Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 15. El reino de Órianth. #4
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15. El reino de Órianth. #4

Analizo a Tien en la lejanía. Él ha sido el causante de estas sensaciones últimamente, pero desisto de pensar que es por su presencia.

Dudo que elija este lugar para representar algún tipo de amenaza.

No podría ver cada recoveco así lo desease, aquí deben caber unos cuatrocientos invitados.

Manteles blancos. Lámparas de velas de oro sujetas a cuerdas de hilo dorado.

Sillones de madera provenzal mimados para que no sufran el paso de los años junto a una gran chimenea que orbita entre llamas de ostentosidad.

Un gran altar cubierto con una alfombra roja y siete tronos que representan los dioses.

Violes. Un arpa y un piano tras ellos con músicos que tocan en legato con el tono suficiente para amenizar la charla.

Funciona. Consigue eliminar por un momento el staccato continúo de violonchelos estridentes que tocan apasionadamente en cada momento de mi vida.

—Es como si nunca hubiera salido de mi palacio —le susurro a la princesa entre dientes.

Los ángeles custodios abren la puerta para dar paso al reino de Néferien.

La reina Efaris aparece en la compañía de la reina Marbet mientras el príncipe Ebhan camina junto al rey Wild.

Tal y como en mi padre y Aelfraed, se nota que son cercanos.

Todas las criaturas que llegan son interesantes, pero mi atención sólo la capta Azohr.

Él y toda su presencia. Incluso las ropas que ha elegido para esta ocasión no enturbian nada de su esencia.

Y sin olvidar su espada colocada como siempre en uno de los laterales.

Todos ellos nos dedican una reverencia cuando llegan al lugar en el que nos encontramos.

Al resto de criaturas de Ravenbell y Rhysartyr.

Es como si él sólo se inclinara ante mí, y yo sólo pudiera reverenciarlo a él. Nuestros ojos gritan que desean abandonar este lugar cuando se encuentran mientras pasan por nuestro lado para acercarse al centro del salón.

—Bienvenidos al gran templo de Órianth —Vanira, una de las ninfas, nos convoca desde el altar de los tronos.

Su aspecto fino y delicado, con cabellos ondulados que caen sin cuidado hasta bien entrados sus muslos, me recuerda al de la princesa elfa. Aunque su delicadeza la hace parecer etérea.

—Los dioses os reciben con buen agrado la noche de hoy —sonríe Vanira—. Todos sois parte de este lugar.

Los dioses acceden a la sala para ocupar cada uno su trono.

El aspecto ordenado de la diosa Aphaea, la creadora de los elfos y su sabiduría, me hace recordar al reino de Aelfraed y sus criaturas.

Ningún cabello fuera de su lugar en el peinado que lleva.

El dios Aivtor y la diosa Essoi siempre fueron los más cercanos a la naturaleza, siempre hacen gala de sus dones de luz y agua en las ropas que visten.

La armadura de Shaone tiene los mismos grabados que su trono.

La capucha de terciopelo del dios Móran debe ser agradable al tacto.

Tal vez si no la usara podría impactar con su ojo hueco y la forma en la que su mandíbula se mueve con soltura a pesar de ser todo hueso.

El dios de la guerra siempre con escudos y repleto de armamento, como Kona, su nombre, indica.

—Es hermosa —sostengo con perplejidad ante Vémtix.

La diosa más poderosa de todos los dioses de Órianth.

Su vestido blanco se posa suavemente sobre su esbelta figura, se ajusta sobre su terso abdomen.

Sonrío cuando observo como su pierna izquierda, con una piel de ébano tan dorada como cualquiera de las decoraciones más lujosas, asoma inocente por la abertura que nace de su cadera.

Me devuelve la sonrisa cuando advierte que la observo perpleja.

Con mucha más admiración de la que podría esperar de cualquiera de las hadas de mi reino.

Mueve su cetro de cuatro puntas en mi dirección para dibujar con las sombras que abandonan la gema del centro un pequeño fénix.

Su pelo encrespado se mueve al compás de sus sacudidas.

—Tristes motivos me temo que os traen esta noche al que deberíais considerar vuestro hogar —manifiesta la diosa Vémtix tras dar un paso al frente. Sus ojos recorren a todos los reinos.

—En días pasados, los reyes de Bhulkahdur y Néferien pusieron en nuestro conocimiento un acto de deslealtad al gobierno de los dioses —asegura Kona sin vacilaciones.

—El rey de mis elfos nos trajo la información en las horas de esta mañana —asiente Aphaea con los labios estirados en una mueca de regañina—. Incluso ellos se atrevieron a participar.

—Nuestras criaturas se traicionan —habla Aivtor apenado. Mira a mi padre y sus canciliers—. Hay enemistad entre ellas.

—La información recibida por los elfos sobre la convergencia es de extremo peligro para la supervivencia de todo nuestro sistema —interviene Essoi con rabia. Con la mirada centrada únicamente en mi padre—. ¿Cómo osáis deshonrar así la creación que se hizo por vosotros?

—El asunto de la convergencia solar ha llegado demasiado lejos —asegura Aphaea. Hunde la mirada en Aelfraed—. No es propio de la sabiduría de los rhysartyanos este comportamiento tan despreciable.

—Rey Eliot —Essoi eleva la barbilla. Sus pupilas se expanden desafiantes—. Un paso al frente.

