18. Los secretos de Eryas. #4
—Con fe en los dioses —Ilta coloca sus gafas de pasta.
—La fe no permitirá a mujeres blandir espadas como un guerrero. Tampoco permitirá salvar a los niños o ancianos, ni a las hadas recolectoras o pescadoras —aprieto los dientes esforzándome por sonreír.
—Ese es el destino escrito para ellos —calla Ilta. Une los labios y espero que sea con pesar por no poder darme otra respuesta.
—¿No son los dioses los que eligen destinos? —arqueo una ceja para enfatizar así mi molestia—. ¿Cómo podría salvarles aquello que los va a condenar?
Ilta continúa con los labios sellados.
—El final de esas criaturas lo decide quién ocupa el trono —sentencio sin apartar la mirada de la profesora.
Parece que solo conocen esta realidad tras mis palabras.
Como si estuviese oculta. No creo en el destino de los dioses desde que mi padre consideró importante hacerme ver los juicios que él establecía en el reino.
Nunca supe si sus intenciones eran enseñarme eso que para mí era locura, o solo deseaba asustarme.
Que temblase ante las consecuencias de tomar una decisión equivocada.
En una ocasión, cortó el cuello de uno de sus guardias por estar ebrio en una ronda de vigilancia.
Quise apartar los ojos, pero me obligó a ver como su cabeza se desprendía del cuerpo y no le importó que yo fuera una niña con lágrimas en los ojos.
Él solo desenvainó su espada y me hizo dejar de llorar con la punta afilada apuntando.
Esa fue la primera vez que comprendí que, en Eryas, las decisiones del rey cambian vidas enteras sin ser un dios.
Y si ese era el destino escrito por los creadores y mi padre fue designado como mano ejecutora, ese guardia no recibió justicia.
Yo no la he recibido. Las manos pasivas de los creadores sobre lo pérfido y agudo, pero censurantes ante hechos de tan poca importancia como amar…
Me hicieron dudar del designio de los cielos.
—El rey toma decisiones porque así lo establecieron los dioses —Ilta no duda en llenar el silencio de palabras calmantes.
Se ha convertido en una experta en ocultar tras tantos años.
Vi las cosas que hacía el rey. Las viví.
Despertaron mi mente antes de lo que ninguno de ellos hubiera deseado.
Detesto el ruido de mis pensamientos, pero siempre me hizo estar alerta.
La escuchaba hablar con mi madre sobre su disconformidad en los asuntos relacionados con el gobierno de mi padre.
En concreto, del trato hacia mi madre. Veía tantas cosas diferentes entre esos muros a lo que ella decía, que siempre la vi como alguien adelantada a los años de Órianth.
Y sin embargo, jamás se atrevió a decirle nada.
—Si es así, nadie debería de tener fe en ellos —espeto sin abandonar mi postura.
Ya tengo demasiados años de experiencia en lidiar con la culpa que otorga el silencio. No más. Ahora dejaré que sean ellos, esos que se mantienen callados, los que la carguen.
—¿Alguien entiende lo que está pasando? —pregunta Lugh tras dar un paso al frente.
—Deberían —ensancho el pecho para tomar aire y guardar silencio.
—Cómo decía, el control es esencial al lanzar cualquier tipo de hechizo, pero este del que hablaremos requiere una precisión especial—prosigue Ilta tras elevar la voz para opacar lo que hablamos.
—Luego me contarás qué crees que haces mostrando desprecio a los creadores —Lugh separa los párpados con suficiencia—. Como te decía, se te acumulan las explicaciones
—Tranquilo —mis labios se aprietan. Mi mandíbula aún sigue tensa—. Me cansé de callar.
—Durante siglos utilizamos el poder que el sol y la diosa Essoi nos otorga, pero las hadas de luz encontramos una fuerte aún más poderosa hace solo cien años —sonríe Ilta.
Tien aparece en compañía de Olerón, otro entrenador.
Junto a ellos caminan tres hadas que pertenecen a la clase de control de agua.
Toman un sitio frente a nosotros con aparente superioridad, a un lado de la profesora.
Mi expresión se enturbia aún más al sentir la mirada del hijo del cancilier.
Cuando veo su amplia sonrisa. Seguro que se vuelve más firme cuando hable con mi padre y le informe sobre el nuevo encuentro que ha organizado.
—Hoy trabajaremos junto otros dones —asegura Ilta mientras señala a sus acompañantes—. Este ejercicio también servirá para comprender la importancia de todas las hadas en el reino.
Olerón entra al agua hasta cubrir sus rodillas.
Los peces que nadan en libertad se asustan en un principio, pero aletean curiosos alrededor en solo cuestión de segundos.
Desde las orillas, Tien estira una red que deja caer sobre ellos.
Sella uno de los extremos una vez que el otro hada entrenador se asegura de que estén todos dentro.
La transportan hasta un punto alejado de la profesora y atan la cuerda que impide que los animales se escapen a una de las ramas de los árboles que crecen entre las rocas del lago.
Ilta se coloca de medio lado, mueve el brazo en una señal en la que nos pide espacio.
Sus pies se colocan lo más cerca posible del borde de la orilla.
El agua casi roza la punta de sus zapatos.
