16. El baile de las luciérnagas.
(Eladriel)
Hace dos lunas de la reunión en el templo de dioses.
El rey ha estado nervioso desde que los carruajes descendieron en la pasarela de Eryas y descubrió que ese traidor había decidido actuar de nuevo.
Incluso si sabía que lo buscaban. Hay el doble de carteles recorriendo los pueblos informando a todos de la verdad.
Que su señor solo arrebató la vida de esos diez guardias para acallar los rumores de conspiración sobre los brujos y enanos.
Decidí no compartir aún su intención de destruir el reino de Néferien.
No creo que el pueblo se alarmase por la idea de ver a los brujos caer presos bajo la mano de mi padre, pero cundiría el pánico entre ellos.
Aunque solo sea por sus hogares y familias.
Camino por el pasillo principal. Al otro lado de la galería, Elm avanza con el ceño arrugado justo al lugar contrario al que me dirijo.
Se inclina al encontrarnos. Su marcha se reanuda con premura, sin apenas dedicarme una mirada.
Diría que ha vuelto a hacer travesuras junto a Twig en la cocina tratando de encontrar néctar, pero actúa más nervioso de lo que otras ocasiones se puso.
Entrecierro los ojos al contemplar su semblante.
Desde las horas de la mañana de ayer se mantiene inexpresivo, como si solo se moviese por inercia.
No quise preguntar por su estado cuando se encontraba acompañado de otros lacayos.
Además, él siempre fue reservado, conseguir que se sincerase en presencia de otras criaturas sería más complicado.
Me limito a seguir sus pasos al ver que pasa de largo de la torre del homenaje.
Es extraño. Alguien que trata de mantenerse en la puerta de la reina en cuanto se libra de sus responsabilidades, ahora vaga por palacio sin rumbo fijo.
—Elm —enuncio. El tono solemne viaja hasta sorprenderlo—. Detente.
Sus pasos se ven interrumpidos por mi orden, antes de que yo pueda hacerlo ya se ha volteado. Sus cejas se elevan. Su mirada se estremece al encontrarse conmigo, pero no me sorprende, no interrumpo sus tareas con frecuencia. De hecho, apenas las determino.
—¿Princesa? —Elm dobla la espalda en una reverencia.
—Acércate, deseo hablar contigo —afilo la mirada ante su semblante tembloroso.
—Me entristece tener que pediros un poco de paciencia —señala con disimulo el fondo de la galería—. Debo terminar unas tareas pendientes que no pueden esperar.
—Elm, ahora —mis ojos se elevan cuando el tono se vuelve categórico.
Adopta una postura de respecto al instante.
—Será un honor para mí escucharos —asiente. Su mirada baja de inmediato.
—No voy a tomar ambages innecesarios —declaro sin vacilar después de dar un paso hacia él—. Quiero que me cuentes los detalles de lo que sucede.
—No entiendo a que os referís con esa afirmación —balbucea Elm.
Desde aquí soy capaz de sentir como la tensión recorre su espalda hasta tensarla.
Sé que miente. La forma en la que su párpado izquierdo se sacude.
La manera en la que su lengua se mueve sobre el labio tratando de humedecerlo.
No necesito más para entender que oculta más de lo que desea revelar.
Y eso no es bueno, porque si él desea guardar silencio…
—¿Te atreverás a faltar a la verdad frente a mí? —mi barbilla sube como una reprobación a su intento de engaño.
Elm sacude la cabeza con negativa. Sus manos se unen al frente en silencio después de que la presión lo haya vencido. Doy un paso hacia atrás al ver cómo se deja caer en el suelo, sus rodillas impactan con un golpe cuyo eco debe haber retumbado en sus caderas.
—Se trata de vuestra madre —confiesa Elm cuando su voz se llena de pena.
—¿Mi madre? —trago saliva—. Dime lo que sabes, porque si descubro que omites una coma me aseguraré de que seas castigado.
—Mi princesa… —su mirada se eleva. Sus párpados se separan para mostrarme la forma en que se empañan sus ojos.
—Faltas a mi honor cuando te niegas a hablar —inclino la frente. Hundo en él mis pupilas—. Te di una orden, serás castigado si te niegas a cumplirla.
—La reina permanece en las mazmorras desde hace días —Elm al fin me revela esa angustia que transforma su rostro.
—¿Por qué? —doblo las rodillas hasta quedar a su altura—. ¿Desde cuándo?
—El rey mismo la llevó la noche que regresasteis del templo —sus labios se sellan. Sus lágrimas caen—. Permanece allí encerrada desde entonces.
—¿Sabes por qué el rey hizo eso? —poso mis manos sobre sus brazos para tranquilizarlo.
—Su majestad enloqueció cuando los guardias llegaron con los carteles. Está convencido de que es vuestra madre quién lo traiciona —su sollozo se vuelve sonoro.
—Pero eso es una completa absurdez, ella no puede salir de este palacio sin que mi padre lo descubra —deslizo los brazos. Me dejo caer sobre mis piernas.
—Ella era la única que estaba en Eryas la noche que el traidor compartió la información —me recuerda Elm entre lamentos.
Lo que asegura atraviesa mi pecho en busca de mi alma.
El dedo acusador que apunta hacia mi madre hurga entre las grietas de mi moral.
Explora qué puede romperla. Ya pasó con los guardias, no puede morir alguien inocente bajo mi anonimato.
