19. Corazones en peligro. #2
El hecho de tanta atención me incomoda. Me obligo a mostrarme cortés al apoyar la rodilla sobre el cojín del sofá para hacerle beber todo el líquido de la copa.
Me apresuro a buscar el vino antes de que pueda tragar.
Sirvo una vez más a pesar de que su mano se sacude para pedir que me detenga.
—Si seguís ofreciéndome vino, vuestro padre me tomará por un beodo cuando llegue a la asamblea —ríe el cancilier de forma liviana por la bebida.
—Exageráis, mi señor —dibujo media sonrisa—. ¿Qué son unas cuántas copas de vino para un hombre de vuestra naturaleza?
—¿Mi naturaleza? —el cancilier arquea una ceja. Sus labios suben con superioridad.
—Más fuerte y poderoso que cualquiera de los soldados jóvenes del palacio —fijo mis pupilas sobre las suyas—. Experimentado.
—Sabéis como se complace a un hombre —estira su dedo para acariciar mi cuello despacio.
Mis ojos se cierran ante el tacto de su piel. Mi labio sube al sentirla caliente. Me esfuerzo en tragar el vino a pesar de que siento como ese cosquilleo del vómito comienza a florecer en medio de mi garganta.
—Como norma, toda buena mujer debe ayudar a un hombre a relajarse —me levanto para alejar su mano de mí.
Me inclino rápido para dejar la copa sobre la mesa.
Bordeo el sofá para colocarme tras el respaldo.
Rohan mantiene el ceño arrugado desde que me aparté de forma brusca de sus caricias.
Trago saliva antes de acercar mis manos a sus hombros.
Su cuello se estira a mis movimientos, esboza gritos de placer mientras yo omito sonidos de repulsión.
Tras dos copas más, deja caer la tercera sobre el muslo.
Los colores de su rostro se han intensificado sobre su piel áspera, seca.
Cada vez le cuesta más trabajo beber desde que el alcohol comenzó a volverlo torpe.
Se desabrocha el cinturón ahogando un quejido de esfuerzo, la chimenea crepita para iluminar sus piernas según se eleva la túnica.
Sin previo aviso, sus dedos envuelven mis muñecas para inclinarme sobre el respaldo a su lado.
Suben hasta hundirse en mi nuca. Aprieta mientras escucho como su respiración se excita cerca del oído.
—Arrodíllate —Rohan sube mi cabeza para que vea el lugar que señala entre sus piernas.
—Nunca podría satisfaceros, cancilier —me apresuro a decir entre que trato de liberarme—. No cuento con la experiencia que complacería a alguien como vos.
—¿Qué otra cosa podría darme mayor satisfacción que la boca de mi adoraba princesa? —el cancilier aproxima sus labios a mi cuello—. Dijiste que seríais mi sierva.
—No hay nada que desee con más ganas —cierro los ojos con fuerza ante el beso con sabor a vino que me propina.
—Entonces no me hagas perder el tiempo —brama el cancilier con poca paciencia. Parece que la ira le ha hecho olvidar el protocolo—. No debéis preocuparos, os enseñaré como hacerlo.
—Yo jamás tuve intimidad —miento en la desesperación de que eso le haga cambiar de opinión.
La frente del cancilier se arruga satisfecha.
Desvía la mirada hacia su copa mientras su mano aún sujeta con fuerza mi cabello.
Cierra los ojos cuando el contenido cae en el interior de su boca y posa el cristal sin ningún cuidado en la mesa mientras me suelta.
Se levanta con una energía que no parecía tener antes cuando se acercó al sofá.
Rodea el brazo del sofá con una sonrisa que contemplo con asco.
—Es adorable que penséis que el cancilier no nos tiene al tanto de lo que haces con su hijo —Rohan estira sus brazos en un movimiento hábil en el que consigue sujetarme los brazos—. Si hubiera sabido que el miedo huele en vos igual que en vuestra madre, no hubiera esperado hasta este momento.
Me acerca a él de una sacudida. Su lengua se desliza por mi cuello.
—Quién podrá cumplir con vos es una de las esclavas —me sacudo con fuerza. Trato de no alterarlo con palabras que lo puedan enfadar.
—Tú lo harás mucho mejor —Rohan ríe. Sus uñas se clavan en la piel de mis brazos para empujarme contra el sofá—. Ellas ya son unas rameras, pero yo tendré el privilegio de convertirte en una.
Aparto la cara para que sus labios no se hundan una vez más entre los míos.
Trato de liberar los brazos tirando de ellos.
Deja caer su peso contra mi cuerpo hasta hacerme perder el equilibrio, sé que me resultará imposible salir si continúa echándose sobre mí.
Aprovecho que suelta una de mis manos para envolverme el cuello y arqueo los dedos para llamar a la luz.
Su mano se expande para golpearme la cara.
Sus besos tratan de curar las heridas que hace.
Sacudo las piernas a pesar de que apenas se mueve.
Poso la mano en el suelo para convocar al poder de las bombas de luz incluso si atraviesa con el del cancilier mi propio cuerpo.
Hundo la punta de los dedos al tacto de su lengua caliente.
Pérfida. Desliza con ansia la mano por mi torso hasta sujetarme el pelo y golpear mi cabeza contra el suelo.
El poder se desvanece una vez más. El dolor de la superficie dura contra los huesos de sesera me hace soltar un grito de dolor que el cancilier se apresura a callar con su mano y un nuevo golpe.
—¡Descendiente de rameras! —la voz elevada de Twig consigue devolverme la fuerza.
