14. La alianza de la luz y las sombras. #7
—Eso será lo peor —se aclara la garganta tras desviar la mirada.
—¿De verdad lo crees? —pero entonces yo me lanzo a buscarla.
Estaba convencida de que su respuesta sería totalmente diferente por cómo se ha comportado hasta ahora. Al menos, para mí su presencia daba significado a la mía.
—Estarás tan cerca como ahora —el teniente me recorre con la mirada—, pero completamente inalcanzable.
—Aunque sea en la otra punta del salón, me reconforta que estés presente —le dedico una sonrisa que me ruboriza, no estoy acostumbrada a hacer esta clase de confesiones—. Ya es bastante espeluznante saber que pasaré toda la velada en la compañía de mi padre, sus divertidísimos canciliers y Tien.
—¿Mémberin? —me mira con sorpresa—. ¿Qué cargo posee él?
—Ninguno, pero mi padre tiene intenciones con su presencia —le dedico una mirada de reojo que es más que suficiente para que me entienda.
Detengo los pasos sobre una formación de piedras de distintas alturas. Azohr me ofrece la mano para subir el par que se encuentra más bajo y tomo asiento sobre las planas de la derecha. Se coloca de pie frente a mí.
—Supongo que el rey considera que ese necio nos da miedo —Azohr eleva una media sonrisa.
—En cierto modo —sonrío. Me apoyo en sus hombros para alcanzar a sentarme—. Debo admitir que me sorprendió el hecho de su decisión, sacarme de allí lo puso en peligro.
—Entendí que sabes bien lo que debes hacer —baja la mirada para carraspear—. Pero si me permites un consejo, lleva siempre una daga cuando estés cerca.
—Tien no representa ningún problema en soledad, Azohr —mantengo la mirada firme y segura en la suya—. Su padre es de quién debo mantenerme alejada.
—¿Qué problema hay con el cancilier? —alza la mirada apenas termino de hablar.
—Sospecha de mis salidas a Rhysartyr —confieso tras tomar aire—. Sabe que no vengo a este lugar solo por la nostalgia de la infancia.
—¿Qué crees que haría de saber lo que haces aquí? —Azohr apoya las manos sobre mis piernas.
Ojalá pudiese leer la mente del cancilier, aunque creo que conozco cuál es la respuesta sin necesidad de ello.
Azohr me mira con la misma preocupación al fondo de su mirada que tenía Lugh cuando entornó las cejas con pena en la pasarela de Eryas.
Sé que sospecha sobre mis salidas y las lealtades que presento al reino.
No soy tonta, el comentario que hizo Tien acerca de la fiabilidad del teniente no son solo palabras suyas.
Deseaba poder darle algo de noticias sobre los planes de mi padre contra su reino, pero aún no he podido encontrar más información al respecto.
Si voy a alertarle de que van a atacarlos, al menos debería darle algo que pueda entregar a sus príncipes o a la reina.
No van a desplegar sus ejércitos por suposiciones.
—Creo que solo tiene dos opciones —trago saliva mientras alterno entre sus pupilas—. O convence a mi padre para que celebre el enlace con su hijo, o se deshace de mí. En cualquier caso sabe que acabaría desapareciendo.
—Escúchame, Eladriel —titubea Azohr. Busca mis manos para unirlas—. Yo también quiero ser sincero contigo, como tú lo fuiste con respecto a Twig.
—Nada me gustaría más —acepto sus ojos y su mirada dibuja una sonrisa amplia.
—Dejaría actuar a partes de mí que aún no conozco si alguien te hiciese algún mal —Azohr aprieta los labios—. Aunque soy teniente, mi sangre hiela cuando mato, no siento placer en quitar vidas. Pero sé que herviría como el fuego ante tu sufrimiento porque ya lo hace.
—No necesito un fuego que arrase con lo que hay a mi alrededor —suelto una de sus manos para posarla suavemente sobre su mejilla.
—No quemaría por ti —insiste sin dejar de mirarme—. Ardería por mí.
—Tu fuego no solo quemará a quién hagas daño, también a tí —adentro las manos en su pelo. Coloco esos mechones rebeldes que siempre le caen—. Porque tienes una vida, un reino que te necesita como su teniente. También arrasaría con todo eso.
—Yo nunca he pertenecido a ningún lugar —traga saliva tras un titubeo—. El reino al que me debo está en mi corazón y tú eres quién lo gobierna. Si matan a la reina, todo lo bueno que hay en él desaparece con ella porque solo a ella le pertenece.
Admito que su confesión hace tambalear los cimientos de la confianza en mi resistencia.
Cada frase ha hecho flaquear mis piernas.
No puedo evitar que mi respiración se detenga por un instante al descubrir que hay alguien dispuesto a quemarse si escucha un esbozo de lamento de mi tristeza.
Sus ojos me hablaban de algo el día que lo conocí.
Gritaban. Y la forma en que mi paz se equilibra cuando está cerca, el instinto de confiar, era la forma de escucharlo.
—¿Cuántas criaturas conocen tu fuego? —hundo la cabeza en su pecho con una sonrisa.
—No sé ofrecérselo a nadie más —Azohr cierra los ojos. Deja descansar su barbilla sobre mi pelo.
Este instante convierte el silencio en autoridad.
No es tirano como en palacio, su compañía es tan cálida y agradable como cualquier silencio de la ciudadela.
