Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 17. El juicio del deseo. #5
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17. El juicio del deseo. #5

En tierras cercanas a las casas, el pasto comienza a verse amarillento y ocupa toda la extensión del paisaje que parece romperse por la vida cotidiana.

La nostalgia camina conmigo como un perro leal de los enanos cuando las primeras casas comienzan a proyectarse frente a mis ojos.

Con sus colores grises y sus chimeneas humeantes y confortables.

El olor a casa caliente. Hacías semanas que no caminaba por aquí.

Me apena privarme de disfrutar de los vendedores de fruta callejeros, de los objetos artesanos en manos de habilidosas brujas que buscan sustentar a sus pequeños con bolsas de semillas encantadas que hacen crecer más lo sembrado.

Frascos de esencia o incluso los huevos frescos que recolectan de sus propias gallinas.

También recuerdo cuando caminaba tras Ebhan en busca de la casa de Gandar.

Está cerca de la salida al mercado como una de las nuevas construidas por Draegor, cuentan que fue a petición del gran hechicero para estar cerca de la posada del cuervo.

Es fácil llegar desde ahí. Además, siempre reconocía el lugar por el ojo de la conciencia que tiene dibujado con sangre en la puerta.

Se ríe de todos aquellos que huyen de él cuando lo ven por su apariencia de ciego desaliñado porque tienen miedo de sus poderes sobrenaturales.

Aseguran que nadie ha llegado a experimentar tanta habilidad con la magia. Para mí simplemente es extraordinario.

Tras recibir el saludo de algunos brujos que pasean, golpeo la madera grabada de su puerta con un toque fuerte y sonoro.

—Adelante, teniente —autoriza Gandar con voz grave y profunda, algo ajada—. Te esperaba.

La puerta suena como si un conjunto de violines desafinados estuviese siendo tocados por enanos en su taberna.

Al entrar, Gandar me espera sentado en su silla de madera en la derecha de la cocina bajo la tenue luz de la tarde.

Entra por una ventana con cristales llenos del grisáceo polvo acumulado con el tiempo.

Recorro la suciedad negruzca del suelo mientras las ratas emiten chillidos entre los sacos de patata y harina en una esquina.

Todo parece bastante desorganizado, eso quiere decir que no está aceptando los criados que Ebhan le envía para ayudarlo.

Aparte de eso, disfruto de su sencillez.

No necesita más que su túnica negra y una cuerda para usar de cinturón.

Sus tatuajes, sus pendientes, todo eso aporta mucha más vida a sus aspecto que cualquier protocolo.

Al menos, conseguí convencerlo de seguir la dieta del enfermero del castillo, su aspecto delgado y sus dedos cada vez más huesudos comenzaban a preocuparme.

Sus ojos perciben la vida de un color azabache, pero son de un blanco tan vivo, que el invierno tendría envidia de su pureza.

—Gandar —asiento al llegar frente a él.

—Mi magia susurra que tienes miedo —Gandar golpea la mesa con una copa—. ¿Qué tiene que ver ese miedo con tu princesa?

—Las últimas horas aminoraron los miedos con respecto a Eladriel —sonrío sin poder evitarlo.

—Maravilloso, mi querido Azohr —Gandar utiliza un tono de hastío que me resulta gracioso—. ¿Querrás contarme cómo?

—Vamos, Gandar, sabes que ese es el motivo de esta visita —dejo salir una carcajada irónica mientras tomo asiento en una de las sillas.

Estiro el brazo para alcanzar una de las copas en el extremo de la mesa. Estiro la comisura izquierda al arrebatarle de la mano la botella.

—De hecho, mi querido teniente, de haber sabido que ese era el motivo de tu presencia, no te habría dejado pasar —Gandar arquea las cejas al quitarme la botella de las manos.

—Estás enfadado. Imagino que tu magia ya te mostró lo que iba a suceder —le reprocho con algo de vergüenza.

—Te marchaste de Brenshire apenas te avisaron, no has acudido esta mañana a dar los entrenamientos… —resopla con ira—. Debería quitarte esa copa de vino.

—Su lacayo pidió mi ayuda, ¿crees que podría negarme? —elevo las cejas porque ambos conocemos la respuesta.

—¿Ayuda? —Gandar frunce el ceño. Me dirige una mirada amplia en la que parece que puede ver.

—El rey la envió fuera de palacio a pasar la noche —sorbo la copa mientras me reclino en el respaldo.

—Mmm… —murmura Gandar frotándose la punta de la nariz—. La manera de actuar del rey es extraña. Alguien que mantuvo cautiva a su propia hija durante años, ahora la envía fuera.

—¿Crees que Eladriel está en peligro? —me incorporo rápidamente para prestar atención a su cara de angustia.

—Señor Bradosck, la princesa Eladriel nunca estuvo a salvo —sonríe con ironía tras sacudir la cabeza en un gesto de negativa—. No se equivoca cuando afirma que no necesita tu protección.

—Gandar… —trago saliva para tragar también la ira—. Juraste ayudarme.

—¿Cuál es tu sorpresa? —el hechicero arquea las cejas con burla. Se pone en pie—. Tú mismo has mencionado en varias ocasiones que el rey Eliot está completamente desquiciado.

—Es distinto porque… —bajo la mirada tratando de comprender—. Ella es su hija.

—La locura no hace distinciones entre lazos de sangre, teniente —afirma Gandar con una nueva botella de vino en la mano.

