14. La alianza de la luz y las sombras. #3
—Vaya, es asombroso —abre la boca mientras me contempla fascinado—. Ni siquiera has cambiado una coma en tu intento de ánimo del último día.
—Eso no significa que no tenga razón —alzo una ceja para poder rebatirle—. Lo más complicado es controlar la cantidad de luz, y eso puedes practicarlo.
—¿De verdad crees que el mayor de mis problemas es controlar la luz? —arruga la nariz—. Sabes que necesito apuntar de lado para lanzar recto.
Su comentario me hacer reír, pero estoy segura de que saldrá victorioso.
La suerte se mantiene cerca suya como si fuera un ángel guardián de Órianth.
Noto como su cuerpo tiembla cuando la profesora llega a nuestro lugar.
Sobre todo, en la zona de las rodillas. Juega con sus dedos de forma inconsciente después de que una sonrisa de la profesora haya sido suficiente para hacernos volver al grupo.
—Princesa Eladriel, la profesora Emer te espera en la cueva —Ilta me lanza una mirada por encima de las gafas—. Ella será quién te evalúe en la prueba que ayer realizaron tus compañeros.
—¿Ahora? —asiento a medida que vuelve a prestar atención al hada que examina.
—No te olvides de regresar al finalizar para esta práctica —me recuerda la profesora sin levantar la mirada del alumno.
Despliego las alas mientras observo como Lugh se frota la nuca. Me acerco con velocidad aprovechando que Ilta está ocupada para intentar animar esa curva de su rostro que hoy se mantiene quebrada.
—Te espero a las tres en la puerta de Eryas —ordeno en un susurro—, hay una nota sobre la que tenemos que hablar.
Deja caer la mano de la nuca. Se mantiene estático y en silencio por un segundo. Traga saliva según se inclina hacia mí con movimientos torpes de labios.
—Si es un no… —Lugh musita. Me mira vagamente.
—Te aseguro que es mucho más interesante que un simple no —elevo media sonrisa antes de lanzarme al vuelo.
Conozco a Lugh lo suficiente como para saber que si no me hubiera marchado, no llegaría a la cueva en ningún momento.
No dejaría de hacerme preguntas, y algunas no quiero contestarlas.
Confío en que, en el claro, la presencia de Azohr resulte más fácil de explicar que aquí.
Lugh es importante para mí. Deseo que su encuentro con Aranel sea todo un acierto, pero, si se atreve a despreciar al teniente solo por ser un brujo…
Al llegar a la cueva, la profesora Emer me espera vestida con un traje blanco por el que siento angustia. Temo ensuciarlo con el polvo que levante al descender. Su coleta azul es tan larga, que casi roza las rocas que sobresalen unos centímetros del suelo.
—Buenos días, princesa —asiente Emer sonriente—. La profesora Ilta me ha comentado que sabes atraer rayos, por lo que no es necesario que te explique qué debes hacer.
—Sé hacerlo —miro alrededor nerviosa y con la respiración algo entrecortada por la humedad—. Pero nunca antes había practicado en un entorno cerrado.
—Ese es el objetivo de esta prueba —camina hacia la pared. Mueve los dedos hasta cubrirse con una fina y transparente capa de hielo a modo de protección—. Debes encender una de las antorchas que están apagadas.
Emer señala elevando la voz desde su cobijo, esa oscuridad alejada de la cueva.
Tomo aire de forma profunda. Lo suelto todo de golpe cuando doy media vuelta para observar la cantidad de luz que entra.
Atraer rayos ya no me parece tan complicado como la última vez, pero eso de tener que entrarlos dentro de la cueva después de ver como la profesora decide protegerse, no me ayuda a ganar confianza.
—Olvidaba que tendrás más puntos cuanto más profundo entre el rayo —Emer amplía la sonrisa tras el hielo—. Será más difícil conseguirlo.
Me concentro como he visto hacer a Ilta.
Me coloco en la mitad del camino de la cueva, uno las manos en diagonal al rayo para atraerlo.
Los primeros segundos no siento nada, como si no estuviera capturando ninguna partícula.
Sin embargo, empiezo a distinguir los destellos de las pequeñas motas de luz que viajan veloces después de atravesar las rocas de la montaña. Han formado pequeñas estelas.
La luz comienza a subir. Oculta la intimidad de los árboles, se centra en iluminar solo los colores amarillos y verdes del musgo en las paredes de roca y el bosque de la montaña.
Busca de manera deseosa la entrada de la cueva.
Accede lentamente cuando consigo dominarlo.
Poco a poco, recorre la distancia que me separa de él mientras cierro el puño para mantenerlo en el aire, hacia las últimas antorchas visibles.
Contengo la respiración para centrarme de lleno en el vínculo con mi poder.
La claridad atraviesa mis párpados al abrir la mano rápidamente.
Formo una explosión silenciosa de pequeñas chispas que caen crepitantes sobre el suelo, las rocas, para dotarlas de luz por unos segundos hasta que se apagan.
Emer retira la barrera de hielo que la cubría y se aleja de la pared. Trata de desempolvar el vestido que ahora tiene tonos ocres y verdosos debido a la cercanía con el musgo y la tierra de las piedras.
