Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 18. Los secretos de Eryas. #5
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18. Los secretos de Eryas. #5

Aprieto el puño. Sacudo el brazo hasta que sus dedos ceden para darme la libertad. Doy un paso hacia un lado para alejarme de él antes de que le pueda el deseo de volver a sujetarme.

—Mi deber era interceder por su salvación como él intercedió por mi honra y mi vida —manifiesto sin sombra de duda.

—Aún me pregunto por qué decidiría salir al jardín —Tien impide que pueda dejar de verlo, cada vez ocupa más espacio en mi campo de visión—. Resulta interesante que decidiera hacerlo justo cuando tú tenías que tomar el aire.

—¿Qué te hizo salir a ti? —ladeo el cuello para mirarlo con firmeza.

—Tú —afirma sin vacilar—. Pero a él, esa forma en la que me miraba… —su comisura izquierda se eleva sonriente—. Sé que no era su honor el que me apuntaba con la espada.

—¿Es que esperabas que no intercediese? ¿Querías que permitiese lo que deseabas? —vuelvo a estirar los brazos. Me esfuerzo en que no tiemblen.

—Ese era su deber —su voz se eleva con menos ligereza de la que ambos esperábamos—. No tiene derecho a cuestionar las decisiones que un hombre toma sobre su mujer.

Siento como todos han dejado de prestar atención a las clases tras sus últimas palabras. Su mujer. Ni siquiera me sentía así cuando yacía con él. Mucho menos tras intentar arrancarme lo único que ya no permitirían que dañasen una vez más. Quiero robarme el respeto que merezco.

—Te pareces más a tu padre de lo que jamás pensé descubrir —la decepción me hace guardar silencio hasta que mi mente vuelve a hablar—. Estás tan loco como él.

—Espero que te resulte placentero vivir rodeada de esta locura, porque estás condenada a ella por el resto de la eternidad —su semblante frío y lleno de seguridad en sus afirmaciones me impactan.

El carraspeo de la profesora llama su atención.

He visto como en ciertas ocasiones lo miraba mientras disimulaba que no perdía detalles de las pruebas del resto de alumnos.

Hasta he sido testigo de cómo no ha podido reprimir las ganas de acercarse después de que el hijo del cancilier haya elevado la voz.

Tien suspira. Su mirada se endurece al colocarse a mi lado en silencio.

—¿Princesa? —Ilta eleva las cejas. Sus pupilas saltan de la figura de Tien a la mía.

—¿Sí, profesora? —asiento.

—Aún no vi tu bomba de luz —se humedece los labios—. Acércate a la orilla, quiero ver como respiras antes de absorber alguna partícula.

—¿De dónde viene esta energía? —disimulo los nervios mientras me coloco en la posición que me ha pedido.

—Creemos que del fuego que hay en el interior de la tierra de Nóssurël. Del poder del dios de las profundidades —apoya sus manos sobre mis hombros.

De reojo veo como Lugh se cruza de brazos a un lado. Su mirada se centra en la del hijo del cancilier antes de dirigirme una sonrisa.

—Eres la peor hada de la luz que he visto, así que lo harás genial —asegura Lugh sonriente.

No sé cómo debería llamar a ese don que él posee. Sin saber cómo, puede borrar mis nervios con tres palabras sin sentido. Ojalá todos los dones del reino fueran como este.

—Recuerda que no debes apuntar al suelo con los brazos tan cerca del cuerpo, podrías sufrir quemaduras que ningún brujo sanador podría curar —sonríe Ilta—. Ni siquiera esos más experimentados.

Obedezco a la profesora en sus indicaciones.

Alejo las manos del cuerpo, apunto en sesgo de lanza al lago ansiosa por conocer esas partículas poderosas que ella menciona.

Me concentro en visualizar solo la esfera.

Cada vez es más amplia. Mi pensamientos se llenan del fuego del que ella está repleta, parece que puede destruir cualquier cosa, hasta mis miedos.

Sin quererlo, veo los ojos afilados del hijo del cancilier.

Se ve opacado por el brillo de esas partículas que se abren paso a través de la tierra profunda con intenciones de acatar todas mis órdenes.

Bajo los dedos para intentar que asciendan con mayor rapidez.

Evelo los brazos a pesar de que siento que una fuerza invisible trata de impedirlo.

Las palabras de Tien, esa manera tan helada de recorrerme con la mirada…

Me inquieta tanto como verlo de pie a un paso de mi poder.

No es seguro ahora que es tan humeante como el fuego de uno de los volcanes, me recuerda todo lo que ha dicho antes de que Ilta llegue.

Ya no estoy segura de sí soy yo, o es eso lo que llama a mi poder.

Veo a la bola de fuego suspendida en el aire mientras esas motas ardientes fluyen sin control hacia ella.

Su tamaño aumenta, rebasa el que hizo la profesora como ejemplo.

Las chispas violetas salen disparadas con más fuerza.

Las hadas del agua se lanzan al vuelo para impedir que caigan en las orillas.

En las casas. Las lenguas de fuego golpean el agua mientras cierro los ojos cuando se llenan de la imagen de la esfera impactando bajo el hijo del cancilier.

—Eladriel —anuncia Ilta con voz firme y calmada.

En la oscuridad de mi concentración, la visualizo para saber qué paso debo dar.

—Si no la sueltas explotará en al aire —me advierte la profesora con un tono de voz algo más elevado—. Hay profesores y alumnos de control de luz, agua y viento en las orillas.

