15. El reino de Órianth. #2
No puedo retrasarme más en ir a mi cuarto.
Tras llegar al pasillo principal, la mirada curiosa de criadas me invade, aunque hay menos que a la llegada y puedo caminar con bastante más tranquilidad.
A lo lejos, Twig. Camina tan apresurado, que una parte de la tela que cae de su chaqueta en las espaldas se zarandea hacia los lados con tanta urgencia como luce su paso.
—Sé que debo ir a los aposentos —desenvaino una sonrisa al verlo aparecer con ojos desorbitados.
—Vuestro vestido está preparado sobre la cama —Twig me dedica una reverencia jadeante—. ¿Os acordasteis de pasar por los aposentos reales?
Sí —bajo la mirada hacia la caja. Carraspeo—. ¿No me acompañarás hoy?
—Debéis perdonarme, mi princesa, pero el rey requiere mi presencia en la sala de asambleas —asegura mientras trata de humedecerse los labios—. Se ha reunido con los canciliers.
—¿Antes de partir hacia Órianth? —sujeto su brazo antes de que intente dar un paso. Mi entrecejo se arruga curioso—. ¿Por qué? ¿Qué ocurre?
—Lo desconozco —revela Twig mirando mis ojos.
—Quiero toda la información que consigas averiguar cuando abandones la reunión —me inclino para susurrarle—. ¿Entendido? —suelto su brazo.
—Mi princesa —Twig se inclina y recupera su paso apresurado.
Mi padre mencionó en la reunión de su consejo que esta noche sería perfecta para destruir Néferien.
Pero habían logrado sacar esa idea de la sesera.
No deseo imaginar que esta reunión de última hora se deba a un cambio de opinión, o que solo fingieron por mi presencia.
Aunque eso no es algo propio del cancilier.
Él fue uno de los que quiso retractar a mi padre, pero sólo lo hizo porque sabía que esta noche los señores de Néferien estarían fuera del reino.
Si conozco al rey lo suficiente, estoy segura de que seguirá sus consejos. No atacará hoy.
Entonces, de qué querrán hablar a estas horas.
La puerta del cuarto suena al terminar de recogerme el pelo en un moño bajo y descuidado de los que odia mi padre.
De los que denota poco interés por impresionar.
Me acerco para salir antes de que Twig acceda.
Antes de que los bramidos de mi padre por mi ausencia suban las escaleras para golpear mis oídos.
Cuando las hojas se abren, la sonrisa de Twig se amplía hasta ocupar lo sonrojado de sus mejillas.
Aparta la mirada con perplejidad cuando ve como mi pierna completa asoma entre hilos de la tela del vestido al dar un paso.
Lo corté porque no podía acceder a la daga, y le advertí que la llevaría.
—Princesa Eladriel… —Twig se mantiene sin parpadear observando el vestido—. Pensé que respetaríais lo que habíamos…
—Gracias, Twig —mis comisuras se estiran mientras abandono el cuarto—. Sabía que mi elección te parecería la apropiada.
—Pero, mi señora… —titubea Twig. Voltea rápido para seguir mis pasos—. Vuestra pierna está al aire… —su voz se entrecorta.
—Aemid —enuncio. Giro sobre mí para captar la atención del guardia—. ¿Qué os parece a vos mi vestido?
El guardia separa los párpados ante mi pregunta. Él, que no está acostumbrado a mirarme más de dos segundos seguidos sin considerarse inapropiado, ahora tiene la libertad de opinar sobre mi vestido. La forma en que traga saliva me dice que será sincero.
—La princesa será la más hermosa de los altos cargos esta noche —carraspea Aemid. Sella los labios al volver su mirada hacia el frente.
—¿Ves? —sujeto el vestido para comenzar a bajar los escalones—. ¿No era eso lo que mi madre exigía? ¿Verme hermosa y elegante?
—Jamás podría negar que vuestra belleza resplandece esta noche como ninguna otra —vacila Twig estirando el dedo índice mientras baja la escalera tras de mí—. Pero, tal vez, vuestra indumentaria sea algo… —titubea—, inapropiada.
—¿Inapropiada? —me detengo en seco. Bajo la mirada para observarme—. ¿Por qué?
—A nuestro señor no le gustará en lo absoluto que su hija se atreva a vestir un traje que muestra vuestras intimidades, su alteza —me advierte Twig con tono nervioso.
Qué atrevimiento el mío, que levantaré los colores de los caballeros con la rodilla.
—Por fortuna, no has mencionado que pueda parecer inapropiado para los dioses —encojo los hombros con desdén para continuar la marcha.
—El verdadero peligro para vos viene de la mano del rey —me recuerda Twig mientras sube las rodillas con esfuerzo para apresurarse.
—Por eso este vestido es perfecto para estar en su presencia —aparto la tela para mostrarle la daga sujeta en una tela envuelta al muslo—. Me permitirá salvar mi vida.
—No apruebo que portéis armas —me recrimina Twig con su mirada paternal después de apartarla incómodo de la pierna.
—Ah, pero sin ellas esperas que me mantenga con vida —río de forma irónica.
—Tenéis una en vuestras manos —posa la mano sobre mi hombro para detenerme antes del último escalón.
—Una que no domino como me gustaría —le recuerdo en una mirada de burla—. Dime, para qué era la reunión del rey.
—Creo que lo descubriréis en el carruaje —Twig aparta la mirada según me adelanta.
Accede a la galería principal y no tardo ni un segundo en colocarme a su lado.