—El control que demuestras sobre tus poderes es asombroso —la profesora me toca la espalda en un par de palmadas que apoyan sus palabras—. Ilta tenía razón en la reunión, debo felicitarte.
—Solo practico —trato de evitar su mirada.
—Desde luego, tus esfuerzos están teniendo resultados —Emer estira el brazo para señalar las seis antorchas encendidas en fila—, pero esto no es sólo práctica.
Y no ha mencionado ninguna mentira, porque últimamente lo menos que he hecho es practicar mi don.
—Para un hada que controla la luz, no debe ser tan difícil —carraspeo para restarle importancia.
—De ser así, no habría clases de control, princesa Eladriel —Emer eleva las cejas a modo de subversión—. El poder de la luz es el más poderoso de las hadas, pero también el más difícil de manejar y obtener.
—Me alegra ver que estoy aportando valía a Ravenbell —asiento sonriente—. Es un orgullo para mí saber que estoy cumpliendo con mi deber.
—A tu edad, la reina no tenía ese control sobre su don —la profesora sujeta sus manos en el frente. Eleva el mentón—. No es cuestión de deber, se trata de capacidad.
—Mi madre ha aportado cosas muy valiosas a Ravenbell de las que todos nos beneficiamos —sello los labios para guardar un silencio doloroso por la ausencia en sus deberes ahora—. Todavía debo aprender mucho de ella.
—La reina Olet ha sido la luz de muchas hadas durante largo tiempo —Emer baja la mirada al unir sus dedos pulgares—. El pueblo sabía que su don no estaba en el control de sus poderes, si no en la esperanza que nos ofrecía.
—¿Por qué? —la miro con tristeza por sus palabras en pasado—. ¿Acaso ahora os sentís perdidos?
—Princesa Eladriel —la profesora se acerca. Me ofrece una sinceridad impropia de nuestra relación—. Vuestra madre, al igual que muchos de nosotros, hemos luchado por cambiar las leyes del reino antes. Nuestra esperanza se fue el día que la reina dejó de luchar.
—No todo está perdido, el pueblo sigue luchando —la miro determinante—. Esos carteles o la carta que mandaron a Efaris y Wild son prueba de ello.
—Quien esté detrás de eso morirá y todo terminará como lo hizo con la reina Olet —la profesora eleva las cejas quitándole importancia. Resopla a pesar de que puedo verla—. El rey lo buscará sobre el cielo y bajo las profundidades si es necesario.
Entonces que despliegue sus ejércitos por el palacio, en él tiene muchos más enemigos que repartidos por todo Órianth.
—Bajo mi punto de vista, alguien que se atreve a desafiar de esa manera a su majestad, no tiene miedo a morir —mis puños se aprietan ajenos a mi voluntad.
—¿Estará dispuesto a morir a cambio de nada? —Emer me observa de forma silenciosa. Frunce el ceño en algunos momentos—. Tienes que volver a la orilla —señala la salida de la cueva—. La profesora Morgorite debe de estar esperándote.
Asiento en silencio. Me fuerzo a fingir una sonrisa porque no me atrevo a decir nada más.
Emer despliega sus alas e inicia el vuelo antes que yo, pero su rumbo es distinto al mío.
Yo me desvío a la derecha para volar a la parte de la orilla donde la profesora me espera, ya sola.
Da la sensación de que nada puede asustarla.
—Princesa Eladriel —Ilta se coloca las gafas. Agarra la botella para colocarla en la misma rama que ella ha utilizado—. Más tarde hablaré con la profesora Emer sobre el resultado de tu prueba, pero me gustaría saber si está dichosa con el resultado.
—Seis antorchas de la fila de la derecha, profesora —sonrío y evito el contacto visual por vergüenza. No estoy acostumbrada a que me dediquen elogios.
—Sabía que no era necesario hacerla —Ilta esboza una amplia sonrisa—, pero el resto de profesores insistió en ello.
—Aunque vos confiéis en mis capacidades, debo ser yo quien las reconozca —asiento en un intento de pasar por alto sus palabras.
—Es una lástima que todos podamos verlas, excepto vos —Ilta chasquea los labios.
Gira hacia el tronco del árbol.
—Quizás no sea tan buena como aseguráis —hablo casi entre dientes mientras sigo sus pasos.
—Vamos a comprobarlo —Ilta camina sonriente.
Me rodea, observa cada punto de mi cuerpo. Se agacha para recoger una rama fina que ha debido caer del árbol.
—Separa las piernas —la profesora me golpea por la zona de los gemelos.
Ilta continúa caminando para colocarse ahora a mi derecha. Apoya su mano en la cadera. Recorre mi posición con las pupilas, asegurándose de que las piernas están en la posición que desea.
—Mirada arriba —Ilta señala el árbol con el palo—. Si ese fuera tu enemigo, sabría que la batalla es suya.
—Sí, profesora —elevo la cabeza. Fijo la vista en la botella.
—Si sigues tan tensa, el don no podrá recorrerte —se acerca para mirarme a los ojos—. El poder está en ti, ahí es donde debes confiar —apoya la punta de la vara sobre mi esternón y mi aliento se contiene.
Asiento mientras la profesora toma distancia de mí. Conecto la mirada de nuevo con mi objetivo mientras tomo aire con cautela.