16. El baile de las luciérnagas. #4
—No parece respetable ante los ojos de todas las criaturas que una dama pase varias noches fuera de casa —aclaro. Dirijo una mirada afilada hacia él—. No me gustaría levantar suspicacias que mancharan el honor del rey.
—Vuestra confesión no me deja más remedio que deducir que desprecias el presente que con tan buena intención os ha ofrecido nuestro señor —Drieden estrecha el ceño. Muestra media sonrisa.
—¿Presente? —el rey se coloca de medio lado para dirigirse al cancilier—. Esto no es un presente, querido cancilier, esto es una orden.
—Pero padre… —titubeo cuando veo que mi postura protocolaria se ha roto. Carraspeo al volver a recuperarla.
—Esta noche os quiero fuera de mi palacio —ordena el rey antes de mover la capa.
—Su majestad —doblo las rodillas.
—¡Guardias! —brama el rey cuando los centinelas de las puertas le abren—. Que las enfermeras acudan a la torre del homenaje.
—A sus órdenes —aceptan los guardias con premura.
Mis ojos caen al suelo que sostiene mis pies.
Mi padre decidió construir las mazmorras en la roca gigante que sustenta el palacio de Eryas.
Quería que los prisioneros no olvidaran cuál es su lugar.
Qué su justicia siempre estará por encima.
Decidió tallar ventanas pequeñas en cada celda, así serían conscientes del mundo que sigue fuera de sus prisiones.
Se darían cuenta de que pecar los había llevado a las profundidades antes que la muerte.
Pero mi madre saldrá. Ascenderá a la torre más alta perteneciente a la corona y morirá en el cielo. En los aposentos de la corona.
—Elm —anuncio cuando el aliento vuelve a mi cuerpo—. Tienes que vigilar a la reina.
—El rey pidió la presencia de enfermeras, la reina se encuentra delicada —Elm parece resignado, pero yo no lo estoy.
—Twig, quiero que vigiles a los canciliers. Evita que se acerquen al cuarto de sus majestades —camino hacia Twig. Poso la mano en su hombro con cuidado.
—Pero… —Twig ladea la mirada despacio—. ¿Cómo?
—Ofréceles vino, trae alguien que entretenga sus charlas… No lo sé, Twig —niego—. Pero sus voces susurrantes no pueden estar en la cabeza de mi padre.
—Vos debéis marcharos de aquí —me indica Twig antes de hacerme entender que lo hará.
—Podría ir a buscar a los dioses —aparto la mirada de sus ojos para llevarla a las escaleras.
—¡No! —sus manos sujetan mis antebrazos. Su frente se llena de angustia—. No permitiremos que la reina se reúna con el dios de la muerte.
—Twig —apoyo las manos sobre las suyas—. Ellos podrían impedir que mi madre sufra.
—¿Qué ocurriría cuando los dioses se marcharan? —traga saliva. La punta de sus dedos se hunde con fuerza.
—Mi madre estaría a salvo… —confieso con esperanzas.
—Eso no ocurrirá jamás —asiente Twig. Él parece aceptar una verdad que yo ni siquiera comprendo—. La salvarán de morir esta noche, pero ella se quedará aquí junto a su majestad.
—Debo hacer algo —mis pupilas centellan culpa por aceptar esa orden del rey.
—Cuando los dioses se marchen, seréis vos la que acabaréis en las mazmorras, y entonces nadie podrá salvar vuestras vidas —la expresión de verdad en el rostro de Twig me asusta.
—Sé lo que ellos pretenden —señalo el interior—. Quieren que me marche para que no pueda salvarla.
—Vos ya no podéis hacer más por ella —suspira Twig. Su voz decae.
Su silencio es más sincero que cualquiera de sus afirmaciones. Quizás, salvarla sea dejarla aquí...
—Aún debo hablar con Maren. Con Lugh —su recuerdo enmudece mis latidos—. No puedo marcharme sin cumplir con mi palabra otra vez.
—Deberíais indicarles que se marchen, llevan un rato esperando en el cenador —Elm señala el de la primavera—. Agradezcamos a los dioses que su majestad no advirtió su presencia.
—¿Dónde está Rune? —me acerco a él para hablar en confidencia.
—En las mazmorras, princesa, estuvo acompañando a vuestra madre —Elm aparta la mirada al sentir que nada de protocolo nos separa.
—¿Y quién se ha encargado de mi padre? —mis labios se arrugan con sospecha.
—Lo hice yo —su semblante se vuelve frío. Pesado.
—Entonces ordena a un guardia de confianza vigilarlo —le indico en un murmuro—. No tiene escrúpulos como ellos, por eso lo eligen.
—A vuestro mando, alteza —asiente Elm.
—Twig —le dedico una última mirada por encima del hombro antes de abordar las escaleras—. Hablaré contigo cuando vuelva.
—Mi princesa —se inclina Twig.
Apenas puedo tomar aire para calmarme de lo sucedido cuando la mirada penetrante de Maren se cuela a través de los arbustos que rodean el cenador.
Espero que su enfado no la aparte, yo también echo de menos esas competiciones de cardos.
Sus risas. Yo también me perdí en todos los años en los que acompañé a Tien.
Puede que para revivir esos tiempos haya que esperar, o quizás nunca vuelvan a repetirse, pero aun así los necesito.
Desvío la mirada hacia el rostro de Lugh para no sentir el peso del juicio.
Sus ojos hace rato que no prestan atención a nada de los que hay alrededor cuando en días normales no deja de toquetear curioso los detalles.
La comida de la mesa que homenajeaba la reunión que por fin se produciría está casi terminada.
