Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 18. Los secretos de Eryas. #8
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18. Los secretos de Eryas. #8

—Después de haber visto lo que sucede aquí, cualquier pueblo de Néferien les parecerá un remanso de paz —le muestro media sonrisa—. De cualquier modo, serán libres, en cualquier lugar que esté fuera de los muros de Eryas estarán más protegidas que aquí.

—¿Cuándo actuaremos? —pregunta Twig con mirada firme y una sonrisa de seguridad.

—Lo haremos en las primeras horas de mañana —tomo aire. Inicio la marcha en los pocos escalones que quedaban—. Vendrás a avisarme en cuanto el cancilier Rohan ponga sus pies en el palacio.

—Bien, princesa —se inclina Twig.—. Os esperaré para acompañaros a la reunión con el joven Mémberin.

—No es necesario, Twig, no tengo pensado permitir que se alargue —indico—. Ves a descansar.

Aemid me dedica una reverencia en silencio. Suspiro al ver el cuarto iluminado mientras separa la hoja para darme el paso. Dejo a Twig atrás cuando la soledad del interior me resulta más antojadiza, cierro los ojos cuando la madera produce un chasquido de intimidad.

—Princesa —la voz de Ilta me hace pegar la espalda a la puerta.

La impresión me obliga a separar los párpados cuando aún no había podido disfrutar de la oscuridad armoniosa de mi cuarto.

La voz se ahoga en medio del pecho para no alertar al guardia de la puerta.

A Twig. Coloco la mano en el pecho para calmar el estruendo de latidos al retirarme de la madera despacio.

Entrecierro los ojos para asegurarme de que, en efecto, es Ilta quién está aquí.

—Es un placer veros de nuevo en palacio tras años de ausencia —libero mi aliento atrapado por su inesperada presencia—. Aunque encuentro más apropiado reunirnos en otro lugar distinto a mi cuarto.

—Lo que comentaste acerca de la reina despertó mi preocupación —Ilta calla. Sus manos continúan sujetas a la altura del abdomen.

—La situación de la reina empeoró más de lo que conocíais en vuestras visitas —hundo los pies en el suelo para reafirmar mis palabras—. Ya conocíais el peligro al que estaba expuesta desde hace tiempo.

—Vine para hablar contigo, Eladriel —algo en su rostro se transforma. Aflora un eco ligero de decepción—. Para pedirte que hagas algo por ella.

—¿Debo? —dejo caer el peso en un lado del cuerpo.

—Encuentro en ti un deber para salvarla —asiente la profesora con ceño indignado.

Es mi deber. Todo lo que guarda la mano de mi padre se acaba convirtiendo en mi deber.

Su reino, su pueblo, sus actos. Pero yo…

Esta princesa nunca fue el cometido de ningún ser.

No fui el compromiso de mi madre. Tampoco pasé a convertirme en esa voz de la conciencia capaz de iluminar las sombras del pensamiento de mi padre.

Los súbditos no han clamado venganza por lo que los carteles han revelado.

Y aun así, la carga pesa siempre sobre mí.

—¿Quién crees que eres para hablar de mis obligaciones? —la ternura que me producía verla preocupada desaparece al tragar saliva—. ¿Acaso tú me dirás cuáles son mis deberes?

—Soy tu profesora —Ilta levanta su frente con superioridad.

—¿Desde cuándo una profesora posee más autoridad que la princesa? —mis piernas se elevan firmes para acercarme a ella en un par de pasos.

—Princesa Eladriel… —titubea. Sus brazos caen a mis hombros tensados.

—¿Acaso tú también sucumbiste a las ideas de mi padre? —mi cabeza se inclina hacia atrás para analizarla con cuidado.

—Jamás, Eladriel —niega la profesora. Uno de sus pies quiere adelantarse, pero solo uno.

—No olvidéis que fuera de las clases yo soy vuestra autoridad —siento como las rabia burbujea por mis venas—. Ni que fuisteis vos quien faltó a su deber.

—¿Yo? —Ilta se deja caer hacia delante tras mi acusación.

—En algún momento de esta historia fuiste su amiga, su confidente —las palabras salen sin vacilar—. Tú tenías el deber de salvarla. De salvarnos a las dos.

Calla. Su expresión palidece mientras retira el asiento para dejarse caer ahí. Lágrimas caen sobre su regazo antes de que su mano viaje al pecho para no doblarse ante el llanto.

—Lo siento, princesa —admite Ilta después de dejarse vencer sobre sus rodillas.

—Admiro vuestro carácter, vuestra moral —me inclino a su altura—. Eres una mujer que no deja a su inteligencia corromperse con facilidad.

—No logro comprenderte —sus ojos vidriosos se entornan confundidos. Buscan entre mis pupilas qué quiero decir.

—Sé que desprecias a mi padre tanto como yo a pesar de que intentas aparentar lealtad —sonrío—. Es un sentimiento en el que puedo acompañaros.

—Jamás podría odiar a su majestad —la frente de la profesora se arruga. Sus labios se sellan mientras su cabeza se sacude convincente en una negativa.

—Entonces me equivoqué, te has corrompido como el resto —aprieto los labios.

—Yo quise acercarme a la reina en varias ocasiones, pero su majestad no me permitió hacerlo —confiesa entre sollozos.

—Nosotras no podremos hacer nada mientras el rey esté tan cerca —me incorporo para caminar por la estancia.

Ojalá pudiese contarle un plan detallado, pero la realidad me borra las ideas. Sé que ayudarla será imposible sin enfrentar a mi padre y toda su guardia. A los canciliers.

—Debe marcharse, profesora —señalo la puerta—. A mí hay deberes que me esperan.

Ilta dobla las rodillas en una reverencia mientras tapa su rostro con un velo.

Golpeo la puerta para que Aemid abra cuando la profesora se pierde en la terraza.

El guardia asiente antes de que los muros de las escaleras me hayan hecho desaparecer.

Contemplo la calma que impera en la galería principal con extrañeza.

Solo veo a los soldados encargados de custodiar la puerta principal, que se inclinan al verme caminar hacia el pasillo del ala este.

—Princesa —sonríe Lugh.

Estiro los brazos antes de chocar contra él. Su sonrisa desaparece al instante.

—Como tu vida parece llena de imprevistos, pensé que venir te facilitaría las cosas —revela Lugh cuando todavía no me recuperé del susto.

—¿Qué haces aquí a estas horas? —apoyo la mano en su pecho para apartarlo y continuar con el camino.

—Quiero que me cuentes ese plan dichoso con la princesa —sus brazos caen antes de frustrarse. Me sigue el paso.

—Te dije que olvidaras eso por ahora —le recuerdo con hastío.

—Insistiré hasta que lo digas —me advierte Lugh al llegar a mi lado.

—Solo quiero que estés con ella —manifiesto bajo tono de renuncia cuando me persigue por el pasillo—. Tienes que impedir que se dé cuenta de mis intenciones, que no se mueva de ese lugar.

—Me niego —admite con mucha seguridad y una sonrisa.

—Necesito entrar y buscar la llave que me permite acceder a los archivos que deseo —dejo que la desesperación se apodere de mi tono.

—Lynn es mejor ayuda que yo —resopla. Se detiene sin previo aviso.