18. Los secretos de Eryas. #9
—Sí —me quedo a su lado—. Pero tú tienes el poder de quedarte a solas con ella sin que le resulte sospechoso.
—¿Y si te descubren? —sus cejas se elevan—. Ella podría sospechar que solo deseo engañarla para conseguir esa llave.
—Tú eres la ventaja más firme con la que cuento para moverme por Eigton a solas —estiro los brazos, dejo caer las manos sobre sus hombros—. Sé que solo contigo podré hacerlo.
—¿Esto soy para ti? ¿Una ventaja firme? —su rostro parece haberse resignado—. Vale.
—En realidad, nunca te dije que tuvieras opción —sonrío.
—Más te vale conseguir esa llave, porque si no… —ríe Lugh.
Nuestras miradas se encuentran por las voces que provienen de la sala de música. Coloco el dedo sobre sus labios cuando se separan para hablar. Le señalo la puerta y con dos muecas el lugar en el que debe situarse. Acercamos la oreja a la rendija de la puerta por la que se escapan.
—La princesa se niega, padre —la voz de Tien llena el aire de la estancia. Mis oídos—. Aceptó la reunión de hoy, pero no sé qué suceda en ella.
—No esperaba que fuera astuta —lamenta el cancilier—. Ella maneja al rey con más soltura que la reina.
—¿Qué haremos si su majestad decide respaldar sus deseos? —pregunta el hijo del cancilier.
—Ella desconfía de nuestras intenciones por tu culpa, ignorante neófito —la voz del cancilier retumba molesta.
—Fuisteis vos quien quiso convencer al rey de hacer esa maldita purgación —las palabras de Tien no parecen criticar su acto, sino su imprudencia.
Un instante de silencio sucede a su orgullosa intervención.
—Dime, padre, ¿qué hubiese pasado si hubiese muerto? —el tono del hijo del cancilier suena a acusación—. Ella es la única forma que tenemos de acceder a ese trono.
—¿De qué nos sirve que esté con vida? —el tono de furia del cancilier opaca el de su hijo—. Confié en que podrías enamorarla, pero fracasaste.
—Ella no es fácil —se defiende Tien.
—Ella no es el problema, no debe ser tan difícil adular a una niñata de palacio malcriada —resopla Drieden con desprecio—. El problema es que fracasas en todo lo que haces.
—Estaba convencido de que aceptaría lo que propusiese hasta que estuvo con él —la voz de Tien se escapa entre dientes.
—Sí, ya dijiste que estás seguro de que las visitas de la princesa a la ciudadela tienen que ver con el brujo arrapiento ese —el cancilier parece quebrarse en duda con la afirmación de su hijo.
—Cualquiera se daría cuenta de que Bradosck tiene que ver con su rechazo —insiste Tien con tono temblequeante de ira.
—No te preocupes más —declara el cancilier—. Tenemos aliados que están dispuestos a ayudarnos cuando cumplamos lo que pidieron.
—Sí, pero eso… —el tono del hijo del cancilier no parece confiado.
—Princesa Eladriel —la voz de un guardia interviene sobre la de Tien.
El silencio envuelve el interior. Las pupilas de Lugh se llenan de terror cuando las alza. Mi cuello se estira para comprobar quién me habla. El guardia continúa con su camino tras hacerme una reverencia.
—Huye —le ordeno a Lugh.
—Pero acaso… —el ceño de Lugh se arruga.
—Veta ahora —señalo el lado por el que vinimos para que no se detenga.
Lugh se aleja a prisa. Me alejo de la puerta la distancia que les haga creer que apenas vengo de camino a mi encuentro con Tien.
La hoja se separa de forma brusca. El cancilier recorre el espacio con la mirada hasta que me determina caminando por el pasillo en su dirección.
Aunque no lo diga, sé que lo sabe. Su hijo aborda el lugar tras él.
Colca sus labios en una expresión recta cuando comprende que me encuentro frente a ellos.
—¿Sucede algo, cancilier Drieden? —asiento. Mi rostro se llena de angustia fingida.
—¿Qué hacéis tras la puerta? —Drieden sujeta sus manos a la espalda—. Una princesa no debe escuchar conversaciones que no le pertenecen.
—Venía para poner a Tien en sobre aviso —sonrío—. No es necesario que se quede en palacio para nuestro encuentro, puede aceros compañía en el camino a casa.
—No es una buena idea desobedecer las órdenes del rey —sonríe Drieden—. No digáis que no me preocupo por vuestra vida.
—Os guardo gran respeto por la forma tan honrosa en que os preocupáis por mí —asiento con suavidad.
—No solo por vos, mi querida princesa. Sé el cariño que profesáis por ese adorable lacayo que os sigue a todas partes —el tono del cancilier se vuelve nostálgico.
—Atrévete a herir a Twig —ni siquiera pestañeo—. Usaré la daga que oculto para repetir sobre tu cuerpo cada uno de sus lamentos.
—Pedís más de lo que nos ofrecéis —confiesa el cancilier tras chasquear la lengua.
—¿Tú desprecias al hijo de un cancilier delante de los reinos, y yo reverencio a un mísero lacayo? —Tien se inclina hacia delante. Un resoplido irónico abandona sus fosas nasales—. No comprendes cómo funciona el poder.
—Espero que la compañía de tu padre sea favorable de regreso a casa —sonrío.
—Con suerte, tendrás afilada esa daga, princesa, tú tienes más almas que perder que yo —confiesa Tien antes de adentrarse en la sala que abandonó.
—Y si pierdes la tuya, el resto estarán condenada —sonríe Drieden antes de dedicarme una reverencia.