15. El reino de Órianth.
(Eladriel)
Lugh me sigue de cerca según bordeamos la montaña de Eryas, la hondonada aparece imponente desde el aire.
El silencio con el que terminamos el vuelo deja rondando en mi mente sus últimas palabras y sus respuestas no aclararon nada de lo que me perturba.
Conocer las consecuencias no sirve para nada.
No, cuando un solo fallo expondría nuestras cabezas por traidores a los dioses.
Se despide de mí en la entrada al palacio, en las verjas.
Me costó persuadirle en su intención de acompañarme a mi torreón tras lo sucedido con el cancilier Drieden en horas bajas del sol.
Me vi obligada a confesar que mi madre esperaba por mí en sus aposentos.
Mi padre no dibujaría una sonrisa de complacencia al ver que Lugh ronda por rincones tan íntimos del palacio.
Y conociendo las actuales ideas del cancilier, sería un motivo con el que podría iniciar un nuevo desafío.
Sucesivos golpes de lanzas. Dejo atrás las reverencias de los guardias mientras desplazan las hojas de metal con soltura.
Como si la puerta fuese ligera. Los criados y lacayos dentro de palacio corren sin orden, se sumen en la desesperación de terminar los preparativos de mi padre.
No dejan un ala sin recorrer en un intento de cumplir con las desmesuradas exigencias de mi padre.
Hasta el aire de las letrinas parece menos cargado hoy tras renovar la flora de maceteros y jarrones decorativos.
La torre del homenaje tiene un aura oscura.
Es incluso más tenebrosa que cualquier hueco hondo bajo tierra, trepa peligrosa por las piernas en el momento en el que decido aventurarme a entrar.
Me extraña encontrar la puerta sin vigilancia.
La hoja está en calma bajo la tenue claridad de las velas a medio consumir de los candelabros.
Dormida. Golpeo con suavidad las raíces verdes del marco para despertarla, pero nada se acciona.
No responde. Llamo con más insistencia, aunque mis nudillos impactan contra ella con el mismo cuidado.
Un par de redondos ojos faltos de la expresión de vida que encuentro en cualquiera de las criaturas con mis extremidades, aparecen.
Los párpados, rugosos por la madera, se abren hasta la mitad.
Como si hubiera interrumpido un sueño profundo.
—Princesa Eladriel —anuncia la puerta perezosa entre bostezos—. La reina esperaba vuestra visita.
Sus facciones desaparecen cuando el chasquido que abre los pesados cerrojos tras ella se convierte en eco.
Retumba por las paredes de piedra. El interior se presenta oscuro en un primer pestañeo, pero tras dos pasos, la luz de las lámparas colgantes de aceite incide sobre los enseres de sus majestades.
Se aprecia la misma decoración de la última visita hace trescientos años.
Demasiados cojines bordados con oro sobre la cama y el sofá que raspan la piel al roce sin piedad.
El aparador siempre lleno de grabados de dioses, aunque el cuarto esté vacío de fe.
Las cortinas de terciopelo caen sobre el arca que adorna la parte baja de la ventana por el peso de los flecos dorados.
Tuerzo el cuello hacia la chimenea, tan apagada como siempre.
Impoluta. La habitación no necesita el calor del fuego, ya está llena del de la muerte.
La luz no desea prender con fuerza. La que debería entrar por los ventanales de la izquierda desaparece cuando mi madre abre sus ojos. La apaga de inmediato.
—Adelante, querida. Entrad —mi madre me mira a través del tocador mientras se atusa el cabello.
—Madre —le dedico una reverencia.
—Vuestra demora me hizo pensar que habíais decidido declinar mi invitación —sonríe.
Me pierdo en los matices de su rostro ahora que nada lo oculta. Mi cuerpo se enciende al sonido de la puerta cerrándose. Trago saliva al encontrarme sin salida en este lugar, incluso si es el cuarto de mis padres.
—Elm dijo que requeríais mi presencia para darme instrucciones —mi ojos se centran en su reflejo en el espejo.
—Ven —la reina señala el tocador—. Acércate.
Sujeto mis manos al frente para iniciar la marcha.
—Esta caja es para vos —la reina eleva la mirada al tenerme a su lado. Amplía la sonrisa—. El cinturón podrás encontrarlo sobre la cama.
Arrugo el entrecejo al ver la pequeña caja de madera junto a los frascos de perfume.
Separo la tapa. Una pequeña ráfaga de brillo al abrirla me impide observar sus detalles con claridad.
El destello se cuela a pesar de cerrar los ojos con fuerza.
En el interior hay un par de pendientes que parecen haber sido forjador por los enanos orfebres de Bhulkahdur, el metal es idéntico a la plata nativa.
Sus grabados son magníficos. De uno cuelga el sol, del otro un par de alas.
Ladeo la mirada hacia la cama en busca del cinturón.
Admito que la elección de mi madre me sorprende; en lugar de la piedra brillante central que une las cadenas de perla, este contiene un sol del que emergen un par de alas.
—Le pedí al rey Wild que moldeara el mismo el metal para tí —la reina aparta el asiento para ponerse en pie. Une sus manos a la altura del abdomen—. Aproveché su visita al reino para entregarle el mensaje.
—Gracias, madre —fuerzo una sonrisa más amplia de la que deseo mostrar con la mirada en los pendientes—. Son hermosos.
