18. Los secretos de Eryas. #2
Sus labios se estiran como si buscaran complacencia, pero algo lo reprime.
Me lleno de aire por la afirmación del rey.
Mientras yo trato de hacerle ver a mi madre cuán importante es salvarse de su mano ejecutora, ella me tiende a sus dedos por pánico a aceptar que se ha equivocado.
Sé que solo se deja llevar por el miedo.
Quizás no sepa que sus confesiones pueden ser el motivo de mi último aliento.
No se quedó aquí para salvarnos, lo hizo porque no podía marcharse.
Me siento culpable por arrojarla al enojo de mi padre, me obliga la seguridad de que ésta, es la única manera de conseguir una vida distinta a la suya.
—¿Cómo fue la noche en la ciudadela? —mi padre se coloca cómodo sobre el asiento. Sin decir nada más sobre mi madre.
—Me refugié en el cuarto y salí antes de que la princesa consiguiese comprender que pasé allí la noche —cojo la copa para dar un sorbo que me ayude a bajar la tensión—. Si me hubiera visto, me habría pedido explicaciones.
—Veo que eres más inteligente que ramera —asiente el rey con elegancia. Sonriente—. Deberías sentirte orgullosa, es mucho más honor del que podías esperar ofrecerme.
Las miradas de los criados se clavan en mi nuca mientras trago con trabajo el trozo de pan con mermelada que masticaba. Seguro que repiten en sus cabezas lo que dice mi padre.
—Tomaré eso de vuestra mano como un complido —le sonrío cortando un nuevo trozo de pan.
—Deberías agradecerle todo al joven Tien —el rey estira el brazo sonriente para alcanzar la copa.
—¿Tien? —me detengo en seco.
—Hablamos cosas prometedoras —asegura el rey con mirada de felicidad.
—Imagino que, tras el baile, fue a poneros al día sobre lo sucedido en Órianth —mis labios tiemblan de ira.
—Propuso un nuevo encuentro entre vosotros. Asegura que en la última vez a solas fuiste muy… —mi padre sonríe lascivo. Recorre mi figura con la mirada—. Intensa.
Su gesto me causa tal repugnancia, que siento la imperiosa necesidad de apartar la mirada para ocultarle la arcada.
—Mis recuerdos no son tan agradables —me atrevo a decir cuando vuelvo la vista a mi plato.
—Le pondremos una solución a ese problema —toma aire. Ensancha el pecho a la vez que me regala una amplia sonrisa.
—¿Cómo? —me atrevo a preguntar.
—Sabéis que hace tiempo que me siento generoso —mi padre curva la espalda en el asiento—. ¿Qué hace un rey caritativo? Ayuda a sus queridos súbditos.
—¿Quién gozará del privilegio de vuestra generosidad? —rato de reprimir con esfuerzo la ironía—. ¿Tien, o yo?
—Tú, amada Eladriel —el rey estira el brazo un gesto de orgullo—. Prepararé una reunión privada con Tien en los aposentos del cancilier. Conseguiremos recuerdos de tu agrado.
—Y debo agradeceos este gesto, majestad, ¿no es cierto? —aparto la mirada para no permitir que vea mi rabia.
—Desde luego. Con la nueva información que has compartido… —sonríe a través del cristal de la copa—. ¿Qué mejor manera de recompensaros, que con la compañía de vuestro amado?
El golpe sordo de la puerta contra las paredes impolutas del salón interrumpe el agradable encuentro que vivíamos.
Un guardia real entra a prisa después de inclinarse.
Trae una misiva en la mano que se sacude hacia todas partes con la misma urgencia que su rostro desencajado.
Imagino que trae malas noticias. Ni siquiera se ha detenido a mirar al resto de guardias y lacayos que hay observando qué sucede.
—Su excelencia —el guardia, agitado, se inclina de nuevo—. Misiva de Rhysartyr. El cancilier Evander considera que es de vital importancia que la leáis sin más demoras.
—Rune —enuncia el rey mientras chasquea los dedos—. Lee la carta para nosotros.
Su lacayo se apresura a cumplir sus órdenes apartando la carta de las manos del guardia antes de que pudiera ofrecérsela.
Aguantar a mi padre y sus improperios en el día de hoy parece que se verá recompensado con la posibilidad de estar presente y escuchar el contenido de esa carta.
Contengo la respiración. Intento no llamar la atención de mi padre cuando se acerca intrigado hacia su lacayo y el guardia.
—Mi señor —Rune titubea—. El contenido es algo delicado.
—Si alguna de las criaturas de aquí pierde la consciencia mientras lees, servirá como justificación para encerrarlo en mis mazmorras —afirma el rey con tranquilidad—. No deseo un reino de cobardes.
—A mi querido amigo, el rey Eliot de Ravenbell —comienza a leer Rune—. Saludos con honor desde el trono de Rhysartyr. Con el debido respeto…
—No hace falta que leas todo el contenido, arrapiezo bobalicón —espeta mi padre—. Ve directamente al motivo de la urgencia.
—Se han encontrado decapitados dos bases de elfos que patrullaban cerca del bosque ancestral —Rune guarda silencio por un instante.
Nos observa sobre el papel—. Algunos de los cuerpos se hallaron vacíos, sin rastro de órganos.
Tememos que algunas de las criaturas del bosque hayan escapado y estén vagando por las fronteras…
Mi padre arranca la carta de las manos de Rune de una embestida que provoca su temblor.
