14. La alianza de la luz y las sombras. #5
La amenaza de Drieden resuena. No sé qué habrá querido decir con eso de que todos los que secunden mis ideas caerán, pero sé que miraba a Lugh cuando lo mencionaba.
Eso significa que ahora está en peligro.
Y es lo que deseaba evitar al guardar silencio.
—Vámonos —despliego las alas con la voz entrecortada—. No debes llegar tarde a Rhysartyr.
—Claro —Lugh corre. Se sitúa a mi lado para lanzarme una mirada llena de rabia—. Será un placer escuchar todo lo que tengas que contarme durante el viaje.
—No prestes atención a las palabras del cancilier —fuerzo una sonrisa.
—El anciano desdentado no me importa —Lugh frunce el ceño. Estirar el brazo para impedir que avance—. Me preocupa tu padre, él tiene una corona y da órdenes.
—Y sin embargo, a mí sus indicaciones cada vez me importan menos —bajo la mirada. Bordeo su brazo para continuar caminando.
Escucho como Lugh despliega las alas y se impulsa. Veo como desciende justo frente a mí, delante de la verja de hierro de Eryas.
—¿Qué sospecha? —Lugh eleva la voz y eso capta la atención de los guardias tras él.
Siseo mientras le indico a Mylo, que hoy forma parte de la guardia, que continúe atento a su trabajo. Despliego las alas para acercarme aprisa. Lo aparto de los soldados mientras le clavo una mirada de autoridad que le hace inclinar la frente con remordimiento.
—No sé qué sospecha —susurro con las cejas juntas—. Pero si no dejas de hablar tan alto, pronto dejará de ser una sospecha para convertirse en realidad.
—¿De nuevo debo esperar? —su cabeza se sacude resignada.
—Me gustaría que todos estuvierais presentes —arqueo una ceja reprobando su impaciencia.
—No entiendo por qué querrías ocultarnos algo así —Lugh niega. Une sus pupilas con las mías en una mirada de complicidad. —Ni siquiera puedo imaginar desde cuando lo llevas haciendo.
—Acepto que estés enfadado. Lo merezco —suspiro. Dejo caer las manos para guardar distancia—. Aunque, hay algo que me gustaría que vieses si todavía sigues decidido a acompañarme.
—¿Crees que eso sería posible? —Lugh eleva las cejas tras dar un par de pasos al frente con cierto aire de regañina—. No pienso dejarte sola después de lo que acabo de escuchar.
—Confía en mí como hasta ahora —asiento tras una sonrisa cómplice—. Estoy segura de que, cuando llegue el momento, lograrás comprender el porqué.
—Ya te lo había advertido, pero espero que te cuides y sepas qué haces —asiente con algo de angustia al lanzarme el aviso—. No vivo en palacio, Eladriel.
—Siempre voy protegida —sonrío al recordar el anillo y las dagas. Le muestro mis manos—. Como tú.
—Un guardia privado debería acompañarte, como a la princesa Aranel —Lugh señala a Mylo.
—No renunciaré al único suspiro de libertad que tengo —señalo la verja cuando los guardias la han abierto—. Prefiero morir, querido anacardo.
Tras afirmar, corro para lanzarme al vacío antes de comenzar a aletear.
—No esperes que yo haga eso —Lugh mueve sus alas y se eleva de un salto.
Me obliga a aumentar la velocidad para alcanzarlo.
El trayecto se dibuja como si se tratase de una carrera, hacía tiempo que no volábamos tanto tiempo juntos.
Cuando nos reuníamos en la taberna para hacer competiciones de cardos salíamos de las orillas tan rápido, que Maren y Lynn nos perdían de vista antes de mostrar sus alas.
Aunque ahora quiera demostrar que está enfadado, nada podría cambiar entre nosotros.
Cada vez que me toma ventaja tuerce el cuello con urgencia para asegurarse de que sigo sus pasos, que no me he perdido ni herido.
Y sonríe antes de devolver la vista al frente porque sabe que yo estoy tras sus espaldas. Él siempre es Lugh.
Pasando la frontera del pueblo elfo de Oabel, observo como se mantiene más cerca que en el resto del trayecto. Me mira en más ocasiones, pero parece reprimirse cuando mueve sus labios para hablar.
—¿Deseas saber algo antes de llegar a Eigton? —no puedo evitar sonreír al ver sus nervios.
—¿Debería? —Lugh me laza una mirada acelerada.
—Como poco será necesario que sepas que te reunirás con la princesa —amplio la sonrisa.
—¿Con qué princesa? —Lugh apenas me presta atención
—Todavía no lo he decidido —enuncio con ironía—. Tengo dudas entre todas las princesas que viven en el reino de los elfos.
Lugh detiene la velocidad hasta que queda parado en el aire. Me voltea de una forma tan apresurada, que mis párpados se separan.
—Espera, pequeño insecto oriundo —Lugh agita las manos en busca de guardar la calma—. ¿Dices que veremos a la princesa Aranel?
—No —arrugo la frente con una negativa burlona—. Digo que tú verás a la princesa.
Una mota de desconcierto emerge del fondo de sus ojos mientras balbucea.
—¿Y tú? —Lugh estrecha la vista cuando estoy en su punto de mira—. No pensarás que te dejaré quedarte a solas con ese guardia elfo.
—Joralf se toma en serio su trabajo —río a su gesto tenso—. Como Twig conmigo.
—Es raro, y dije que nos acompañarás. —Lugh se cruza de brazos.
