16. El baile de las luciérnagas. #5
Puede que hasta sea una obra de alguno de los canciliers y sus rumores para manipular a mi padre.
—Repite qué hablaban —me recoloco en el asiento para observarlo con plena atención.
—Conoces al viejo guardia. Él siempre habla bien sobre ella y esos años en los que paseaba por los pueblos —sus labios se unen para llenarme de impaciencia—. Creen que intenta vengarse del rey por haber hecho todo lo que se detalla en los carteles.
—Mi madre es inocente —corto la conversación con una mirada en cada uno de ellos.
—¿Tú estás segura de tus palabras? —pregunta Maren con voz suave.
—Si estos rumores llegan a oídos de mi padre, os aseguro que volveréis a ver un cuerpo expuesto en las orillas —mi cuerpo tenso se llena de aviso. Les muestra el peligro de lo que dicen.
—El rey no sería capaz de terminar con la vida de su propia reina —Rani parece querer quitar peso al asunto. Su leve sonrisilla compensa el brillo de miedo de sus ojos.
—¿Deseas saber de lo que sería capaz tu rey? —mi mirada se vuelve inquisitiva. Me levanto para hablarles a todo—. Os aseguro que, ejecutar a la reina, os parecerá misericordioso en comparación con todo lo que ha hecho con ella y su cuerpo durante estos años.
—Sus acciones siempre parecen justas —la garganta de Rani se sacude en un intento de convencerse de sus propias palabras—. Si la reina comete traición, debería ser castigada como cualquier otro súbdito, ¿no es eso justicia?
—Yo dije que la reina es inocente —mis fosas nasales se ensanchan ante la forma en que ignora mis palabras—. Y otras muchas criaturas inocentes son castigas a diario.
—Mientes… —se apresura a negar Rani con lo que necesita escuchar.
—En una de las alas de las mazmorras hay cinco pasillos.
Están destinados a las esclavas que el rey y sus canciliers tienen bajo llave —ensarto las manos en el mármol de la mesa al dejarme caer sobre él con rabia—.
Muchas de ellas ni siquiera ven la luz de una vela entre violaciones, solo tienen un orinal como compañía.
Mi tono se llena de la cólera que no puedo mostrarle a mi padre.
—¿Conoces acaso cuáles son los crímenes que las llevaron a soportar esa vida? —insisto.
—No —manifiesta Rani con el rostro pálido.
—Ser mujeres —sonrío—. ¿Acaso es lo que yo merezco?
—No. Tú eres una princesa —Rani sacude la cabeza. Su voz se vuelve temblorosa.
—Yo llevo una corona, pero bajo ella todos ven lo mismo en mí, que en esas pobres mujeres. Su única culpa es que ellas nacieron en la clase social equivocada —mis pupilas se hunden como mis manos, pero ellas en el centro de sus ojos—. Hasta tú no puedes dejar de verme de esa manera.
Me aparto cuando capto la mueca de tristeza que Lynn esboza, la manera en que Maren ha convertido su semblante en el frío invierno.
Esta vez no solo luce molesta por sus comentarios.
Parece herida. Aunque solo la mirada de Lugh tiene el poder de removerme.
Él me observa sin nada de la alegría que siempre lleva, sus ojos me revelan cuánta tristeza siente.
Cuánta decepción le ha causado mi silencio.
—Lo siento —musito a Lugh tras bajar la cabeza.
—Podré esperar a conocer más detalles del rey en los carteles —Lugh se acerca. Su brazo me cubre el hombro en silencio—. Sólo dime qué necesitas, trozo de carne infecta.
—Podríamos encontrar al traidor e impedir que continúe colocando esos carteles —Lynn asiente desde su asiento —. Debe ser alguien del palacio, de otra manera no conocería tantos detalles.
—Sí —Maren la secunda—. Podemos vigilar las orillas por si trata de colocarnos otra vez.
—No —me apresuro a negar—. No lo hagáis.
—Nunca más dejaremos que hagas nada sin que nos lo digas en primer lugar. Te seguiremos si es necesario —me indica Lugh con una mueca de amenaza velada.
—Soy yo quién ordena que se repartan —admito sin poder remediarlo.
Una pausa que pesa nos envuelve. Es ciertamente incómodo que yo haya sido la última que tenía algo que decir.
Comprendo que admitir todo de forma tan brusca puede causarles impacto, y eso que la mueca que Rani esboza no parece para nada compasiva.
Más bien suena a juicio. Quizás se ha retractado en su afirmación de hace tan solo un par de minutos.
Tal vez ahora crea que lo más apropiado para mí y el reino es que yo amanezca en una de las picas que mi padre usó para los guardias por traidora.
O al lado de Tien, en una cama nupcial que me obligue a reconocerme como apropiada.
Sé que si tuviera algo de valor, lo usaría para reprenderme.
No dudaría un instante en hacerme saber que, esta, es una culpa que nunca dejará de pesar en mi alma.
Y entonces yo podría decirle que yo soy quién la carga desde el primer día.
—Pero, Eladriel… —Lynn trata de hablar entre balbuceos—. No sé qué decir… —guarda silencio.
—Solo necesito eso, que guardéis silencio —les imploro—. Eso os mantendrá a salvo y lejos de sospechas.
—Yo no tengo miedo —asegura Lugh de forma enérgica—. Si tú te arriesgas, yo me arriesgo contigo.
—Nos arriesgamos, querrás decir —Maren desafía a Lugh con la mirada mientras se señala—. Yo te aseguré que te apoyaría cuando estuvieras lista para hablar —sonríe.
