Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 19. Corazones en peligro. #3
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19. Corazones en peligro. #3

—Conseguí treinta mil feérines para cada criada —Twig muestra un par de bolsas de terciopelo púrpura y cuerda dorada.

Incluso llevan la inicial del reino.

—¿No crees que esas bolsas llaman demasiado la atención? —aprieto los labios para contener una sonrisa y mostrarle mi desaprobación—. ¿Usaste unas como estas para pagar a los hombres?

—No, mi princesa, las tomé recién de las arcas del palacio —afirma Twig mientras contempla las bolsas confundido.

—Asegúrate de que se marchen a las tierras de los brujos, sé que mis padres no expondrán a sus hombres ahora en esos terrenos —le recuerdo con tono suave para no causar su enfado por ser pesada.

—Iros a las clases de control, mi querida Eladriel, llegaréis tarde —deja caer los brazos al soplar de hastío.

—Twig —no puedo evitar sonreír. Me inclino para besar su frente—. Gracias por salvarme otro día más.

—Siempre, mi princesa —tímidamente, Twig me regala una sonrisa.

No estoy lista para salir cuando ya los guardias han abierto las puertas. Solo me separan veinte pasos de la salida, y, sin embargo, siento que no podría alcanzarle si corriese para huir. Este palacio no me dejará escapar mientras siga en pie.

—¿Necesitáis algo? —la voz de Twig me sacude.

Borra mis pensamientos hirientes de un empujón al verlo caminar decidido a mi lado, acompañándome a la puerta principal. Carraspeo para eliminar la tensión.

—Que te cuides, Twig —miro la puerta con determinación—. Comencemos el plan.

Según recorremos el pasillo, siento como las miradas de los centinelas se clavan en nuestra nuca.

Un escalofrío acuna mi espalda al pasar frente a la puerta del salón donde mi padre desayuna, y los guardias reunidos alrededor de ella.

No me atrevo a mirar al interior, pero siento como mi padre me observa de forma inquisidora al atravesar su frente.

—Que la luz de la diosa Essoi ilumine con firmeza vuestro camino —Twig me reverencia.

—Estaré en la entrada al cenador del invierno a las doce —despliego las alas.

El vuelo siempre podrá sanar mi corazón por un momento.

El placer de sentir como todo pesar se alivia mientras la vida continua sin pausa, sin que nada dependa de un plan arriesgado para salvar esclavas.

Ni de padres malvados o madres prisioneras.

Aquí arriba y ahora, nadie me necesita tanto como yo me necesito. Solo yo me necesito.

Vuelvo a ver a Lugh tan nervioso como los últimos días. Desciendo rápidamente cuando sus ojos se apartan al verme aparecer. Sus pasos lo separan de la fila de alumnos hacia un lugar cercano cerca de los árboles de la tierra mojada. No me queda más remedio que seguirlo para saber qué le ocurre.

—Eladriel —Lugh frota sus manos con un rictus de incomodidad—. ¿Recuerdas ese plan al que me ofreciste voluntario en el reino elfo? Debo darte dos noticias al respecto.

Debe ser importante, ni siquiera ha lanzado uno de sus saludos graciosos.

—¿Noticias? —arrugo el entrecejo—. ¿Te dieron nuevas hojas de trabajo?

—¡Por la sombra de Essoi! —estira una mueca de frustración.

—Lugh, no te obligaré a ello —coloco la mano sobre su hombro y se destensa al segundo—. Pero voy a luchar por conseguir tu ayuda porque te necesito.

—Eladriel, hace días que no sé nada sobre la princesa —baja la mirada.

Me pesa la culpa por no haberme fijado en que algo le sucedía. Lo evité junto a Maren y el resto antes de confesarles la verdad. Estos días con mi madre en mente tampoco presté atención a cómo se encontraba. Anoche no dijo nada. Tal vez, eso de guardarse las cosas es más normal de lo que yo pensaba.

Trataría de pactar con su alma para que no se sintiera triste, para que no haya problema entre ellos, pero eso no debe afectarnos. Por el contrario. Si es real su angustia por la falta de noticias, ir al palacio en busca de ellas será buena idea.

—Es una suerte que podamos poner fin a tu sufrimiento con una sola visita —suspiro. Golpeo su hombro con suavidad.

—Eladriel, ¿has pensado prestarme atención? —Lugh señala su oído. Me mira como si fuese un deseo propio ignorar sus problemas—. Dije —sus labios se separan de forma amplia—, que no sé nada de la princesa.

—No comprendo qué problema representa eso —subo el hombro izquierdo con poca importancia.

—Recibí cartas durante una semana y de repente dejó de hacerlo —sus cejas se alzan a juego con la ironía de su voz—. ¿No se te ha ocurrido pensar que tal vez no desee mi compañía?

—Sí. Es tan solo una posibilidad —asiento a pesar de que me gustaría poder darle una negativa—. Pero incluso si es así, podemos utilizar eso a nuestro favor.

—Tienes razón —sonríe Lugh—. Podré darle el disgusto de rechazarme mirándome a los ojos —dobla el codo para señalarse—. ¿Crees que le resultará complicado rechazar esta cara?

—¿No deseas saber qué causa ese repentino rechazo? —arqueo una ceja que capta su atención—. Tendréis la oportunidad de hablar a solas cuando me retire.

—Princesa Eladriel, joven Dirphen —carraspea Ilta según se coloca las gafas—. Hace dos minutos que comenzó la clase.

