15. El reino de Órianth. #3
—¿Qué os dijo? —elevo la frente para mirarlo con más dignidad de la que jamás le mostré—. Ni siquiera necesitaría escucharlo con claridad para asegurar que os engañó.
—Lugh —amplía la sonrisa—. Ese adorable brivoncillo que patea por mi palacio y ronda a mi princesa se ha atrevido a amenazar a mi mano derecha.
—Él sólo me protegía del cancilier —anuncio sin vacilar ni un segundo—. Me acusaba de traición hacia la corona.
—Nadie tiene permitido faltar el respeto a un cancilier de mi orden —advierte mi padre. Ladea la cabeza en un gesto más elocuente que cualquier amenaza.
—Es supervivencia, su majestad —trago saliva—. Deshonrar la corona también es caer tan pronto como el cancilier lo espera.
—Tú eres mía hasta que yo decida quién es apto para sentarse como gobernante en mi trono —se acerca con lentitud—. Hasta que yo decida quién tiene derecho a tocarte.
La mirada del rey refleja las tinieblas más ocultas de su alma.
Se clava en la mía mientras su sonrisa temblequea.
Sus ojos comienzan a cerrarse cuando se deja inclinar sobre mí, hunde la punta de su nariz en el cuello para respirar de forma suave.
Su mano se apoya firme sobre mi pierna; gracias a los dioses, la que no oculta la daga.
Se aleja convencido, pero más despacio de lo que me gustaría, se permite el placer de observar el lugar del que se ha embriagado. Las clavículas, el pecho…
—¿Esto es lo que buscas con estas ropas? —pregunta mi padre con el tono rasgado por la rabia—. ¿Es esto lo que el joven Mémberin debe hacer?
—¿Qué aseguráis, majestad? —lo miro absolutamente horrorizada. Con la mirada brillante de rabia, confusión.
—Conozco vuestros últimos desencuentros —confiesa el rey sin quitarme la vista de encima—. ¿Lo negarás?
—No —afirmo tras romper el nudo que empuja las lágrimas por mi garganta.
—Parece que la amabilidad de Tien no fue suficiente para convenceros de vuestra unión —eleva las cejas con algo de retintín—. Aun habiéndote abierto de piernas para él.
—Padre… —niego con asombro en un susurro—. La amabilidad de Tien no es suficiente.
—No tienes derecho a tomar esa decisión, esa siempre fue mi obligación —el rey arruga la frente. Hunde la punta de sus dedos en la pierna—. No permitiré que te encames con más de un hombre como si fueras una de las meretrices del reino.
—Si esa es la causa de esta unión, os prometo que jamás me entregaré a nadie más —asiento con convicción, con la mirada en alto.
—Tu deber es darme herederos que preserven mi nombre, para eso te dejé vivir —sonríe mi padre—. Y Tien me dará ese poder.
—Nunca —manifiesto casi como una promesa.
Y no miento. Si decide cometer la traición de unirme a Tien, mi padre y yo no solo seremos familia, también enemigos.
—Si descubro que es Lugh quién retoza entre las columnas de vuestra nobleza, lo encerraré en las mazmorras hasta que llegue el día de tu enlace con Tien —asevera el rey—.
Y luego lo pondré de rodillas frente a la cama la noche de bodas para que vea a quién perteneces realmente —arquea una ceja de forma fugaz—. Morirá complacido.
—No os atreváis, padre —tenso la mandíbula tanto, que siento como duele el cuello.
—¿Acaso me amenazas? —el rey dibuja media sonrisa.
Acaricio la tela del vestido con deseos de apartarla para coger la daga, pero antes de que pueda hacer algo más, toma asiento.
Carraspea. Coloca su capa debidamente, de manera sutil retiro el brazo.
Me coloco con confianza de nuevo en el asiento mientras trato de contener las lágrimas de la tensión.
Las trago de nuevo para que dejen de empañar mis ojos de un vez.
—Estamos llegando al templo de los dioses, pero saldremos de aquí, princesa —proclama el rey.
No importa las veces que niegue todo lo que asegura, ninguna de ellas será creíble para él. No le interesa escucharme. En silencio, observo cada uno de los dibujos en el bordado de la cortina apartada, la danza del amarillo y el anaranjado a través del cristal de la ventana…
El templo de Órianth ocupa toda la cima de la montaña de Eryas, imagino que la diosa Essoi es la culpable de toda esta resplandecencia.
Las columnas de mármol con tonos variantes de blancos y marrones adornan toda la estructura en su parte principal formando arcos.
Entre cada una de ellas, un ángel con lanza en mano vigila incesante y sombrío como el tono de su piel.
Es tan grisácea como una roca de la montaña que sobresale de los pequeños arbustos a modo de defensa.
Veo las alas de los que las han desplegado tan llenas de plumas como un ave. Como las mías.
Grande antorchas de metal llenas de fuego decoran los lados del camino que guían a los cocheros hacia el lugar donde deben descender.
Como mi palacio, es inevitable que el blanco del templo destaque entre los colores de la flora que crece a su alrededor.
Los lacayos de los dioses, vestidos con trajes rojos o azules según el cargo, muestran más de su cuerpo de lo que yo podría mostrar con la abertura nueva del vestido.
Sus brazaletes dorados reflejan las llamaradas de las enormes antorchas de la entrada.
