18. Los secretos de Eryas.
(Eladriel)
Twig despliega las alas. Trata de darme alcance mientras bajo las escaleras de la torre de mi cuarto.
Después de haber permanecido durante tres días en encierro junto a la reina, mi padre ha decidido hace escasos minutos que esta mañana debía continuar con sus deberes.
Ha revolucionado el palacio. Abandonó los aposentos reales bramando sobre todo lo que se ha escapado a su control durante este tiempo de ausencia.
Elm y Rune permanecieron inmóviles como estatuas frente a la puerta desde la misma noche que liberaron a la reina de las mazmorras.
Hasta donde sé, solo tenían permitido moverse para descabezar el sueño por un par de horas.
Iban acompañados por guardias cuando debían acudir a las cocinas para complacer los deseos de su majestad.
Hasta esta mañana.
Quise averiguar qué sucede con mi madre, pero no me permitieron la entrada a la torre del homenaje ninguna de las ocasiones en las que acudí.
Ni siquiera accedían las criadas para sus tareas habituales.
Me hice ver por el salón en cada comida por si el rey se dignaba a ofrecernos su tortuosa compañía como de costumbre.
Solo los despenseros y lacayos acudieron.
Y Twig. Incluso se cancelaron las reuniones de la asamblea.
Lo único que aún me hace guardar la calma es que todavía no se pronunció la palabra muerte.
Que eso parece indicar que mi madre vive.
Y el silencio. El hecho de que el rey no haya mencionado nada sobre lo que sucedió con el hijo del cancilier en los jardines de Órianth.
Creí que eso sería mi condena, sin embargo, Tien y su padre ni siquiera han aparecido por aquí en estos días.
Ojalá un rayo de un hada novata los haya alcanzado.
—¿Podrías repetirme de nuevo eso que dijo Elm? —desciendo en los últimos escalones de la torre.
—Se organizará una reunión del consejo tras el desayuno —Twig suspira exasperado.
—Estoy segura de que ella no lo acompañará a la mesa —me muerdo el labio inferior por la impaciencia de su paso lento.
—¿Y si estáis en lo cierto y la reina no baja junto al rey? —escucho su voz cada vez más cerca.
—Tendré que hallar la manera de acceder a la torre del homenaje aprovechando las tareas que su majestad deba cumplir en el día de hoy —apoyo el peso en un pie para comprobar cuánto le falta.
—¿Cómo lo haréis? —pregunta Twig—. Las órdenes del rey siguen en pie. Ni Elm pudo acceder esta mañana.
—Lo sé, Twig. Así no me sirves de ayuda —mis comisuras se estiran en una sonrisa rígida.
—No podréis evitar a todos los guardias que caminan por el palacio —sus cejas se elevan tenaces al llegar a mi lado.
Apoya las manos en los muros de la escalera para llenarse de aliento. Lo observo pensando en esas últimas palabras que ha mencionado.
—Acceder con él aquí no sería prudente, tendré que pensar en algo que lo haga abandonar el palacio —arrugo el ceño. Paso la mano por la frente.
—Os sería más sencillo y menos arriesgado acceder por el balcón del torreón —Twig recupera la postura solo para cruzarse de brazos.
—¿Qué otra cosa disfruta el rey aparte de causar temor a los que están a su alrededor? —alzo la mirada. La hundo en Twig—. Vamos, tú conoces a mi padre mejor que yo, dime.
—Mi querida princesa —suspira Twig—. Será mejor que no planeéis nada hasta ver el estado de vuestro padre. La última charla entre vosotros fue… —estira su chaqueta con elegancia—. Complicada.
—Creo que una vez que aprendes a controlar la respiración a su lado, ya no puedes olvidar cómo se hace —sonrío.
Estiro la mano para señalar el pasillo principal.
Accedo a él antes de que pueda aceptar seguirme.
Acudo presta a las puertas del salón cuando los guardias ya han doblado las espaldas en una reverencia y han separado las hojas.
Apenas tengo tiempo de comprender qué he llegado cuando la butaca de mi padre resplandece frente a los ventanales a su espalda.
Es lo único que puede verse. El rey se percibe como una figura oscura.
Sin detalles en las facciones ni rasgos que puedan distinguirlo.
Mis pupilas viajan hacia el asiento vacío de mi madre con cuidado de no ofender su ego real.
—Su majestad —me inclino en el extremo de la mesa.
—Me encuentro sorprendido por verte, Eladriel —el rey mueve su brazo, sibilino. Señala la silla a su lado—. Toma asiento.
Twig se inclina. Se apresura por el hueco entre los lacayos que me reverencian cuando camino y las sillas pegadas a la mesa para tomar mi asiento.
Lo retira. Ladeo el cuello hacia la derecha.
Contemplo el plato vacío de su desayuno según estiro la servilleta de tela en el regazo.
Me aclaro la garganta al apoyar la espalda contra el respaldo de la butaca para que el despensero me llene la copa.
Trato de concentrarme en la comida servida frente a mí.
Intento tragar con cada trozo de fruta la necesidad de abrir mi boca para otra cosa distinta que no sea masticar.
Froto las manos por sobre la mesa como última instancia.
—¿Madre no tomará su desayuno? —rompo el silencio porque las palabras se me atascaban en medio de la garganta.
—La reina está en sus aposentos —mi padre asiente con una sonrisa agradable que no es tan simpática como eso que asegura—. Es lo que ordenasteis, ¿no?
