Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 14. La alianza de la luz y las sombras. #4
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14. La alianza de la luz y las sombras. #4

—Recuerda que tienes tres oportunidades —la profesora me observa ansiosa—, y que ningún hada ha conseguido controlar sus poderes en el primer milenio y medio de vida, algunos incluso siguen en la práctica de algunas técnicas.

Escucho a la profesora como si nos separase un abismo de distancia.

Me balanceo en el sitio mirando a la botella.

Solo a la botella. El alrededor deja de tener la misma intensidad que donde miro; como si pasase a formar parte de otro mundo al repetir los movimientos que he visto a Ilta realizar, y recorren mi mente uno por uno.

Dibujo el aro en el aire sin miedo a que las partículas me desobedezcan.

Las llamo en un susurro imaginario que responden cuando empiezan a recorrer una línea, se concentran en el movimiento del viento alrededor de mis dedos.

Un círculo fino y brillante se forma, pero no dejo de mirar el cristal.

Tomo aire entrecerrando los ojos sobre cuello de la botella.

Mantengo el círculo suspendido con leves movimientos para evitar que se agrande o se rompa.

Elevo el aro lo suficiente como para sacar la mano del medio y poder situarla detrás, lo lanzo en la misma perspectiva que la profesora.

O, al menos, lo intento. Cuando el aro pasa por el cuello, y se detiene delicadamente hacia la mitad de la botella, mi mano cae lenta.

Dejo que las motas de luz caigan hacia abajo en una pequeña lluvia.

—Yo necesité semanas para lanzar el aro —Ilta guarda la vara bajo su brazo. Se acerca a la botella para comprobar que no ha resquebrajado el cristal.

—No parece tan difícil —me aclaro la garganta mientras recupero la postura.

—Que puedas realizarlo con facilidad no significa que no estés llena de talento —sonríe—. Uno muy grande sin duda —deja caer el mentón de forma afirmativa—. Llevo dos milenios como profesora, y solo tu madre había conseguido mantener el control de la luz con tanta firmeza.

—Practico bastante —repito las palabras falsas que le dije a Emer en la cueva—. Quizás, esa sea la respuesta.

—Algunas criaturas nacen con capacidades excepcionales y eso no es nada malo —la profesora frunce el ceño algo extrañada.

—Soy la princesa. Mis capacidades no son excepcionales, apenas son las propias para alguien que se debe al reino —arrugo la frente con cierto desconcierto.

—Sabes muy bien que los dones no distinguen la clase social, princesa —Ilta eleva las cejas con las comisuras estiradas.

—Tal vez solo sea la fuerza de la costumbre al escucharlo de forma constante —aparto la mirada—. O, que mi capacidad es solo cuestionable.

—Sé muy bien a que te refieres —Ilta tensa el cuerpo. Une las manos a la altura de la cintura. —Eladriel, princesa del reino de Ravenbell —sus ojos brillan—. Eres el hada de la luz con más poder desde la creación, y estoy dispuesta a aceptar que es mi palabra contra la de mi propio rey.

—Profesora Ilta —le lanzo una mirada llena de súplica—. Os voy a pedir que no tratéis ningún asunto que sea ajeno a clases con su majestad.

Creo que cualquier cosa que le hiciese sospechar sobre mí, entorpecería todos mis planes ahora mismo.

—Te doy mi palabra de que así será —se acerca. Ilta sacude su garganta—. Pero, si me permites una cosa más antes de terminar con la clase de hoy —susurra—. Para el rey, las mujeres poderosas son un peligro, no dejes que anule tu poder como hizo con el de tu madre.

La profesora emprende el vuelo sin darme tiempo a contestar.

Soy consciente de lo que Ilta me acaba de decir, veo como cada día mi madre ha dejado de ser reina para ser súbdita de unos pantalones.

Aunque escucharlo en voz alta es mucho más impactante que solo pensarlo.

Pero que haya criaturas conscientes es algo esperanzador, esas no creen que cedió a las normas de su majestad.

Paseo por el jardín y me pierdo por momentos entre los cenadores cuando los recorro.

Prefiero esperar a que llegue la hora de partir a Rhysartyr aquí, antes que entrar a la comodidad del palacio.

El tiempo pasa rápido cuando camino cerca de las escaleras.

Aunque Lugh no es puntual… Espero que hoy haya decidido rectificar aquellos defectos de los que Maren y yo llevamos quejándonos siglos.

Me recuesto sobre la pared. Dejo que la luz de la tarde me toque los pensamientos confidente mientras el silencio se convierte en nuestro aliado por unos minutos.

Tras largo rato bajo el soleado día, la puerta ronca se abre para mostrar la oscuridad del interior. Los guardias se mantienen inclinados. Drieden sale con una sonrisa genuina que se amplía cuando ladea el cuello y me encuentra a un lado.

—¿La princesa piensa salir? —Drieden me observa con unos ojos que dan escalofríos

—Así es —me giro hacia él. Las palabras de Twig reaparecen en el momento exacto—. Lugh me acompañará a la ciudadela.

—¿Aún no habéis encontrado la información que deseáis? —el cancilier cruza las manos a la altura de la cintura—. ¿Qué es eso que tanto necesitáis saber? ¿O es que acaso hay otro motivo oculto?

Trago saliva. El cuello se me vuelve rígido.

No me da vergüenza admitir que en este momento, la desconfianza que me produce me haría salir volando.