Lleno de palabras que no se dicen. A veces quisiera hablar con él tanto, que no dejaría ninguna pregunta para más tarde.
Conocería todas las partes que conforman su historia sin pestañear.
Otras, sólo quiero dejar que el tiempo me las muestre despacio.
Sin prisa. Y durante todas ellas no sólo es el placer de su existencia lo que me ronda.
Después de que Azohr y el príncipe me sanaran, pensé cómo podría conseguir su ayuda para acceder al despacho del rey Aelfraed.
Sé que la magia protege su puerta y ya sé que puede abrirlas, pero imagino que está lleno de guardias.
Tratándose de alguien que dedica gran parte de su día a guardar información, permanecerá allí la mayor parte del tiempo.
Creo que ningún otro brujo podría ayudarme, el don que vi en el teniente no se parece a ninguno que haya visto. Él puede hacer cosas que me intrigan.
—Necesito algo de tí —me atrevo a romper el silencio, casi en un susurro.
—¿Qué necesitas? —la voz del teniente se llena de seguridad.
—No sé si conoces la existencia de los archivos secretos de Órianth —sello los labios para guardar silencio en espera de su respuesta.
—Sí —Azohr asiente mientras me envuelve entre sus brazos—. Algo conozco sobre ellos…
—¿Es que acaso solo eran secretos para mí? —dejo escapar el aire con frustración.
—Ebhan solicitó un archivo sobre las leyes de su padre hace algunos años —admite el teniente—. Solo continúa.
—Entonces sabrás que acceder es complicado —sello los labios.
—Quieres que yo abra la puerta para que puedas entrar… —la voz de Azohr se llena de pesar.
—¿Podrías? —arrugo la frente con atención.
—Princesa, sus puertas están protegidas por la diosa Vémtix —ríe Azohr—. Ningún brujo tiene las partes de su poder.
Me lo imaginaba. Era bastante previsible que los dioses utilizaran algo más que una simple puerta y dos guardias para custodiar archivos que llaman secretos.
Pero sé que obtener la llave es el primer paso.
Quizás Azohr no pueda abrir la puerta para entrar en ese lugar, pero eso no significa que no pueda abrir la del despacho y buscar la llave que la abre. Tal vez no esté todo perdido.
—No deseo acceder a los archivos, sino al despacho del rey Aelfraed —dibujo una sonrisa nerviosa, pero expectante.
—¿Tú eres consciente de lo que acabas de decir? —el teniente me aleja rápidamente para observarme con asombro.
—Podría concertar una reunión con la princesa en el palacio e inventarme cualquier excusa para salir al despacho —confieso en voz alta mis pensamientos—. Sólo necesito estar segura de que ese día el rey no se encontrará en Eigton. Yo debo verlo abandonar el reino.
—No vamos a robar ninguna llave —niega de forma rotunda—. Y menos a un rey aliado de tu padre.
—Bien. Lo entiendo. Es demasiado arriesgado llevarse la llave —estiro los brazos a modo de mediación—. ¿Pero podrías duplicarla? —abro los ojos con una mirada de advertencia. —Eso no sería robar.
—Puedo —asiente resignado—. Pero no la tienes. Ni siquiera sabes si está allí.
—Sé que está allí. Sé que es Aelfraed quien se encarga de acceder a él —declaro con una sonrisa de seguridad que le hace suspirar.
—Si sacas esa llave del despacho para duplicarla, Aelfraed se dará cuenta —lleva las manos a sus caderas como último método de frustración—. ¿No crees que es una llave demasiado importante como para perderla de vista demasiado tiempo?
—A menos… —inclino ligeramente la cabeza para dedicarle una mirada retadora.
Azohr se acerca. Me sostiene la mirada al quedar justo frente a mí.
—No me gusta por dónde vas, Eladriel —el teniente deja caer los brazos.
—¿Y si no la sacamos de palacio? —alzo el mentón para mirarlo a los ojos—. Si consigues acceder sin que nadie te vea, podremos entrar en el despacho y duplicar la llave allí mismo.
—¿Ves? —Azohr se lleva las manos a la cabeza tras dejar escapar el aire—. Te acompañaré dónde me pidas, princesa, pero eso es una locura.
—¿Se te ha ocurrido otra opción mientras te quejabas? —me cruzo de brazos. Mi cabeza se inclina con impaciencia—. Necesito esa información, y entiendo que no me la darán solo por pedirla con amabilidad.
—¿Sabes qué pasaría si nos descubren en el despacho privado del rey robando la llave del archivo de los dioses? —Azohr despliega los brazos para apoyar sus manos con desesperación sobre mis piernas.
—Nos desterrarían a Draenith —dejo caer la mirada sobre sus manos—. Si contamos con la suerte de que sea el rey Aelfraed quien imponga nuestro castigo, claro.
—No esperes tanta benevolencia por su parte —niega. Ladea el cuello con urgencia—. A tí te cortarían las alas para asegurarse de que no puedas escapar. Inhibirían nuestros dones.
—Por favor —me incorporo para que la súplica de mis ojos sea más evidente—. Sin tu ayuda sólo me queda la opción de robar la llave
Toma aire. Baja la mirada hacia las hojas que el viento mueve bajo el árbol a su frente.
Quiero insistir de nuevo, pero no me atrevo.
Entiendo que esto no es su deber. Que salvar a mi reino no es lo que le pertenece, ni tiene obligación de arriesgar su libertad por ello.