18. Los secretos de Eryas. #7
—¿Y vuestro poder? —no puedo apartar la mirada de las heridas—. Si ellos os hubieran querido sin poder, no os lo habrían dado.
—Mi poder siempre estuvo en el silencio —revela mi madre con soltura.
—¿En guardar silencio? —suspiro con resignación.
—¿Sabes cuántas veces ofrecí mi cuerpo para salvar el tuyo de las manos de los canciliers? —asesta con los ojos rojos—. Aún eras una inocente niña cuando tu padre propuso tu primer encuentro.
Me invade la culpa, el pesar y el asco, y no sabría decir cuál es más poderosa.
Quizás, a esto se refería Twig cuando repetía al acurrucarme entre sus brazos que no sucumbiera a esta vida.
Tal vez, solo por evitar que mi cuerpo sufra como el de mi madre, él se enfrenta a su propia destino solo por ayudarme.
Puede que no sea justo que lo haga, que fuese ella quién debía luchar contra ese poderoso designio por salvarnos.
Por salvarse. Debió ser duro aceptar que no solo debía enfrentar el alma cruel y despiadada de mi padre, también el de su séquito de canciliers.
—Soy su hija, la princesa de su reino… —mis dientes muerden el daño de su revelación.
—Tú solo eres quien le traerá ese heredero varón que yo no pude —la reina aparta la mirada.
Un leve resoplido abandona su nariz. Su resignación se hace evidente, pero le precede un gesto tierno que parece de comprensión. Una que no entiendo.
—Sé de tus encuentros con el teniente —mi madre mueve en un gesto sutil su comisura izquierda.
—Maldito Twig… —pongo los ojos en blanco.
—No fue Twig, pero no es importante quién haya sido —asiente.
—Lo es —me acerco a ella—. Nadie debería saberlo.
—Vete a su lado, Eladriel —mi madre parece confiar más en este plan, que en todos los que le dije para salvar su vida—. Baja a las arcas y toma las monedas, tú tienes la oportunidad de querer. De saberte querida.
—Apenas le entregué mis labios —su sonrisa leve me agrada—. Por ahora…
—El teniente de brujos puede salvar tu corazón —la voz de la reina se entrecorta a pesar de que la curva de sus labios se mantiene alegre—. Él está rodeado de buenas criaturas, ellos te protegerán.
—No solo el teniente me importa, madre —aparto la butaca para ponerme en pie.
—¿Entonces qué te detiene? ¿Un reino que te dará la espalda cuando tu padre diga una palabra contra ti? —confiesa con cierta ironía—. No quiero que tu vida termine en este mismo lugar. No de esta manera.
—Yo no puedo abandonarte. No puedo marcharme y dejar atrás a Twig. Ni a Lugh o Maren —no tiene sentido fingir que no lo he pensado ni deseado—. Y, aunque te lo haya tenido por falta durante siglos, tampoco al reino.
—Hija —enuncia mi madre. Estira sus brazos para contener mis manos—. No renuncies a conocer la felicidad. No te rindas.
—No voy a renunciar a Azohr, madre, puedes dormir tranquila —sonrío—. Pero tampoco renunciaré a la idea de ver a mi padre fuera del trono.
—No voy a permitir que intervengas, Eladriel —la firmeza que la reina me demuestra en sus palabras no la veo hace muchos años—. El rey ya no tiene suficiente cuando descarga su ira sobre mí, ya no tengo poder para protegerte.
—Estoy dispuesta a permitir que venga contra mí si es lo que debe suceder para obtener mi libertad —mi sonrisa se vuelve más firme, como mi postura—. Él todavía no sabe que ya no le temo.
—Tu temor no le hará sacar las armas —me recuerda mi madre.
—Os sacaré de aquí, os llevaré a un lugar seguro —insisto en mostrarme sonriente—. Iré a visitaros con frecuencia.
—Ojalá tus palabras fueran certezas —con ligereza, su ceño se arruga.
—Guarda silencio sobre esta visita —mi frente baja en forma de aviso—. Si no lo haces, no volveré aquí. No te ayudaré más.
Asiente desde el borde de la cama. Ella asegura que no es nadie y tiene razón. ¿Cómo podría tomar una decisión propia un alma que deambula a la voluntad de otra? Era demasiado tarde para que ella pudiera salvarse sola. Yo era demasiado pequeña para salvarla.
—Vendré a veros en cuanto encuentre otra oportunidad —le dedico una mirada desde la puerta—. Pide al guardia que custodia ahora tu puerta que me busque si me necesitas.
La reina no vuelve a hacer un gesto. Un par de lágrimas abandonan sus ojos quebrados cuando su espalda se hace una con la pared.
La puerta se desbloquea mientras echo el último vistazo alrededor.
El semblante de Twig se vuelve pálido desde el otro lado de la hoja al ver el estado de los aposentos reales a mi espalda.
Jadea todavía por las prisas a pesar de que su rostro se llena de asombro.
—Os buscaba, mi princesa —proclama Twig a toda voz—. El rey pidió a los soldados de la guardia real que se reuniesen en el patio del interior.
—Él lo sabe todo —asiento tras señalas al guardia con un movimiento firme de cabeza—. Guardará silencio.
No detengo mis pasos ante su cansancio. Me lanzo hacia la escalera antes de que pueda darme una contestación.
—Mi princesa —Gáfanger reclama mi atención cuando voy a desaparecer—. Recordad que no deben ser más de dos días.