Todas las miradas se centran en el rey de las hadas. Es la primera vez que veo a mi padre tragar saliva, que sus rodillas tiemblan tanto como las mías ante su presencia. Reprimo sorprenderme cuando caigo en la cuenta de que a ellos les tiene miedo. Les tiene mucho miedo.

—Mi querida madre —enuncia mi padre con voz vibrante.

—¿Así deshonras mi luz? —Essoi arruga la nariz con desprecio.

—Nunca seré digno de vuestro divino perdón, señora de la luz —se arrodilla mi padre ante ella.

—Nunca perdonaré este pecado, rey Eliot —asevera la diosa sin piedad.

—Pero, mi querida diosa de piel de fuego —con la voz entrecortada, el rey suplica—. Mi alma no podría levantarse sin vuestro misericordioso perdón.

—Nuestras leyes son claras —Moran se sitúa en el centro elevando la voz—. Ningún alma es rechazada por el dios de las profundidades, no importa en qué lado de las tierras tengas el palacio —se desprende de la capucha para incidir la mirada aguda sobre mi padre.

—Mis divinidades —se inclina la reina Efaris.

Sus príncipes y tenientes abren paso para que pueda acercarse hasta ellos. Al llegar a sus pies, cruza las manos a la altura del pecho para descruzarlas en el saludo protocolario hacia ellos.

—Intercedo en favor del rey Eliot —declara la reina con expresión firme—. Cumplió con su palabra de enviar patrullas para inspeccionar la zona, y firmó el tratado para repartir los cristales de solium de forma justa.

—Así parecía —asiente Vémtix—. Pero los ángeles de Órianth recibieron información de las ninfas. El rey Eliot y el rey Aelfraed ya habían enviado patrullas a retirar una cantidad del solium.

—Actuando a espaldas del reino enano y del reino brujo —las fosas nasales del dios Aivtor se ensanchan. Sus ojos brillan con fiereza cuando mira a mi padre.

Pensé que, tal vez, mi padre solo quería destruir Néferien para quedarse con todo el solium.

Los dioses aseguran que han sido informados por los ángeles, pero quién se atrevería a enviarle esta clase de datos enfrentándose así a la ira del rey Eliot si lo descubre…

Twig no dijo nada sobre esto. Y de haberlo sabido estoy segura de que no habría guardado silencio. Yo quería ayudarlos.

Ruedo los ojos hacia Azohr cuando recuerdo que, esto, también es algo que él está descubriendo. Niego. Ignoro cualquier criatura a mi alrededor cuando veo como sus ojos me miran con algo de desconcierto.

—Padre… —vacila su majestad.

—¡Cállate, insolente! —ordena Essoi de forma tajante—. Faltas a tu deber, ¿y aun así suplicas?

—Madre —sostiene el rey con tono sonoro y firme. Su mirada se eleva con dureza—. Debo explicarle a padre los motivos de lo sucedido.

—¿Faltarás el respeto a tu madre? ¿A mi diosa? —brama Aivtor. El agua de su ropa comienza a sacudirse con furia—. Como rey de las hadas deberías respetar su honor y no ensuciarlo con engaños ni sofismas.

—Serás castigado por esto, Eliot —afirma la diosa Essoi con la mandíbula tensa.

—Tomaremos medidas disciplinarias contra quiénes practiquen el desprecio hacia nuestra creación —anuncia Kona con una voz que sale del centro de su pecho—. No permitiremos que se rechace la vida de ninguna de nuestras criaturas.

Mi padre aprieta los puños durante el resto de la conversación, pero guarda silencio y acata sus órdenes. Aunque eso signifique perder poder ante el resto. No puede evitar que, ante ellos, esa ponzoña infecta que recorre sus venas en lugar de sangre se convierta en el fluido más dulce del mundo.

—Decidimos ejecutar una misión en nuestro nombre para controlar el problema de la convergencia desde las altas fuerzas del reinado de Órianth —anuncia Vémtix. Golpea su cetro con decisión.

—Un príncipe por reino asistirá a la inspección del solium y se asegurará con veracidad de la cantidad que hay para cada uno de sus pueblos —Aphaea toma ahora el centro del altar—.

Contarán con tres días para ello, provisiones y elementos de defensa.

Y tres ángeles custodios que guíen el sendero hacia las minas.

—Tras la prospección, serán nuestros propios soldados quienes se encarguen de extraer el solium y prepararlo para el día de la convergencia —interviene Essoi dirigiéndole una mirada de medio lado a mi padre.

—Si no hay suficiente cristal para salvar Órianth en su totalidad, trazaremos un destino nuevo que respete la vida de los justos —afirma el dios de la muerte—. Criaturas de todos los reinos caerán entonces.

—Los príncipes elegirán un teniente y un oficial siempre y cuando su don sirva para la misión propuesta —Aphaea nos mira a todos con advertencia—. Nos daréis el nombre en este momento.

—Si alguna de las vidas que entra es arrebatada por la mano de uno de los acompañantes de la misión, será apresado de manera inmediata y sometido a juicio —Móran asiente—. Si uno de los soldados ángeles sufre daño, cortaré la cabeza del ejecutor.

—Rey Wild —Shaone da un paso al frente—. Como dios de vuestra creación, decidme a mí, ¿sabéis cuál de vuestros príncipes se embarcará en esta misión?

—Mi señor —se inclina el rey enano—. Mi hijo Borin será el encargado de blandir la espada por Bhulkahdur.