Lugh resopla ante la acusación de la profesora a pesar de que ella apenas le ha dado importancia a nuestra ausencia.

Continúa con su clase en calma. Desde que rompió en llanto en mi cuarto la otra noche, su forma de actuar se percibe distinta, como si no pudiera sostenerme la mirada.

Ayer mismo su reacción hubiera sido diferente si hubiera tenido que interrumpir sus explicaciones para pedirnos atención.

Hoy, sus actos dejan entrever que incluso en su clase yo tengo más poder que ella, y no es lo que buscaba.

Me gusta ser como ellos, aunque solo sea en unas clases.

Me coloco en mi puesto con la mirada de Ilta sobre la mía y el silencio envolviendo el aire.

Puede que no lo haya dicho, pero sus ojos son capaces de contarme todas las determinaciones que ha tomado mientras se empañan.

Tan solo asiento. Espero que la conversación que tuvimos anoche le haga comprender que no puedo ser responsable por el destino de todos.

Que no solo las batallas, las plagas, son las que terminan con el pueblo.

Los guerreros que derrotan las fuerzas sobrenaturales en soledad no son creíbles ni valientes.

—Como comentaba, haremos cambios en las clases a partir de ahora —la frente de la profesora asciende como parece haberlo hecho su seguridad—. Vamos a luchar.

—Disculpa —Lugh deja caer la cabeza hacia delante. Da un paso al frente—. ¿Cómo luchar?

—Integraremos el combate cuerpo a cuerpo, señor Dirphen —sonríe Ilta al detener sus pasos para dedicarle una cariñosa mirada de firmeza—. No servirá de nada aprender a controlar nuestros dones, si no estamos preparados para poder usarlos.

—Servirá para que podamos continuar con vida —Lugh rueda los ojos a la derecha—. Sería preferible practicar con los árboles como hasta ahora.

—Los árboles no pueden lanzar bolas de luz ni defenderse —la profesora coloca sus manos al frente. Inclina la mandíbula de forma insistente.

—Por eso… —susurra Lugh al volver al sitio.

—Tus enemigos usarán todas sus armas para tratar de derrotarte. Tendrás que estar listo para saber qué debes lanzar, cuándo y cuánto control debes tener —indica Ilta con un gesto de convicción absoluta.

Tras afirmar en dirección a Lugh, la profesora recorre la fila con la mirada. Sus labios sellados. Deja caer las manos para iniciar una caminata sobre la arena fina de las orillas.

—Esta decisión es firme —asegura Ilta—. Se hizo una reunión en el consejo de profesores para implementar este nuevo método en todas las clases.

—¿Por qué? No hay formaciones de hadas que hayan recibido esas instrucciones, y ningún profesor diría que no están preparados para un combate —Norette eleva la voz con una pregunta que me resulta bastante acertada.

—Nos quedamos sin tiempo —revela la profesora sin detenerse en adornar la verdad.

De nuevo, se ve obligada a detener sus pasos. Aunque creo que en esta ocasión son sus propios pensamientos quiénes se adueñan de su quietud.

—Los hechizos de nivel dos que aprendimos no son suficiente para derrotar a ciertos enemigos. No podremos contar con la ayuda de otros reinos o los dioses —la profesora deja salir al fin la realidad a través de un suspiro—. Nosotros, las hadas de control, somos el ejército del reino.

—Eso no es del todo correcto —Lugh aspira entre dientes—. He visto la guardia con lanzas y trajes brillantes de nuestro querido rey.

—Los soldados de esa guardia son hadas como vosotros —Ilta está decidida en mostrarnos un semblante sereno a pesar de que sus ojos están sombríos—. Puede que la guardia real sirva de apoyo, pero os aseguro que si no sabéis luchar, su presencia no os hará sobrevivir.

—Pero no lucharemos contra otras hadas —Norette vuelve a intervenir. Me sorprende sus acertadas palabras siendo hija de un cancilier—. Sabremos luchar contra el viento y el agua, pero no conocemos qué tienen ellos para lanzarnos.

—Tienes razón, señorita Solaster —afirma la profesora.

—¿Tiene razón? —mi entrecejo se arruga—. ¿Eso es todo lo que dirá?

—El consejo de profesores no puede hacer nada más —se lamenta la profesora sin bajar la mirada—. Practicaremos entre nosotros. Aumentaremos la dificultad con enfrentamientos entre dones —asiente—. Cuando estéis listos, podremos probar a lanzar los hechizos en el vuelo.

—Se deberían de establecer prácticas con criaturas de otros reinos —rompo la fila para hablarle solo a ella—. Nunca nos enfrentamos a un lobo ni a la mente de un elfo. No luchamos contra un enano ni sabemos cómo afecta la magia.

—El consejo extendió una propuesta a su majestad, pero fue declinada —Ilta aprieta los labios—. El profesor Glimmer hablará sobre ello en las clases de historia. Como dije, no podemos hacer más.

—Ojalá me tocase Rani en uno de esos enfrentamientos —manifiesta Lugh con tono de nostalgia.

O mi don se viese obligada a desafiar al del hijo del cancilier.

Sé que su don para entrenar animales afecta a las criaturas, consigue vincularse con el rival a través de la mirada como sucede con los lobos.

De esta forma consigue amansarlos. Entrenan a los halcones para las cartas pesadas y los gorriones para las urgencias.