Se encoge sin remedio del susto. Camina alrededor.
Lee el resto del contenido en silencio, pero con las pupilas viajando a toda velocidad sobre las líneas de tinta antes de plantar el papel sobre el pecho del guardia al terminar.
Sin aviso previo. Su lacayo lo agarra en un acto reflejo para impedir que caiga al suelo
—¿Dónde están mis malditos canciliers? —brama mi padre. La desesperación lo hace caminar por el medio del comedor—. ¡Deberían estar en mi palacio! —se acerca al guardia para darle un tirón de la armadura.
—Todos salvo el cancilier Drieden esperan al fin de vuestro desayuno en la sala de asambleas, mi señor —el guardia planta la mirada en el suelo.
—Que dos patrullas de vigilancia cubran la frontera de Ravenbell con el bosque de los susurros y Rhysartyr. Duplica la guardia en la entrada de la cueva y el palacio —ordena mi padre tras soltarlo de un empujón impiedoso.
Lo que hay escrito en esa misiva es lo que necesito para conseguir que mi padre abandone el palacio.
Si marcha al reino elfo después de su asamblea, las horas que esté fuera me ofrecerán la perfecta oportunidad de acceder a la torre del homenaje.
Hablar con la reina a solas. Esta información es preocupante, Aelfraed debe encontrarse nervioso con los últimos acontecimientos ocurridos con sus guardias.
Es de imperiosa necesidad que el rey acuda a calmar el estado de su viejo amigo y único aliado político.
Elevo la mirada cuando su pie está a punto de cruzar la puerta.
—¡Mi señor! —elevo la voz para llamar su atención. Me levanto apresurada del asiento.
—¡Qué quieres, estúpida enclenque! —grita mi padre sin perder su postura recta.
—Solo deseaba saber si su majestad viajará al reino elfo —sujeto mis manos al frente mientras mi voz se vuelve suave. Bajo la mirada.
—¿Debo, acaso, informarte de mis movimientos? —lento, se coloca de medio lado para lanzarme una mirada de odio.
—Permitid que os aconseje en algo —le observo sin que pueda darse cuenta.
—¿Qué consejo podría aportarme una nimia mujer que fuese valioso? —la frente del rey se eleva con burla.
—Dada la estrecha relación entre sus majestades, deberíais presentarles vuestras condolencias por la pérdida de sus hombres —despacio, mi mirada se eleva hasta encontrarme con la suya.
—¿Qué conseguiría con eso aparte de demostrar mi sensiblería? —las cejas del rey se arquean molestas.
—Hay una unión política y militar entre Ravenbell y Rhysartyr —asiento con firmeza—. Si el problema que se plantea en la carta es tan grave como Aelfraed explica, debemos conocer todos los detalles.
—¿De qué nos servirían las historias de esos guardias cobardes que no blandieron las espadas contra sus enemigos? —resopla el rey.
Sacude la capa para continuar con su camino
—Podríamos conseguir elfos que respalden el trabajo de nuestros guardias —revelo a expensas de que no se marche sin pensar en mis palabras—. Ellos saben cómo actúan esos asesinos, pueden guiar a los soldados de las hadas.
Veo su ojo entrecerrarse a lo lejos. Su barbilla se tuerce. Su capa se mueve, pero sus pasos no lo guían hacia la salida, sino en mi dirección. Apoya las manos en el borde de la mesa mientras tomo asiento para no estar a su altura mientras se dirige a mí.
—Bien, Eladriel —el rey clava sus ojos autoritarios sobre mí—. Serás quien discuta los asuntos políticos con el rey.
—¿Yo? Mi señor… —vacilo. Intento reprochar con la postura—. Majestad —respiro—. Yo no soy la criatura indicada para influir en ese tipo de negociaciones.
—¿No debo confiar en la princesa para establecer acuerdos con otros reinos? —gruñe el rey.
Hay ocasiones en la que su aparente lucidez me hace dudar de su locura.
Parece que sospecha de mi deseo de verlo partir.
O puede que desde aquel día en el que me otorgó el puesto de Drieden frente a los reinos, algunas de mis ideas no le resulten tan desagradables como pensaba.
Quizás esta sea la oportunidad que yo esperaba.
El cancilier no se encuentra aquí para entorpecer con su diálogo ladino las charlas con el rey, no puede decir frases humillantes.
Tal vez esto le convenza de que no necesito un bastardo a mi lado que tome decisiones por mí, me liberaría de la pesada compañía del hijo del cancilier.
Pero si acepto su ofrecimiento, no sé si tendré una nueva oportunidad para acercarme a mi madre. No puedo abandonarla por una esperanza.
—Vuestra sierva siempre está preparada por si su señor la necesita —suspiro por culparme mientras hablo—, más estos menesteres necesitan una experiencia vasta.
—¿Y qué propones? —los labios del rey se estiran intrigados.
—El señor Mémberin sería el más indicado como primer cancilier político —afirmo sin titubeos—. Quizás su puesto y figura sean más imponentes para el rey Aelfraed en estas cuestiones.
—¿Eso creéis? —su frente se eleva. Sus ojos me observan con dudas.
—Con firmeza. Vos siempre decís que una mujer no sirve para estos asuntos, vuestra sabiduría es a la que me acojo para lanzaros esta propuesta —acepto.