17. El juicio del deseo. #3
Accedo y suelto la leña sobre la mesa y me estremezco al no ver a la princesa en el interior.
Tampoco puede verse nadie a través de la puerta abierta de la habitación.
Me acerco al sofá. Un libro abierto en la página de los pingüinos emperadores descansa sobre la alfombra, mi sonrisa lo hace sobre el rostro dormido de Eladriel.
Me golpea una sensación que podría dominarme solo por tenerla aquí.
Me aseguro de levantarla con cuidado para llevarla a la cama y arroparla con las sábanas, la manta de oso polar. Que nada del frío pueda enturbiarla.
Enciendo la chimenea. Me aseguro de que el fuego crepita con intensidad.
Para el resto de la noche, me esperan el sofá y el vino como acompañante.
Y el reflejo de todos los pensamientos que trato de evadir durante el día, aunque siempre me alcancen en la noche.
Igual que las horas de luna que nos cobijaron en la ciudadela, debo vigilar.
Me deshago de las dagas en la parte interior de las botas al dejarme caer sobre los cojines de terciopelo sin usar.
Desenvaino otras dos envenenadas para colocarlas al lado.
Deja en la estancia el aroma a menta que uso para camuflar el de carne putrefacta del veneno que envuelve la hoja.
Desde el silencio, escucho como Eladriel respira y es toda la manta cálida que necesito.
Está bien, tranquila. El resto de mis temores dejan de existir por un instante al recordar que se encuentra a unos pasos.
Me acerco al marco de la puerta del cuarto para echar una ojeada rápida aprovechando que desabrocho mi armadura.
Tras haber bebido más cervezas de las que podría contar con una mano y mucho vino, tenía la necesidad de quitarme hasta la camisa.
Me apoyo para observarla un segundo, pero tirita y sólo puedo acercarme.
—Te necesito —musita entre dientes al sentir el tacto de la tela.
Sé que duerme. Que probablemente no son dirigidas a mí, sino a sus sueños. Pero escucharla decir algo así tan cerca me genera más euforia que la velocidad de Hai.
La noche avanza. Lo bebido hace efecto. Recuerdo las palabras de Gandar, quizás tenga razón en asegurar que, si no soy sincero con Ebhan y le cuento qué sucede con Eladriel, cuando lo descubra no lo aceptará.
Callo porque sé que no le gustará. No quiero que cambie leyes ni normas, sólo que esté como el hermano que siempre ha dicho ser.
Desplazo un hilo fino de cortina para analizar el alrededor oscuro de fuera por los animales y enemigos.
Todo parece en calma salvo porque Hai sobrevuela el lago de nuevo.
Cuando el alba comienza a rayar, tomo asiento a los pies de la cama.
Me aseguro en primera instancia de que la princesa todavía duerme.
Sujeto en las manos las dagas largas de las botas apuntando hacia la puerta.
Hasta que los primeros rayos del sol empiezan a filtrarse por la ventana para reposar sobre el pelo negro de Eladriel y volverlo más hermoso aun cuando brilla.
Ante la tibieza del calor sobre su rostro, sus ojos se abren despacio.
Observa el lugar por unos segundos antes de voltear a buscarme con una sonrisa.
—¿Despierto? —pregunta Eladriel mientras toma asiento.
Este momento, esa voz, hacen que cada minuto en alerta esta noche sea digno de repetirse todas las demás.
—Desde hace poco —le devuelvo la sonrisa escondiendo las dagas de nuevo en los laterales de las botas—. ¿Te desperté?
—Pareces cansado —inclina la cabeza mientras rodea sus piernas con los brazos—. Debiste coger mucha leña, te esperé bastante rato.
—No, pero me alegré de no llevarte cuando llegué —río. Me dejo caer hacia atrás mientras ahogo un gemido de dolor en la espalda—. No hiciste ruido cuando te dejé en la cama.
—Cuando suceda al contrario, yo tampoco te dejaré durmiendo en el sofá —se tumba a mi lado, apoya la cabeza sobre la mano—. Te arrastraré por una pierna.
—Podrías despertarme —ladeo el cuello cuando mi rostro cambia hacia un gesto de sarcasmo.
—¿Insinúas que no podría hacerlo? —arruga la frente sonriente, aunque parece indignada.
—Te pido que no lo hagas —río.
—Estoy deseando que llegue el momento —sus ojos recién despiertos brillan.
Uno mis dedos con los suyos haciéndolos mío.
Permito que, lentamente, se tumbe sobre la cama para dejarme llevar y precipitarme sobre ella.
Rozo sus labios con delicadeza. Deslizo la lengua en ellos antes de probar más allá.
Cada caricia es respondida con todo lo que he contenido, lo que me hace sentir que ella siente lo mismo que yo.
Mientras su mano busca entrelazarse con los mechones de mi pelo, la culpa y el miedo que siempre acompaña a cada gesto a su lado comienzan a desaparecer.
Nuestros ojos se encuentran para apartarlos todos.
Toma mi brazo para colocarlo sobre su cadera.
Se acerca a mí hasta que nada podría distinguir este momento de un abrazo.
Me pierdo en uno de sus bucles en el infinito final, provocándole escalofríos entre tanto.
—Deberíamos irnos —Eladriel rompe el silencio.
Mi mano la acerca todavía más.
—No comiste anoche, no has desayunado —me incorporo ligeramente mientras acaricio su brazo—. Buscaré algo con Hai, no tardaremos mucho.
