Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 17. El juicio del deseo. #7
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17. El juicio del deseo. #7

—La frontera entre los pueblos de Éxavor y los de Brenshire. El bosque de los susurros —trago saliva después de sentir como me mira.

—¿Había algo que te preocupase? —Ebhan arruga el entrecejo curioso—. Qué sospechabas cuando decidiste tomar esa decisión…

—Es que… —sorbo rápido—. Me siento intranquilo desde que sé que ese soldado llegó a Bhulkahdur —elevo la mirada para sostenerla—. Mi trabajo es proteger el reino de cualquier amenaza que pueda aparecer por sorpresa.

—Es agradable ver esa inmensa preocupación y dedicación hacia tus tareas y responsabilidades —Ebhan dibuja una sonrisa poco confiable, a mi parecer—. Aunque, discrepamos en cuáles son.

—¿Discrepas? —arrugo la frente con sorpresa.

—Sé que no pasaste la noche aquí, tampoco haciendo guardia —me recrimina el príncipe. Desliza un papel doblado de un doble fondo de su capa—. Imagino que tu paradero en las horas de ayer está relacionado con esto.

Ni siquiera soy capaz de distinguir bien de qué se trata hasta que la acerca.

Mi cara de asombro porque esté en su poder me delata, aunque no quiera.

Sus palabras tienen mucho sentido ahora.

Es la carta que el lacayo de la princesa me envió ayer en la tarde, y yo la dejé sobre el escritorio de mi cuarto antes de marcharme.

No puedo mentirle más.

—Así es —acepto entre dientes mientras bajo la mirada.

—Si has sido capaz de marcharte fuera de Órianth para estar con ella, al menos, afírmalo con la cabeza en alto ante tu príncipe —brama Ebhan tras lanzar la carta contra el sofá con ira.

—Me fui con ella —esta vez mi tono es firme y tajante. Mi mirada se centra en sus pupilas.

Su brillo de decepción se intensifica para hacerme sentir la peor criatura del mundo. Siento tanta tensión entre nosotros, que una palabra equivocada rompería todo en mil pedazos.

—Negaste mis sospechas cuando pidió hablar contigo a solas en Eryas —niega Ebhan con labios apretados—. Dijiste que nada de lo que vi podía darme a entender que había algo entre vosotros.

—Eso no tiene nada que ver con lo sucedido anoche —declaro sin esperar a que termine de odiarme.

—¿Y la carta a Ravenbell con mi sello? —grita el príncipe. Sacude los brazos con más intensidad por el enfado—. Avisaste de la llega del soldado a Bhulkahdur.

—Era mi deber —trago saliva.

—Tu deber termina cuando empiezan mis órdenes, teniente Bradosck —suelta la copa sobre la mesa con brusquedad—. Te di instrucciones explícitas sobre lo que hacer y me desobedeciste. Pusiste al pueblo en peligro.

—Rhysartyr fue el siguiente en ser atacado. Si no hubiese advertido al reino hada de lo que sucede, habría alguien muerto también —siento como la presión sube y baja mi pecho. No va bien.

—Nunca antes me habías desobedecido, Azohr. No avisaste al reino elfo —resopla Ebhan lleno de cólera—. ¡El rey Aelfraed podría considerarlo una traición!

—No lo hará —niego con seguridad—. El rey Aelfraed es justo.

—¿Qué justicia le pides respetar? —ensancha las fosas nasales.

—Si le cuento la verdad, jamás nos declararía la guerra —le dedico una tímida sonrisa tranquilizadora.

—¿Cuál es la verdad? —pregunta el príncipe mientras toma aire.

—¿Cuál debo decirte? ¿La suya o la mía? —mi tono resignado aplaca su expresión.

—La que te atormenta —acepta Ebhan con ojos brillantes. Como cuando duele la culpa.

—La princesa de Ravenbell es a quién quise todo este tiempo —por fin puedo decirlo, y me alegro de poder hacerlo mirándolo a los ojos.

—Pasaste la noche con ella… —aparta la mirada mientras carraspea.

—No así —afirmo con rotundidad—. Recibí esa carta. Necesitaba que la protegiese, un lugar donde pasar la noche.

Sello los labios en espera de que la parte compasiva de Ebhan me comprenda porque sé que él hubiese hecho lo mismo.

—Qué generoso, no dudaste en ofrecerle tus brazos —manifiesta el príncipe con ironía punzante—. ¿Por qué confiaría en ti de esa manera? Solo habéis coincido un par de veces.

—Con alicientes claros para ganarme su confianza —elevo las cejas a modo de reclamación—. Salvé la vida del entrenador y te ayudé a salvar la suya.

—Azohr… —su tono de advertencia intimida.

—Nos vimos un par más de dos —trago el vino de golpe al no soportar la presión.

La mirada del príncipe se desploma, creo que igual que las esperanzas que todavía mantenía sobre escuchar una negativa a sus pensamientos. Sacude la cabeza en un gesto de rechazo mientras se acerca a pasos rápidos para detenerse justo frente a mí. Sus ojos se llenan de desafío, de molestia e ira.

—¿Crees que has sido valiente por lo que has hecho? —pregunta el príncipe en un tono sutil que consigue exasperarme—. ¿Quién crees que eres?

Camina hacia los lados lanzando reproches envueltos en voces de rabia. Habla mientras yo permanezco inmóvil escuchando todo lo que dice sin interrumpirlo en ningún momento.

—¡Contesta a tu príncipe! —Ebhan suelta un grito que retumba por toda la estancia y la vena de su cuello se marca furiosa.