—Princesa —asiente uno de los lacayos al ofrecerme su mano para bajar.
Acepto. Sujeto el vestido para poder bajar los escalones del carruaje.
Recorro el alrededor rápidamente con la mirada, me centro en los detalles decorativos del exterior.
Los canciliers abandonan sus carruajes mientras se amontonan tras mi padre.
Tien me lanza una mirada fugaz tras Drieden, aunque la aparta cuando este le tira del brazo para alcanzar al resto.
Hábilmente decide colocarlo al final de la fila, justo a mi costado derecho.
Ni me molesto en fijar los ojos en él. Solo camino hasta llegar a la escalinata principal y sólo, porque todos se han detenido a recibir de buen agrado las reverencias de los ángeles.
Ante de que todos se hayan inclinado, un aullido agudo cruza los arbustos del fondo norte.
Un chillo que avisa de que Rhysartyr ha llegado.
Volteo al sonido. Tres lobos del tamaño de nuestros pegasos recubiertos de distintos colores de pelaje salen de un salto de entre los anchos troncos de árboles milenarios.
Se detienen con fauces amenazantes en la espesura, antes de que el camino comience a tomar forma.
Sus ojos azules celestes parecen gemas preciosas.
El rey Aelfraed desmonta el lobo gris tras apartar su capa azul añil.
Aranel sujeta su vestido rojo mientras lucha con el cabello suelto para descender del blanco.
Le acaricia mientras Elvius Gramal, el cargo más alto tras la princesa y sabio de Rhysartyr, pone los pies en el suelo.
Asegura las espadas que cuelgan del cinturón de su túnica.
Analizo todo impresionada por la belleza en la mirada de los animales.
Es asombroso ver como los desmontan mientras ellos agradecen bajando la cabeza y regalándoles un bufido de aviso en pedido a una caricia.
La reverencia para acatar sus instrucciones.
La incomodidad de la compañía de Tien desaparece al ver a la princesa.
Espero que Aelfraed se encargue de liberarme de la del rey ocupando su tiempo con historias y charlas de las largas.
—Buenas noches nos den los grandes dioses de Órianth, altos del reino de Ravenbell —se inclina el rey elfo con una sonrisa al llegar al último escalón.
—Mi viejo amigo el rey de los elfos —sonríe el rey de forma genuina mientras alza sus brazos con alegría—. Siempre es un gusto compartir mi tiempo con alguien tan valioso como vos.
Que sensación de nostalgia más incómoda.
Las ocasiones en las que lo he visto hacer eso para recibirme ni siquiera necesitan un dedo para contarse.
Tanto la princesa como Elvius nos dedican una reverencia que yo y cualquiera de nuestros acompañantes devolvemos con una amplia sonrisa. En especial los canciliers.
—¿Cómo os encontráis, princesa? —mi padre se dirige a la princesa elfa con curiosidad.
—No podría encontrarme mal si cuento con la compañía de su majestad y la princesa Eladriel —Aranel asiente con cortesía—. Gracias por vuestra preocupación.
—Me alegra saber que las reiteradas visitas de mi hija al reino de Rhysartyr sirven para haceros sonreír —asegura el rey con tono de burla.
La princesa baja la mirada. Tien, sin embargo, no puede evitar lanzarme una de reojo desde la izquierda de su padre. No sé si siente compasión por mi existencia en este momento, o placer por ella.
—Deberíamos entrar al templo, mi señor —propone Elvius iniciando la marcha.
—Os nombré sabio de Rhysartyr por algo —sonríe Aelfraed. Estira la mano para invitar a mi padre a que se una.
Tras haber tomado el lugar principal, los cancilier y Tien siguen sus pasos. Aranel me sonríe con las manos sujetas a la altura del abdomen tras todos. Espera a que se alejen lo suficiente como para ofrecernos espacio y colocarnos en nuestro lugar.
—¿Podrías decirme que hace Tien aquí? —la princesa enhebra su brazo con el mío.
—Nada que ver con mi presencia, lo aseguro —ladeo el cuello con urgencia a su pregunta.
—Es extraño, no es un alto cargo de tu reino —Aranel lo mira arrugando el entrecejo.
—Lo sé —suspiro—. Supongo que tú ya sabes cuál es su papel aquí esta noche.
—Esto puede ser tomado como una declaración de intenciones ante los dioses —me advierte Aranel con la frente arrugada—. Su presencia en sociedad, en tu compañía, no pasará inadvertida.
—Espero que mi padre no utilice esta noche como presentación de compromiso —le dedico una mirada de pánico.
—¿El teniente sabe que está presente? —media sonrisa se dibuja en la cara de la princesa.
—Se lo dije en las horas de la tarde, en la visita al claro —sacudo la cabeza en un gesto de negativa—. Entiendo que no es de su agrado porque yo lo detesto más que él, pero esto ayudará a pasar desapercibidos.
—¿El rey sospecha? —se aventura a preguntar la princesa tras detenerme en seco.
—Sospecha, pero de la criatura equivocada —aprieto los labios para no decir nada más.
—¿Quién es esa criatura? —insiste Aranel con curiosidad.
—Lugh —confieso.
Una leve punzada en el estómago me advierte de que mi intuición vibra.
Me apresuro a mirar a la princesa, que ha clavado sus ojos en mí tras la declaración que acabo de hacer.
Inspecciono el alrededor señalándole que guarde silencio.