16. El baile de las luciérnagas. #3
—¿Me amenazas, princesa? —la mandíbula de mi padre se estira tensa—. Eres arrogante y tonta como ella, tal vez deba darte el mismo destino.
Ante este gesto, sus palabras, hace soles hubiese inclinado la cabeza por obediencia.
El miedo hubiese nublado mi razón. Trataría de protegerme de la culpa por perder a aquellos que, por mi insolencia, fueran ejecutados.
Ahora es la ira la que me vela el juicio.
Quizás, aunque el protocolo dicte lo contrario, esto también es ser mujer.
—Mi señor, tenéis una hora para liberar a madre —insisto de forma concisa, llena de verdad—. Si veo que no tomáis la decisión adecuada, sacaré a mi madre de las mazmorras y la dejaré a salvo junto a Elm antes de ir a buscar a los dioses. Que sean ellos quienes establezcan su juicio.
Sin dar lugar a una respuesta y a pesar de que mis rodillas tiemblen, volteo para salir del trono. Mis oídos se cierran a ellos. Me concentro en escuchar el sonido de las aguas bajo el palacio para aislarme de las palabras que salgan de su boca. Aunque no funciona.
—No esperes compasión de mi parte si fallas, Eladriel —asevera el rey.
—Yo sí la tendré con vos, mi señor —confieso mientras cruzo las puertas.
Si consigo salir de esta sala, mantendré mi cabeza un tiempo más. Vi a mi padre temblar de miedo ante los dioses. Lo he visto quedarse sin palabras a mi amenaza por ello.
Elm espera con las manos en la espalda justo tras las puertas. Twig está a su lado. Su semblante desencajado se transforma en cuánto me ve aparecer, sus hombros se destensan al instante. El brillo de su mirada está lleno de respeto y miedo a la vez. Su leve sonrisa.
—Mi pequeña Eladriel —Twig me dedica una reverencia.
—¿Habéis conseguido liberar a la reina? —Elm interrumpe con tono de preocupación. Sujeta mi antebrazo con fuerza.
—No puedo asegurar que es así, pero que yo esté fuera debe significar que el rey ha sentido real mi advertencia —suspiro para expulsar el aliento contenido.
—Alejémonos de aquí —Twig rodea mi brazo con sus manos para alejarme de la puerta—. Esta conversación debe mantenerse en un lugar más reservado.
Apresuramos el paso por los pasillos tratando de esquivar la mirada de criados y lacayos.
Sus preguntas. Los guardias abren las puertas principales de palacio para nosotros.
Abordo el descanso de las escaleras a la salida como si llevase años encerrada entre muros de pesadumbre.
Twig y Elm se apoyan en la pared para retomar el aliento.
Deslizo la mirada hacia el anillo. Ha recuperado su color sin haber tenido tiempo de comprender qué significa el rojo ni porqué se ha encendido.
—No volváis a hacer eso nunca sin hablar conmigo en primer lugar —Twig camina apresurado hacia mí aún con la voz entrecortada.
La expresión de Elm se llena de sorpresa por la forma en la que se dirige a mí. Aunque sabe que nuestra relación es cercana, creo que no esperaba que fuera a reprenderme. Yo sí.
—Perdóname, querido Twig —la culpa por verlo en este estado hace que sienta deseos de explicarme—. Cuando hablé con Elm y me contó la situación, no supe actuar de otra forma —callo por un instante—. Mi madre está hace dos días en las mazmorras.
—Lo sé, mi querida princesa —Twig baja la mirada.
—¿Twig? —lo conozco lo suficiente como para saber que esa reacción significa algo.
—Yo fui testigo de cómo la reina era retenida desde que el rey dio la orden —Twig eleva la mirada. Estira su chaqueta antes de unir sus manos al frente.
—Entonces ¿tú estás de acuerdo con los actos de mi padre? —el peso de la decepción por Twig lo siento como si tuviera dientes en el corazón.
Mis hombros caen. Siento que el brillo de seguridad que tenía en los ojos hace un segundo ha desaparecido.
—¿Realmente me creéis capaz de eso? —Twig me mira con ojos llenos de súplica. De angustia.
—Sabes que no me refiero al encierro de la reina —mi mirada entristecida se aparta—. Estás de acuerdo en dejarme al margen de los asuntos del reino. Incluso lo que tienen que ver con mi propia madre.
—Jamás, mi princesa —Twig da un par de pasos hacia mí. Su expresión está llena de preocupación, pero también veo determinación—. Mi lealtad siempre fue hacia vos, no hacia las decisiones que otros toman.
—¿Y dónde se encontraba tu lealtad cuando me ocultaste lo que sucede con la reina? —mi voz se rompe por la rabia, por la tristeza.
El alma me pesa en el pecho. La confianza que siento hacia Twig vacila y eso me hace sentir vulnerable. Desorientada. No sé cómo hablarle sin que comprenda que mis palabras están llenas de un dolor que me rompe porque no tengo nada si lo pierdo a él. Mis pupilas lo contemplan con dolor.
—Solo deseaba protegeros, mi princesa —Twig agarra mi mano.
Siempre tan tierno y suplicante…
—No podrás protegerme siempre. No a costa de mis decisiones —mi mirada se hunde en él endurecida como nunca antes—. Confié en ti, Twig. Necesitaba confiar.
—No soportaría la idea de que os castigasen con las mazmorras —Twig me aprieta la mano—. No después de ver como salisteis de ahí hace tan solo unos días.
