar sus manos a la marca que ha dejado en él. Mis fosas nasales se abren al verla.

—Sacarlas de aquí a cara vista es un peligro —afirma el hombre de cabellos dorados con bastante inquietud.

Aprieto los puños al caminar hacia él para comprobar el estado de la mujer.

—Llevarlas así, también —hundo la mirada en él.

Mis pupilas analizan las intenciones de las suyas. Aprieto la mandíbula para contenerme mientras me acerco con cuidado de no asustar a Dona. Sus lágrimas ya siguen el camino que hace el movimiento de su labio inferior al oscilar temeroso.

—Princesa… —Dona solloza al observarme frente a ella—. ¿Qué sucede? ¿Por qué nos castigan?

Twig eligió sabiamente. Dona y Amine llevan casi tres mil años sirviendo en este palacio para sus majestades.

Siempre las vi recorrer los espacios sin importar a qué hora yo decidiera pasear por ellos.

Se encargaron de controlar que las tareas de servicio y limpieza se llevasen a cabo con eficacia cuando la experiencia les otorgó el puesto.

Su trabajo sin descanso. Hasta el día que tuvieron hijos sirvieron la cena al rey sin faltar.

Espero que ayudarlas a marchar pueda devolverles algo de la vida que han perdido.

—No debes preocuparte —acaricio su rostro para calmar sus temores—. Estaréis bien y felices lejos de aquí.

—No cometí pecado alguno, mi princesa —titubea Dona. Sus manos arrugadas envuelven las mías.

—Os daré la libertad —asiento. Aprieto el dorso de su mano.

—Pero… —aparta la mirada para fijarse en Amina con las lágrimas detenidas en el borde de la duda—. No puedo marcharme, su alteza, tengo hijos aquí.