15. El reino de Órianth. #6
—Ese deleznable vástago se atrevió a negarme información sobre el castillo de su príncipe —interviene Drieden con tono de molestia.
—Todos tendremos la oportunidad de hacer justicia —el rey eleva la barbilla. Entrelaza sus manos a la altura de la boca.
En este punto, me sucumbe la necesidad de levantarme de la mesa y salir.
Apartarme para tomar el aire. Abandonar el templo no será posible, pero antes vi como unos lacayos salían por una puerta que daba a un jardín.
Tras dar las debidas disculpas, que mi padre recibe sin ningún interés, me levanto para bordear la mesa y dirigirme tras el escenario.
Un amable lacayo que permanece cerca de la mesa de los dioses se acerca con premura al verme respirar con algo de dificultad.
Me acompaña a una puerta. El pecho se agita capturando ansioso todo el aire que abarca a la vez que me repito una y otra vez que solo debo tomar aliento.
No me sorprende que Azohr, Ebhan, hasta Efaris, sean sus enemigos.
Me inquieta la manera en la que se atreven a hablar sobre la vida, sobre la forma en la que impedirían que alguien siga con ella.
Me dejo calmar con el tintineo de las estrellas, el olor a flores…
Twig aparece en mis recuerdos para llevarme de paseo por la pasarela mientras me lanza pequeñas bolas de nieve del cenador del invierno.
La ráfaga de una sombra se mueve por el rabillo de mi ojo.
Dejo caer la mano hasta alcanzar la daga, desenvaino para envolverla entre los dedos con fuerza.
Para que la punta se sostenga firme y brillante hacia delante.
Me giro sobresaltada al ver un segundo movimiento.
Retrocedo un par de pasos. Retiro el vestido de un tirón para no tropezar con él cuando el rostro de Tien iluminado bajo una antorcha me detiene.
Está acostumbrándose a que nuestros encuentros sean agitados.
—Eladriel, tranquila —Tien estira las manos al frente en un gesto conciliados—. Yo quería asegurarme de que estabas bien. No parecías bien.
Mi mandíbula cae al compás que mi daga. El aire sale en forma de alivio.
—¿Qué me tranquilice? —tomo aire bajo la punzada en el pecho. No sé qué esperaba—. No vuelvas a hacer eso.
—¿Preocuparme? —ríe.
—No hubiera dudado en clavártela de no haber descubierto que eras tú —le dedico una fugaz mirada mientras envaino la daga.
—Eso quiere decir que no deseas matarme —dibuja media sonrisa mientras se cruza de brazos—. Aunque, habría sido un sacrificio glorioso solo por ver ese movimiento que has hecho.
—Vuelve. Mi padre podría pensar que hemos salido juntos —asiento después de colocar la espalda recta.
—Tranquila —el hijo del cancilier da un paso al frente—. Están demasiado ocupados hablando del reino y los brujos.
Se detiene al ver que estoy concentrada en impedir que siga avanzando de ser preciso.
—Estabas más nerviosa de lo debido durante la cena —insiste Tien—. ¿Ha sucedido algo más con el rey?
Quizás, saber que estaría aquí y compartiríamos cena y mesa tiene algo que ver.
O tal vez, que mi padre haya tomado a bien relajarme a punta de amenazas en el trayecto, perturbó mi estado de ánimo.
Puede que, el hecho de que su padre quiera deshacerse de mí, sin duda, sea un aliciente a mi estado.
Pero sí, estoy segura de que, su silencio, lo convierte en cómplice.
Y eso hace que verlo ahora delante de mí, de pie, y con el semblante tan sereno, alimente mis nervios.
—Admiro tu falta de humildad —resoplo tras una mueca irónica.
—Tal vez deberías ponerla junto al resto de atributos míos que te complacen —afirma Tien tras elevar la comisura izquierda.
—No son tantas como crees. Y puedo asegurarte, que no son los que consideras —arqueo las cejas en una expresión de desafío. No puedo evitarlo.
Sin dejar de sonreír, el hijo del cancilier camina despacio. Pero su seguridad se mantiene intacta.
—Yo admiro todas —Tien muerde su labio inferior. Baja la mirada hasta la pierna entre la tela del vestido—. Especialmente, las que tienen la habilidad de hacerme perder el control.
—Deberías admitir que tú nunca has poseído cordura ni inteligencia —carraspeo mientras escondo la pierna—. ¿Cómo podrías perder el control?
—Veo que estás reestablecida con bien —carcajea en bajo—. No es necesario que me agradezcas el hecho de estar respirando.
—Lo hice —afirmo. Elevo las cejas—. ¿Esperabas algo más, aparte de un gracias sincero?
—Al menos, que no me humillaras delante de los sarnosos de Brenshire —la frente de Tien se eleva mientras deja salir su ira.
—Tú faltaste a mi respeto y mi honor —arrugo el entrecejo molesta—. Mentiste al rey frente a mí, aseguraste que habías estado en esa cama tocando mi desnudez…
—También desobedecí al rey por salvarte —Tien suaviza la voz—. Me enfrenté al purificador con una daga por salvarte mientras me jugaba la mía —estira los párpados—. Y tú sólo rechazaste mi perdón y mi presencia porque un brujo lo pidió.
—Acepté tu perdón —sacudo la cabeza en un gesto de negativa. Doy un paso al frente—. ¿Por qué haces esto? Tú ya tienes el apoyo de mi padre.
—Sólo esperaba tu agradecimiento —detiene su mirada sobre mis labios. Camina en mi dirección. —Que tal vez eso…
—No —intervengo apenas lo insinúa—. Eso sólo lo deseas tú. Sólo te beneficia a tí.