—¿Por qué no quiso acompañaros? —mis cejas se juntan sospechosas por un instante—. Ella no ha faltado a un desayuno en siglos.
—Yo solo cumplo con los deseos de mi amada reina —el rey suelta un suspiro nostálgico.
—¿Deseos? —inclino la cabeza con curiosidad—. ¿Qué deseos?
—Ella anhela esos años de nuestro recién estrenado matrimonio donde no la enturbiaba tu presencia. Los lacayos llevaban el desayuno a nuestros aposentos —dibuja media sonrisa—. Qué tiempos de paz.
—Con vuestro permiso, me gustaría hacerle compañía —coloco la servilleta sobre la mesa—. Puedo pedir que preparen mi desayuno para que lo sirvan en los aposentos reales.
Ante su silencio, mi pecho se llena de fuego. Aparto la silla para alejarme. Antes de que pueda dar dos pasos, Cedric me detiene ocupando un puesto en medio de mi camino.
—Siéntate —me ordena el rey con calma—. Debemos hablar de todas las cosas malas que has hecho.
Su orden eriza mi piel. Me aclaro la garganta al ver mis ojos reflejados sobre la punta de la lanza que sostiene Cedric con firmeza.
Twig me dedica una rápida mirada de reojo.
Asiente de forma ligera para que tome asiento en silencio y no trate de decir nada más.
Su boca sin expresión ha sido tantas veces la prueba de sus pensamientos...
Contemplo a su majestad. Puedo distinguir esa curiosidad que navega en sus pupilas mientras me observan con detenimiento.
—Mi señor —me inclino antes de sentarme.
—He tenido tiempo de hablar con tu madre en estos días de intimidad que pasamos, querida Eladriel —las cejas del rey se arquean—. Me reveló tu visita.
—Me sorprendió tanto como a vos que pidiera reunirse conmigo —me fuerzo a sonreír—. Deseaba entregarme las joyas que lucí en el templo de los creadores.
—Debo decir que me encuentro muy disgustado —su barbilla se eleva. Su mirada se vuelve inquina—. Habéis intentado llenar la cabeza de la reina con palabrería hereje. Eso no es digno de la hija del rey Eliot.
—¿Cuál fue mi error, su majestad? —arrugo el entrecejo con inocencia fingida.
—¿Fingirás que no conoces las palabras que pueden costar tu vida? —despacio, el rey coloca la espalda en su butaca.
—Decidme que fue lo que os contó madre que os perturbó —sostengo la mirada sobre la suya para mantener mi alegato de defensa.
—Le aseguraste a la reina que sois inocentes, más ninguna sois libre de la culpa que persiguen mis castigos —afirma. Su mandíbula se vuelve amenazante—. Tú me traicionas, yo te mantengo con vida.
—Nunca os traicioné, padre —niego—. Nunca.
—Hace años que sé cómo te conviertes en una serpiente rastrera que murmura en los oídos de la reina para que me elimine y tome el trono —las fosas nasales del rey se ensanchan. Su rostro se llena de ira, del miedo que mostró en el templo—. Ella misma lo confesó.
—¿Ella lo dijo…? —la tristeza florece sobre mi expresión, pero sé que no puedo creerlo.
—Siempre me despreciaste. Trataste de que ella me abandonase con mentiras —brama mi padre con la mirada ida por la cólera.
—¿Por qué querría que ella tomase el trono? —sigo sus movimientos con la mirada. Confundida.
—Deseas ponerla en mi contra porque ella es débil. Esperarás a mi ausencia para arrebatar su vida y usurpar el trono —el rey se levanta del asiento—. ¿Crees que te permitiré tal acto?
Mis pupilas se alternan junto con el miedo y el desconcierto entre las suyas.
Trato de buscar un atisbo de empatía hacia la reina, pero solo acierto a bajar la mirada.
Si guardo silencio sobre sus pensamientos siniestros, alimentaré aún más sus oscuras ideas.
Si lo niego y lucho por la idea de que es incierto y todo son interpretaciones de mi madre…
—Puede que la reina haya malinterpretado mis consejos, majestad —tomo la copa para tratar de disimular los nervios.
—¿Ahora la tildáis de ser de pocas ideas? —mi padre aparta la capa bajo una carcajada para alejarse de la mesa—. Hace unos soles admirabas su carácter en la sala del trono.
—Yo solo le recomendé que se mostrase más complaciente ante vuestra presencia —declaro sin dudas. Como si le hubiese engañado mil veces más.
—¿Cómo así? —voltea. Su ceño se arruga.
—Noté que, en los últimos tiempos, no se digna a sonreír incluso si debiera sentirse honrada por estar a vuestro lado —inclino la cabeza hacia un lado con ligereza—. ¿No consideráis que eso es una falta de respeto hacia vuestra gran figura?
—Lo es. Una gran falta de respeto —su majestad asiente convencido.
—Me atreví a aconsejarle algo más, quizás son las palabras que la reina malinterpretó —arrugo la frente con confianza al ver su reacción.
—Vamos, revélaselo a tu rey —me indica mi padre con el tono alterado.
—Le sugerí salir del palacio con más frecuencia —carraspeo cuando sus ojos se hunden sobre los míos—. Eso dejará de alimentar las ideas que ese vástago traidor reparte por Ravenbell sobre vuestro nombre. Ser vista paseando por las orillas acallará los rumores.
Su majestad entrecierra los ojos, pero de forma tan aguda, que me recorren punzantes.