Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 15. El reino de Órianth. #5
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15. El reino de Órianth. #5

—Bien —asiente Shaone—. Príncipe Borin, nombra en voz alta el nombre de aquellos que te acompañarán.

—Sane Belran —confiesa el príncipe enano—. Arquera principal del ejército de Bhulkahdur y prometida.

—Princesa Aranel —pregunta Aphaea, inclinando la cabeza hasta encontrarla—. Como creadora de los elfos, decidme a mí quién será vuestro teniente.

—Mi guardia privado, Joralf —asiente Aranel con respeto ante la diosa—. También contaré con la presencia de mi lobo.

—Reina Efaris —Vémtix mira a los príncipes—. Sólo tú o el príncipe Ebhan podréis dirigir esta misión —rueda los ojos hacia Shaqia—. La princesa de magia negra no tiene don.

—Yo lo haré —el príncipe de brujos verdes da un paso al frente.

—¿Quién será vuestro teniente? —pregunta la diosa de la magia.

—Si llevo al teniente más preparado, Brenshire quedará desprotegida. Con los acontecimientos recientes no es muy recomendable —carraspea Ebhan—. Solicito que la teniente Astara proteja a mi pueblo en la ausencia del teniente Bradosck.

—La teniente Speldher partirá a Brenshire dos días antes de tu partida para asegurar que todo queda bajo su protección con éxito —asegura la reina Efaris tras torcer el cuello hacia su hermano.

—Falta la princesa de Ravenbell —dice Essoi. Sus manos se sujetan sobre el abdomen para dirigirse a mí—. Mi querida nieta.

Todos ladean el cuello cuando esas palabras abandonan su boca. Querida nieta, pero nunca antes nos habíamos visto. Doy un paso al frente cuando me sonríe, después de que Vémtix asienta con una las curvas de sus labios estirada. Me inclino ante ellos.

—Mi teniente será el hada Lugh Dirphen —afirmo sin dudarlo ni un segundo.

—¿De quién se trata? —Aivtor frunce el ceño.

Da un paso en dirección con el gesto lleno de ternura, muy diferente de como miraba a mi padre.

—Hada de la luz de control medio —sonrío—. Excelente manejo de los rayos.

La mirada de mi padre se clava en mi nuca.

Puedo sentirla tan puntiaguda como el filo de la daga con la que jugueteaba el otro día entre la yema de sus dedos.

Sé que mencionar a Lugh en este momento no es lo más inteligente por mi parte, alimentará sus dudas hacia mí y las sospechas hacia él, pero es del único hada en quién puedo confiar.

—Mi hijo acompañará a la princesa —se apresura a declarar el cancilier Drieden.

—¿Tien? —arrugo el entrecejo sin apartar la vista de Aivtor—. Su don reside en el entrenamiento de los animales.

—Muchas son las criaturas peligrosas que habitan en ese bosque —Drieden me lanza una mirada llena de odio de forma rápida.

—Ninguna que él conozca o haya entrenado —le dedico una despreciable mirada de reojo—. No deseo contar con la suerte del destino, sino con manos que puedan luchar.

—El joven Dirphen parece alguien más apropiado, cancilier Drieden —indica Aivtor—. Gracias, no obstante, por haber ofrecido vuestra ayuda.

—Siempre estaré bajo vuestra infinita sabiduría, mi gran dios —asiente Drieden.

—Solicito que la joven Lynn, del nivel medio de vuelo, acompañe a mi hija —musita mi padre con la mirada aun en mis espaldas.

Ladeo el cuello con lentitud para dedicarle una expresión de desconcierto.

—Así sea, rey Eliot —Essoi sonríe sutilmente por primera vez desde que sus ojos se encontraron con los de mi padre.

La diosa de la luz desciende los dedos con delicadeza sobre el brazo del dios Aivtor.

Se coloca a su lado. Siempre están cerca, como si fueran una parte imprescindible del otro.

Vémtix esboza una sonrisa que capta Aphaea, y, junto a Shaone y Moran, toman asiento en la mesa presidencial bajo el altar.

—Tomad asiento. Alimentaos. Hablad entre vosotros. Esta noche, todos los presentes honraremos el amor, la fraternidad, la hermandad… —Aivtor abre los brazos para abarcarnos a todos los invitados.

—Solo la unión hará que este reinado se fortalezca —Essoi toma asiento y coloca las manos sobre su regazo.

Tras postrar rodillas, cada reino se dirige a su respectiva mesa distinguida de la siguiente por el emblema y los colores que los representan.

Mi padre nos señala el lugar a la derecha de los anfitriones.

Toma asiento mientras me indica mi puesto con una sacudida firme de cabeza sobre la silla a su izquierda.

Frente a los dioses se sitúan la criaturas de Néferien, pero, no creo que eso sea la gota que colma la balanza a favor de los argumentos de mi padre.

Él cree que son más queridos que el resto.

A su lado, el rey Wild le retira la silla a la reina Marbet y Bhulkahdur queda representado justo donde le indican.

Al menos, las vistas frente a mí son agradables, la princesa Aranel me observa con ojos sonrientes desde el lado derecho al rey elfo.

Asiento. Con delicadeza, dirijo una mirada de reojo a mi padre.

Sus puños cerrados sobre las rodillas, su ceño fruncido.

Incluso el hecho de estar recostado de mala gana sobre su sillón indica que está molesto.

Sus dioses, aquellos que honra y venera, han osado llevar la contraria a sus tan afables ideales, y como poco debe estar lleno de ira.