El vino que le pedí a Twig que sirviese porque sé que les gusta está medio acabado.
Por la forma en que todos arrugan el entrecejo, deduzco que anticipan una larga conversación en la que pueda ofrecerles con todo detalle los entresijos de mi vida.
No sé cómo les sentará descubrir que, por desgracia, la conversación tendrá que ser más corta de lo que yo desearía.
—Amigos… —fuerzo una sonrisa según dedico una mirada a cada uno.
—¡Monstruo infeccioso! —Lugh se incorpora sonriente.
—Entendemos que tu retraso se debe a lo que acabamos de ver —Maren me reclama sin dedicarme un triste saludo.
—No parece que todo funcione bien en el palacio —Lynn ladea la cabeza sospechosa.
Apoya la mano en la mesa para ponerse en pie. Sus pasos la dirigen a mí con la misma dulzura que siempre usa. Posa su mano sobre mi hombro con más cuidado del que esperaría de alguien que está enfadada.
—Eladriel… —Lynn toma aire de forma sonora—. ¿En algún momento dejarás de ser tan misteriosa?
—¿Acaso lo soy? —inclino el mentón hacia ella para observarla.
—Lo intentas —se encoge de hombros—. Aunque aseguras que todo está bien, tu rostro dice lo contrario. No somos pésimos lectores como piensas.
—No siempre está todo bien —devuelvo la mirada al frente—. Pero hoy lo está.
—Entonces pídele a Gabel que traiga más vino y cerveza de la montaña —ríe Rani tras echar el brazo sobre Maren —. Nos divertiremos.
—Podríamos descorchar las botellas que tenemos aquí y brindar por las mentiras que nos cuentas —Maren sonríe antes de colocar sus labios en una línea recta sin expresión.
—Vaya —mis cejas se elevan por un segundo. No puedo evitar sonreír—. Tus indirectas cada vez son menos indirectas.
—Lugh ya nos contó lo sucedido con el cancilier Drieden —Maren me dedica una mirada de ira que me recorre—. ¿No dirás nada sobre eso?
Hundo la mirada en Lugh. Entrecierro un ojo para no confrontarlo por no guardar silencio.
Él debe saberlo, por eso me evita y toma asiento con intenciones de esconder su vergüenza detrás de Maren.
Espero que eso haya sido lo único que haya revelado, que no haya mencionado al teniente o a la princesa.
—Déjalo en paz —Maren aparece en mi campo de visión al estirarse sobre Rani para alcanzar a Lugh—. Él solo te defendía de nosotros.
—Tienes razón —admito. Me esfuerzo por sostener la mirada que me haga responsable de mis actos—. No tengo nada que decir salvo aquello que necesitéis saber, vosotros hablaréis.
—¿En serio piensas que me engañarás? —una sombra de duda toma la frente de Maren.
—Responderé a lo que deseéis. A lo que preguntéis —asiento sonriente.
Me analiza más de lo que esperaba. Espero que la idea de que pueda averiguar todo aquello que anhela sin importar qué sea, la convenza. Ella es la única que parece tener expectación.
—Empezaré por una breve —Maren eleva su barbilla desafiante.
—Responderé, tienes mi palabra —mis pupilas se mantienen determinantes.
—¿Qué hay detrás de los encuentros con Tien? —los labios de Maren se arrugan—. Conseguiste hacerme creer que estabas interesada en él.
Muchos años de castigos e intenciones ocultas. Engaños. Pero si tuviera que decirlo de alguna manera…
—Es solo obligación —revelo. Busco la mirada de Lugh y la forma en que me mira—. Son estrategias políticas del rey y sus canciliers.
—¿Y las veces que yaciste con él? —da un paso hacia un lado al ver que mi mirada se desvía.
—Eso lo elegí yo —tomo asiento al lado de Lugh. Enhebro el brazo en el suyo—. No es motivo de honra para mí.
—¿Te arrepientes? —se atreve a preguntar Lynn.
—Quizás, si jamás hubiese cedido a su insistencia, no se hubiese convertido en un enemigo tan cercano a como lo es mi padre —asiento sin dudarlo—. Me arrepiento en profundidad.
—No puede ser tanto como tu enemigo —Rani me mira con sorpresa.
—Está lleno de ira porque pensó que yacer con él sería suficiente y yo rechacé su propuesta —tuerzo el cuello ágil hacia él.
—¿Por qué no rechazaste esos encuentros en ese caso? —la comisura izquierda de Rani caer por un momento. Me observa como si mis palabras fuesen inciertas.
—Dime, ¿crees que yo tengo alguna clase de poder en palacio? —me inclino sobre la mesa para dirigirme solo a él.
—Tienes una corona, nosotros no —me recuerda Rani con tono de crítica.
—Ni siquiera una corona de reina sirve para algo —sonrío.
—Espera —Lugh estira los brazos para taparme la boca—, yo tengo una pregunta. ¿Es cierto que la reina es la que esparció los carteles por Eryas?
—¿Qué has dicho? —rompo la distancia con Lugh tras agarrarlo por el uniforme—. ¿Dónde escuchaste eso?
—Anoche, Uthiel lo comentaba en la taberna —Lugh encoge el cuello bajo mi rostro—. Él y otros viejos de los que siempre se reúnen en la primera mesa hablaban sobre ello.
La forma en la que todos enmudecen me estremece.
Me recuerda al rey afirmando que era ella quién lo había traicionado.
Esperaba que los carteles dieran qué hablar entre los súbditos, pero no esperaba que solo pensaran en quién es la criatura detrás de ellos.