Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 17. El juicio del deseo. #2
35%

17. El juicio del deseo. #2

—¿Tú también me tratarás como lo hacen en mi reino? —una mota de rabia aparece en su mirada cuando deja caer sus brazos—. Viví mil doscientos veinte nueve años sin tu protección, ¿lo recuerdas?

—Nunca has salido de tu reino. No conoces nada —respondo de forma implacable a su enfado. Me mantengo en el sitio.

—Bien, pues enséñamelos —aun con frio, sus mejillas se vuelven rojas. Sus cejas se curvan.

—Lo haré cuando sepas qué animales hay en esta región, y cómo enfrentarte a ellos —afirmo con ojos llenos de suficiencia—. Puedes buscar todo en los libros que te traje —señalo la estantería con un golpe firme de cabeza.

—¿Me harás un examen para poder ir a por leña? —Eladriel se cruza de brazos. Su rostro mezcla la ira con la sorpresa.

—¿Debería desconfiar tanto de tí? —dibujo media sonrisa burlona.

—Supongo que tú tampoco conocías qué había aquí antes de venir —me dirige una mirada subversiva.

—Yo no venía solo, princesa —arrugo la frente en un gesto de resistencia—. El príncipe Ebhan y algunos soldados me acompañaban.

—Seré uno de tus soldados esta noche —espeta la princesa con seguridad. Su cabeza se inclina hacia un lado.

—Te quedarás —ordeno con un tono que no admite reproches—. Hasta el peor de los soldados recibe primero una formación, y tú no serás la excepción.

La rodeo para alcanzar el libro sobre las regiones nevadas de Avka.

Se lo ofrezco con una mirada de disculpa y un intento de sonrisa.

Sé que no está feliz con la idea de estar aquí catalogándose de indefensa pero, ni siquiera sabía qué era un oso polar cuando lo vio en Brenshire; menos aún, alguno de los leones de las nieves.

Acepta a regañadientes. Aparta su mirada con indignación mientras camina hacia el sofá.

Tal vez ella no lo entienda, pero su enfado me da más miedo en este momento, que cualquiera de los animales que haya ahí fuera acechando este lugar.

Ese miedo me recorre la espalda como si retorcieran cuchillos clavados en ella.

—¿Quieres decir algo antes de que vaya a por la leña? —me inclino. Me apoyo sobre la rodilla para quedar a su altura.

—No —Eladriel me mira. Posa la mano sobre mi mejilla y cierro los ojos ante el tacto de su piel—. Sé qué es lo correcto.

—Te quiero —me acerco a sus labios—. Sólo es por eso.

Sus labios se unen a los míos con la dulzura de antes bajo los copos de nieve, en el mundo deja de existir el tiempo por este instante.

Es maravilloso, apasionado. Tan perfecto como cualquier parte de ella.

Veo como abre el libro tras acariciar sus portadas.

Tras haber observado como su curiosidad se enciende de forma absorta, me levanto para marchar hacia la puerta.

Es la criatura más hermosa que nunca vi, y elige besarme a mí como si yo fuera digno de ella.

Y esta realidad es más hermosa que la de cualquiera de los sueños, aquí puedo sentir de verdad.

Fuera, la brisa de aire del invierno eterno me atraviesa la armadura.

Golpea mi abdomen. La ventolera se intensifica e impacta en mi cara cuando me alejo de la cabaña.

Entrecierro los ojos para luchar por ver mientras camino hacia los cipreses y abetos.

Espero que me mantengan algo más resguardado de la velocidad del aire.

Hai sobrevuela el bosque jugando con su cola de basto espinado sobre la punta de los árboles, nunca se separaría de mi lado.

Aunque vuele sobre mí, en vez de conmigo arriba.

La oscuridad me impide ver con calidad más allá de unos cuántas brazas.

Elevo la mirada hasta una de las ramas bajas de un ciprés cercano que parece más endeble que el resto, me cuelgo de ella hasta que cede después de arrancarse de forma brusca.

Esto servirá de antorcha. Llamo a Hai de un silbido porque aquí subir el puño no será suficiente.

Él desciende con agilidad entre las copas para posar las garras sobre la nieve en un pequeño espacio frente a mí.

—Necesito luz —le indico a Hai estirando el palo húmedo frente a él—. Exhala con cuidado, no queremos incendiar el bosque.

El pico del fénix se abre cuando su pecho casi toca el suelo.

Una pequeña estela lejana y anaranjada alumbra el fondo de su boca antes de que una llamarada tenue de fuego amarillento aparezca sobre la punta de la rama iluminando alrededor.

Con la antorcha distingo mejor los matorrales.

Puedo moverlos para buscar pequeñas ramas caídas o troncos de árboles algo más anchos. Normalmente hay castores por esta zona.

—¿Qué tal la noche, teniente? —grazna Hai mientras me sigue el paso—. ¿Necesitan calor los enamorados?

La primera vez que escuché a un fénix hablarme, bendije a la diosa Vémtix por permitir que pudiéramos comunicarnos con ellos.

Ahora es una condena. Hace años que no deja de darme consejos y lanzarme ironías, pero desde que Eladriel está presente en mi vida es mucho peor.

Aunque debo agradecerle por las luciérnagas, eso ha estado bastante bien.

—Cállate —pongo los ojos en blanco mientras doy zancadas por la nieve—. Es tarde para que la chimenea esté apagada.

—Tanto amor te hace parecer maleducado —Hai baja la cabeza para empujarme el hombro.

