15. El reino de Órianth. #7
El dolor del golpe le hace sujetarse la cara.
Se aparta ahogando gritos que aprovecho para revolverme en la hierba.
Trato de no respirar demasiado para no cansarme, para poder levantarme.
En medio del dolor, veo a Tien apoyar con fuerza la rodilla para alcanzarme de nuevo.
Sujeta mis brazos para llevarlos hasta la espalda, tira de ellos para pegarme a su pecho.
Forcejeo con él para intentar que pierda la fuerza, pero una sonrisa llena de picardía se hunde sin compasión en mi nuca al apoyarme contra un árbol.
Me voltea para tenerme de frente. Pasa la lengua sobre mi labio inferior.
Luego, sobre el superior. Como la caricia del peor enemigo, la desliza sobre la barbilla, el cuello hasta detenerse en la senda de sus deseos.
El pecho. Consigo golpearle en las costillas con la rodilla a pesar de que no desiste en su fuerza.
Clavo los nudillos en su ojo de un golpe seco para hacerlo temblar, más pese al dolor, no desiste.
Solo el sonido de ramas crujiendo entre mi respiración y la suya lo detienen. Contienen mi respiración.
—Puedo ayudar a que entiendas lo que parece que sus golpes no te hacen entender, Mémberin —gruñe Azohr de pie en el camino frente a nosotros.
La frente del teniente está alta. Su mirada es tan fría como me aseguró en el claro. Su espada está desenvainada apuntando hacia abajo, pero no es necesario que el filo esté cerca para que imponga.
—¿Desde cuándo te debo explicaciones, Bradosck? —con la respiración agitada, Tien recupera la postura.
—¿Prefieres darlas bajo la punta de la espada? —Azohr eleva las cejas. Empuña el arma con fuerza.
—Eladriel no es una bruja. No tienes autoridad sobre criaturas de otros reinos —asevera Tien con desprecio. Con el tono seco.
—En mi reino no permitimos que ninguna criatura abuse de una mujer —asegura el teniente, todavía en aparente calma—. Sea de donde sea.
—Sólo discutía con la princesa —afirma Tien. Ladea la cabeza para que afirme también.
—Tú no vas a hablar —interviene Azohr sin vacilaciones.
Atraviesa el seto para colocarse cerca nuestra. Apoya la espada en el césped. Deja caer su peso sobre ella para mirar al hijo del cancilier a los ojos.
—Solo alguien que respete a la princesa puede llamarla por su nombre —Azohr toma aire de forma profunda—. Y, el término discusión, no es apropiado para lo que aquí sucedía.
—¿Qué sabes tú? —Tien niega sonriente.
—Sé todo lo que has hecho desde que saliste tras ella —declara Azohr. Sella los labios al elevar la barbilla.
—¿La vigilas? —Tien frunce el ceño.
—Por suerte para tu insignificante vida, no soy un hada como tú —el teniente levanta la espada y la hoja ni siquiera tiembla—.
Pero si vuelves a acercarte a Eladriel, aunque sea sólo para ponerte a su lado…
Te buscaré. Y te juro por el dios de la muerte que cortaré tu cabeza, la palabra abusador quedará bien sobre ella.
—Si lo haces, también morirás —Tien traga saliva mientras trata de buscar un arma.
Azohr coloca la punta de la espada en el centro de su pecho. El hijo del cancilier deja caer los brazos. Despacio, Tien camina hacia atrás mientras el teniente le apunta para hacerlo retroceder hasta el mismo árbol en el que me tenía apoyada hace unos instantes.
—No soy un cobarde como tú —Azohr arruga la nariz—. Tú te escondes tras tu rey, yo me pongo en sus narices.
—Deberíais guardar silencio —intervengo desde un lado.
—No —niega Azohr antes de que pueda levantar un pie para acercarme—. No puede hacerte daño cada día, y marcharse sin recibir un castigo.
—Ella te importa, lo sé desde que viniste a curarme a la enfermería de Eryas —ríe Tien—. ¿Crees que le importas a ella?
—Eres un idiota magnífico —le espeto a Tien.
—No tienes ninguna posibilidad con una criatura que no sabe amar —declara Tien con una sonrisa.
El teniente baja la mirada. Toma aire. Mueve la espada para acercar el filo a su cuello mientras desenvaina una de las dagas bajo su armadura.
La coloca al otro extremo de un movimiento ágil hasta que la punta se hunde en la corteza.
Lo encierra en una cruz mortal de metal que puede convertirse en escarlata en una sacudida firme.
—Guardo un acertijo que deseo compartir contigo —Azohr inclina la mirada sobre Tien.
—Si esto no termina, no saldremos vivos de aquí —poso la mano sobre la espalda del teniente—. Recuerda lo que puedes perder si no reaccionas a tiempo.
—Esperaba escuchar algo por vuestra parte. Diferente al miedo, quiero decir —el teniente encoge los hombros. Esboza una mueca de burla ante Tien—. No te preocupes, te aseguro que hasta una criatura carente de sesos como tú, podría adivinar la respuesta.
—Azohr —me apoyo en la punta de los pies para clavarle la mirada. No necesito fingir que está llena de miedo.
—Elige la mano que debo mover —advierte Azohr—. Si eliges la izquierda, puede que tengas una posibilidad de salvarte, pero la muerte será agónica y lenta, y el corte profundo —presiona el brazo izquierdo contra su cuello.