Tengo la suficiente inteligencia como para saber que siempre sospechó algo, pero esa sensación se acentuó el día del ritual cuando pedí a su hijo que abandonase la habitación.

Incluso si eso implicaba mantenerme a solas con brujos.

—Los más sabios de Rhysartyr aseguran que el saber no ocupa espacio en la sesera —comienzo a caminar hacia las escaleras—. Si algo ocultara, la última decisión que tomaría es ir acompañada.

—Quizás, vos y vuestro fiel amigo seáis unos traidores del reino —Drieden baja el primer escalón. Su sonrisa se amplía. Las arrugas en sus comisuras se vuelven más enfáticas.

—Cancilier Drieden, ¿quiere acabar en las mazmorras por falsa acusación? —mi ira ya no es ira, es fuego, y se muestra a través del brillo de mis ojos con ansia.

—Princesa Eladriel —Drieden baja el resto de los escalones. Su sonrisa se borra en un segundo—. No os conviene lanzar ese tipo de amenazas. Conozco la relación que mantenéis con el rey, y podría hacer que os mandase directo a la celda que él mismo mandó a construir para vos con solo una propuesta.

—Yo, sin embargo, no necesito recurrir a mi padre para amenazarte. Soy la princesa, y me debes respeto y lealtad —doy un paso al frente. Aprieto los puños para no temblar—. Podría mandarte a las mazmorras sin el permiso del rey.

Lo miro desafiante. Con la cabeza elevada y fija.

—Mmm —murmura el cancilier—. Eladriel tiene agallas —camina alrededor de mí, pero no como Ilta. Él lo hace con malas intenciones—. Desgraciadamente, sois tan estúpida como pensaba si creéis que temo vuestras palabras más de lo que confío en las mías.

—Es sólo una advertencia —le dedico una mirada por encima del hombro—. Para que no olvidéis cuál debe ser vuestro lugar, y cuál el mío.

Drieden se detiene frente a mí. Reduce la distancia que nos separa a una escasa braza. Una pequeña brisa le mueve los mechones plateados a través de su mirada penetrante.

—Me parece que ya olvidasteis vuestro lugar mientras fornicabais con mi hijo a escondidas del rey —Drieden sonríe tan ampliamente, que no puede ocultar su falta de dientes y de juicio—.

¿Sabéis todo lo que puede cambiar si decido contarle que su princesa ya no tiene honra, y debe contraer nupcias cuánto antes?

—Entonces, también conocerá que un cancilier de máxima confianza y su hijo han urdido un plan para engañar y utilizar a la princesa —le clavo la mirada furiosa. Llena de odio.

—No queráis parecer ingenua, mi querida princesa —mantiene su sarnosa sonrisa apuntándome—. No desconocéis que todo está planeado por él.

—Esperas que sea inteligente, pero no lo suficiente como para saber que eres tú quién lo ha planeado —sonrío de forma irónica—. Sé que tú eres el que da las órdenes.

Lugh aparece desde detrás del muro de entrada a Eryas con los puños cerrados y a paso rápido para colocarse justo a mi lado.

—¿Acaso el rey permitiría que un sirviente trate así a su hija? —Lugh agila la mirada encolerizado.

—Guarda silencio. No debes entrometerte en asuntos de palacio —agarro su brazo y tiro de él para apartarlo rápidamente.

—¡Está amenazando a su princesa! —Lugh me mira sorprendido. Su voz lo abandona con rabia—. ¡Eres su princesa!

—¿A eso os dedicáis, alteza? —Drieden ignora a Lugh pasando de mirarlo a él, a fijarse en mis ojos—. ¿Retozáis con cualquier ignorante por otros reinos?

Abro los ojos por la bestialidad de su afirmación. Lugh sacude el brazo hasta que consigue soltarse. Da un paso hacia el cancilier.

—En primer lugar, qué asco —Lugh niega con la nariz arrugada—. En segundo lugar, me gustaría saber qué clase de relación tenéis con el rey para lanzar tales afirmaciones sin recibir castigo alguno.

—No tengo que daros ninguna explicación, soberbio estólido —Drieden empuja a Lugh a un lado. Lo derrumba de una sacudida—. Los asuntos privados de la princesa Eladriel no son de vuestra incumbencia.

Lugh me dedica una mirada en la que deja caer la mandíbula. Aprieta los labios según se levanta para sacudirse la ropa. Coloca los puños en posición para destrozar a Drieden de un ataque de risa…

—Atreveos a empujarme de nuevo —Lugh lo mira a través de los desplazamientos de sus brazos—. Voy a enseñaros lo que es ser un buen estólido.

—Debéis andaros con ojo —Drieden aparta la manga de la túnica para sujetar mi cara con fuerza—. Todos los actos tienen sus consecuencias, y os aseguro que vos y aquellos que alimenten vuestras estúpidas ideas, tendrán que pagarlas.

Drieden se apresura a voltear para internar en palacio entre los guardias inclinados.

Nos dedica una mirada de desconfianza antes de desaparecer.

Lugh y yo nos quedamos a solas cuando la puerta se cierra, en silencio tras lo sucedido.

Si quería conocer la verdad, acaba de ser testigo de ella.

Ahora ya sabe que en una lucha entre el cancilier y yo, las posibilidades de que pueda vencer no son nada esperanzadoras. Yo no tengo el apoyo de mi padre.

Carraspeo cuando los guardias yerguen la postura.

Doy un par de pasos al frente para abandonar el techado de la entrada a palacio.