18. Los secretos de Eryas. #6
El eco parece gritar dolorido. Guardo silencio y la respiración para escuchar con atención los ruidos de fondo.
Los pasos de armadura. Me apresuro a tomar las escaleras cuando parece que los guardias tomarán su puesto en la puerta.
Ningún sonido me distrae ahora de mi objetivo, salvo mi propio jadeo.
La lanza del guardia de la puerta principal azota el suelo tras dedicarme una reverencia.
Sujeto las manos al frente al encontrarlo tan cerca. Sin esperarlo.
—Dile a la reina que necesito hablar con ella —señalo la puerta con la frente en un gesto de confianza que pienso será suficiente.
—El rey ha prohibido el acceso a cualquier criatura del reino que no sea él mismo —revela el guardia tan solo moviendo los labios.
—El rey ha abandonado el palacio, no se encuentra aquí —lanzo una mirada de reojo a la ventana de la torre.
—El rey prohibió el acceso de cualquier otra criatura que no sea él mismo —repite el guardia sin cambios en la postura.
—¿Hace cuánto vigilas la puerta? —endurezco la expresión ante su negativa.
—Desde el alba, mi señora —asiente. Por primera vez, me mira.
—¿Has logrado ver a la reina? —dejo caer los brazos al dar un paso hacia él—. Conoces a su majestad.
—No la vi —niega sin ningún tipo de expresión.
—Déjame acceder, sé que no podré verla en otro momento —las esperanzas de que me ayude se desmoronan—. Por favor.
El guardia se muestra implacable ante mi tristeza, aunque puedo jurar que no es mentira lo que le acabo de confesar. Tampoco dije nada falso cuando le aseguré que no podré visitarla en otro momento si no me deja acceder ahora.
—Estoy dispuesta a ofrecerte cincuenta mil feérines si me dejas entrar y guardas silencio ante mi padre —me acerco. Bajo la voz hasta volverla conservadora—. Una cantidad elevada para un elevado peligro.
—No quiero monedas —el guardia me lanza una negativa sin pensarlo. Aun si nunca viese esa cantidad de monedas juntas.
—Dentro de la guardia es respetado quién más posea. A ojos del pueblo, pasarías a ser un señor —le ofrezco una mueca de inocencia.
—Vuestras miserables monedas no me servirán de nada, ni tampoco ese nombre tan elegante —me clava la mirada de forma severa—. No tengo familia a la que ayudar con ellos.
Inclino la frente hacia un lado después de guardar silencio por sus tristes palabras. Doy un paso hacia atrás antes de sujetar mis manos al frente de nuevo.
—¿Puedo pediros algo? —se inclina el guardia silencioso—. Si realmente la princesa desea ver a la reina.
—Lo que desees —mis comisuras suben tensas.
—La libertad de mi hermana. Es una de las esclavas favoritas del rey y sus canciliers —confiesa el guardia mientras su mirada se aleja de la mía.
—Tus palabras me dicen que no confías en el rey, pero… —aprieto los labios—. ¿Confías en tu princesa?
—Su alteza… —trata de intervenir el guardia.
—Me pides algo que me tomará tiempo —poso la mano sobre la suya, la que sujeta la lanza—. Cumpliré con ello, pero no será hoy.
—Mi nombre es Gáfanger, princesa —su mirada viaja hacia mi mano sobre la suya—. Dos días. Si mi hermana no está fuera de esas celdas en ese tiempo, diré la verdad al rey antes de que me ejecute por traidor.
—Te doy mi palabra —sonrío.
El brazo que sostiene la lanza se eleva. La punta de madera impacta con las rocas del suelo antes de hacerse a un lado para permitirme hablar con la puerta real.
—Daré los cincuenta mil feérines a tu hermana cuando la libere —me coloco frente a la puerta—. Quizás ella sí los necesite.
Gáfanger permanece inmóvil ante mis palabras. Golpeo el marco lleno de raíces antes de que se arrepienta de confiar en mí. Sus ojos somnolientos con betas de madera arrugada se abren.
—Princesa —enuncia la voz ronca de la hoja tras un bostezo.
—Debo hablar con mi madre —sostengo la mirada de esa cosa con ojos oscuros y sin vida.
A ella no puedo sobornarla ni convencerla. No necesita mi ayuda.
—La reina no desea ver a nadie —me analiza al terminar de desperezarse.
—Hazle saber que mi padre abandonó el palacio —mi tono entrecortado evidencia la urgencia de mi necesidad—. No insistiré de nuevo si me rechaza.
La puerta se transforma en madera cotidiana. Gáfanger custodia el hueco oscuro de la escalera. Me arriesgué a venir aquí incluso después de escuchar como mi padre confesó su traición, si se niega a hablar conmigo me quedará claro que jamás le importé.
—Adelante, princesa Eladriel —autoriza la hoja al volver a recobrar la mirada.
La penumbra del interior es confidente de sombras y susurros.
Apenas puedo distinguir un tablón de madera del suelo de otro.
Doblo el codo tras arquear la mano en busca de una pequeña llamara de luz.
Hasta la intensidad de mi poder crepita cuando la llama me permite ver el estado en el que mi padre ha dejado estos aposentos en los últimos soles.
Qué decir de las lunas. Las puertas de madera de los armarios han sido hechas pedazo.
Los frascos de perfume que adornaban el tocador de la reina en mi última visita han perdido su forma original.
