17. El juicio del deseo. #4
—No pude decirte esto anoche y tampoco esta mañana en la cabaña antes de partir —la princesa respira con algo de pesadez, pero su sonrisa sigue siendo perfecta—. Deseo conocerte más. Más profundo que a un teniente.
—Yo no podría elegir entre todo lo que deseo, pero tú sabes que mi nombre es Azohr Bradosck, y que estoy enamorado de tí —sujeto su cara para besarla. —¿Qué más necesitas saber?
Rodeo su cintura para luchar contra la diferencia de altura y besarla con tanta calma como su aliento anhela. Al dejarla sobre el suelo, sus alas se despliegan mientras inicia una breve carrera. Ni siquiera aprecio cuando toma impulso para alejarse.
Trepo la pata de Hai con rapidez porque se encogen para precipitarse al aire.
Efectivamente inicia el vuelo sin asegurarse si estoy bien sujeto a él.
Siempre tan impaciente e impulsivo. A pesar de esto, nunca vi un fénix más leal en todo el campo de fénixes.
Una vez estuve a punto de caer de sus lomos en un giro mientras enseñaba una de las maniobras a los soldados, y se lesionó el ala al lanzarse en picado solo para salvarme.
Sé que los suyos le pedirán explicaciones si descubren que forma parte de esta traición, pero aun así se mantiene firme en su lealtad.
—Hai… —titubeo con voz entrecortada—. Te agradezco todo lo que has hecho, es especial la luna que nos dejó —acaricio sus plumas asestándole pequeñas palmaditas como le gusta—. No has detenido el vuelo en ningún momento.
—No seas sensiblero, prometiste estofado de carne a cambio —chilla Hai con tono de aviso.
—Primero habrá que cazar lo que deseas —arrugo la frente por su impaciencia—. ¿Prefieres cazarlo tú, o qué sea yo mismo?
—Si lo haces tú, tendré que llevarte en mis lomos —sacude el cuello—. No estorbes.
—Tu cariño siempre debo considerarlo reconfortante —frunzo los labios en una mueca de abrumación fingida.
—Ya que otros no los consideras así… —ya no sé si Hai reprocha, o advierte—. ¿Te has decidido a hablar con el príncipe?
No puedo dejar de tener dudas, él es la única criatura que puedo sentir familia.
Tuve seis años para reflexionar qué haría cuando llegase este momento, pero no pensé, simplemente porque no creí.
Cómo podría decírselo a Efaris y Shaqia también.
No puedo concertar una cena y sentarlos alrededor de la mesa del salón de Brenshire para decirles que ahora mi corazón pertenece a una de las hadas.
Aunque siempre fue así. Seguro que no sonríen cuando descubran que esta noche rompí la primera regla de los dioses y besé sus labios sin importar los deseos de la fe.
Podría suponer enfrentarme a ellos. O peor aún, hacer que se enfrenten con alguien más por mí. Pero ¿cómo podría renunciar a esto?
—Aún debo pensarlo un poco más —carraspeo para evitar que note la incomodidad que me produce el tema—. Conozco cuál es su posición y no sé si será capaz de comprender en la que yo me encuentro.
—Tal vez sea difícil al principio, pero se trata de tí. Hará lo posible por mantenerte a salvo —me recuerda Hai con un graznido amigo.
—¿Crees que le gustará la idea después de saber cuánto aprecio me tiene el rey Eliot? —niego. Respiro profundamente—. Él mismo vio como dejó a la princesa cuando el cancilier sospechó de nuestra cercanía.
—No creo que disfrute al conocer que te has enamorado de la hija de alguien que odia a cualquier brujo, pero te apoyará como yo —afirma.
Desmonto en el puente de la entrada al castillo.
Ordeno a Hai que no pase por el entrenamiento de vuelo para que se retire a descansar.
Estiro el cuello, los brazos por la noche en vela y el vuelo largo.
Cruzo por las rocas del camino cuando una sombra se refleja en la tierra que el aire mueve entre las uniones.
La voz y los pasos apresurados tras de mí me ayudan a identificarla.
—Teniente —corre Mim. Se coloca a un costado algo agitado—. ¿Dónde estuviste? Te busco desde esta mañana.
—Tuve que salir —vacilo antes de mirarle a la cara—. Había asuntos que tratar.
—Saliste con Hai sin avisar a nadie después de que el mensajero fuese a verte —el coronel sujeta mi brazo para impedir que continúe—. Estás pálido.
—No dormí —evito la mirada—. Te dije que estuve atendiendo asuntos.
—¿Relacionados con quién? —arquea su ceja izquierda.
—¿Qué clase de pregunta es esa? —arrugo el entrecejo.
—Como el coronel de brigadas de Néferien, tengo derecho a saber qué asuntos trata el teniente si están relacionados con el reino —Mim coloca sus brazos en jarra.
—Entonces quédate tranquilo, nada tiene que ver con el reino —le respondo de forma tajante mientras reinicio la caminata.
—En ese caso, como el derecho que me otorga ser tu mejor amigo —la firmeza en el tono de su voz me hace flaquear por un segundo.
Sus ojos brillan con la insistencia de quién necesita entender qué ocurre, pero no puedo. No hasta que hable con Ebhan.
—Espero poder hablarte de esto pronto —llevo mi vista hacia la puerta sin detenerme a contestarle.
—Teniente Bradosck, que tengáis buenos días —se inclina el guardia Yeziel.
