16. El baile de las luciérnagas. #6
—Solo tengo una condición —Maren me mira de manera directa dibujando una sonrisa genuina—. Lugh, Lynn y Rani deben saber que alguien ocupa tu corazón.
—Maren… —callo para mirar hacia el cenador, desvío la mirada al verlos tranquilos—. Todavía no.
—Vamos Eladriel, es la única manera de que funcionemos —Maren da un paso corto como si se arrepintiese de continuar.
—Permíteme primero entender si yo estoy tan involucrada con él —acaricio ligeramente el anillo—. En Órianth me vio cenar y bailar con Tien. Él todavía no sabe que, de una u otra manera, estará detrás mientras viva.
—¿Lo quieres? —Maren decide acercarse y dejar atrás las reservas—. No te daré ningún consejo hasta no conocer la verdad sobre tus sentimientos.
—Creo que sí —me esfuerzo en que saber qué siento, y que no me avergüence—. Como en esos libros de los que hablabas donde mirar a los ojos produce una tormenta en el corazón.
—Querido pétalo… —sonríe mientras sus ojos me miran con más intensidad de la que podría soportar de ella—. Hay veces en las que el corazón, sabe lo que quiere antes que la mente.
—¿Qué tengo que hacer para saberlo? —acepto la intensidad de su mirada con miedo y muchas dudas—. ¿Cómo podría hacerle entender a mi mente qué sucede en mí?
—No hay reglas para enamorarse, princesa —Maren envuelve su brazo en el mío para iniciar la marcha—. Quizás no necesitas analizarlo tanto, solo tratar de vivir lo que sientes. Si te arriesgas así para verlo significa que te importa.
—Mucho —musito con la agonía sujetándome la garganta—. Tanto que me asfixia pensar que uno de los guardias de mi padre lo ejecute ante mis ojos.
Caminamos tranquilamente de vuelta al cenador con el sonido de las pisadas sobre la hierba como una orquesta que ameniza la despedida.
Solo necesito estar en silencio ahora, y ella me lo otorga a pesar de que podría morir si no abre la boca cada dos segundos.
Los colores más sutiles ante la penumbra permiten que me concentre en sus aromas y me trae recuerdos de cuando Twig y yo corríamos entre la hierba en la infancia.
Si acaricio las flores, todavía puedo sentir el tacto de los abrazos de aquel día.
—Marchaos de aquí —le indico a Maren en el camino de entrada al cenador—. Mi padre no querrá veros merodeando por los jardines de palacio.
—¿Estarás bien? —Maren entorna los ojos con inquietud.
—Iré a la ciudadela, allí estaré bien —suspiro—. Omite todo lo que hablamos ahora, por favor.
—Tranquila —la sonrisa que ilumina la cara de Maren alivia cada duda que tengo sobre ellos.
Según me alejo por el camino empedrado, veo a Lugh y Lynn pelear por una de las botellas de vino que todavía tienen algo en el interior.
Rani, en cambio, está desparramado sobre los cojines que acomodan el sofá mientras todo sucede.
Me acojo a la sonrisa de Maren. Ella me regala sin que pueda saberlo un instante de calma entre tanto caos.
Puede que nunca valorase estos momentos tanto, pero sé que soñaré con ellos.
El vuelo en solitario nunca es tan ameno como en compañía.
Ojalá Lugh estuviese aquí para impedir que mis pensamientos hablasen conmigo a solas.
No puedo dejar de pensar que mi madre oculta algo.
Que si se niega a contarme toda la verdad, nadie podrá hacer nada por ella.
El cancilier Drieden conoce todas las debilidades del rey y no duda en potenciarlas para conseguir que sus sombras le aniden en la sesera.
Eso le hace actuar bajo su voluntad. Mi madre no tiene el poder de enfrentar a mi padre, estoy segura, pero…
Todavía no comprendo como una criatura cuyo movimiento atemoriza a una fila de lacayos, se ha dejado someter por un ser tan insignificante como el cancilier.
Si hablase con Aelfraed… Siempre percibí a los elfos como seres correctos.
Ellos están regidos por el conocimiento y la justicia.
No pueden mover el agua ni sentir las partículas de luz en las yemas de sus dedos, pero poseen sabiduría.
Razón. Deben ser justos y bondadosos con todos los reinos.
Me gustaría pensar que intervendrían al descubrir la verdad a pesar de que no olvido el poder que mi padre ejerce sobre su rey.
Sobre el resto de pueblos. Él ha cedido en eso de mantenerse alejado de los reinos vecinos, pero nunca le negó a mi padre que no cortaría sus relaciones diplomáticas.
No arriesgaría a su pueblo por los deseos de un rey.
Si eso sucediese, la historia se repetiría, criaturas separarían a un reinado por sus propias convicciones.
Desciendo frente a la puerta de la ciudadela.
Dejo caer los brazos con rabia al verla cerrada, libre de cualquier vigilancia.
No viajaré al palacio de los elfos si realmente son más de las once; prefiero hacer noche en el claro, que ser embestida por la curiosidad de los cargos elfos.
Mañana me vería sacudida por los reclamos del rey si revelase algo.
El viento hace ondear el fuego de las antorchas de la entrada.
Me acerco. Envuelvo el tirador de metal con forma de lobo esperando que la fuerza sea suficiente para que acceda a mis necesidades.
No cede. Vuelto a tirar, esta vez usando ambas manos.
Nada pasa. Miro a las hojas con desafío mientras me coloco frente a ellas.
