15. El reino de Órianth. #8
Por ellos. Eso me impide aceptarlo. Mi alma se empaña porque su propuesta despierta en mí un sentimiento que jamás pude experimentar.
Al menos, de forma consciente. Siento felicidad, pero la culpa se vuelve ensordecedora.
Además, lo que Tien dijo… No mentía cuando mencionó que no sé amar.
Puede que el teniente haya despertado esa extraña sensación que todos confunden con mariposas en el estómago, pero no quiero hacerle daño.
Mi culpa envolvería su felicidad y le castigaría para siempre.
Por toda su vida. Quizás no debería condenarlo a una espera sin fin.
Es mortal, merece experimentar el ronroneo de una vida segura saliendo de su pecho.
—Esperaré a que algún día puedas responder —sonríe Azohr. Sujeta mis manos para mirarme de frente.
Eso desata el nudo del miedo, pero tensa el de la culpa.
—Haces que me enfrente con fuerza a mi propia conciencia —suspiro tras alzar la mirada—. Sé que debo decir no, pero algo se enciende cuando siento que tengo que decir sí.
—¿En qué parte de tu conciencia estoy? —pregunta con curiosidad.
—En la que necesita ser escuchada —aparto la mirada con algo de angustia—. Tien no mintió cuando aseguró que nunca amé. Eso te aleja.
—No te culparé por eso, tampoco a tí te supieron querer —sus labios se encuentran con mi frente en un tierno beso.
—No soy buena para decir qué siento, pero sé que la calma a tu lado es lo más parecido a la felicidad —de forma tímida, me apoyo contra su pecho—. Debes entrar.
—Accede tú por aquí, yo daré un rodeo para entrar por la puerta principal —estira la mano para ofrecérmela. La acepto—. Mantente atenta a lo que hablan los canciliers, no puedes confiar en Tien de ahora en adelante.
En el interior del salón, los lacayos retiran los platos de la cena mientras todos los altos están reunidos en el centro junto a los dioses.
Ellos disfrutan de lo creado. Los minutos que pasé fuera parecen carecer de importancia para mi padre, que permanece escoltado por sus doce canciliers.
Por Tien. Trata de esconder los golpes con tan buena suerte, que consigue tapar el poco dolor que siente.
Viendo lo que ha sido capaz de hacer, me pregunto si es necesaria realmente la magia para causar el caos.
Quizás he estado encerrada entre los muros del palacio demasiado tiempo, y no he podido conocer otra raza que la mía y lo que ellos creían que los elfos llaman moral.
Si hubieran leído algunos libros, lo sabrían.
En un instante, algunas de las antorchas se apagan para atenuar la luz y dar entrada al dios Aivtor y la diosa Essoi.
Ellos comienzan el baile con las primeras notas de los músicos.
El dios de la guerra estira el brazo hacia la reina Efaris, y la diosa de la sabiduría se mueve junto a Aelfraed.
—Princesa —la voz dulce de Aranel me sorprende.
Su mano toca mi espalda antes de que pueda girar.
Su semblante se transforma cuando ve como he colocado mis cabellos con torpeza, como mi cara aún está pálida.
Se vuelve gris. Tras eso, sus ojos se separan aún más antes de inclinarse en una reverencia.
Observo en una mirada de reojo como Tien y mi padre se acercan con una sonrisa burlona que me eriza la piel.
—Querida —el rey me observa con la nariz torcida y su sonrisa inconformista—. Es un buen momento para que el joven Tien y tú tengáis ese tan esperado acercamiento.
—Majestad —le dedico una reverencia—. Aun no me recuperé del todo —me alejo un par de pasos.
—¿No entendiste, princesa? —el rey estira una sonrisa amplia forzada y vibrante—. Es una orden, no una petición.
Mi padre sujeta mi mano. Tira de mí con tanta fuerza, que debo guardar el equilibro antes de caerme sobre Tien.
—Ya deberías haber aprendido que siempre hay un castigo para aquellos que me desobedecen —su majestad sacude su cabellera al girarse.
