16. El baile de las luciérnagas. #2
Puede que sea eso que me perturba lo que hace a mis piernas caminar con dificultad.
Avanzo por el pasillo mientras las llamas de las antorchas parpadean sobre las rocas.
La sombra baila alrededor como si los fantasmas de mis temores me estuvieran escoltando hasta un lugar donde no hay paz.
Según me acerco, mi mente evoca toda la angustia que cargo sobre los hombros.
El miedo a que todo empeore. Tengo instalada en el centro de mi sesera la última vez que me atreví a pedir una reunión con mi padre.
Su voz atronadora quiere aparecer oportuna.
Tomo aire para cambiar esos recuerdos por las sonrisas de la reina y sus delicadas anécdotas.
Esa serenidad que veía en ella comienza a invadirme para calmar mis dudas.
El metal del anillo que adorna mi dedo se transforma cuando accedo al pasillo de la sala del trono.
Bajo la mirada cuando el rojo brilla. Percibo en el pecho algo que vibra como la sangre, corre invasiva para conquistar cada parte de mi cuerpo.
Quizás sea el escudo de protección. Una fuerza que aún no conozco me obliga a colocarme frente a la puerta tras indicarle a los guardias privados del rey que abran.
Me esfuerzo por tomar aliento antes de entrar para convencerme que estoy dispuesta a esto.
Estoy lista para luchar por la libertad.
—Que las estrellas brillen sobre vuestro camino, y el viento de la fortuna os guíe en cada palabra, mi princesa —Elm dobla la espalda para postrarse ante mí.
—La luz de la verdad será la que devuelva la justicia a este reino —sonrío—. Que nadie nos moleste, Elm.
Las puertas se sellan en un sonido sordo a mis espaldas.
Elm deja de estar cerca. No sé por qué mi padre está tan preocupado porque robe su trono, nunca acabó de convencerme el revestido de finos tejidos en rojo y dorado.
Es cierto que su estructura me resulta imponente.
Hasta merece respeto colocada sobre ese podio elevado, con esas alas desplegadas que tocan el techo.
Pero el respaldo lleno de esmeraldas, rubíes y zafiros, las patas en forma de garra…
Esto no es la silla de un rey, es la del poder.
Contengo la sonrisa al verlo sentado en él.
Al comprobar que Drieden está solo a un par de pasos a su derecha.
Siempre a su derecha. Contemplo sus ojos brillantes de astucia como si tuviesen bajo control cada uno de los movimientos de mi cabello.
Por un momento, casi les entrego lo que desean cuando un temblequeo sacude mi estómago, sus sonrisas se elevan hasta mostrar un destello de dientes que oscurece el ambiente.
Son el reflejo de sus actos. Puedo oler desde aquí como disfrutan de este instante mientras mi vista recorre los intricados relieves de oro que decoran las paredes.
Hay representadas escenas de gloria y poder que le dan fuerza a mi voz interna.
Observo entonces los candelabros del techo, la luz de las velas que se refleja sobre el gran suelo de mármol blanco. La mirada de mi padre y el cancilier.
—Buenas tardes, su majestad —le dedico una reverencia.
Hay un silencio tras mi saludo. Supongo que esperan que también le muestre el debido respeto al cancilier…
—¿Cuál es la razón de esta súbita urgencia? —el rey arquea una ceja con poca gana.
—¿Habría otro motivo más importante que el encierro de la reina? —elevo la frente con brillo de justicia en la mirada. Me centro en él como mi objetivo.
—Si eso es todo lo que tienes para decir, puedes largarte de aquí —me indica mi padre según señala las puertas a mis espaldas.
—Con la honra que os corresponde, mi señor, aún no me habéis escuchado —doy un paso al frente para abstenerme de cumplir su sugerencia.
Su majestad apoya los brazos en los puños de oro del trono. Se inclina hacia delante cuando la cólera le hace respirar con premura al dedicarme una desdeñosa mirada.
—Tu madre no es asunto de ninguna criatura más que mío —la frente del rey se arruga.
—Es mi madre —mi voz no se achica.
—Y una deshonra para este reino —sus pupilas se llenan de dureza. Sus puños se hunden sobre el dorado—. Ese es su lugar.
Creo que su ira y su frustración se alimentan por su idea de que mi madre no cumple sus expectativas. Esos sentimientos le están haciendo perder la cabeza.
—El pueblo guarda una opinión diferente de la reina Olet —afirmo ahora que el miedo no me hará titubear—. Preguntad a vuestros súbditos.
—Es una maestra del engaño —las comisuras de mi padre se elevan—. ¿No sabes que ha traicionado a tu rey?
—¿Cómo podría cometer traición? Apenas sale de sus aposentos —la frustración por sus ideas locas me hace negar.
—Confabula con lacayos a mis espaldas. Me engaña —musita mi padre al compás que sus ojos se entrecierran.
—Ella está tan perdida que aún se atreve a defender vuestra alma, majestad —aprieto los labios—. Os asusta que siempre haya sido mejor que vos.
El rey se impulsa de forma brusca. Aparta la capa de un manotazo para bajar el solio en un par de pasos amplios que lo traen hasta mí.
Su pelo se mueve con la misma furia que proyectan sus ojos.
Como si esa rabia que siente ahora estuviera presente en cada rincón de su cuerpo.
Apenas acaricia la daga cuando se arrepiente, pero no reprime las ganas de mostrarme sus manos encorvadas y amenazantes para que retroceda.
