Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 18. Los secretos de Eryas. #3
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18. Los secretos de Eryas. #3

—¡Guardias! —brama el rey al colocarse hacia la puerta—. Enviad a dos oficiales a buscar al cancilier Drieden. La orden es que el rey lo necesita de forma inmediata.

—Sí, mi señor —responde de forma afirmativa uno de los guardias tras inclinarse.

—Veamos si el joven Tien habla con certeza —me espeta el rey tras ensartarme sus pupilas—, o se equivoca y solo servís para abrir las piernas.

Un suspiro de alivio precede al sonido de la puerta cerrándose frente a mis ojos.

Como si no fuera suficiente con verlo. Me dejo caer en el asiento y apoyo la mano en el pecho mientras busco con angustia la copa de la mesa.

Espero que el contenido la calme. Twig envía al resto de lacayos a sus tareas de forma juiciosa y contenida, incluso a Rune.

Él me observa como si fuera uno de los pobres de las calles.

En la intimidad de la estancia vacía, Twig se inclina a mi altura. Si no fuera por su capacidad para saltarse el protocolo, nadie me habría ofrecido nunca cariño.

—Pensé que queríais ser discreta respecto a vuestra madre —me reprocha Twig sin poder evitarlo.

—Volví de Avka con tanta urgencia para hablar con ella… —termino el resto de la copa—. No imaginaba sus declaraciones sobre nuestro encuentro.

—Mi princesa —Twig me envía una mirada de súplica—. Considero que lo más prudente por ahora, por el bien de su majestad la reina, es cesar con los carteles.

—Es lo más sensato —desvío la mirada apesadumbrada—. Cada día que aparece un cartel, las sospechas hacia mi madre crecen.

—Tal vez estaría bien si la princesa decide postergar todo por un tiempo —musita Twig con todo de precaución—. Incluso las visitas al reino de los elfos.

Tuerzo el cuello hasta que mi certeza se hunde en su fantasía.

—¿Esperas que en ese tiempo las acciones de mi padre también se tomen un descanso? —endurezco el tono. La mirada.

Coloco la postura en el asiento para dirigirme con especial atención a sus miedos.

—Callarme me salvaría de morir, lo sé —sonrío. Poso la mano sobre su rostro—. Pero si callo ahora, entonces tendré que hacerlo para siempre.

—Estáis demasiado expuesta —Twig sacude el gesto con negativa—. Los encuentros con el teniente, las reuniones con la reina…

Sus pupilas se deslizan consumidas por algo más que el miedo. La certeza.

—¿Quién intercederá por vos, si habéis decidido salvar a todos? —Twig deja que su tono roto lo abandone. Incluso si me rompe a mí.

—Creí que comenzabas a confiar en el teniente —acaricio su expresión de temor—. Tú le enviaste una carta pidiendo su ayuda en un movimiento que me sorprendió, he de confesar.

—¿A quién más permitiríais que os protegiese? —pregunta mi querido Twig resignado.

—Ese miedo que sientes también se apodera de mí —afirmo tras levantar su mentón—, pero eso no me detiene. Me obliga a seguir adelante.

—Admiro vuestra valentía, mi pequeña princesa —Twig sujeta mis manos con ternura.

—Yo admiro que creas que soy valiente —sonrío—. Eso sólo significa que tú eres demasiado temeroso.

—¿No podéis verlo? —Twig me devuelve una sonrisa, aunque esté empañada por las lágrimas.

—Vuestro coraje no está en la ausencia de miedo. Tampoco en una simple salida a un reino —golpea el reverso de mi mano un par de veces—. Está en la capacidad de enfrentaros a lo desconocido a pesar de que el pánico os azote con la misma vara que la muerte.

—Me instruyó el mejor de los maestros —beso su frente.

Cierra los ojos con calidez ante el beso.

Trata de aparentar que es alguien recto, meticuloso, pero no puede evitar demostrar que estas excepciones le causan un especial agrado.

Eso me hace sentir querida. Mi padre me enseñó a ser cruel, despiadada, pero Twig…

Con su amplia sonrisa al verme aparecer sin importar cuál fuera el momento, me reveló lo oculto tras un alma cálida y agradable.

Pura. Podía verlo en la forma en que me apopaba entre sus brazos para contarme los cuentos bajo el sol de primavera.

En sus inocentes bromas. Solo el amor puede hacer que alguien envuelva tus manos para calentarlas tras un entrenamiento de vuelo.

Su insistencia en hacerme practicar me resultaba tan tediosa antaño, como nostálgica ahora.

Hasta en la forma cautelosa de bajar la mirada ante una reprimenda del rey por reír conmigo y hablar de historias antiguas encuentro más grandeza, que en una sola palabra de esa sombra que siempre nos persigue.

Mi amado Twig. Él es quién me salvó cada uno de mis días.

—¿Puedo ayudaros en algo más, mi querida princesa? —Twig recupera la postura recta. Sus manos se sujetan al frente.

—Empezaremos por la parte importante —suspiro. Me incorporo con pocas ganas—. Acércate a la asamblea. Debes escuchar la conversación y asegurarte de que mi padre y Drieden se marchan al reino elfo.

—Si, mi princesa —asiente Twig mientras su cuerpo permanece inmóvil.

—Me reuniré contigo en el acceso a la torre del homenaje cuando termine las clases de control —le indico mientras inicio la marcha.

—¿Cómo haréis para evitar a los guardias que custodian los aposentos reales? —Twig sujeta mi brazo para impedir que avance.