—También hablé con la reina Efaris. Le pedí que guardase uno de sus escudos protectores de magia blanca —mi madre aprieta sus labios. Sonríe.
Sus brazos, cada vez más delgados, abandonan el escondite de su bata para alcanzar los pendientes.
—Guardé un hilo de mi poder —suspira la reina. Sus pupilas brillan sobre las mías—. Este ala eres tú, podrá ofrecerte la libertad que yo no pude.
—Es un detalle propio de una reina —asiento.
—Deseo que esta noche luzcas radiante ante los dioses —eleva la mano. Aparta unos mechones de cabello de mi frente—. El rey se sentirá orgulloso de veros con estas galas.
—Sabéis tan bien como yo que eso solo son falacias —doy un paso hacia atrás. Rechazo su gesto amable—. El jamás sentiría orgullo de nada que tenga relación con nosotras.
—La fama de inflexible y severo del rey no es tan cierta como escuchas —mi madre aparta la mirada. Ladea el vuelo de su vestido para tomar asiento en la cama.
—No la escucho, madre, yo soy testigo de ello —mis labios se sellan por un segundo, pero hablo. Ya no puedo callar—. Y vos también.
—Su edad cada vez más avanzada junto a la idea de acabar abandonado entre estos muros empieza a ablandar su corazón —se esfuerza en sonreír.
—¿Podrá transformar algo que no posee? —mi mirada se vuelve impasible.
—El único mal que hay en vuestro padre es el de la sombra que le obliga a entregarse a su deber —mi madre afirma de un modo que ni ella puede creer.
—Ya no me convence el silencio como cuando era niña —elevo mi barbilla a la forma en que niega la verdad.
—No hay silencio, Eladriel —mi madre aclara su garganta.
—¿Creéis que no? —doy un paso en su dirección—. No puedes cambiar lo que mis ojos ven por lo que tu mente dicta. Tus palabras no calman la forma en que mi estómago regurgita ante sus amenazas.
—No puedo negar que su carácter se endureció en los últimos tiempos —confiesa la reina. Su sonrisa amplia me resulta impropia para su estado—. Pero él me dio su palabra, dijo que nos daría una vida digna antes de morir. Y yo sé que él cumplirá su promesa.
—Hace tiempo que sus palabras dejaron de tener valor para mí —niego. Mis labios solo pueden observarla en línea recta.
—No lo escuches a él —insiste mi madre.
—Las vuestras tampoco la tienen —dejo caer la mirada ante su expresión de asombro.
Ojalá pudiera evitar ver como sus párpados se separan ante el peso de mis verdades. Ojalá se contuviese tanto en mostrarme su dolor como se esfuerza en ocultarme el que le causa mi padre.
—Hija —musita la reina. Veo como eleva la mirada con cuidado de no enturbiarme—. ¿Qué otra cosa podría haber hecho?
—Salvarnos. Huir —afirmo sin titubear, lo he pensado demasiadas veces—. Quizás si hubieras tomado mi mano y no hubieras mirado hacia él alguna de las veces que te pedí irnos…
—No soy sólo tu madre, princesa —me reprocha la reina—. Me debo a todos mis hijos. Al reino.
—Yo no soy solo vuestra hija, madre —me cruzo de brazos. Mi mirada y el tono con el que hablo contrarrestan la molestia de la reina—. ¿Por qué no salvasteis a vuestra súbdita?
—Vos pertenecéis a vuestro padre. A este palacio —baja la mirada de vuelta—. No podía irme de aquí sin más, sin explicaciones. No tenía derecho a romper el linaje.
—¿Tus ideas danzaban entre el legado y la libertad? —doy un par de pasos hacia ella con la mirada herida.
Mi madre guarda silencio. Mi pecho se llena de peso por él.
—Tomasteis la decisión que salvó vuestra conciencia incluso si me arrastraba. No hubo misericordia —contengo el aliento—. Me llevasteis de la mano hacia la perdición.
—¿Esperabais que vuestro padre no os buscara? —de reojo, la reina me mira con rabia—. ¿Qué no buscaría a su única heredera?
—Habláis del mismo padre que casi me deja morir hace unas horas —espeto. Elevo la voz suficiente como para que no vuelva a mirarme más.
Cierro la caja de los pendientes. Tomo el cinturón de la cama y me dirijo hacia la puerta.
Sutilmente le dedico una última mirada por encima del hombro, justo para ver como su semblante ha comenzado a apagarse de nuevo.
Golpeo la puerta luchando por no pensar en ella.
En su estado. Cuando las hojas se abren, simplemente me abandono y corro hacia el exterior intentando que las lágrimas no me abandonen antes de haber llegado al segundo escalón de la torre.
Me detengo cuando no puedo controlarlo para dejarme caer sobre ellos.
Hundo la cabeza entre las manos para dejarme llevar por el llanto, aunque sea solo por unos segundos.
Incluso si todo lo que le he dicho es cierto, aun cuando creo que sus decisiones también condenaron mi vida.
No puedo evitar sentir tristeza al ver cómo la suya se consume.
Cómo niega que la inmortalidad está siendo superada por la pena, la condena.
Por el desasosiego de vivir una vida que cada vez es menos vida, y se parece más a la muerte.
Cuando mis lágrimas ya no escuecen, me levanto para secarlas de forma rápida.
Me coloco el cabello para disimular cuando camine entre trabajadores y señores, y bajo los escalones restantes a prisa.