—No te guardes lo que viste —apoyo las manos para levantarme y tiro de la botella en sus manos para abrirla.

—¿Visto? —ríe con fuerza—. No es necesario ver nada para saber eso.

—Es evidente que sabes cosas que yo no —me coloco delante para impedir que avance hasta su asiento—. No me iré hasta que las menciones todas.

Gandar inspira. Sus ojos se centran en los míos para que la nada me mire de frente.

Es como si quisiera decirme que es todo lo que tiene para confesar a pesar de que los dos sabemos que no es cierto.

Me aparto ligeramente para permitirle acercarse a la mesa.

Desliza las manos sobre ella para usarla de guía hasta que el asiento toca su pierna y se sienta.

—¿Cómo decirte algo cuándo sé que te enloquecerá? —una voz apenada abandona el cuerpo de Gandar—. Has venido durante días, durante años a preguntar por ella. No podía permitir que cometieses locuras.

—¿Cuántas veces sufrió? —ni un pestañeo interrumpe que lo mire con decepción—. ¿Cuántos rituales hubo?

—Yo no puedo intervenir en el destino —Gandar aparta la mirada—. Y tú tampoco.

—Tú fuiste quien dijo que el destino puede manipularse con estúpidas decisiones —golpeo la mesa conteniendo la rabia más de lo que debería—. ¿Me dejarás tomar las mías?

El hechicero me devuelve la mirada de forma impasible, sin mover un músculo de su esmirriado cuerpo. Respiro para destensar el cuello. Cierro los ojos ante su silencio.

—Descubrirá que tienes magia negra —sentencia Gandar finalmente.

—¿Qué has dicho? —abro los ojos para asegurarme de escuchar bien.

—Vuestra aventura en los archivos de Órianth traerá problemas graves a tu princesa. Tendrás que utilizar la sanación del sacrificio si quieres que se salve —afirma el hechicero con toda la calma del mundo.

—Ella no puede descubrirlo —me niego a aceptarlo.

—Unas enredaderas con espina venenosas la envolverán cuando abráis la puerta, sólo podrá salvarse si tú la traes con tu magia oscura —espeta Gandar con tanta seguridad, que veo la muerte dibujada en el lienzo blanco de sus ojos.

No sé si es el miedo, pero sé que no tengo dudas si debo hacer que se salve.

—La traeré —bajo la mirada con lentitud.

—Podría entregarte a los dioses si descubre que tienes magia negra —me recuerda Gandar con la boca estirada a modo de aviso—. Si os siguen y os descubren.

—Solo lo haría porque estaría viva para poder hacerlo —agarro la botella para llenar mi copa—. No voy a dejar que nadie más a quién amo muera.

Siempre tan misterioso y reservado, y justo hoy, ha decidido compartir toda la verdad.

Sé que entre sus poderes no está el de navegar por el futuro a su antojo.

Que, aunque me cuente lo que ve, jamás podré cambiar lo que los dioses han hilado para nosotros.

Sin embargo, ¿cómo no desear cambiarlo si ves al muerte acechar el latido del corazón que sostiene el tuyo?

No sólo la princesa me quita el sueño. Yo estoy dispuesto a hacerlo si eso significa que su vida no corre peligro, pero no olvido al rey Draegor.

Él perdió la vida ocultando a mi padre. Ebhan me protege a mí sin siquiera saber que lo hace, sería el primero en caer mientras buscan a la reina y su hermana.

Serían ejecutados de la misma forma que su padre.

Y Gandar… Su destino sería tortuoso si la verdad de su vida sale a la luz por culpa de mis actos.

Miedos profundos, como el de la princesa alejándose al descubrir los poderes que asustan al resto, me acechan alrededor de los de la muerte.

—Lo siento, Gandar —musito, dándole otro sorbo a la copa para hundir mis penas en ella—. No pediré que lo entiendas.

—Es tu futuro el que me preocupa, querido amigo, yo ya soy un viejo que está a punto de reunirse con Beliel —el hechicero suspira. Posa la botella sobre la mesa para ofrecérmela.

—Siempre supe que elegirla a ella sería traicionaros a vosotros, por eso traté de no hacerlo —mis ojos se transforman en una vidriera de lágrimas—. Pero ya no puedo más. Soy débil.

—Sólo eres alguien culpándose por tomar una decisión —sostiene Gandar con la intención de tranquilizarme.

—Alguien egoísta que ya solo piensa en sí mismo. En lo que necesita —le corrijo, por si no había deducido con su sabiduría divina la verdad.

—Durante años luchaste por cambiar lo escrito tal y como te dije —Gandar evita mirarme mientras bebe—. ¿No es esto lo que buscabas? Cambiar lo escrito.

—Quizás es a esto a lo que se refería el elfo del sueño —bebo rápido la copa para servirme otra.

—¿Un elfo? —Gandar separa los párpados rápidamente. Arrugo el entrecejo—. ¿Qué elfo?

—No lo reconocí. Era alguien extraño que me hablaba de las sombras y el destino —observo como cae el líquido rojo mientras recuerdo sus palabras—. Mencionó a la princesa.

Gandar se levanta de un salto enérgico. Se acerca a la chimenea mientras se apoya en la vara como si no pudiera caminar.

Remueve los trozos de carbón con la punta metalizada del bastón, permanece en silencio frente a ella sin saber muy bien el lugar en el que detenerse.

Pavesas y chispas saltan desde la boca del fuego, pero no se le nota incómodo, así que será mejor no decirle nada.