—¿Azohr? —me quedo inmóvil. Observo cómo se aleja sin poder decir nada más.
—El cancilier Drieden —confiesa Twig de medio lado.
—¿El cancilier? —inclino la cabeza hacia atrás. Mi ceño se une con sorpresa.
—No olvidéis la corona, princesa —carraspea. Estira el dedo hacia uno de los lacayos en la puerta que la sostiene sobre un cojín.
Ladeo lentamente la mirada hacia el criado que Twig señala llenándome de aire.
Al llegar a la puerta principal, los colores naranjas y azules de las últimas horas del atardecer nos amparan.
Los cocheros esperan en las puertas de los carruajes repasando con un paño fino las decoraciones de oro engastadas alrededor de las puertas y ventanas.
Se aseguran de que lo blanco se vea inmaculado.
Los mozos de cuadra ultiman los detalles de los pegasos acicalando sus alas.
Terminan de colocar la capizana, la testera y la pechera.
El jinete que transporta el escudo de Ravenbell sujeta con fuerzas las riendas; imagino que, si preside la comitiva, será ese en el que viajemos mi padre y yo.
En apenas un cuarto de hora, los colores del cielo se han tornado a rojo por la fuerza de las partículas de luz para viajar.
Mi padre toma asiento cuando el violeta se adueña de la inmensidad sobre los árboles, e intensifica el brillo plata de las estrellas.
Acepto la mano de Twig para montar. El rey me dirige una mirada escrutadora y aguda cuando tomo asiento sobre el sillón de terciopelo.
Las sombras oscuras bajo sus ojos producidas por el reflejo de su jubón negro azabache me estremecen tanto como el escalofrío cuando sus pupilas se expanden al ver mi pierna.
Está imponente. Hasta sus botas de cuero reforzadas y la capucha de su capa puesta sobre su cabeza alimenta la profundidad de su mirada almendrada y rodeada de pequeñas arrugas.
Las puntas de rama de oro de la corona no lucen tanto como su malicia.
Su silencio me produce angustia. No ha despegado sus ojos de mi figura desde que comenzamos el trayecto.
Si bien es corto, se está convirtiendo en un viaje de leguas.
Me atrevo a sostener su mirada cuando recuerdo a mi madre encerrada en la torre, y que debería ser ella la que lo acompañara en esta noche.
A lo postre, ella es la reina de Ravenbell.
—Majestad, con vuestro permiso —asiento de forma respetuosa—. ¿Por qué madre no nos acompaña?
—Tu madre no se encuentra bien —sin hacer esfuerzos, el rey deja que la voz abandone su cuerpo.
—Su encierro debe ser lo que provoque su enfermedad —me atrevo a decir. Bajo la mirada cuando el brillo de la suya se intensifica—. Tal vez pasear por los jardines o la orilla de Silverfall le haría sentir mejor.
—Las consideraciones de una furcia como tú no tienen valía alguna en mi corte —espeta el rey con una mirada de reproche.
Ante sus palabras, mis ojos suben de forma rápida y llenos de sorpresa. Los suyos permanecen inmóviles. Tras un instante de silencio por el asombro, me atrevo a continuar.
—Siempre con vuestro permiso, mi señor, hoy tuve la oportunidad de ver los moratones que recorren sus brazos —sello los labios, pero no apartaría la mirada ahora ni, aunque la suya acabase conmigo.
—¿A qué se debe tú visita a la torre del homenaje? —entrecierra el ojo izquierdo. Inclina la cabeza ligeramente hacia un lado.
—Madre mandó a Elm con el vestido y pidió que fuera a vuestros aposentos para recoger las joyas —declaro sin más importancia.
—Así que, fue la reina quién me desafió con vuestras vestimentas —lentamente, el rey comienza a dibujar una sonrisa.
Ojalá pudiera decir que es malvada, al menos podría ponerle un nombre.
—Esa decisión es únicamente mía, su majestad —trago salivo. Lucho porque mi expresión aparente desdén.
—Diremos entonces que la reina es mi esposa, y lo que sucede con ella es decisión mía —eleva la barbilla para hablar con tono autoritario—. Te daré un consejo, estúpida zorrilla.
Aprieto los labios para obligarme a guardar silencio.
—Estáis a punto de pasar a ser mi asunto vos también —el rey se inclina hacia delante.
—¿No he sido siempre asunto vuestro? —declaro entre dientes con tono de molestia.
—Si así hubiera sido, no te atreverías a retozar con la más baja escoria de mi corte por reinos vecinos —brama mi padre golpeando su pierna con furia—. Un hada que no es de primera generación de sangre…
—Su majestad, eso… —arrugo el entrecejo. Niego de forma urgente.
—¡Guarda silencio, puta! —el rey grita aún más que antes—. ¿Acaso no ves que deshonras la corona que sostienes sobre tu linda cabecita?
Lentamente, su rodilla toca la moqueta que cubre la madera del suelo. Sus manos se colocan a un costado de mi cadera sobre el sillón, su nariz puntiaguda brilla bajo la luz de luna que entra por la ventanilla descubierta. Me fundo con el asiento cuando siento su cercanía.
—Tiemblas —el rey eleva una media sonrisa—. ¿Por qué?
—No tiemblo —aprieto los dientes para tratar de controlar el miedo—. No tengo nada a lo que temer, ¿verdad, padre?
—Eso dependerá de si lo mencionado por el cancilier Drieden es cierto, o no —susurra mi padre. Me hunde la mirada tras una sonrisa repentina.