Despego los párpados cuando el hilo fino de su recomendación se cuela por mis pensamientos.

La luz morada que envuelve la bomba es tan intensa, que casi podría convertirse en el azul de la noche profunda.

Bajo los brazos con fuerza para tomar impulso y poder enviar la bola más lejos de lo que caería si tan solo dejo de llamar a la luz.

Golpea en la parte norte de las orillas.

Por fortuna, no hay animales ni rocas afectadas con el impacto.

—Eso, princesa, es tener control sobre el poder —Ilta golpea mi hombro con suavidad—. Sobre los pensamientos.

—He temido que destrozaras todo —Lugh rueda los ojos a la derecha con gesto descompuesto—. Pero que satisfacción que no haya sido solo yo.

No sé qué ha pasado. Por un momento, la idea de que Tien desapareciera bajo el fuego de esa bomba de luz no me pareció un acto tan horrible. Lo ignoraba con eficacia, nada en mí se movía incluso al tenerlo tan cerca, y en un segundo… Mi estómago rugía clamando justicia.

—Tenía todo en orden, no sé qué pasó —arrugo el entrecejo algo aturdida. Asustada.

—Tienes una bestia justo al lado —Lugh eleva el labio superior en un gesto de desprecio hacia Tien—. Hasta el bello de mi cuerpo se esconde…

El ruido de las trompetas de Eryas me hace torcer el cuello.

Los carruajes reales de pegasos abandonan el palacio y eso quiere decir que mi padre decidió salir.

Aunque lo ha hecho antes de lo que yo deseaba.

Esperaba que la asamblea con los canciliers le tomase, al menos, un par de horas después de días sin haber prestado atención a los asuntos del reino.

Yo tendría tiempo para poder asistir a las clases sin levantar sospechas por mi reiterada ausencia mientras tanto.

—Lugh, debo irme —agarro su uniforme por la zona del hombro para atraerlo hacia mí.

—¿Dónde? —pregunta Lugh con las cejas unidas—. Todavía tienes que explicarme ese plan del despacho…

—Cállate —me apresuro a tapar su boca y hundir mi mirada de aviso en la suya—. Olvídalo por ahora.

Despliego las alas mientras Lugh se mantiene en el sitio. Lucha por poder salir de su desorientación. Me alejo lentamente para no llamar la atención demasiado, a un hueco amplio donde pueda tomar un impulso que me lance al vuelo.

—¡Princesa! —grita Ilta—. Aún tenemos una conversación pendiente.

—Profesora —volteo con una sonrisa nerviosa—. Debo marcharme.

—No cambió nada desde la última clase, Eladriel —la profesora eleva la frente con desafío—. Sigues siendo una de mis alumnas.

—Ilta —mi rostro se vuelve impasible—. Se trata de la reina.

—¿Tu madre? —la profesora da un paso al frente. Su voz se pierde en el aire.

—Hace días que permanece encerrada y vigilada en la torre del homenaje, debo acceder a ella ahora que mi padre se marchó —estiro el dedo hacia los carruajes alejándose.

Ilta sigue el viaje de los pegasos con la mirada entornada en preocupación.

Sé el cariño que siente por mi madre. Mi relación con la reina se enfrió hace bastantes siglos, pero ella seguía compartiendo tazas de té y conversaciones con la profesora hasta hace pocos años.

No conté ni veinte. Eso le ha permitido conocer a mi padre, conocerme a mí.

Sabe que no me atrevería a desafiarlo ni abandonaría una clase si no fuera necesario.

—Esperaré a que me cuentes lo que sucede —asiente Ilta. Sus labios adoptan una posición firme, casi de corona.

—Mi ausencia se verá extendida a las clases del historia —me aclaro la garganta con algo de recelo—. Me preguntaba si tal vez el profesor de historia hablará con mi padre…

—Hablaré con Glimmer yo misma —la profesora me interrumpe para darme la solución.

Antes de impulsarme al vuelo, dibujo una sonrisa de agradecimiento para ella.

Me aseguro de que los carruaje no se vean a lo lejos según sobrevuelo la verja del palacio.

Le dije a Twig que debía esperarme en la parte baja del torreón.

Su ingenio se me hacía necesario después de que él siempre logra acceder a todos esos lugares prohibidos.

Tendré que hacerlo sola. Tien no me verá en clase de historia, y tampoco sé si el cancilier ha sido convocado para la visita al rey Aelfraed o ha sido elegido custodio del trono en ausencia de mi padre.

Analizo la mirada de los guardias que guardan la puerta según me acerco a ellos.

Puede que hayan recibido instrucciones precisas sobre qué hacer conmigo hasta que él regrese.

Mi mirada se transforma en autoridad, aunque nunca se me ha dado bien mostrarme tan déspota como el rey.

Ambos soldados se inclinan cuando llego al último escalón.

Guardan silencio según accedo al interior.

Analizo el alrededor cuando el silencio precede al sonido de las puertas cerrándose.

La galería vacía. Me apresuro a caminar por el pasillo principal sacudiendo las pupilas en todas direcciones en busca de Twig.

Me detengo en las puertas abiertas por si estuviese en compañía de otro lacayo.

Continúo el paso hasta que la puerta de acceso a la torre de los aposentos reales se muestra imponente y sin custodia frente a mis ojos.

Están abiertas. Observo las escaleras oscuras por un instante.