—Discrepo, princesa Eladriel —aprieta los labios en un gesto de suficiencia—. Yo puedo protegerte, lo has visto.
—Me mantuve con vida sola hasta aquí —mi expresión cambia porque no siento pena.
—Volvemos a estar en desacuerdo —ríe—. Te recuerdo que caminas porque yo así lo quise.
—Tú no pudiste salvarme, Tien, fueron esos asquerosos brujos que mencionas —elevo la mirada con ira, pero también con mucha satisfacción—. Solo ellos me curaron.
—Podrías hacer algo más con la boca que utilizarla para despreciarme —propone Tien con mirada autoritaria.
—Debemos volver —carraspeo. Trago saliva cuando intento bordearlo para entrar al templo—. Los dioses son estrictos con los protocolos.
Agitada, comienzo a caminar de vuelta. Apoyo la mano sobre la barriga cuando la intuición comienza a doler, pero no deseo pararme.
De hacerlo, no sé qué pasaría con él. La vibración es intensa.
Doblo la espalda hacia delante, apoyo las rodillas en el suelo mientras suelto un quejido de dolor.
Tien se gira con urgencia. Se agacha para quedar a mi altura y siento como sus manos sujetan mis hombros antes de lanzar un nuevo grito y ver borroso.
Pestañeo para no perder el conocimiento.
—¿Eladriel? —Tien sujeta mi cara con fuerza. A duras penas veo como me examina—. ¿Te encuentras bien? Dime que sucede.
—Mi intuición… —aprieto los dientes—. Vibra más fuerte que al llegar a Órianth.
—Sujétate, descansarás un par de minutos —Tien me envuelve con los brazos para levantarme—. Si no mejoras aquí, yo te llevaré a la enfermería de Eryas.
—No soy yo quien debe preocuparte —hundo los ojos en los suyos a modo de súplica—. Algo va a suceder, lo sé.
—Esto no te había pasado antes —se resiste a creer Tien—. Nunca vi esto en una intuición.
El hijo del cancilier salta un seto a un costado del camino para sentarme sobre la hierba y recostarme contra el tronco de uno de los árboles.
Aparta el pelo de mi cara para que no me enturbie el aire.
Sus pupilas danzan con prisa alrededor de mis ojos como si estuvieran asustadas por verme así, pero en el fondo de ellos veo las palabras que dijo en mi cuarto.
Soy una heredera para él, y mi salud es su trono.
—Sé que algo está a punto de pasar —manifiesto con energía. Apoyo las manos para tratar de levantarme.
Tien apoya las suyas sobre mis hombros para apoyarme de nuevo contra el árbol.
—¿Qué ocurre si no es eso? —con lentitud, Tien se inclina sobre mí—. Y si se enciende porque tú y yo…
Ni siquiera deseo que termine la frase. No quiero saber qué viene después.
—Eso no existe. Nunca existió —aprieto los labios con culpa. Apoyo la mano sobre su cara—. Siento si te hice creer que así era.
Baja la mirada, pero únicamente por un instante. Cuando sus ojos se encuentran de nuevo con los míos ya no veo más a Tien. O al menos, al que yo conocía.
—Aseguraste que te utilicé —Tien enciende su mirada. Aprieta los dedos sobre mis hombros—. ¿Qué hiciste tú entonces conmigo?
—No tomé las decisiones correctas —asumo para sostener la verdad y su mirada—. Pero no sólo a ti te engañé, yo misma creí esa mentira durante un tiempo.
—No puedes fingir deseo, amor… —niega—. ¿Cómo puedes hacerlo? —grita sin piedad frente a mis ojos—. ¿Cómo?
—Te he deseado, no lo negaré —trago saliva. Que haré si la vergüenza me hace bajar la mirada—. Pero nunca te amé.
Su labio superior sube tras la confesión.
Su ceño se frunce con tanta maldad, que sus manos viajan solas hasta rodear mi cuello y cortar mi respiración.
Utilizo el codo para doblarle uno de sus brazos intentando que pierda fuerza.
Lo empujo hacia un lado cuando deja de hacer presión.
Me levanto a prisa para correr hacia el interior, pero, al dar el primer paso, sus manos sujetan mis hombros para lanzarme contra la hierba.
Su mirada rota es lo último que veo antes de verlo abalanzarse hacia mí.
Sus besos se hunden entre los míos en busca de una vida que ya no está, ante su tacto permanecen inertes. Lucho por desprenderme de sus manos. Batallo para que deje de sujetarme con fuerza contra el suelo. Que aparte sus piernas de las mías.
—No seas necia —me ordena Tien en un susurro a gritos—. Tu destino solo puede existir si yo estoy en él —sube el labio cuando ve el interior de mi cuello.
Su frente acaricia mi nuca. La forma en la que sus labios, su lengua, recorre los rincones de la clavícula hace que desee llorar.
Siento tanto frío en la sangre, que hiela mis lágrimas.
Con más fiereza, sus uñas se hunden alrededor de mis muñecas hasta hacerme cerrar los puños.
Sus gruñidos de complacencia sobre mi llanto silencioso revuelven mi estómago.
La forma en que su boca recorre las líneas de mi mandíbula despierta a las arcadas.
La comisura de mis labios cerca de los suyos…
—El rey tenía razón, solo deseas aprender por las malas —musita Tien entre jadeos.
Intenta colocar una de sus piernas entre las mías.
En un momento de descuido en el que suelta mi muñeca, le asesto un puñetazo en la nariz.