—¿Debo elegir la derecha entonces? —pregunta Tien sin dejar de observar el brillo en el filo de la espada.
—Esa os enviará a una muerte segura, pero instantánea y poco dolorosa —Azohr mueve la mano derecha imitando el gesto anterior—. Sin duda, es la que yo escogería.
—¿Qué te parece si me sueltas, y dejas que coja mi daga? —Tien arquea las cejas en un gesto de seguridad repentino.
—Me desgarra advertirte que esa no es la respuesta correcta —niega Azohr. Su pecho se llena de aire—. Te mentiré y te diré que me apena tener que ser yo quién elija con qué mano mereces morir.
—Si los dioses vienen a buscarte, tendré que intervenir —le advierto al teniente con los puños cerrados—. Diré que es orden mía. Puede que no te libres del castigo, pero la ejecución será para mí.
Su posición no cambia, solo se mantiene inmóvil observando a Tien.
El hijo del cancilier también lo analiza sin apartar la vista.
En un instante, los filos se separan del cuello para darle el espacio suficiente con el que apartarse.
No me importa la vida de este maldito bastardo, pero no permitiré que su muerte me condene de la forma más miserable.
—Si algo le pasa y descubro que has sido tú —el filo de la espada se interpone en el camino de Tien una vez más—, te buscaré.
Te torturaré hasta que me pidas morir —desliza la hoja sobre la tierra con fuerza—.
Y cuando haya acabado con tu cuerpo, se lo entregaré al cancilier para que entienda el poder que tendrá de ahora en adelante.
Cuando Tien está cerca de saltar hacia el camino de piedras, la voz de Azohr hace que se detenga. A mí me hiela la sangre. Estaba convencida de que por fin todo había pasado, pero sus palabras me hacen pensar que se ha arrepentido.
—Gírate y ponte de rodillas —la voz de Azohr sale tronadora.
Tien permanece de espaldas con los brazos tensos y los puños cerrados. Fijo en su postura.
—Alejémonos… —sujeto el brazo del teniente intentando que me siga.
Azohr clava sus pies en la tierra ignorándome por completo.
—Gírate y ponte de rodillas, o te inclinaré yo —ordena el teniente.
Tien gira despacio. Con movimientos pesados por lo que yo creo que es miedo. El temblor de sus piernas se hace evidente, pero lo entiendo, porque las mías también oscilan. Permanece con la cabeza baja mientras apoya las rodillas, y queda reducido a un manojo de pánico y escalofríos.
—No vuelvas a marcharte sin mostrar el debido respeto a tu princesa —vocifera Azohr. Me toma del brazo y situándome delante de Tien—. No te tomes la confianza de no inclinarte ante ella cada vez que la veas, y menos, después de que ha intercedido por tu miserable vida de rata.
Tien levanta la mirada y sus ojos se encuentran con los míos.
La ira ha mutado en un odio infinito. Si sirve de algo lo que conozco de él, es inteligente y ha conseguido deducir que sus oportunidades se escapan de entre sus dedos al haber aparecido Azohr.
Pero también, que no solo es el teniente de brujos de magia verde el que blande la espada en este momento.
Se pone de pie y vuelve al camino de tierra.
Coloca el cuello de su chaqueta en un intento de disimular la pequeña herida que la hoja le ha producido.
Sube los escalones sin mirar atrás y cuando estira el brazo, dice de forma sonriente.
—Tú me has robado la oportunidad de ser príncipe, Bradosck —admite Tien cuando las puertas se abren—. Los dioses te la robaran a ella.
Desaparece justo en el momento en el que el teniente intenta seguir sus pasos.
Se detiene cuando siente el tacto de mi piel en la soledad.
Se gira con urgencia para levantar mi mentón y examinarme con cuidado todos los puntos del rostro.
Ladea el cuello. Se asegura de que la puerta permanece vacía antes de apartarme hacia un lado, donde los árboles se alinean con la noche para ofrecernos un poco de intimidad.
—No deberías caer en sus provocaciones —musito con el mismo cuidado con el que mis dedos buscan los suyos.
El silencio del jardín sin ningún guardia caminando alrededor nos permite hablar con libertad.
—No son sus palabras las que me provocan —acepta mi mano endureciendo la mirada con reproche—. ¿Qué hubiera hecho si no le hubiese interrumpido?
—Me defendía… —digo en un intento de tranquilizarlo, aunque algo me ofende que dé por supuesto el final—. Pero te arriesgaste en seguirnos.
—El anillo se activó. Sentía muchas cosas, pero el miedo fue el que se apoderó de él —el teniente acaricia mi mejilla de forma suave—. Perdona, no quise abandonar antes el salón.
—Tien es inteligente, aunque no lo creas. Estoy segura de que esto le hará aclarar todas sus sospechas —de forma pensativa, me alejo un par de pasos.
Sus ojos brillan de muchas formas. Centellean con miedo, pero también con algo de esperanza, y me aferro a ella con las mías para sonreírle.
—Eladriel —enuncia el teniente. Se acerca para hundirme en él—. Si tuviera un lugar al que huir… —su tono suplicante despierta mi deseo de decir sí a lo que siga.
El recuerdo de mi madre en su cuarto, de Twig caminando en los pasillos de Eryas.
Lugh, Maren, Lynn, y lo que todavía debo hacer con ellos.