—No puedo decir nada más —digo en tono bajo mientras observo las betas de la madera del suelo.

—Olvidaba que dijiste estar enamorado de ella —el príncipe se acerca a por su copa—. Dispongo de una solución con lo que has confesado.

—Ebhan… —trato de interrumpir.

—Mañana mismo nos reuniremos con los dioses y se lo explicaremos —sonríe con sarcasmo, incluso con burla—. Seguro que cambian las leyes de milenios porque tú, un teniente de su creación, ha decidido enamorarse de un hada.

—Sé que eso no es posible —resoplo molesto—. Todos los días vivo con ello. Todo el tiempo.

—Bien —me observa por encima del borde de la copa—. Entonces tu visita fue para terminar con todo, ¿no es cierto?

—No dejaré de verla, Ebhan —proyecto mi mirada en el centro de sus pupilas.

—Teniente —se acerca. Posa su mano sobre mi hombro—. No puedes tener una relación con la princesa, os matarán a los dos.

—Eso ya no me detiene —sentencio.

—¿No te importa lo que le suceda a ella? —Ebhan eleva la voz de nuevo, separa los párpados.

—Durante mucho tiempo me ha importado, eso me mantuvo alejado de ella y su reino hasta en la política —afirmo tras aclararme la garganta—. Ya no más.

—¿Eres tan egoísta como para permitir que la maten sólo porque la quieres? —sus entrecejo se arruga con horror y no lo esperaba.

—Ojalá no tuviera que imaginarlo cada vez que pienso en ella —la ira arde en mi interior como el fuego en Hai. Me llena de energía—. No sabes lo que es estar cerca de alguien por el que serías capaz de matar, y no poder dejar de verla muerta.

—¡Entonces termina con esta locura antes de que pase! —Ebhan brama y en la sacudida del brazo, vierte vino por todos lados.

—No sucederá. Yo haré guardia cada minuto que esté con ella para impedirlo —estiro el cuello para insistir, para que me escuche. Con desafío—. Sabes que soy bueno en la lucha, en la magia.

—¿No comprendes la verdad? —me recrimina Ebhan sin paciencia—. Tú verdad es que, ella, es la hija del rey Eliot, y ese maldito rey loco nos declarará la guerra.

El príncipe rodea el conjunto de sofá y sillones para acercarse a la estantería a por una botella de whisky que abre con la intención de beber de ella directamente.

—No te preocupes, me iré de Brenshire —confieso—. No cometeré el mismo error que mi padre.

—¿Te irás? —Ebhan voltea el cuello con premura—. ¿Dónde irás?

—Al mismo lugar donde estuve anoche —encojo los hombros.

—Eres como un hermano para mí, para mis hermanas —el príncipe me mira mientras se acerca—. Juré que te protegería y forma parte de mi honor hacerlo. No puedo permitir que veas a la princesa.

—¿Cambiaría algo si en vez de ser como un hermano, lo fuera de verdad? —la pregunta me rompe tanto como a él, puedo verlo en sus ojos quebrados.

—Me has traicionado. Me has convertido en tu cómplice… —Ebhan abre los ojos sorprendido—. ¿Crees que, de no tratarse de tí, actuaría de esta manera?

—Desde mi punto de vista, tú también me traicionas —cojo la botella de su mano para dar un sorbo.

—¿Cómo te atreves a asegurar eso? —cada vez, el rictus de su decepción se vuelve más amargo—. Ni siquiera llevas unas cadenas.

—Las que me pones no se ven, Ebhan, pero duelen más que esas —inclino la cabeza para lanzarle una mirada de aviso—. Si tú estuvieras en mi lugar, yo te ofrecería mi apoyo sin condiciones.

—¿Elegiste enamorarte de quién no debes, y me culpas a mí por ello? —Ebhan se deja caer abatido sobre el sofá.

—¿Elegir? —arrugo la frente sorprendido—. Sabes que eso no se puede elegir ni rechazar.

—Pero tenías la elección de mantener las distancias. Te expusiste y la has expuesto a ella —Ebhan habla claro, observándome con autoridad.

—¿Y qué sucede con lo que Eladriel desea? —profiero según bebo otro trago amargo—. ¿Y si ella lo desea tanto como yo?

—Entonces está todavía más loca que tú, a ella la matará su padre antes de que lo hagan los dioses —el príncipe eleva la mirada con una declaración certera y lacerante.

—Confío en que no fallaré, confía tú también —doy un paso al frente con mirada suplicante.

—Eres mortal. Algún día morirás y entonces ellos habrán ganado —me recuerda.

—El tiempo habrá ganado —le corrijo sin dudar.

—Sabes que sólo hay una forma de vencer —sostiene el príncipe.

—Lucharé con la muerte hasta el final —asiento—. Si no lo hago, habrán ganado antes de que muera.

—Aunque Eliot desaparezca, los dioses no tendrán piedad —el tono pesimista del príncipe comienza a cansarme.

—Nunca la tuvieron, mi señor —más verdad que nunca le dije ahora.

Ante su silencio, camino presto para salir del salón y encerrarme en mi cuarto.

—No tienes permiso para irte —clama Ebhan mientras me mira de medio lado.

—¿Vas a entregarme? —pregunto de espaldas, sin soltar el pomo de la puerta.

—Necesitamos un plan por si vienen a por ti —Ebhan sonríe. Estira el brazo para robarme la botella y llevarme al sofá—. No pienso dejar abandonado a alguien de mi familia.