La ponzoña de sus venas debe ser más venenosa que nunca.

Hasta podría decirse que alguno de sus canciliers disimula la satisfacción de haber visto a mi padre doblegarse.

Ni siquiera podría imaginar que han debido sentir la reina Efaris o el príncipe Borin… Ni yo.

Trago saliva antes de mirar a los dioses.

Analizo sus posturas altivas en los tronos mientras toman la cena.

No dejo de pensar si tal vez todo lo sucedido con mi madre, conmigo, incluso con cualquier hada de Ravenbell, podría haber cambiado sólo con una de sus palabras.

Si cualquiera de ellos, incluso Aivtor, hubiera hecho a mi padre doblegarse antes. Si le hubiera retirado el poder.

A mi izquierda, Tien aparenta que no me presta atención retirando la servilleta de lo alto del plato.

Carraspea cuando observa la extensa cubertería a cada lado.

El cancilier Cálix devora quesos, frutas y panes con mantequilla como si nunca hubiera conocido la comida.

Los lacayos de los dioses nos sirven cisne con verdura.

Una cena un tanto especial que trato de no despreciar a pesar de no poder borrar la arruga de mi nariz.

Llenan repetidas veces nuestras copas con uno de los mejores vinos de las cosechas lunares.

El apetito se me pasa cuando veo como los consejeros de mi padre atacan la carne como si fueran lobos fuera de sí.

Como auténticos bestias. Son ellos quienes deberían recibir el protocolo.

—Mi gran señor —enuncia Drieden mientras mastica inclinándose sobre mi padre—. ¿Qué haremos ahora que los dioses nos obligaron a reestablecer el trato con esa escoria?

—Si no fuera porque nuestras cabezas quedarían expuestas en medio de este salón, pondría fin a la vida de esos ambiciosos demonios en este momento —declara mi padre apretando los dientes mientras los observa con desprecio.

—Cada generación de brujos es peor a la anterior. Se vuelven poderosos con sus magias y hechizos —indica Rohan, sentado al lado de Tien, con las comisuras estiradas hacia abajo—. Si cayésemos en sus garras, no deseo conocer cuántas atrocidades nos harían.

—Llegará un día donde no queden brujos que puedan destruirnos sobre las tierras de Nóssurël —afirma mi padre con la mirada fija en el príncipe Ebhan.

—Yo iría a por la reina Efaris —sonríe Drieden sin ningún tipo de preocupación en ser visto observándola.

Ese gesto me revuelve el estómago. Suelto el tenedor sobre el plato para apartarlo de inmediato a pesar de que repiquetea sobre la cerámica.

Elevo la mirada hacia Aranel, parece que la conversación en su mesa está siendo tan poco agradable como en la mía.

El recuerdo de Azohr me enciende el deseo de mirarlo.

En el más tímido intento de pasar desapercibida, ruedo los ojos por la estancia para encontrarlo de paso.

Su amplia sonrisa borra cada una de las voces alrededor para ofrecerme un instante de consuelo pleno.

No puede ser que una criatura que puede acariciar a través de un suspiro, tenga un alma tan oscura como aseguran.

—No veo ese peligro que aseguráis —asegura Tien. Me dedica una fugaz mirada antes de encontrarse con la de su padre.

—¿Contrariáis la opinión de vuestro rey? —el cancilier deja de masticar para fruncir los labios de forma amenazante. Se inclina hacia delante.

—Jamás lo haría, padre —niega Tien, volviendo al plato de su cena—. Son mortales. La diosa Vémtix pensó que la mejor decisión era hacerlos débiles para desaparecerlos con facilidad si se volvían peligrosos.

—Interesante —Caladin eleva la barbilla al otro extremo de la mesa—. ¿Creéis, entonces, que no representan peligro alguno?

—Los que poseen magia negra están encerrados y custodiados por Vémtix —el hijo del cancilier encoge los hombros—. Los blancos y verdes no se revelarían.

—La princesa Shaqia vive con libertad en el castillo de Éxavor —Caladin atusa su bigote tras darle un sorbo al vino.

—No cuenta con el don —interviene su majestad según estira el brazo para alcanzar la copa—. Pero podrían liberar a los que están encerrados, y entonces tendrían el poder suficiente para acabar con Ravenbell.

Mientras acaricio los bordes del grabado del anillo, la sonrisa en el rostro del teniente se hace más amplia. Como si pudiera sentirlo. Sus manos abrazan un colgante que me muestra con cuidado.

La conversación de la mesa, junto con el nombre de Azohr, me hace volver a la realidad.

—¿Y vos, querido hijo, con quién empezaríais? —Drieden arquea la ceja izquierda con media sonrisa.

—Si tuviera que elegir a alguien, empezaría por el teniente Bradosck —anuncia Tien mostrando sus dientes—. Es el más arrogante de los brujos. Disfrutaría arrancando su piel a tiras y escuchando sus gritos en vez de su insoportable voz.

—Yo elegiría al príncipe Ebhan —el rey entrecierra los ojos—. El teniente Bradosck no es más que su aprendiz.

—¿El príncipe Ebhan? —Rohan abre los ojos sorprendido. Estira los labios conforme mientras asiente.

—Ese pequeño príncipe con ínfulas de libertador tiene las mismas ideas que su padre —niega mi padre con desprecio—. Y su pequeña zorrita, Bradosck, solo sigue sus pasos.