Aun si el temor me grita que me encoja, no pienso hacerlo.
Degluto toda sensación de inquietud que me ahogue para impedir que mi cuerpo actúe ante sus gestos.
Me obligo a pensar que esta lucha ya no es contra él, sino contra mí.
—Expresaste bien eso de que era mejor que yo —la sonrisa del rey se desvela al aproximarse—. En los tiempo de hoy, su incompetencia no solo es capaz de avergonzarme, si no que pone en riesgo todo lo que he construido.
—Ella fue querida, pero nunca fue apoyada —mi postura firme tensa su mandíbula—. Vos siempre tuvisteis el poder. Siempre lo habéis sabido.
—Sire —el cancilier Drieden abandona el trono presto—. Las palabras de la princesa podrías prestarse a malinterpretaciones si continúa hablando.
—¿Malinterpretaciones? —mi padre arquea una ceja. Su cuerpo se mantiene frente al mío.
—Podríamos considerar que nuestra querida Eladriel se preocupa más por su majestad, la reina, que por el bienestar del reino —reprueba Drieden al colocarse sibilino a un costado de mi padre.
—Eso es algo típico de su género, querido Drieden —le responde mi padre sin mover un dedo sus pupilas. Sin darle más importancia—. Ellas son irracionales y sensibleras.
—Salvo con vos, mi amado señor —la sonrisa del cancilier se eleva con advertencia—. Parece que vuestra vida y honor no resultan importantes para ella.
—Os aconsejo que dejéis al lado los comentarios poco sensatos, cancilier —sentencio. Ladeo la mirada hasta que se reúne con la suya—. Es de la dignidad de vuestra reina de la que hablamos ahora, no debe estar encerrada en las mazmorras.
En cada encuentro, el profundo asco que siento por el alma del cancilier crece. Sus comentarios son tan maliciosos… Están lanzados con la única intención de voltear mis palabras. Era igual con mi madre.
—¿Dignidad? —mi padre lanza una risa sonora. Despectiva—. No me hagas reír, estúpida niña.
—Una mujer luchando por la dignidad… —ríe el cancilier.
—Todo lo que tu madre ha hecho es traer debilidad a esta casa, mírate —mi padre estira su dedo índice para señalarme. Su frente se arruga cuando su tono brota cansado—. Ni siquiera ha podido gobernar a su propia hija.
—Yo también soy vuestra hija, padre, no debéis olvidaros de eso —la ira me ahoga, el enfado me corta la respiración. No sabe cuánto lo detesto.
—Me pregunto, sire —Drieden rodea las espaldas del rey mientras me lanza miradas y sonrisas tan detestables como él—. ¿Qué ocurriría si liberásemos a la reina?
—¿Qué sucedería? —mi padre calla tras su pregunta. Sus pestañeos se detienen.
El cancilier cesa sus pasos cuando ocupa el costado derecho del rey. Su postura se vuelve recta. Su lengua pasa hábil por los labios para humedecerlos antes de hablar.
—Influirá en la princesa —asegura Drieden colocando sus labios en una sonrisa estratégica—. Vos, mi querido señor, siempre decís que no deseáis que eso suceda.
—¿Acaso veis en mí, lo mismo que encontráis en ella? —me cruzo de brazos ante el cancilier.
—Absolutamente —asiente el cancilier sin dudar. Su pie derecho se adelanta para acercarse—. Ambas desprendéis el aroma del poder y eso es peligroso para el rey.
—¿O para vos? —rompo la distancia para dedicarle un susurro desafiante—. Os morís de miedo de que os robe lo que habéis rozado con la punta de los dedos, ¿verdad?
—¿Sabéis? La reina también me lanzaba esa clase de comentarios —media sonrisa abandera el rostro de Drieden—. Es una pena que tuviera que retirarse de los planes del reino con tanta premura.
—Fuisteis vos quién la apartó —reprocho a expensas de hacerle entender que siempre supe la verdad.
—Sí, pero no debéis preocuparos tanto por su voz, mi princesa —las cejas del cancilier se unen bajo una mueca de tristeza—. Aún puedo escuchar sus gemidos, algunos de los alaridos que brotan de las mazmorras…
—Yo no me doblegaré como ella —sonrío con los dientes apretados.
—¿Doblegar? —su mirada de sarcasmo se hunde en mí—. Es una mujer. Una sola orden la ponía de rodillas.
—¡La reina es una mujer fuerte! —bramo cuando al fin mis puños se cierran con indignación—. Tiene un reino fuerte que lo demuestra.
—Tu madre no tiene reino que gobernar, princesa —me recuerda mi padre con una arruga en la nariz—. Yo soy el único rey de Ravenbell.
He tocado la espina clavada en su alma.
—Es mejor que mantengáis a la reina prisionera —Drieden me enseña su asquerosa dentadura al estirar los labios—. Una mujer en libertad solo trae caos y confusión.
En ningún momento ha sostenido el contacto visual de mi padre. Ni siquiera lo necesita.
—Si mi madre no es liberada en menos de una hora, yo misma iré a buscarla a las mazmorras y ordenaré su liberación —devuelvo la mirada a mi padre con el mismo brillo de determinación que antes cuando era mi objetivo principal.
—Tu obstinación resulta irritante, querida Eladriel —Drieden suspira por encima del hombro de mi padre—. Veamos qué tan lejos llegas.