17. El juicio del deseo. #6
—Y, dime, querido teniente… —Gandar por fin rompe el silencio—. ¿Qué más ocurría en ese sueño?
—Alguien me necesitaba, yo podía sentirlo. Su mensaje parecía importante, aunque no conseguía entender apenas lo que hablaba —una pequeña sombra de miedo me llena—. Quería despertar, pero era incapaz, me obligaba a escucharlo.
—Quizás una simple pesadilla —afirma Gandar sin darle más importancia.
—Sentía como si me tocasen —cierro los ojos ante la sensación de angustia que aparece.
—Puede ser un sueño de magia negra. Algunas criaturas con ese don lo utilizan para comunicarse con los portadores, pero ningún elfo posee magia oscura —voltea con el semblante serio y en calma—. Debe tratarse de una simple alucinación por el cansancio.
—¿Alucinaciones? ¿Por cansancio? —creo que el vino y el calor del fuego han debido de dormirle el cerebro y no está desarrollando todo su potencial intelectual.
—El sueño y el cansancio tienen la capacidad de hacernos ver pequeñas cosas que en realidad no están —estira el brazo para atraer la botella. Se sienta en su mecedora.
—Hago guardias, sé lo que es no dormir en días —elevo las cejas con una mueca de sorna.
—Se me olvidó mencionar tus miedos. Todo te juega una mala pasada —Gandar deja la botella a un lado para recostarse tras un gemido de placer—. Mis visiones aumentaron debido a eso. Apenas distingo las reales de las que no lo son.
—Dime —me levanto para alejarme de la silla—. ¿Alguna de esas visiones tenía que ver con Ebhan?
—Para hablarte de él no necesito ninguna premonición, señor Bradosk, lo conozco como a la palma de mi mano —sonríe Gandar, mostrando los pocos dientes que le quedan—. Puedo percibir sus emociones por el olfato como si fuera un sabueso.
—Me quema no poder sincerarme. Vivir con él así me hace sentir la escoria más grande de Órianth —ladeo la mirada hacia el fuego, siempre reflexivo al ondear—. Le miento al mirarlo a los ojos mientras nos sentamos a compartir plato.
—Si algo me enseñó la vida, señor Bradosck… —Gandar me observa a través de los susurros de su magia—. No hay peor puñalada que la traición propia.
—No puedo sentirlo así. No puedo sentarme a compartir la cena y callar —confieso. Siento el abrazo estrangulador de la moral alrededor del cuello.
—La verdad trae alivio y desconsuelo. Paz y guerra. Amor y odio —el hechicero suspira con frustración—. ¿Qué traerá tu verdad?
—Muerte. Estoy seguro de ello —afirmo con una seguridad que asusta.
—Permite que la calma te haga ver todas las opciones reales que tienes, teniente —declara Gandar entre dientes.
—Pensé en todas las posibilidades —resoplo—. Soñé con un futuro idílico donde Eladriel y yo somos felices, pero siempre se acaba convirtiendo en la pesadilla que llena el mar de rojo. De sangre.
—Cierto es, que el príncipe no es muy dado a las relaciones románticas —sonríe—. Sin embargo, eres su familia, y te aseguro que, para él, eso es lo más importante.
—Lo sé, señor Dugalf. También su reino —trago saliva según imagino la vida dentro de la fortaleza de los brujos oscuros.
—Eres el teniente de Néferien, un habitante de su reino —insiste, inclina la cabeza hacia delante—. Y cuentas con la protección de tu gran amigo Gandar Dugalf.
—Por mi gran amigo, Gandar —me acerco a la mesa a coger la copa para brindar en su honor.
—Por su familia —choca su copa contra la mía derramando algo de vino. Se la bebe de un sorbo y suelta un sonoro sonido de satisfacción al terminar—. Por el vino.
Gandar me ofrece otra copa que rechazo como las dos anteriores.
No deseo llegar frente a Ebhan sacudiéndome hacia los lados y anoche ya bebí demasiado.
Me marcho cuando ronca con el vino en la mano que cuelga del reposabrazos.
Forma un cerco rojo que la madera absorbe rápido.
Más que las ratas que se acercan. Ahora, ni un ejército de ángeles que irrumpiese en el reino para atacarnos sería capaz de devolverlo en sí.
Además, ya es bien entrada la noche y Hai no me acompaña, lo que significa que Ebhan estará muy enfadado cuando llegue.
Abro con cuidado de no estropear su descanso.
La diferencia de temperatura abruma, pero podré soportar los vientos cálidos del pueblo de brujos verdes si pude resistir el frío de la nieve mientras buscaba leña.
Por el contrario. Es agradable sentir como me despeja entre los árboles secos.
Entrecierro los ojos a más de la mitad del camino cuando una sombra que se mueve en el aire con fiereza se dirige a mí a toda velocidad.
Hai sobrevuela los árboles como si quisiera impactar contra mí.
Le advertiría si me escuchase de que esa no es la mejor de sus opciones.
Si luego consigo levantarme, no dudaré en romper su pico de fénix de un puñetazo.
Me detengo en el centro del sendero con los brazos cruzados y las piernas separadas, pero no creo que eso le imponga a una criatura de tal envergadura.
Y no lo hace. Doblo las rodillas. Me cubro la cabeza con los brazos al ver que sigue firme en sus intenciones.
Me deslizo por la grava cuando siento como sus garras envuelven mis hombros para levantarme en el aire.