—¿Hay alguna novedad? —sonrío de forma forzada para saludarlo.
—El príncipe Ebhan me ordenó daros un mensaje antes de abandonar el castillo en las primeras horas —confiesa Yeziel sosteniéndome la mirada de forma firme.
—¿Cuál es? —qué extraño…
—Esta noche os espera en el comedor antes de la cena para una reunión privada —asiente el guardia.
Parece que Mim descubrirá todo más pronto de lo que esperaba.
—Gracias, Yeziel. Abre —señalo la puerta con una sacudida firme de cabeza.
—Azohr… —enuncia Mim desde detrás de los guardias—. No terminamos de hablar.
—Te prometo que pronto me reuniré contigo y sabrás todo —volteo para sonreírle mientras camino de espaldas.
Subo los escalones según observo de reojo como se mantiene en la entrada con los brazos cruzados.
Cierro la puerta del cuarto con el pasador para asegurarme la intimidad.
Me deshago de todas las dagas que envuelven mi cuerpo tirándolas sobre el escritorio.
Ni siquiera el sonido del golpe contra la madera antes de que una de ellas caiga me estremecería ahora del cansancio.
Coloco la armadura en la estructura y simplemente me dejo vencer sobre la cama tras desabrocharme el cinturón para acomodarme.
Descansaría solo para volver a pasar esta noche con ella.
El agotamiento me aletarga, aunque no lo quiera.
No debería dormir. Pero de un momento a otro me encuentro sumido en un sueño lúcido y oscuro.
Agitado. Donde unas sombras bailan alrededor con vida propia.
Mi piel se eriza ante una presencia fría.
El aliento del viento recorre mi espalda advirtiéndome de que debo desconfiar incluso esas sombras que viajan sobre mí y entre ellas me hablan con una voz profunda y susurrante.
Se convierte en un eco difícil de ignorar para mí.
—Azohr… —distingo entre los susurros.
Parece algo confusa. Un poco ronca. Me esfuerzo por concentrarme en lo que habla, pero mi entrecejo se arruga cuando siento como algo escala por las piernas a modo burlón y ya no puedo saber qué dice.
Parece conocerme muy bien. Disfruta de mi expresión cuando vuelve a sonar con fuerza tomando protagonismo.
—Busco esa esencia que habita en tu interior… —musita muy cerca de mis ojos. Siento su figura—. El destino que te aguarda.
Sus palabras se entrelazan sin sentido alguno. Un elfo con pelo corto, negro. Aunque sus facciones no se distinguen del todo, como el resto de lo que pronuncia, luce como alguien conocido. Alguien que ya vi.
—La unión de nuestras sombras traerá la tormenta que necesitas —asegura la voz en sílabas claras y comprensibles.
Pinchos sujetan mi pecho. Me avisa de que está aquí. O lo siento así porque lo ocupan como si quieran atravesarlo a pesar de que no lo deseo.
—El camino comenzó a trazarse cuando la princesa llegó a Brenshire. Las estrellas lloran por lo que está por llegar —ríe el elfo, y su perversidad acentúa mis miedos. Acelera mi respiración.
Sus palabras me alertan como la noche en Avka.
Las imágenes se distorsionan cuando le pido a mi mente que me deje abrir los ojos, que siempre estuve despierto.
Cuando me muevo de forma inquietante. La figura del elfo desaparece en silencio al parpadear entre la final línea que separa la realidad y lo que es imposible de creer.
—No tengas miedo, el poder está en lo prohibido —me ordena por último con voz firme y cerca del oído—. Despierta y elige el destino de las sombras.
La piel de mi nuca se estira ante su último susurro.
Su invitación se propaga con fuerza repitiéndose una y otra vez.
Me deja atrapado por un momento en la incertidumbre de si ha sido real, o si realmente estaba despierto.
Hasta que mis párpados se separan de un golpe atraído por luz de las ventanas y siento como el sudor frío cae por mi frente.
Ladeo el cuello hacia el cuadro de mis padres en la pared.
Me acostumbré a su ausencia, pero me gustaría saber qué pensarían ellos de lo que me ocurre.
Qué me diría ella. Tener el recuerdo de su voz. Ojalá sólo hubiese muerto mi padre.
Preparo la ropa tras usar el agua para despejarme, antes de la reunión con Ebhan debo visitar a Gandar.
Preguntarle sobre lo que acaba de suceder es lo más acertado.
Protegernos no es fácil con tantos ojos vigilando y alas persiguiéndonos, si todo esto que no puedo dejar de pensar significa algo más, tengo que saberlo.
Coloco cada arma de nuevo en su sitio antes de abandonar el cuarto.
Aparto a Yeziel un paso de la puerta para hablar en intimidad.
—Si el príncipe Ebhan llega, dile que estaré aquí antes de la reunión propuesta —ordeno a Yeziel.
—A sus órdenes, teniente —se inclina el guardia.
Recorro el camino de la colina que baja al pueblo despacio, observando los árboles secos.
Deberían añadir esto como algo a tratar; cada vez que paso por su lado piden mi ayuda, y necesito el permiso de la reina para ello.
Sus ramas secas y cortezas agrietadas muestran el color grisáceo, casi plateado, de su interior.
También el nacimiento tan hermoso de las ramas, como si fueran puestas en ese lugar por los mismos creadores.
Por esos poco se puede hacer salvo observar su marchita belleza, que será eterna.