Tuerzo el cuello hacia el otro lado de la estancia.
Twig se abalanza sobre el cancilier a pesar de su poca estatura, su expresión de odio lo vuelve mayor.
El cancilier se aparta sin mostrar un atisbo de vergüenza al verse descubierto.
Por el contrario, se dedica a colocar sus calzones con la calma del que se marcha a dormir.
Volteo para poder apoyarme en las rodillas y tomar impulso para alejarme.
—Sois un engendro malicioso —se atreve a decir Twig con los ojos rojos de ira.
—¿No crees que sobrepasas tus límites, sucio lacayo? —el cancilier termina de ajustarse el cinturón.
—Su majestad será quién decida quien de nosotros cruzó un límite, mi señor —Twig deja caer el brazo. Pone marcha a la puerta.
—¡No! —le grito aun entre sollozos que no puedo evitar dejar salir—. No molestes al rey con nimiedades.
—¿Nimiedades? —Twig se gira lentamente. Su mirada impregnada en cólera está dedicada a mí—. ¡Iba a deshonraros!
Tiene razón, pero debería recordar que no castigarán a Rohan.
Al menos, no solo a él. Su majestad daría más importancia al hecho de que fui yo quien pedí verlo.
Vería esto como la forma de sellar nuestra alianza contra su corona.
Y si dejo que busque a mi padre y le cuente todo lo que aquí ha sucedido, todo eso habrá sido para nada. No podré liberar a Daaria.
Limpio mis lágrimas a prisa con las mangas de mi camisa. Me aclaro la garganta.
—Estoy segura de que podremos poner fin a esto sin causar revuelo en el palacio —asiento. Uno mis manos al frente tras recuperar la postura recta—. Prepara a la esclava favorita del cancilier y llévala a sus aposentos.
—Pero, mi señora… —Twig entrecierra los ojos molesto.
—Vamos, Twig —asiento sin enturbiar mi orden—. El cancilier debe aliviarse antes de que sea demasiado tarde.
La barbilla del cancilier tiembla pensativa. Su frente se eleva cuando sus pupilas se expanden al recorrerme junto a sus dudas.
—Que la lleven tras finalizar la asamblea —ordena Rohan al fin.
Golpea la hoja de la puerta para que los guardias abran.
Desvío la mirada hacia Twig en el otro lado, sus ojos brillan llenos de decepción.
La expresión de tristeza que dibuja recorre mi columna, es más dolorosa que cualquiera de los besos de ese maldito cancilier.
Sus lágrimas no pueden retenerse. Se acerca cuando florecen para que las mías puedan florecer también.
—Mi pequeña princesa Eladriel… —solloza Twig. Sus brazos se abren para envolverme.
—Lo siento, Twig… —me dejo caer en el suelo tras entregarme a sus cálidos abrazos.
—¿Qué habéis hecho? —las perlas de su dolor caen sobre mí mientras sus manos limpian las mías de las mejillas.
—Debía conseguir que Daaria saliese de su cuarto en el momento correcto —cierro los ojos antes de dejar caer la frente sobre su hombro—. Era necesario.
—No así —niega Twig.
—No podía fingir un encuentro en el pasillo y sugerirle un descanso de sus deberes —trago saliva.
—No sabemos si el cancilier Rohan guardará silencio —Twig utiliza un tono de angustia que se alinea con el temblor de sus manos—. ¿Y si solo calla para volver a intentar haceros daño?
—Podría cortarle la cabeza, pero tal vez eso sería demasiado sospechoso —resoplo con ironía—. Pediré uno de esos elixires que sirven para olvidar eventos recientes.
—¿Por qué os empeñáis en complicar tanto las cosas? —Twig me señala los brazos—. Os aconsejo tapar vuestras heridas antes de que os haga preguntas.
Aprieto los dientes antes de lanzar un gemido cuando duelen todas las marcas que sangran en el brazo izquierdo en formas perfectas de perversión.
Twig se incorpora para recoger un par de servilletas blancas de tela de la mesita auxiliar junto al sofá.
La recubre del vino abierto. Sus labios se aprietan antes de inclinarse a mi altura.
—Sé que no iréis a la enfermería por prudencia, pero conviene desinfectar esto antes de que la ponzoña bajo las uñas de Rohan os cause una infección mortal —Twig hace uso de su afilada ironía para reprocharme sutilmente.
—¿Recuerdas todo lo que debes hacer? —elevo las cejas con una sonrisa al verlo más calmo.
—¿Esto es cierto? ¿Todo sucede realmente? —resopla resignado mientras pasa con cuidado el paño húmedo.
—Es importante si no quieres pasar el resto de la tarde curando heridas del resto de mi cuerpo —arrugo la frente a modo de advertencia.
—Elegiré a las criadas más longevas para que sean las encargadas de llevar a la señorita Daaria a los baños —manifiesta Twig con voz cansada—. Luego serán trasladadas por los campesinos que pagamos mientras os lleváis a la esclava.
—Dime, ¿cuánto dinero conseguiste para cada una? —aparto la mano de Twig cuando pasa el paño por las mismas heridas una y otra vez.
Antes de que abandonen el palacio debo asegurarme de que, al menos, pueden pagar la ayuda de un brujo de magia blanca que se encargue de darles una casa.
Podría enviarles comida. También ropa y remedio los días próximos si Lynn accede a hablar con ese tío suyo que trabaja en el mercado de Néferien.
Tal vez él pueda acogerlas y darles trabajo en su puesto.