19. Corazones en peligro.
(Eladriel)
La puerta truena cuando aún estiro las cuerdas del corpiño para ajustarlo. Extraño la voz de Twig de hace tan solo unos días, era cálida para acompañar a los finos rayos del amanecer que me despertaban. Ahora no puedo dormir. Su angustia puede con la ternura.
—Adelante —ordeno mientras estiro el pelo de forma torpe para adecentarlo.
Mi estómago tiembla al recordar que debo reunirme con el cancilier Rohan en unos minutos.
Tengo hacerlo antes de que mi padre termine su desayuno, de otra forma llegaría tarde a la asamblea y el rey preguntaría por su ausencia.
Para cuando termine con él, esos hombres que Twig buscó para que nos prestasen su ayuda ya habrán accedido al palacio para tomar el puesto de los criados que traen la fruta y verdura fresca.
Espero que se mantengan en el baño en espera de que lleguen las criadas con Daaria como les ordenó.
—Mi princesa —Twig me dedica una reverencia antes de mostrarme su rostro tomado por la prisa—. El cancilier Rohan acaba de ingresar en palacio.
—Siempre fue el más puntual de los canciliers —contengo los nervios en una sonrisa—. ¿Recuerdas lo que debes hacer?
—Sí —asiente con energía—. Le comunicaré que la princesa desea reunirse con él a solas. Luego debo ofrecerle una copa de vino de vuestra parte mientras espera.
—Asegúrate de que ni Elm ni Rune te vean acercándote a él —estiro las cejas para enfatizar el recuerdo de esta advertencia.
—No os preocupéis por eso —Twig esquiva mi mirada—. ¿Qué ocurrirá cuando no acudáis a desayunar al comedor?
—No tengo idea —niego—. Pero sé lo que sucederá si no libero a Daaria en el tiempo que Gáfanger me indicó, y la ira por faltar a un desayuno me parece más soportable.
—¿Y si algunos de los criados abordan la sala de recepción? —pregunta Twig tras inclinar con ligereza el mentón hacia un lado.
—Hemos descubierto cuál será tu misión tras acompañar al cancilier a esa sala —asiento sonriente—. Impedirás que cualquier criatura nos interrumpa.
Twig me dedica una reverencia, pero antes de marcharse se encarga de volver a mostrarme cuánta frustración siente por el plan con el cancilier.
Tampoco encuentro placer en esta idea. Maren me aseguró en su visita de anoche que solo debía adularlo hasta que no le quedaran dudas de que era la criatura más imponente de las tierras de Órianth.
Insistió en la idea de que debía conseguir que su juicio sucumbiera al vino.
Que entonces solo necesitaría que mi cabello adornase de forma elegante mi cuello para que Rohan pidiese a la señorita.
Solo confío en que funcione por el recuerdo de Twig mencionando sus gustos… Ojos marrones, pelo oscuro…
Cubro mi semblante de apariencia al recibir el saludo de Aemid al abandonar los aposentos.
Al dejar a un lado a los guardias que custodian el salón donde mi padre toma su desayuno.
Twig alza el brazo en señal a los que guardan el de recepción cuando determina mi presencia en la puerta contigua a la que se encuentra.
Mi mirada se une a la suya según los soldados se inclinan para separar las hojas y darme el paso. Le sonrío como despedida.
Rohan voltea al escuchar como el chasquido metálico a sus espaldas interrumpe su encuentro con el sorbo de la copa.
Su capa se desplaza con trabajo cuando voltea.
Me mantengo aún tras la puerta, contemplando como sus comisuras se amplían tras el borde del cristal teñido de rojo.
Sonrío. Dejo que mis brazos fluyan elegantes con el resto del cuerpo al iniciar la marcha que rompe la distancia con él.
—Buenos días tengáis, princesa —el cancilier me dedica una reverencia con tono alegre—. Que dicha que el destino os traiga ante mi presencia.
—Es algo digno de agradecer, pues, mi señor —finjo una sonrisa llena de travesura—. No todos los días cuento con la fortuna de estar tan cerca de un cancilier tan importante como vos.
Detengo mis pasos a una distancia prudente de su sonrisa amplia.
Tomo aire mientras trato de mostrarle la mayor de mis simpatías a pesar de que debo tragarme el rechazo que me produce sus pupilas brillantes.
Estiro las comisuras al volver a mis pasos.
Al sentir su cercanía. Ni siquiera ha dejado de ingerir vino desde que he entrado.
—Pensé que os encontraríais tomando el desayuno junto al rey en estas horas del alba —Rohan esboza un sonido de placer al tomarse el último sorbo de la copa.
—Otros son los deseos que me ocupan en el amanecer de hoy —tomo con gracia una de las copas vacías de la mesa a sus espaldas.
—Debo suponer que se relaciona con esta inesperada audiencia —arquea una ceja mientras observa mis pasos de medio lado—. Contadme. ¿Cómo podría ayudaros yo a satisfacer esos deseos?
Antes de que pueda alcanzar la botella, el cancilier la recoge para llenarme la copa. Acepto su gesto sonriente. Fijo mis pupilas sobre él para analizarlo ahora que su pérfida sonrisa está concentrada en servirme y no en observarme.
—¿Qué os parece un delicioso vino y una buena conversación? —alzo la copa con cuidado de no derramar nada. Inclino la frente sugerente.