—Twig será quién te traiga la noticia —asiento con una mirada cómplice.
Las horas tras el desayuno me permite abandonar la torre de los reyes sin levantar sospecha.
Puedo caminar por el pasillo porque los criados y lacayos están ocupados con sus asuntos lejos de las estancias principales.
El comedor fue recogido, los cuartos están siendo ordenados.
Hay quiénes colocan la cubertería, pulen la madera o sacan brillo al mármol.
Si alguien me viera abandonar la torre del homenaje en la guardia de Gáfanger, y su hermana desapareciese horas después, no habría dudas de que fue por obra nuestra.
—¿Sabes cuál de todas las esclavas es hermana de ese guardia? —le pregunto a Twig cuando su petición regresa a mi mente.
—La señorita Daaria, princesa —afirma Twig sin titubeos.
—¿Qué puedes contarme sobre ella? —bajo el tono al ver como dos lacayos se acercan con reverencias.
—La joven llegó con mil años. En poco se convirtió en la favorita del cancilier Rohan —declara apretando el paso para seguirme—. Pelo negro, ojos marrones… Tan bonita como vos.
—Que privilegio ese —arrugo la nariz con asco.
—En su posición, lo es, mi señora —las cejas de Twig se elevan con obviedad—. Rohan le otorgó uno de los mejores cuartos. Al menos cuenta con una silla.
—¿En qué celda se encuentra? —me centro en sus ojos mientras avanzamos.
—En la sexta celda del segundo pasillo —revela.
—¿Y las visitan en esas condiciones? —arqueo las cejas sin poder ocultar la expresión de repulsión—. ¿No les permiten salir nunca?
—Las que habitan los dos primeros pasillos tienen permiso para salir a los aposentos privados del ala este. Las que viven en los otros tres reciben las visitas de guardias —carraspea Twig algo ruborizado.
—Me pregunto quién las llevará al ala de los aposentos otorgados a los canciliers —aprieto los labios mientras trato de recordar las guardias.
—Criadas, mi querida princesa —asiente Twig. Se detiene ante la entrada al torreón de mi cuarto—. Deben ser bañadas y desparasitadas antes de ser llevadas a los cuartos.
—¿Des…parasitar? —me detengo. Giro el cuello con dudas de si escuché bien.
—Toman pócimas para vomitar los parásitos. No pueden ser tocadas por ningún miembro del consejo si no pasó antes por este proceso —aparta la mirada más ruborizado que antes. Hasta él tiene más vergüenza que el rey.
Entonces, si consigo que Daaria sea llevaba al cuarto del cancilier Rohan, podré acercarme a ella cuando esté en los baños.
—Tenemos que conseguir que Rohan pida mañana a la señorita Daaria —le señalo el final de la torre para que me siga.
—¿Tenemos? —pregunta Twig tras ver que me alejo—. ¿Para qué?
—Nuestra misión ahora es buscar la manera de liberarla —revelo antes de que sus pasos me alcancen y me tache de poco juiciosa.
—¿Cómo creéis que podremos conseguir eso? —su ceño se llena de suspicacia cuando lo miro por encima del hombro.
—¿No te parece algo creíble? —elevo las cejas con más drama que tristeza—. Una pobre criatura que permanecía esclava huye antes de soportar un nuevo abuso.
—Lo que me pregunto, querida princesa, es cómo conseguiréis que el cancilier desee ver a la señorita —algo de ironía se puede ver al final de los ojos de Twig.
—Primero terminemos los detalles de los baños —mis pasos se vuelven más lentos cuando me hace pensar—. Nosotros solos no podremos hacerlo, tenemos que buscar ayuda.
—Quizás sea peligroso involucrar a más criaturas en esto —me advierte con las cejas arqueadas y el tono lleno de sarcasmo.
—No confío en los sobornos a los criados o lacayos del palacio. Cantarían sin dudarlo ante la primera amenaza de su rey —le recuerdo con cierto retintín.
—Entonces, ¿qué sugerís? —Twig me detiene a media escalera para pedirme información con ansia.
—¿Cuántos hombres conoces que rechacen la invitación del dinero? —le dedico una mirada subversiva mientras me acerco despacio. Sonriente.
—Demasiado pocos, mi señora —se apena el semblante de mi querido Twig.
—Debes buscar a dos hombres para que accedan a los baños y se encarguen de las criadas cuando lleguen junto a Daaria —inclino la cabeza para tener visión del descansillo, de Aemid, pero no consigo ver todo—. Ofréceles cinco mil feérines a cada uno.
—¿Las mandará matar? —sus ojos se abren aterrorizados.
—¿Crees que sería capaz de hacer eso? —los míos se abren llenos de ironía—. Tú te asegurarás de que las lleven lejos del palacio. Les entregarás una cantidad de dinero que les permita empezar una vida.
—El lugar más indicado para ellas sería Aeranthos. Allí estarán a salvo y podrán descansar después de haber servido al palacio durante siglos —asiente Twig convencido.
—Noticias llegarían en cuanto pisaran la isla —niego—. El lugar más seguro es el mercado de Néferien. Pueden trabajar junto a las hadas que tienen sus puestos, mi padre nunca los visita.
—Mi querida princesa —aparta la mirada de forma fugaz—. Conocéis el desprecio del pueblo hada por el pueblo brujo, en especial los cercanos al rey. ¿Qué sucederá si no desean ir a ese lugar?