Incluso sin mantener la relación estrecha que me gustaría, no permitiría que nadie le hiciese daño. Más daño.
—Yo supliqué al rey por su vida. Alegué que eso solo empeoraría su estado de salud —Elm utiliza la manga de su librea para secarse las lágrimas—. Sé que ya no podrá soportar más golpes.
—¿Nadie intercedió por ella? —mi garganta arde por la rabia. Mis manos casi son atravesadas por mis uñas.
—El cancilier Evander trató de hacerlo desistir, pero el rey lo amenazó con exiliarlo a Draenith si desafiaba nuevamente su autoridad —deja de ahogar los afligidos lamentos para lanzarse al vacío de la angustia.
—Busca a mi padre y dile que la princesa de Ravenbell desea reunirse con él. Hazle saber que no pienso aceptar un no por respuesta —aprieto los dientes mientras me levanto—. Organiza el encuentro en la sala del trono.
Los labios de Elm se unen de forma inmediata. Limpia los surcos del camino de lágrimas según su pie se apoya en el suelo para tomar impulso. Eleva la mirada. Sus pupilas están curiosas, asombradas quizás.
Veo su alivio, pero su temor contiene mi aliento.
Él vive aquí. No ignora que yo tengo menos autoridad frente a mi padre que cualquier otra criatura de Eryas, mi voz no la sacará de esa tortura con la misma facilidad que la de un cancilier.
Pero también sabe que yo no soy como mi madre, que a ese rey que no deseo llamar padre le costaría más trabajo someterme.
Que yo no puedo guardar silencio si mi corazón late mientras ella sufre.
—Mi señora… —musita Elm—. ¿Acaso estáis…?
—Esperaré tu respuesta en el salón de recepción —le advierto arrugando el ceño—. Si en media hora no has ido a buscarme, yo iré a la sala del trono sin que haya dado el consentimiento.
—Pero, ¿y si os convertís en la próxima víctima de su majestad por ser la salvación de vuestra madre? —el rostro de Elm se quiebra para mostrar con más claridad que teme.
—Hay algo más que debes hacer —le indico tras ignorar con eficacia su pregunta.
—Haré cualquier cosa por salvar a mi señora —asiente.
—No trates de impedir que Drieden venga —ladeo la vista hacia un lado—. Sé que si mi padre acepta, será solo porque él lo acompañará.
—Si el cancilier asiste se pondrá en vuestra contra —me revela más angustiado de lo que debería.
—Quiero que él también sea testigo de lo que diré —tuerzo el cuello hacia él con autoridad. De esas que no admiten reproches.
—Haré lo que ordene la princesa —Elm se inclina con su mano derecha apoyada en el pecho.
Se retira hacia el lugar al que se dirigía.
Los guardias de la puerta plantan sus curiosas miradas sobre mis intenciones de acceder al salón en vez de pasar de largo como cada día.
Accedo con sus miradas clavadas en la nuca.
Dejo escapar el aire cuando al fin las puertas se cierran a sus pestañeos vigilantes.
La baja mesa junto al sofá se me antoja cuando veo las copas de cristal vacías y la botella de vino junto a ellas.
Nunca me hizo demasiada gracia este líquido.
Aun así, admito que la culpa por la situación me hace encontrar en su color el toque dulce de la tranquilidad.
Lleno el vaso fino. Contemplo como cae mientras pienso en mi madre acompañada por la soledad.
Ojalá me hubiese dado cuenta de su ausencia cuando a mí me abrigaban cálidas sábanas y a ella el frío.
Tomo un sorbo rápido. Cierro los ojos a su imagen sonriente a la tristeza por sentir que la abandonamos en manos de quién más debía proteger su vida.
Él rey debía ofrecerle la calidez que la envolviese ante el invierno, la compañía que la liberase de esa alianza con las sombras.
La sonrisa que iluminase su mundo oscuro.
Distraigo los pensamientos con las decoraciones doradas de la mesa de té, al fondo.
Desde las cucharillas hasta la tapa del tarro donde guardan las hierbas infusionadas.
Todas me desvelan imágenes de la infancia.
Los terrones de azúcar que apilaba cuando mi madre conversaba con Ilta ahora están colocados con meticulosidad uno sobre el otro.
Forman una torre en el centro, junto a las pinzas doradas.
Tomo uno de los bombones del cuenco a su derecha antes de torcer el cuello hacia el reloj por segunda vez, han pasado tan un suspiro desde que llegué.
Su incesante tic tac me mantiene en alerta.
La inquietud, a pesar de que mi estómago no tiembla tanto como esperaba, persiste en el zapateo incesante de mis pies.
Sirvo la tercera copa cuando el reloj marcha las siete y veintitrés.
Apenas he dado dos sorbos cuando la puerta del salón se abre.
Los guardias le dan el paso a Elm. Sus zancadas se vuelven urgentes de camino hacia el sofá, parece que la incertidumbre ha conseguido encogerlo al posarse sobre sus hombros. En su respiración.
—Mi princesa —Elm se inclina con voz temblorosa—. Su majestad y el cancilier Drieden os esperan en la sala del trono.
—Vamos, Elm —asiento.
—¿Debería buscar a Twig para informarle sobre las nuevas noticias? —Elm arquea una ceja mientras sigue mis pasos.
—No. No debes decirle nada —le ordeno con una mirada firme por encima del hombro.
Mi intuición se enciende al dejar atrás el salón.