—Si esas son las condiciones para complaceros, será un honor para mí ser quien os llene de placer —asiente el cancilier con una sonrisa complaciente.
Camino hacia el sofá tras dar el primer sorbo.
Apoyo la mano en el respaldo una vez que he determinado cuál será mi asiento.
El cancilier deja la botella sobre la mesa con bastante tino a pesar de que sus ojos se balancean sobre mis pasos.
Sus múltiples capacidades me tienen asombrada.
Voltea para buscar qué tomar. Se inclina hacia delante para apartar su estómago y poder contemplar todo lo que hay frente a él.
Elige el tazón que está repleto de pasas para amenizar la velada, un vino con un tono más oscuro a su lado.
Sus pisadas se vuelven torpes cuando busca mi compañía.
—Y, cuénteme, cancilier Rohan —asiento cuando llega frente a la mesa baja a mi lado—. ¿Qué noticias os traen hoy día al palacio?
—Es todo una desgracia, princesa —Rohan se deja caer sobre el sofá. Suelta un rugido cuando su espalda toca el respaldo—. Los guardias encargados de vigilar las fronteras aún no han conseguido encontrar nada sobre las criaturas que escaparon del bosque ancestral.
Aparta un par de cojines que enturbian su postura bajo un resoplido de molestia. Se ajusta el cinturón de cuerda que asegura la túnica para colocarlo bajo la barriga.
—No debéis preocuparos, cancilier, estoy segura de que vuestra inteligencia será suficiente para encontrar la manera de salvaguardar el reino —señalo su copa vacía—. Tal vez, otra copa nos pueda ayudar con aquello oculto que no vemos.
—Tenéis mi aprobación —afirma el cancilier incorporándose con trabajo para alcanzar la botella sobre la baja mesa.
—¿Tenéis ideado algún plan para descubrir el lugar en el que se esconden? —me recoloco en el asiento mientras se sirve.
—Aún no —confiesa. Sus pupilas me miran de reojo—. El rey cortará mi cabeza si no le entrego pronto a esas bestias.
—Estoy convencida de que esos bichos huyeron despavoridos al ser testigos de vuestra eficacia en asuntos del reino —mi cabello cae en un costado al inclinarme hacia delante para pedirle que me entregue la botella cuando termine.
—Aseguráis con absoluta certeza mis capacidades —el cancilier detiene sus movimientos mientras retiro la botella de su mano.
—Creo que mi padre debería daros más valor —apenas le doy importancia.
Apoyo la mano en el hueco disponible entre ambos para acercarme a él.
Lleno mi copa. Dejo caer el líquido hasta que las gotas casi rebasan el límite.
Aparto la botella con rapidez después de lamer el gollete para impedir que las dos que fluían por él acaben arruinando la madera de la mesa.
Contemplo como sus ojos se han llenado de ansia después de caer rendidos en rincones que no deberían. También se adueñó de su respiración.
—Su majestad también cortaría mi cabeza si descubriese que revelo información del reino a la princesa —la frente de Rohan se alza. Su ceja.
—Entonces no deberíamos enturbiar la conversación con problemas del reino —mi rostro se llena de sumisión—. El día de hoy trataremos solo aquello que sea de vuestro agrado.
—Bien —sus ojos se entrecierran—. Contadme para qué os sirve esta cercanía.
—Nada más que preciso compañía de un hombre sabio —intento mantener una sonrisa que logre despertar su deseo mientras elevo su copa para que beba—. No desconocéis la complicada relación que hay entre su majestad y esta sierva. La soledad es un mal vínculo.
—El rey debería sentirse orgulloso de vos, sois una buena hembra —Rohan se limpia los restos de vino de la comisura con la mano.
Con trabajo, trata de inclinarse para acercarse a la botella. Detengo sus intenciones con un gesto sutil y una mirada profunda. Apoyo la mano sobre su rodilla mientras la tomo.
—Yo seré quién os sirva si guardáis silencio sobre esta visita —poso la mano sobre su pecho para recostarlo con cuidado sobre el respaldo.
—¿Silencio? —Rohan contempla como lleno su copa. Su entrecejo se arruga.
—Es solo por vuestra seguridad —deslizo la mano sobre la túnica que cubre su torso mientras me alejo para soltar la botella.
—Y por la vuestra —sonríe sibilino.
—Claro que deseo salvaguardar mi cabeza —respondo a su sonrisa con una mueca de angustia—, pero esta sierva solo se preocupa por vos cuando os pide discreción.
—Convencedme de que no mentís —señala el cancilier con gesto impasible.
—Pensadlo, mi señor —estiro la frente para que mis palabras suenen más convincentes—. Sois uno de sus canciliers más cercanos. Estoy segura de que si el rey descubre este encuentro, esta charla, pensará que os habéis aliado conmigo para arrebatarle su trono.
—Si fuera vuestro padre, estaría complacido de tener cerca una mujer obediente y servicial —asiente Rohan tras estirar temblequeante las comisuras de sus labios.
—El rey jamás podría decir eso —acaricio su brazo al dejar caer la mano—, a él no le sirvo con tanto gusto como a vos.
Los labios del cancilier se separan por un jadeo.
Encuentro en ello la oportunidad perfecta para disimular el sonido de la arcada que me produce ver como humedece sus labios.