—Deberías de escuchar cuando te aseguro que no eres gracioso —le dedico una mirada afilada por encima del hombro.

—No me caes bien cuando tienes una amada —un chillido agudo abandona la boca de Hai.

—Todavía no has conocido a ninguna mujer que lo sea —volteo para caminar de espaldas, mirarlo de frente.

—Pidió que la besaras, Azohr, eso es una declaración de intenciones en todos los reinos —el fénix sube las garras con altivez.

Cierro los ojos al recordarlo. Sonrío al sentir entre mis manos las caricias que pude darle y me olvido del frío en un instante.

—Fue mucho más que un beso —elevo las cejas con una sonrisa amplia—. Puedo recordar cada parte.

—Que asco —Hai chilla tan agudo, que debo taparme los oídos—. No cuentes nada, por favor.

—¿Y qué crees? —río, pero resignado. —No pasó nada que deba avergonzarte.

—¿Ahora serás la criatura más obediente del mundo y guardarás silencio? —me recrimina Hai.

—No tengo nada que contar —inclino la cabeza hacia un lado con ligereza.

—Teniente… —insiste Hai.

—La deseo. Desde hace tanto tiempo, que no hubiera dudado en aferrarla a mí y llevarla a la cama sin pensarlo —mis comisuras se elevan por el anhelo—. Pero no era el momento para ella. No así.

—¿Eres romántico? —Hai acerca el pico con burla—. No tienes aspecto de pretendiente.

—¿Romántico? —volteo apresurado para adelantarme—. No sé si sea eso, nunca quise a nadie más.

—Tu corazón es blando, querido Azohr —un graznido ocupa el ambiente.

—Puede, pero me trajo aquí a su lado —asiento con media sonrisa—. Por fin tiene a su reina.

Hablamos entre que recojo las ramas que encuentro caídas.

Las coloco en una pequeña correa de cuero sobre Hai.

Contamos la cantidad de leña que llevamos recogida al recordar que solo pasaremos aquí la noche.

Me agacho para alcanzar otro palo cuando veo brotes verdes en el suelo.

Arrugo el entrecejo al ver que hemos recorrido una larga distancia en el interior del bosque, estamos realmente alejados de la cabaña y de la princesa.

Cerca del reino cálido. Volteo la mirada a la penumbra del fondo cuando el ruido de hojas me alerta.

Ojos brillantes están encendidos entre la nieve y las ramas.

Los animales están extrañados de verme, estos no están tan acostumbrados a ver criaturas de mi raza.

Utilizo la antorcha para iluminar el lienzo oscuro y blanco de la primera línea.

Renos y algunos albatros husmean tras arbustos.

Hai olfatea alrededor inspeccionando tras aguzar la visión bajo la luna, y un repentino golpe sobre la madera hace que se le escape un graznido.

Giro el cuello hacia el lugar donde vino el sonido.

Uno de los renos, desorientados, ha chocado contra un árbol.

Un búho blanco con pupilas tan amarillas como el fuego de mi fénix vuela, provoca la estampida del resto de aves.

Lanzo la antorcha a un lado y corro hacia Hai. Extiendo una barrera de protección sobre nosotros.

—Aura custos —anuncio mientras sacudo el brazo.

Algunos de los pájaros que volaban el cielo atemorizados chocan contra ella.

Caen en picado. Otros se mueven aturdidos mientras el resto analiza en pánico lo que sucede.

Mueven las alas y se preparan para impactar contra la barrera de magia con el pico afilado en punta para que cause más daño.

De nuevo, la magia impide su ataque. No hay animales voladores amenazantes al montar en Hai.

Ni cuando retiro el escudo de protección al lanzarse al vuelo de vuelta a la cabaña.

—¿Estás bien? —me inclino sobre su cuello para inspeccionarlo—. ¿Tus alas sufrieron?

—No tengo rasguños —afirma mientras ladeo plumas de su cuello—. ¿Teniente?

—No me han hecho nada —niego mientras recupero la postura para sujetar las riendas.

—Ese maldito reno… —granza Hai molesto.

—Vuela más rápido, necesito llegar a la cabaña —golpeo de forma suave los talones.

Sostengo las riendas que envuelven mi muñeca, me aferro a las plumas cercanas para evitar zarandearme sobre él.

Tras diez minutos de vuelo, las ventanas de la cabaña se ven a lo lejos por la claridad de la luz de las antorchas, Hai gira a la derecha para descender sobre el jardín nevado.

Desato la correa para dejarla caer. El cuello del fénix acaricia la nieve para permitirme desmontar de un salto rápido que me hace caer justo al lado de la leña.

Sus alas levantan copos al batirlas para ascender donde aún pueda escuchar mis instrucciones. A ras del agua helada del lago.

—Haz otra ronda y asegúrate de que nadie de Órianth esté cerca —le indico mientras me echo los palos sobre la espalda—. Nadie.

—¿No quieres que nadie os moleste? —chilla Hai con ironía—. ¿Ni Ebhan?

—En especial, él —me inclino con el dedo índice estirado a modo de aviso.

El frío que abriga por los aleteos del fénix me obliga a caminar a prisa hacia el interior.

Ni siquiera recordé coger nada de abrigo antes de salir de Brenshire, mi mente estaba deseosa de llegar al reino de los elfos antes de que fuera demasiado tarde.

Vigilo los alrededores al rodear la cabaña por si algún animal cercano aparece o se asusta de nuevo.

Acaricio la empuñadura de la daga por si fuera necesario desenvainar en cualquier momento.

Tras el brillo, la puerta se abre chasqueante.