—Prefiero contar briznas de hierba, antes que ir a una reunión amorosa tuya —le doy una palmada en el hombro según dibujo una sonrisa sarcástica—. Además, yo también tendré acompañante.
Lugh inclina la cabeza bajo una expresión de desconfianza. Sacude las alas con prisa al ver que me adelanto y ni siquiera espero por él.
—Espero que no sea Tien —Lugh arruga la frente—. Te vi convencida de perdonarlo esta mañana.
—Yo sólo espero que cuando veas de quién se trata, no comiences a ver a Tien como una opción más favorable —le dedico una mirada temblorosa de reojo.
—Incluso el cancilier apestoso me cae mejor que él —eleva el labio superior en un gesto de desprecio.
Sobrevolamos el pueblo de Eigton y sus dédalos rodeando la media esfera de la ciudadela.
Bordeamos la estructura de roca gris por la derecha para buscar el acceso al claro mientras Lugh se maravilla con el orden de todo lo que ve.
Le explico qué son las torres o casas que señala.
Lo que sé sobre los bosques. Hablamos sobre las lenguas que registra el pueblo, la torre de los dioses y cómo las criaturas recorren largas leguas para mostrarles su fe.
Su curiosidad de vuelve infinita lo que dura el vuelo, justo hasta que sus ojos capturan a la princesa en la entrada del bosque de pinos.
Aranel camina de un lado para el otro con las manos cerca de la boca frente a la expresión de confusión de su guardia privado.
Joralf no debe estar acostumbrado a verla actuar así.
Mantiene una de sus cejas arqueadas con intriga mientras sigue sus pasos sin perderse ninguno.
La princesa se detiene de inmediato cuando escucha el ruido de las alas, dibuja una amplia sonrisa al ver cómo descendemos.
Sujeta las manos al frente. Nos reverenciamos al unísono.
—Princesa Aranel —asiento con una sonrisa protocolaria que embriagaría al mayor gobernante—. Joralf.
—Princesa —Joralf se inclina y recupera con rapidez la postura.
—Buenas tardes, hada —Aranel observa a Lugh como si yo no estuviera presente—. ¿Cuál es ese asunto de urgencia que os trae de visita por el reino elfo?
—La enfermera Seraphine recolecta información sobre plantas curativas del reino elfo para crear nuevos ungüentos —miro a Joralf de forma penetrante y serena—.
Asuntos personales del rey son los que han hecho que se lleve a cabo esta recolección.
Ha pedido que se trate el tema con la mayor discreción posible, dada su posición.
—Joralf —indica la princesa sin apartar su mirada de la mía—. Tu deber será esperar en la entrada del bosque para protegerla.
—Solicito permiso para revisar en primera instancia el claro, mi señora —Joralf se lleva la mano al pecho para tocar el emblema de la flor de lis del reino.
—Tienes el permiso, Joralf —Aranel le señala la entrada del bosque.
Joralf desaparece tras hacernos otra reverencia y me siento como si estuviera entorpeciendo el momento entre Lugh y la princesa. Ambos se miran y esa ráfaga impacta contra mis ojos.
—Lugh —Aranel sonríe de forma genuina—. Me alegra que aceptaras venir.
—Me honráis con vuestra invitación —Lugh no puede evitar sonreír, aunque aparte brevemente la mirada—. Jamás podría daros una negativa, mi princesa.
¿Mi princesa? Elevo las cejas. Observo a Lugh inclinarse ante ella sin permitir a sus pupilas alejarse de su figura. Cómo la princesa lo recibe con sinceridad. Se acercan por instinto. Porque parece que no hay intención en desafiar lo que es correcto, pero cada vez están más cerca.
—Tu nota me resultó conmovedora —los ojos de la princesa brillan de nuevo—. Me pareció que esperar a encontrarnos era lo más indicado, dado lo que confesabas en ella.
—¿Qué tal si esperáis a estar en el claro para hablar de esos temas? —carraspeo. Ladeo la vista para asegurarme de que Joralf no viene.
—Tienes razón, Eladriel —Aranel retrocede, pero solo unos pocos pasos—. Sería una lástima que todo acabara aquí después de todo el trabajo que te has tomado en venir.
Estoy empezando a pensar que no es una buena idea dejarlos solos.
Aranel ha empezado a teñir sus mejillas de un rubor intenso mientras observa a Lugh como si cada palabra que él dijese fuera digna de recordar.
Pero es Lugh, no dice nada digno de recordar.
Él intenta mantener una postura honorable, pero es incapaz de evitar la ligera inclinación hacia ella.
No estoy acostumbrada a verlo así, ni tampoco a ver muchas criaturas fascinadas con él.
No sé si podrán mantener el control, y eso, es peligroso.
Sobre todo porque no estaré sola y si ellos caen, lo haremos todos.
—Si queréis que todo salga bien, debéis dejar de actuar sin pensar, no es poco lo que os jugáis —estiro el brazo y lo muevo delante de ellos—. Vuestras cabezas pueden dejar de estar donde siempre.
—Disculpa Eladriel —Lugh se aclara la garganta—. Tienes razón y odio admitirlo. No te daré motivos para que la tengas.
Los pasos de una armadura se escuchan mientras mi corazón se encoge. Joralf aparece apartando ramas altas de matorrales con trabajo para abrirse paso entre esta parte de la maleza.
—Princesa —Joralf se esfuerza por controlar la respiración mientras le hace una reverencia. Adopta tras ella una postura regia—. El claro está despejado.