Aparto el pelo de la cara antes de tomar el pomo, subo los pies a la hoja izquierda mientras flexiono las rodillas para tomar impulso.
—¿Te seguirás peleando con ella, o se te ha pasado por la mente la idea de desistir? —la voz de Azohr suena fuerte a mis espaldas. Real y serena.
Dejo caer las piernas tan rápido como comprendo que está detrás. Mi mirada se desliza hasta el suelo antes de voltear.
—¿Cómo puede ser? —mi cabeza se sacude de forma ligera en una negativa—. ¿Es que el anillo también te revela en qué lugar me encuentro?
—Es una buena idea, y una pena que no se me haya ocurrido antes —el teniente señala el anillo sonriente.
—Si no ha sido magia, entonces… —una arruga toma mi entrecejo—. No importa.
—Creí que Twig y tú no teníais secretos —la duda también le hace arrugar el entrecejo—. Hace más de una hora que recibí una carta con uno de los gorriones que Gunwer utiliza para emergencias.
—¿Twig te envió una misiva? —ahora sí que no entiendo nada—. ¿Para qué?
—Así que, el rey ha decidido enviarte fuera de palacio esta noche —Azohr se acerca en un par de pasos. Se coloca sus mechones con una mueca de reprobación—. Me parece bastante extraño teniendo en cuenta que, hace dos semanas, ni siquiera tenías permitido abandonar Eryas.
—Las palabras de los dioses en la visita al templo lo han tranquilizado —sonrío con torpeza para fingir que todo está bien.
—Tu anillo se encendió antes —saca el collar que me mostró el otro día—. Sobre eso no puedes mentirme.
No sé por qué debería mentirle, si ni siquiera sé que ha escrito Twig en esa carta.
—El rey encerró a la reina. Yo me crucé con Elm, lo vi nervioso y, no sé… —las manos me tiemblan mientras le hablo y no sé por qué—. Me angustió escuchar que ya no soportaría un golpe más, y ahora estoy aquí.
—Twig asegura en la carta que es el cancilier Drieden quién tiene esos deseos —Azohr se apresura a tomar mi brazo—. Eso quiere decir que vendrás conmigo.
Sus labios se sellan. Sus pies inician una marcha hacia Hai que me arrastra a ella.
—Drieden ya sospecha de mis salidas —la voz me nace de forma entrecortada mientras trato de soltarme—. Si él descubre que no estoy aquí, que me marché contigo, me castigarán —sacudo el brazo de forma inútil—. Nos castigarán a los dos.
—Que permanezcas aquí sola no es una opción —me indica Azohr sin dejar de insistir en la idea de montarme sobre su fénix.
Trato de utilizar mis pies para frenarlo, pero él solo está concentrado en llevarme a ese animal.
Solo necesita un brazo y puede arrastrarme donde quiera a pesar de que lucho con todas mis fuerzas para oponer resistencia.
Y aun así, no pienso dejar de insistir. Pienso sacudirme hasta que sus pasos se detengan a pesar de que deba escuchar como gruñe por mi terquedad.
Ante un nuevo intento, cede y me suelta el brazo.
—Si piensas que me subiré en Hai solo porque tú lo determines, puedes marcharte ahora —le indico entre jadeos después de cruzarme de brazos.
—Solo intento protegerte —Azohr señala el alrededor agitado—. Se supone que es a tí a quién le perturba que nos vean.
—No voy a subirme en ningún animal hasta que no me digas dónde iremos —mi barbilla se eleva con resistencia.
—Te lo diré cuando estemos sobre Hai —señala el fénix. Sus ojos se abren.
—Ahora —ordeno mientras despliego las alas—. O no te quedará más remedio que irte sin mí.
Mi tono serio, mi postura decisiva… Se frota la nariz antes de resignarse.
—Al reino de Avka —estira la mano para ofrecérmela—. Ahora móntate en Hai y guarda silencio, si alguien te ha seguido ya conoce el lugar al que nos dirigimos.
Mis labios se sellan. Guardo las alas a la vez que acepto su ofrecimiento.
El cuello de Hai roza el suelo para que montarlo sea mucho más fácil, y aun así me veo obligada a escalar para poder ocupar el espacio delante del teniente.
Me sujeto a sus plumas, conozco los despegues de este fénix.
Contengo el aliento cuando la inercia me hace tambalear en el primer impulso.
Nunca dejará de sorprenderme como Azohr solo sujeta estas riendas y se despeina. No teme.
—Todavía tiemblas al montar —hasta Azohr puede percibirlo.
—Tan solo he montado en tres ocasiones —cierro los ojos con más fuerza que al inicio del vuelo—. Pero no tiemblo por miedo a volar.
—Sé que tienes miedo, tu anillo se enciende —me recuerda—. Pero pasará cuando lleguemos, te lo prometo.
Ojalá pudiera contarle a qué temo. En una lucha contra ese miedo que guardo, separo los párpados justo cuando ante nosotros se posan cientos de cipreses.
Inclino la frente hacia abajo para refugiarme en la ignorancia de lo cerca que volamos de esas copas.
Apenas siluetas cuando Hai cambia el rumbo.
Me agradezco haberme agarrado al antes, porque hubiese caído varias veces de no haberlo hecho.
El vuelo se estabiliza todavía sobre árboles.
Ante un enorme lago de aguas escarlata que resplandece para contrastar el inmaculado blanco de la nieve a su alrededor.
Su belleza es sublime. Incomparable con el cenador del invierno.