—Gracias —sonrío de forma genuina ante su apoyo porque sé que es real y sincero.
—Yo siempre he estado en el ojo del rey —declara Lynn con sarcasmo—. No me importa si me desea muerta por algo nuevo.
Rani guarda silencio, aunque tampoco me sorprende. Hasta puedo decir que me siento aliviada de que no vaya a intervenir en nada, yo nunca confié en él. Solo espero que Maren obedezca y guarde silencio.
—Deseo hablar contigo a solas —le indico a Maren con una mirada de urgencia que señala las afueras del cenador.
—Te acompaño —asiente Maren de inmediato.
Llevo días pensando en ella, en la eficacia de sus alas.
Podría aprovechar mi ausencia esas noches que estoy en la ciudadela de Rhysartyr para instalarse en mi cuarto.
Tendría acceso a todos mis archivos y actuaría más rápido que una carta si mi padre decidiese actuar a mis espaldas contra mi madre.
O contra mí. Ella solo debe volar para ponerme al tanto de lo que suceda.
Además, si surgen problemas con Twig en esas noches en las que se pegan carteles y confabula con ayudantes, que esté cerca le da una oportunidad adicional de salvarse.
Maren sujeta mi brazo para dirigirme a los escalones.
Tranquilizo el ceño fruncido de Lugh con una sonrisa antes de ceder a sus tirones.
Me desvía caminando por la hierba fresca alejada del camino de piedras.
La luz de las antorchas y velas cada vez se posa con más timidez sobre las plantas del alrededor.
Las risas de Lugh y el resto se escuchan como un pequeño silbido perdido en el aire.
—Volaré a Rhysatyr esta noche y necesito que me ayudes —me aclaro la garganta tras lanzar lo que necesito antes de que no pudiera hacerlo.
—Hoy no es miércoles —Maren me mira con poca intriga. Con más desconfianza.
—Son órdenes de mi padre —reclamo su atención con algo de molestia.
—¿Perdiste la cabeza? —Maren ríe de forma irónica. Sus manos viajan a la cintura—. ¿De verdad esperas que crea que, mi señor, el rey de tienes prohibido salir del reino, decidió enviarte a dormir lejos de sus ojos?
—Esa es toda la verdad —asiento a pesar de que a mí también me resulta imposible.
—Bien —Maren deja caer los brazos—. ¿Y qué puedo hacer yo?
—Quiero que entres al palacio y pases la noche en mi cuarto —doy un paso hacia ella para lanzarle sin pausas mi petición.
—¿Dentro del palacio? —el rostro de Maren se llena de incredulidad—. ¿Dónde?
—En mis aposentos —sujeto sus brazos para que se tranquilice—. Twig estará cerca, nadie tiene porqué enterarse si consigues guardar la calma. Nadie.
—Estás desquiciada, princesa —niega Maren resignada.
—Y aún debo pedirte algo más —dejo salir el aire mientras mis hombros caen—. Tienes que mantenerte cerca de Twig lo días que visite la ciudadela.
—¿Por qué? —Maren comienza a extrañarse a pesar de lo que les acabo de contar—. ¿Qué clase de problema hay en el reino elfo con tus visitas? —arquea la ceja izquierda—. Dijiste que tenías el permiso del rey.
—Tengo su permiso para ir —aprieto los labios. Aún no sé si debería contárselo… —Si él enviase a sus guardias a buscarme, me encontraría con un brujo.
Con poca cautela, su sonrisa se dibuja. Puede guardar silencio todo el tiempo que lo desee, sabe que su mirada habla por ella.
—¿Es Azohr, o es Mim? —se aventura a preguntar Maren.
—Es Azohr —sonrío genuinamente por sus mejillas ruborizadas.
—Definitivamente, estás mucho peor que desquiciada —Maren trata de contener la risa—. Si quieres morir, precipitarte sin desplegar las alas desde el templo Órianth será una forma menos dolorosa de hacerlo.
—La locura es la única libertad que poseo en un mundo de reglas—le digo con una sonrisa sutil y confiada—. Y me apena haberlo descubierto demasiado tarde.
—A pesar de que tus palabras suenan de maravilla juntas, sigues estando loca —cierra los ojos—. No creo que los dioses os lancen flores el día de vuestro enlace.
—De momento, no hay nada por lo que puedan matarnos —le digo antes de que siga pensando inconvenientes—. Tan sólo nos hicimos compañía.
—Seguro que el rey Eliot, el razonable, lo comprende a la perfección —Maren vuelve a recurrir a la ironía para asestarme una verdad dolorosa—. Eladriel, sabes que te mataría sin piedad.
—Por eso es muy importante que no se entere, ahí es donde necesito tu ayuda —la miro desesperada. Uno las manos en señal de súplica—. Twig podría avisarte si mi padre sospechase algo o mandase alguien a buscarme. Tú llegarías antes.
—Para aclararme un poco —Maren estira las manos con el entrecejo arrugado. Ya sé que dentro de su frustración se esconde el deseo de aceptar—. ¿Tú te enamoras de un brujo teniendo al padre más tirano de todo Órianth, y a mí me toca ser tu guardia privada?
—Piensa en todos los detalles que tendrás que conocer para estar informada sobre todo lo que sucede —elevo media sonrisa.
—¿Detalles? —me observa un instante tras soltar una carcajada sarcástica—. Si no fuera porque te quiero…
—Gracias —me lanzo a darle un abrazo que la hace tambalear. Me agarro a su forma de devolvérmelo—. Tú no me fallarías.