—Buena pregunta —aprieto los labios sin saber qué responder—. Piensa cómo hacerlo mientras estoy en las clases.

—Que cada paso que deis hoy sea bendecido con paz, mi señora —Twig me dedica una reverencia.

—Lo dudo mucho —una de mis cejas sube irónica.

Siempre que tomo los pasillos, la vida me parece fluir con más normalidad.

Los lacayos caminan con toallas. Otros van cargados con cestas de mimbre repletas de frutas frescas que cada mañana Grem recoge para el palacio.

Los guardias custodian las galerías golpeando sus lanzas entre pasos metálicos.

Parece que camino por cualquier otro palacio de las tierras de Órianth cuando las voces de mi padre se apagan.

Despliego las alas cuando el aire del exterior me arropa.

Desde las mismas escaleras de la puerta principal me lanzo al vuelo.

La mirada de Lugh hoy luce perdida mientras lanza cabezazos al cielo en espera de verme aparecer.

Parece preocupado. Está alejado del resto, en silencio.

Eso no es lo común en una criatura capaz de hablar según calma su sed.

—¿Lugh? —desciendo lentamente a su lado.

Su expresión se endurece al verme frente a él. Mi entrecejo se arruga.

—Al fin —Lugh deja caer los brazos en un golpe seco sobre las piernas.

Posa la palma de su mano sobre mi espalda para hacerme caminar.

—¿Dónde has estado? Esta mañana ni siquiera pude desayunar de la angustia —Lugh deja escapar una tensa sonrisa—. ¿Entiendes lo que eso significa?

—¿Qué tienes hambre ahora? —controlo a mis comisuras para que no respondan con una sonrisa de sarcasmo.

—Al menos sé que estás bien —me dedica una mirada afilada—. Tu sesera sigue siendo tan pequeña como una alforja.

—No es la primera vez que permanezco tantos días sin salir de palacio —sujeto su antebrazo al ver que me aleja demasiado del grupo—. ¿Me dices que ocurre?

—Maren dijo que el rey te envió fuera de Eryas —confiesa Lugh con tono de juicio—. ¿Por qué?

—Es una larga historia que no debe preocuparte ahora —me inclino hacia él con párpados separados.

—Te advierto que las langostas en salsa comienzan a aborrecerme —sus piernas se separan. Lugh me advierte con sus brazos cruzados—. Y esa es la única estrategia que tienes para convencerme.

Esta historia no le hará disfrutar, estoy convencida, pero hay otras que sí. Su cercanía reciente con la princesa elfa me otorga el señuelo necesario para ella. La complaceré con mi visita y la compañía de Lugh. No sospechará cuando le proponga dejarlos a solas para buscar la llave.

—Hay algo con lo que necesito tu ayuda —tomo su uniforme para acercarlo—. Algo que nadie debe saber. Ni Maren.

—Espera —Lugh aparta mis manos de su uniforme con una ceja arqueada. Inconforme—. ¿Podría morir?

—Con pocas probabilidades —acepto. Arrastro las comisuras de los labios hacia abajo en una mueca de escasa seguridad.

—¿Qué debo hacer? —Lugh relaja el cuerpo tensado por su pregunta.

—No sé qué día será, pero debes distraer a la princesa Aranel mientras busco la llave de los archivos secretos que mencionó Ilta en el despacho de Aelfraed —mis ojos danzan sobre los suyos. Veo como se transforman en rechazo.

—¿Qué harás qué? —sus pupilas se sacuden por el alrededor pensativo—. ¿Qué debo hacer qué?

La profesora se detiene sobre la tierra fresca del borde de las orillas. Sujeta las manos a la altura del abdomen según nos regala su cálida mirada de buenos días. Se asegura de que todos estamos presentes, y sonríe. Coloca sus gafas. Aparta las mangas que cubren sus dedos.

—Buenos días, jóvenes hadas —asiente Ilta en un gesto elegante—. Me alegra ver que hoy contamos con la presencia de la princesa. Supongo que estará deseando explicarme el porqué de su ausencia en estos días pasados antes de que pregunte al rey.

—Lo haré —afirmo.

—Se te comienzan a amontonar las explicaciones —me replica Lugh con tono seco.

—Como bien sabéis, es importante un control preciso al utilizar el don —explica Ilta con movimientos lentos y finos de manos.

—Todo debe ser en su justa medida, ¿verdad profesora? —Lugh se aclara la garganta mientras me dedica una mirada llena de ironía.

—En pocas cosas concordamos, joven Lugh —ríe la profesora—, pero tienes razón.

—¿Cómo se sabe cuándo es suficiente? —pregunta un hada dos lugares más allá de Lugh.

—No habrá caos en tu mente que impida atraer tu poder. Todo dejará de existir en ese instante porque sólo podrás pensar en luchar y vencer —asegura la profesora con una seguridad envidiable.

—¿Cómo un propósito? —se atreve a preguntar Norette.

—Con la seguridad de que, ese, es tu propósito —Ilta recorre la orilla mientras las palabras la abandonan—. Todos los presentes nacimos con el deber de utilizar nuestro don contra los peligros que dañen nuestro reino. Algunos más que otros.

Asegura que, en una batalla, solo el despiste de uno de los soldados podría costar miles de vidas.

—¿Qué pasa con esos dones que no sirven para manipular los elementos, las estaciones…? —pregunto en tono elevado para convertirme en el centro de todas las miradas—. ¿Cómo lucharán esas hadas sin poder contra algo que no conocemos?