Mi aliento se detiene al contemplar los restos hechos añicos y el perfume, ya no contienen el aroma de antaño. De los buenos momentos aquí vividos.
Mi alma se estremece ante la reina consumida por el balanceo del terror en una esquina de la cama.
Sus brazos son los únicos que la calman a pesar de que no tienen lugar libre de magulladuras.
Las sábanas se arrugan en las esquinas para guardar secretos y dejan al colchón con escasa vestidura.
Mis labios se separan ante su rostro oculto.
No es nada parecido al de mi madre, ni siquiera esa que se tapaba con capas de sombra.
No reconozco sus ojos bajo los mechones de cabellos ensangrentados que han conquistado sus facciones.
Tampoco su elegante pómulo que ha crecido el doble que el otro.
Veo su duelo. El quebranto de su esencia no puede quedar impune en mi corazón.
Dejo a un lado el baúl abierto a los pies de la cama, sorteo los restos de cristal y madera para caminar hasta el tocador y tomar la butaca.
Me siento en silencio por un instante para no mostrarle que mi voz no se sostiene sin pena.
—Mi señora —titubeo al hablar, al intentar sostener su mano.
Con gesto medido, la reina ladea su cuello hasta que sus ojos heridos me miran. A pesar de que mi tacto parece que no le resulta molesto, no detiene el baile del que ha vivido algo que no sabe explicar. Fui testigo de esto cuando caminaba por las mazmorras.
—Debéis contarme la verdad —acaricio con suavidad el dorso de su mano. Susurro a la lágrima que cae por su mejilla a mis palabras—. Debéis contarme qué ha sucedido aquí para que pueda ayudaros.
—Su majestad… —son las únicas palabras que mi madre consigue pronunciar.
—Lo sé… —estrecho su mano para que no se sienta en soledad—. Ojalá pudiera saber qué pasa por su mente. Por qué lo hace.
—Sus pensamientos le braman fuerte que me alié con los brujos para traicionarle —musita casi sin fuerzas, en un hilo.
No puedo evitar que sus palabras me causen remordimiento. Aparto la mirada.
—Jamás me alié con ningún brujo —la reina me dedica una mirada suplicante—. Incluso si lo que está escrito es algo que solo yo podría saber. Aunque no presté mi acuerdo a los planes del rey de destruir Néferien.
—Sé que no fuisteis vos —permito que la verdad atraviese el nudo de mi garganta.
—Entonces —los ojos de la reina se abren—, ¿tú me crees? —su baile del dolor cesa—. ¿Tú puedes ayudarme?
—Conseguí que os sacara de las mazmorras, pero no he logrado impedir que os haga daño —señalo el cuarto mientras hablo—. Sé que a mí no me escuchará.
—Me quiere aquí —une su espalda a la pared. Rodea sus piernas de nuevo—. Encerrada aquí.
La sombra triste de su gesto me hace arrugar la frente. Lo que le dije al rey es cierto, ella debería salir de aquí, respirar aire de las orillas. Al menos, debería poder hablar con un lacayo.
—¿Por qué no caminamos por el jardín? —me inclino sobre la cama para acercarme a ella.
—No —niega la reina antes de que pueda posar mis manos en las suyas—. No debo salir.
—Padre no está aquí —separo las manos de sus piernas para buscar su mirada perdida—. Yo asumiré el castigo cuando regrese.
—Es mejor no salir —sus pupilas se mueven hacia la puerta. Sus piernas se encogen—. Si obedezco, aquí solo está el rey.
—¿Solo está el rey? —suelto su mano ante sus palabras.
La mirada de mi madre abandona el hueco entre sus piernas un segundo para observarme a su lado. Algo en mí reacciona al ver como su mano se levanta para posarse sobre mi cara. Mi cuerpo se tensa pidiendo la huida, pero me detengo por el tacto frío de su piel.
—Vuelve a tu cuarto, princesa —mi madre no puede sonreír a pesar de que sé que trata de hacerlo—. No debes preocuparte, no intervengas en nada.
—No vine aquí para escucharte decir eso —sacudo la cabeza en un gesto de negativa. La calma hace que sostenga su mirada—. Estar aquí puede hacer que termine en la misma posición que vos, lo mínimo que merezco es saber por qué estáis herida.
—Hace años que esto sucede —mi madre contempla su ropa. Aparta las manos de su regazo—. Él encontró el castigo que llama apropiado para mostrarme las diferencias entre nuestros puestos.
Entre los hilos de seda de los jirones de la bata, hay sangre que envuelve sus piernas.
—No debo olvidar que soy una mujer, que tengo un papel —veo como la reina deglute, pero no sé si es tristeza o ira—. Tengo que recordar que mis deseos tienen límites.
Aprieto los puños para contener deseos de venganza que ningún hijo debería de sentir jamás.
—Aun no comprendo por qué no quisisteis marchar cuando os lo pedí —mis ojos se entornan en reproche a pesar de que no lo deseo—. Podríamos haber tenido otra vida.
—Yo no existo sin tu padre —confiesa mi madre con la mirada en alto—. Él es el motivo por el que aún vivo. Tú eres ese motivo.
—Vos nacisteis para sostener una corona, os esperaba el día que Essoi os creó para gobernar su reino —aparto la butaca para ponerme de rodillas a su lado.
—Él es fruto del amor de los dioses —estira sus piernas. Hay marcas de mordiscos cubriendo la parte interior de sus muslos—. Yo no puedo negarme al designio de mis creadores.