—Si tú me fallas, Twig… —mis ojos se llenan de lágrimas.
Confío en mí, pero siempre pensé que él también lo hacía.
Veo su cuello mecerse. Su ceño volverse pensativo.
Sabe cuánto me ha hecho sufrir que mi padre me aleje de cuestiones del reino por incapaz, se lo confesé en más de mil noches estrelladas de insomnio.
Le pedí que averiguase los asuntos internos y externos para anticiparme a él, para saber cómo actuar.
Sé que no podré ser libre del todo hasta que no sepa la verdad, pero él se alía con los que cortan mis alas sin darse cuenta.
—Conozco vuestras cualidades, princesa, sé cuántas poseéis —Twig se inclina—. Pero la reina también tiene, y a pesar de ello está encerrada en las mazmorras.
—Yo estoy fuera, eres tú quién me ve igual de débil que ella —mi mirada firme y erguida me recuerda que nunca le hablé tan enfadada.
—Sé que hay muchas diferencias entre la reina y vos —asiente Twig con ojos brillantes—. Es su majestad quién lo ignora.
—No voy a guardar mi vida en una torre por sus creencias, Twig —me inclino hacia delante—. Ni por las tuyas.
—Recordad lo que sucedió con el joven Tien en el baile de reinos —me advierte Twig con cejas elevadas.
—Las decepciones de quién ocupa mi corazón duelen más que las de ese inepto —mis fosas nasales se separan para demostrarme que, en efecto, nunca estuve tan furiosa.
Suspiro antes de permitir que esa furia siga hablando.
Cierro los ojos para traer a mi mente la realidad que se oculta tras sus actos porque sé lo que soy para él.
No olvido su lealtad impoluta. Comprendo que sus miedos también podrían haberle llevado a cometer traición contra mí si le susurraban que mi salvación residía en revelar al rey mis decisiones sobre el teniente.
O sobre el hijo del cancilier. Me repito como todos estos días que no se quebraría incluso si mi garganta ya no puede contener más la realidad.
Ante sus ojos todavía soy esa criatura que necesita ser protegida.
Tan vulnerable, que apenas puede salvarse a sí misma ni de sus propias decisiones.
Quizás él también necesita descubrir quién es esa princesa a la que todavía se refiere como “mi pequeña”.
Hace años, no solo sus brazos se cerraron.
No solo crecí por fuera. Mi corazón se endureció lo suficiente como para no permitir que nadie más lo lastime.
Ni siquiera mi padre. Tal vez sea mi culpa, porque todavía no me he jurado que no me someteré ante nadie y es el momento de hacerlo.
Las puertas de palacio se separan. Twig y Elm sujetan sus manos al frente para doblarse en una reverencia cuando dos guardias provistos de armadura abandonan el interior.
Se colocan a los extremos del pequeño descanso.
Golpean la lanza contra el suelo en un toque competente mientras sus miradas se pierden al frente.
El metal ya no refleja los rayos del sol porque la tarde se ha ido.
El rey aparece con aparente urgencia en compañía de Drieden y el cancilier Rohan, tuerce el cuello hacia todas las direcciones.
Una de sus cejas se eleva. Trasforma su rostro en desprecio al determinar mi presencia postrada ante él.
—Te buscaba, querida —las comisuras de mi padre se elevan en un segundo.
—Mi señor —acepto.
—Tomé una decisión —asiente, pero su sonrisa me estremece. Ojalá supiera que no es necesario fingir porque sé cuándo lo hace—. Yo mismo bajaré a las mazmorras a por mí reina.
—Es lo que los dioses hubieran establecido —asiento mientras observo su incipiente calidez.
—Comprendo que debes estar feliz —el rey da un paso al frente.
—No puedo negar que me calma saber que madre volverá a recuperar su libertad —me fuerzo a sonreír como él.
—Que maravillosa noticia, ¿verdad canciliers? —el rostro de su majestad se baña en alegría. Ladea la mirada para encontrarse con Drieden y Rohan.
—Dadle la buena noticia, querido sire —Drieden sonríe. Me cuesta contener una mueca de repulsión al ver su lengua deslizarse entre los dientes.
—Os voy a recompensar por vuestro arrojo —la frente de mi padre se eleva. Su mandíbula se tensa complacida.
—Estoy seguro de que, este presente, será de vuestro agrado —Drieden imita el gesto del rey.
—Permitiré que marchéis a Rhysartyr —me revela el rey con orgullo—. Me reuní con los cancilier y estamos de acuerdo en que merecéis un premio por la valentía demostrada.
Sus palabras no suenan a premio. Que sea una idea de seres como Drieden o Rohan tampoco es garantía de que sus intenciones sean compensarme.
No parece un buen gesto, sino una estrategia.
Sé que mi padre puede liberar a la reina de la celda, pero no del castigo.
Él es quién ejecuta los golpes que la señalan, en la intimidad de su cuarto tendrá más libertad que ella para hacer lo que considere oportuno con su vida.
Yo impedí que lo hiciera en las mazmorras, ahora no querrá que interceda por ella en sus aposentos.
—Me siento honrada con la noche que me permitís marchar, mi señor —sonrío a pesar de que trago saliva—. El lugar de la princesa de las hadas es este palacio.
—Si vuestro lugar fuera este palacio, no lo abandonaríais ninguna noche —Drieden interviene antes de que pueda hacerlo mi padre.