Abre sus manos. Sus brazos se estiran, sus dedos se unen de forma lenta y precisa mientras apunta a la superficie.
La nitidez del lago me permite ver unas pequeñas burbujas doradas que comienzan a emerger desde el fondo.
Con cautela. No necesitan ejercer fuerza ni perturbar el espacio para ascender con seguridad.
Danzan entre sí, se unen en una gran circunferencia que va aumentando de tamaño según llegan nuevas partículas.
Sus colores se convierten en los tonos amarillos y naranjas de las lenguas de fuego que se forma cuando se concentra demasiada luz.
Sus brazos se elevan despacio para que el agua no ejerza presión sobre la esfera dorada que comienza a emerger del lago.
El aire la mece. Las motas brillantes continúan abandonando el agua para unirse a ella y volverla más poderosa.
Una luz blanca con destellos violetas envuelve el fuego de la bola.
Disparan chispas que caen para apagarse.
—¡Aún más atrás! —grita Ilta. Nos lanza una mirada sobre el hombro llena de urgencia y autoridad.
Este debe ser el momento en el que está segura de su control, su tono de seguridad no interrumpió el poder.
Deja caer sus brazos con fiereza y algo de temblequera.
La esfera que arde impacta con fuerza contra el fondo.
Seis columnas de agua y arena se levantan tras la explosión.
Las alas de las hadas del agua se despliegan cuando apenas han crecido un par de brazas.
Se lanzan al lago para tomar agua de la orilla, vuelan hasta levantar con ella una especie de barrera que cubre todo el palacio de Eryas.
La sombra del muro impide que la luz del sol bañe las orillas.
Tien se lanza al agua cuando la espuma por el movimiento del líquido ha desaparecido. Olerón tira de la cuerda para comprobar si los animales se encuentran bien. Ambos le envían una señal de afirmación a la profesora tras asegurarse de que no hay ninguno herido.
—Estas son las bombas de luz —Ilta coloca sus manos al frente tras voltear. Su postura se vuelve calma—. Practicaréis de uno en uno, sería imposible controlar tanta agua de lo contrario.
No mentía al asegurar que esta fuente de poder es mayor que la de Essoi. Si hubiera lanzado la esfera sobre las rocas de palacio en vez de disparar contra el fondo del lago, la mayor parte de él se hubiera desprendido. El fuego hubiera consumido con rapidez las torres.
Ilta organiza la fila de prácticas. Envía a Lugh al último lugar pensando que así evitará que no se distraiga, pero combina diferentes muecas de burla desde su nueva posición.
Suspiro sonriente al verlo antes de concentrarme en el lago.
Todavía percibo el tímido movimiento del agua donde la profesora llamó a la luz según respiro para encontrar la calma.
—¿Te incomoda mi presencia? —la voz de Tien susurra a mis espaldas. Me incomoda y frustra mi tranquilidad—. No pareces contenta de verme en tus clases de control.
—No discutiré que me complacería mucho más saberte en cualquier otra parte de este reino —cierro los ojos para concentrarme en el lago.
—Antes sonreías cuando me veías aparecer —escucho el sonido de su risa en bajo, aunque me perturba igual que si fuese una sonora carcajada.
—Antes tampoco me agradaba verte —mi labio superior se arruga con disimulo mientras trato de controlar la luz como Ilta.
—Tu carácter siempre me ha complacido, lo sabes, pero debo recomendarte que practiques el protocolo a pesar de que la profesora Charmglow no esté —siento el calor de su voz en la nuca. En como musita—. No queremos que tus modales sean vergüenza para la corona.
—¿Y, tu desvergüenza no te despreocupa? —le pregunto mientras estiro el cuello—. A mí consigue dejarme sin palabras.
—Sé que soy bueno en hacerte guardar silencio —Tien se burla a través de un resoplido que hace vibrar mi pecho.
Y es cierto, porque lo guardo. No le mentí cuando le aseguré que consigue dejarme sin ellas.
Concentro el veneno de sus palabras en la mirada para fijarla sobre el agua.
Estiro los brazos. Las partículas de luz se asoman curiosas entre la arena que conforma el fondo, puedo ver como no se resisten.
Mi estómago se encoge. Las motas de luz caen asustadas cuando siento el tacto de los dedos de Tien según me rodea el brazo.
Huyen de sus respiración intensa y el rechinar de sus dientes.
Del sonido de su ira que nunca antes escuchamos.
Estarán tan preocupadas como yo de que, ahora, ha decidido olvidar que no estamos solos en la intimidad de una sala de palacio. Que puede que eso ya no lo detenga más.
—No me es grato que me tomes por estúpido —la punta de los dedos del hijo del cancilier se hunde en mi piel. Corta de golpe mi respiración—. ¿Crees que guardar silencio es suficiente para proteger tu verdad?
—¿Mi verdad? —dejo caer la luz al escucharlo.
—Tú te preocupas por la seguridad del teniente de los brujos. Él se preocupa por la tuya —declara entre dientes mientras me sacude el brazo.
—Si con ello eludes a lo ocurrido en el templo de los dioses, te recuerdo que tú estabas a punto de acceder a partes que no te corresponden —trago saliva con rabia por tener que guardar las apariencias a pesar de que él ni siquiera se esfuerza.