—No saldrás de nuevo y me dejarás sola —la princesa frunce el ceño con molestia—. No será necesario.
—No dejé que volaras en Brenshire, no dejaré que vueles ahora sin haber probado comida —imito su expresión, pero con angustia—. ¿Y si Twig cree que no te cuido bien? —niego—. No volvería a buscarme si necesitas ayuda.
—Debería haber salido ya —Eladriel me dedica una mirada de preocupación por encima del hombro. —Es importante que hable con mi madre.
—Vale, lo haremos —me levanto rápidamente para colocarme en medio de la puerta—. Deja que coja el resto de la ropa y te llevaré a la cueva.
—Azohr… —su mirada me atraviesa. Me intimida.
—¿En Rhysartyr? —arrugo la frente con una sonrisa nerviosa.
La urgencia con la que la princesa adecenta su ropa me precipita a colocar mi camisa.
Mientras, lucho con torpeza por ajustarla dentro de los pantalones.
Me coloco la armadura a la vez que guardo las dagas ya que Eladriel ha decidido salir y lanzar un silbido para llamar a Hai.
No sé si me gusta mucho que puedan comunicarse.
Abrocho los laterales de la armadura dando zancadas que no consiguen darle alcance. Resoplo, pero me adelanto para montar. Si llego a tardar dos segundos más en subir, sería capaz de dirigir el fénix ella sola.
—Montarás sin ayuda, ¿verdad? —jadeo sobre la grupa sonriente mientras me atuso los mechones.
—Me gusta que me vayas conociendo —sonríe.
Despliega sus alas finas y tan ostentosas como cualquier otra parte de su reino. Se impulsa cuando comienzan a moverse. En cuestión de segundos está colocada tras de mí a horcajadas, y rodeándome fuertemente con los brazos.
—¿No irás delante? —arqueo una ceja.
—Creo que ya estoy preparada para ir detrás —Eladriel sonríe—. Volar despacio y con tranquilidad siempre es una opción —se inclina para dirigirse a Hai.
—Teniente, espero que digas algo —grazna Hai mientras inicia el vuelo.
—Tú eres el que tiene garras y no le das ningún miedo —golpeo el cuello del fénix.
El graznido de resignación de Hai deja eco sobre la nieve mientras la princesa se sujeta con fuerza a mi abdomen.
No comprende que un fénix jamás cambiaría su naturaleza por miedo.
Ni por el propio. Tomamos atajo sobre los picos de Bhulkahdur y el pueblo de Ylnasari y Oabel, los más cercanos a la ciudadela de Eigton y su palacio.
Hasta ahora, dejé que la naturaleza de Hai fuese la que sirviese de guía, la princesa parecía seria al indicar que debía volver a su palacio.
Pero cuando las fronteras del pueblo de los elfos sabios comienzan a postrarse frente a nosotros, sacudo las riendas a la derecha para rodear la muralla tomando un desvío que no nos ponga en peligro.
El claro es una mejor opción para descender, allí no hay criaturas que juzguen nuestra compañía.
Las hierbas danzan bajo el aire de las alas cuando se adentra en él.
Le señalo el suelo a Hai para que baje el cuello. La superficie verde se vuelve su objetivo y se lanza sobre ella para aterrizar.
—Te ayudo —le indico a la princesa tras bajarme de un salto.
—No te aburrirás de esto, ¿cierto? —suspira, privándome de lo bello marrón al poner sus ojos en blanco.
—Me entusiasma la idea —encojo los hombros antes de ofrecerle mis brazos para bajar.
Se resigna un par de veces antes de ceder, pero vale la pena al ver su sonrisa mientras la mantengo entre mis brazos para darle un beso. Primero en los labios, porque no podría resistirme. Después, su frente se siente genuinamente cerca al final de recorrido para poder posar mis labios ahí.
—No era necesario que desmontaras —Eladriel eleva una sonrisa mientras coloca su traje—. Podría haber usado mis propias alas.
—Lo es. Eres una princesa y yo debo cumplir mi protocolo —me inclino, apoyando la rodilla.
—Esto, tampoco es necesario —utiliza su mano para indicar que me levante—. Es incómodo.
—Es una lástima que te lo parezca, porque tendrás que ver el resto de tu vida como me arrodillo ante tí —arqueo una ceja sonriente mientras la observo sin detenerme en ningún lugar concreto.
—Podría utilizar mi poder de princesa para ordenarte que no me reverencies —la princesa cruza los brazos a la altura del pecho. Inclina la frente para mirarme desafiante.
—¿Crees que sólo el protocolo puede arrodillarme ante ti? —elevo las cejas mientras me levanto—. Puede que luego seas tú la que me pida que lo haga.
Mis comisuras se elevan traviesas cuando se ruboriza y aparta la mirada intentando disimular que no le gusta la idea.
Hasta a mí me gusta solo imaginarlo. Guarda silencio mientras sus pasos la acercan.
Sujeta el costado de mi armadura después de dedicarme una fugaz mirada para pedirme un beso, y dejo que rodee mi cuello con gusto.
Con mucho más del que ella puede imaginar.
—¿Un beso… en público? —pregunto a modo de ironía, y ahora soy yo el que se aferra a su espalda.
La princesa eleva las cejas. Aprieta los labios para reprimir una sonrisa mientras recorre el alrededor vacío con la mirada. Posa sus ojos en mí con una chispa vibrante.
—Al aire libre —rectifico ante sus ojos sonrientes.