Tien se inclina antes de sujetarme por la cintura. Me acerca a él lo suficiente, como para que nadie pudiera escuchar mis lamentos si quisiera lanzarlos a los cuatro vientos.
—Bailarás con la mejor de tus sonrisas y evitarás humillarme de nuevo ante los presentes —me susurra Tien con tono de amenaza velada—, porque de lo contrario, tomaré venganza contra Bradosck confesándole todo lo que hay entre vosotros a tu padre.
Me arrastra hasta el lugar donde las parejas bailan.
Me zarandea con disimulo para colocarme como desea.
Las miradas comienzan a posarse sobre nosotros, especialmente la de la diosa Essoi y sus sonrisas entre giro y giro.
Cierro los ojos para no mirar hacia el teniente, pero la voz de Tien me ordena incesante que los abra justo cuando pasamos junto a él.
Me sorprende cuando veo que sus ojos están centrados en mi padre.
Lo mira de forma herida, con tanto asco como yo lo miro a diario.
—¿Crees que disfruta? —ríe Tien con algo de retintín.
—No debería preocuparte si el teniente se divierte —le dedico una mirada afilada rogando por encontrar algo del Tien que creía que era.
—Él no me preocupa. Si fuera valiente como asegura, no hubiera dudado en matarme así enfrentase la ira de los dioses —su mano aprieta mi cintura—. Me preocupa tu inteligencia y que te dejes engañar por esa asquerosa criatura.
—¿No es eso lo que hacías conmigo? Engañarme… —mis ojos brillan de rabia—. ¿Qué te diferencia de él?
—Ese sucio bastardo solo desea sacarte información sobre el reino y después te matará —su aliento se acerca lleno de cólera. Una sonrisa débil y forzada se dibuja para sonreír alrededor—. ¿Es qué no puedes verlo?
—Tú deseas un pacto matrimonial para convertirte en príncipe —aprieto los labios tras dejar que esas palabras salgan sin control.
—Cuando menos, yo no te mataré tras conseguir mis objetivos —ríe con ironía—. Estoy seguro de que te daré mucho más placer que problemas.
Su sinceridad absoluta es demoledora. Es asombroso como todo puede cambiar con una palabra o un gesto. Con una mirada que se transforma después de un pestañeo. Y, como el segundo en el que te das cuenta de que esa criatura ya no será más el refugio de tus risas y penas, duele toda una vida.
—Obligarme a compartir una eternidad contigo será matarme en vida. Ver como desaparezco cada uno de tus días —mis afirmaciones ni siquiera inquietan sus pupilas.
—¿Piensas que me afecta lo que suceda contigo? —la mirada arrogante y lejana del hijo del cancilier me convence de mis pensamientos—. No entiendes cómo funciona el reino.
—Explícamelo si crees saberlo —la curiosidad por saber qué dirá me hace arrugar el entrecejo.
—No pienso conformarme con ser un entrenador de animales —manifiesta Tien con sinceridad—. Tú eres el acceso a los privilegios que merezco y el rey está dispuesto a ponerte delante mía para que los tome. No dejaré que te alejes.
—Aun así, jamás podrás tenerme —lucho por separarme aún en medio de todas las criaturas—. No soy un objeto que posees por placer y privilegios.
—Tú puedes ser mía si me acerco al rey y le cuento que estamos prometidos —se acerca hasta que sus labios y los míos vuelven a estar cerca—. Por desgracia para tí, eres solo algo de lo que desea desprenderse, y yo no dudaré en aprovechar la oportunidad de complacerlo.
En movimientos de baile, consigo espacio donde liberar la mezcla de terror y tristeza que me acongoja. Cada vez es más difícil mantener el ritmo.
Cuando la música deja de sonar, aprovecho la reverencia del baile para alejarme a prisa en una dirección donde no pueda verlo.
Donde no esté cerca. Necesito volver a mi cuarto antes de perder la cordura en medio del templo.
Antes de que mi padre pierda la paciencia y decida enviarme directamente entre los muros de esa celda que siempre menciona por desorden.