Gira a la izquierda y mueve el cuello con agilidad para sacudirme.
Su vuelo se detiene sobre el río cercano para dejarme caer al agua fría.
La sensación de pesadez ha desaparecido por completo cuando consigo salir a la superficie.
—¿Podrías decirme qué haces? —abro los brazos para ver como el agua gotea incesante a la hierba del suelo.
—Cortesía del príncipe Ebhan —Hai chilla. Vuela en círculos alrededor—. Estaba seguro de que necesitarías refrescarte y no se confundió.
—Todo estaba bien hasta que apareciste con ojos de querer partirme a la mitad —miro como el barro de la orilla se ha pegado a la ropa. A la armadura.
—Hace mucho tiempo que no íbamos de excursión al río —desciende frente a mí—. Estaba convencido de que disfrutabas de las escapadas improvisadas.
—No en las que acabo empapado de agua helada casi a media noche —arqueo una ceja a modo de queja mientras trato de escurrir la ropa.
—Seguro que si yo tuviese apariencia de princesa, no dirías lo mismo —Hai baja la cabeza graznando con su ironía.
—Intuyo en tus comentarios algo de celo —elevo media sonrisa mientras me acerco para montarlo—. No deberías, te prometo que las únicas alas que me interesan son las tuyas.
—Eso no debería de sonar como un cumplido —ríe el fénix—. Pero me gusta.
El vuelo de regreso es lento, parece que la culpa le ha hecho ofrecerme un paseo de consuelo antes de llegar.
Solo tenía tres años cuando monté a este animal por primera vez, cuatro cuando hice mi primer vuelo.
Sabe que estar arriba de sus lomos es lo más parecido a escapar de todo lo que conocemos.
De lo que duele cuando mis pies tocan la tierra.
Emir y Yeziel no pueden reprimir la carcajada ante mi aspecto mojado y embarrado.
Yo, sin embargo, tenso tanto la mandíbula mientras les hundo una mirada de ira que podría partirme las muelas.
Nada mejora cuando llego frente a ellos y rompen a reír al separar las puertas.
Cierro los ojos. Tomo aire para llenarme de toda la paciencia que debe faltarle al príncipe en este momento y accedo sin decir ni una sola palabra de reproche hacia los guardias. Por ahora.
Mis pasos se sienten más pesados y no solo por el agua en las botas.
Según camino, dejo un rastro de gotas que se cuelan entre las grietas, vibran en la calma del silencio frente a la puerta del comedor.
La presencia del príncipe llena la sala.
La chimenea crepita fuerte gracias a los dioses.
El olor a vino es un arma de doble filo, le gusta con intensidad cuando está muy contento o enfadado.
Nadie lo acompaña. Se dedica a observar con detenimiento el cuadro de sus padres frente a la chimenea, atusando el cuello de pelo de colores marrones claros y oscuros de su capa.
Sería capaz de reconocerlo hasta en la más profunda oscuridad del infierno.
La interrupción de su tranquilidad le advierte de mi presencia.
Sus botas rugen al voltear, podrían estremecer al más inocente con el metal que las recubre.
Aparta la capa para llevar las manos a la espalda.
Su barbilla se eleva mientras fija la mirada sobre la alfombra que recorre antes de tomar asiento.
Se inclina para recoger la botella de la mesa y llena las copas que hay a cada lado de ella, pero las deja exactamente en el mismo lugar mientras se recuesta en el respaldo confortable.
—Alteza —me inclino al colocarme entre él y el fuego.
Disimulo la respiración de alivio cuando siento como el calor anaranjado me toca para protegerme del agua que aun llevo puesta.
—Déjate de protocolos, Azohr —Ebhan endurece el semblante mientras me recorre con la mirada—. Y menos cuando apareces así —arruga ligeramente la nariz.
—Pensé que esto había sido idea tuya —elevo las cejas mientras me señalo.
—Mis ideas no eran tan suaves —el príncipe se apoya sobre las rodillas—. Ese fénix te quiere demasiado.
—Entonces debo agradecerle que tenga tanta iniciativa y misericordia —aprieto los labios para callar. Para guardar mi enojo porque no corresponde ahora.
—Me entristece que no pueda acompañarte a todas partes —sonríe, pero lleno de ira—. Ahora no puede protegerte.
—Ebhan, yo sé… —intenso empujar las fuerzas para sincerarme, no soy tan tonto como para no ver que algo sabe.
—Guarda silencio, teniente. Tú no sabes nada —espeta Ebhan con el dedo acusador apuntando hacia mí.
Estira el brazo para ofrecerme la copa de vino de la mesa cuando alcanza la suya.
La acepto como si me hubiera ofrecido agua después de días sin poder probarla.
Sus ojos están llenos de decepción. Me miran como si estuviese sintiendo el frío acero de la hoja con la que lo he traicionado en este momento, y los movimientos cuando la he clavado hasta el fondo. Así es difícil poder decir mi verdad.
—Me gustaría saber dónde se encontraba anoche el teniente de mi ejército —carraspea Ebhan tras tragar el sorbo de vino.
—Necesitaba aire, despejarme —musito. Bajo la mirada a mi copa—. Insistí a Hai en hacer guardia por un rato pero, acabamos recorriendo una gran parte de Néferien.
—Qué interesante elección —Ebhan pasa sus dedos por la comisura de los labios. Se levanta—. ¿Qué zonas, con exactitud?