Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 14. La alianza de la luz y las sombras.
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14. La alianza de la luz y las sombras.

(Eladriel)

Paso otra página. Este libro que Twig me ayudó a sacar de la biblioteca esta madruga no está sirviendo para lo que esperaba.

Todavía leía los textos sobre las estrategias de guerra cuando el rey marchaba con su grupo de canciliers hacia el reino de los elfos.

Debían reunirse a primera hora de hoy viernes para comentar las nuevas noticias sobre el solium.

También tenían intenciones de establecer un acuerdo con la cantidad de cristales que la expedición encontró.

Esta noche, será el rey Aelfraed quién traslade la decisión final a los dioses.

Poso el pie con fuerza delante del escritorio para empujarlo, me ayudo con la rodilla.

Lanzo una mirada de urgencia al reloj. Debo recoger de la mesa todos los libros que no deseo devolver antes de Twig regrese del despacho privado del rey.

Golpeo la tabla de madera del suelo en uno de los extremos para levantarla.

Aparto la arenisca del paso del tiempo de un movimiento firme con la planta de la mano para encajarlos en la trampilla.

Coloco la madera en su sitio y me pongo en pie.

Tiro de la mesa hasta que la pata cae justo sobre ella.

Estiro el corpiño del uniforme. Me atuso los cabellos despeinados del esfuerzo según me acerco a la cama a acomodar los tomos que Twig debe devolver a la biblioteca antes de que su majestad esté de regreso. La hoja de la puerta se sacude con delicadeza.

—Adelante —carraspeo mientras termino de colocar los libros.

Tuerzo el cuello hacia la puerta. Aemid abre para dar paso a Twig.

—Princesa —Twig se inclina.

Accede con una bandeja repleta de panes y frutas, y el equilibrio torpe. La deja sobre el escritorio. Elige la jarra de té para servirlo en una de las tazas que acompaña los platos. Observo con una sonrisa burlona todo el estropicio que comete sobre la fuente de plata mientras resopla.

—¿Tan sólo un vaso? —elevo las cejas para evidenciar el reproche—. ¿Me harás rogarte todos los días?

—A riesgos de que mis excusas empiecen a resultar poco creíbles… —Twig sonríe sutilmente—, en el día de hoy no se me antojan néctar ni infusiones.

—¿Te encuentras enfermo? —me acerco en dos pasos para inspeccionarlo.

—Tomé demasiados esta noche —niega mientras posa la mano en la boca del estómago.

—Pensé que el otro vaso sería para ti —arrugo el entrecejo—. Porque, no es para…

—No se trata del joven Mémberin —Twig me interrumpe con buenas noticias—. Es para Elm.

—¿Elm? ¿Desde cuándo Elm toma néctar en mi cuarto? —pregunto, pero el tono de queja no le resulta agradable.

—La reina ordenó que os visitara para entregaros instrucciones —Twig estira las cejas con cierta indignación.

Quizás debería tener más cuidado al referirme a él, sé de buena mano la relación tan cercana que tienen.

—¿Mi madre me dará instrucciones? —suelto el vaso sobre el escritorio para colocarme frente a él—. ¿Y el rey está de acuerdo?

—Apenas puedo daros más información —Twig convierte sus labios en una línea recta y sin alegría.

—¿No será otra de las trampas del rey? —matizo mis sospechas en la expresión de mi rostro.

—No debéis olvidar que esta noche se celebrará la reunión de reinos en el templo de los dioses —me recuerda Twig con cierto retintín—. Dijisteis que estaba resultando pesado con la insistencia.

Por los dioses que eso había desaparecido por completo de mi mente.

Desde que el teniente abandonó ayer el palacio, sólo he tenido tiempo para pensar como haré para llevar a Lugh al claro, y explicarle por qué él estará allí.

Pero, ahora que Twig lo recuerda, esta noche pinta perfecta para empapelar de nuevo los pueblos de Eryas con nueva información sobre mi padre.

Ni los canciliers, ni el rey. Ni yo misma estaré en palacio. No puedo esperar que los carteles se coloquen sólo en mis visitas a la ciudadela o entonces, el cancilier Drieden encontrará razones para convencer a mi padre de mi culpabilidad.

—¿Cuántos pergaminos quedan? —elevo la sonrisa mientras observo a Twig.

—Princesa… —Twig me regaña usando una sola palabra.

—Tendrás que hacerlo esta noche mientras estamos en la reunión del templo —le insisto. Uso mi postura habitual de convicción y me cruzo de brazos.

—No es buena idea que os arriesguéis tan pronto —me advierte Twig tras poner los ojos en blanco—. Ayer mismo os practicaron el ritual de purgación.

—Espero que haberme sometido a esa tortura sirva como poco para reforzar mi credibilidad —suspiro—. Esta tarde iré a Rhysartyr de nuevo.

—No me aventuraré a preguntar por vuestros planes —carraspea Twig.

Voltea en silencio para recoger el estropicio de la bandeja.

—No hablaremos de mis planes entonces, pero sí deseo escuchar los tuyos —camino hacia él con una sonrisa. Apoyo las manos sobre sus hombros cuando nada de distancia nos separa.

—Deberíais preocuparos por vuestro criterio —Twig evade su mirada y la refugia sobre la infusión derramada.

—¿Aquel que una vez me enseñaste? —elevo media sonrisa. Me apoyo en el escritorio para entregarle la mirada.

—Vuestro comportamiento dista mucho de aquello que os mostré como valores —Twig conecta la mirada lentamente conmigo.

—¿Con seguridad? —arrugo el entrecejo sin borrar la sonrisa—. Fuiste un simple lacayo que desafió las normas del rey para proteger a la princesa.

—Mi señora… —Twig abre los ojos a toda prisa.

Para mí no es un simple lacayo, nunca lo ha sido, pero para mi padre y el resto del reino no tiene nombre.

Ni siquiera existe. Veía el miedo en la cara de Elm y la seguridad en los ojos de Twig.

Veo amor y compasión en una criatura que estaba destinada a servir, a cumplir.

A olvidar su propia moral. Y sin embargo, se aferró a ella para darme un destino diferente.

En cuanto a mi padre…

—¿Estarías más orgulloso si fuera como él? —sello los labios. El brillo de cariño de mis ojos debe envolverlo—. Dime, ¿qué debería hacer entonces?

—Aceptar como es y alejarse —Twig contesta de inmediato.

Es como si hubiera estado esperando esa pregunta desde hace días.

—Los pueblos lo impiden —hay un nudo en la garganta que me impide tragar saliva. Me aparto de Twig.

—¿El reino? —busca mi mirada con determinación. Está claro que él también sabe recurrir a la ternura para convencerme—. ¿O vuestras propias confusiones?

—Estaría bien que dijeses cuáles son —dejo caer los brazos. El peso del cuerpo sobre la cadera derecha.

—El rey es vuestro padre —Twig me sonríe. Despliega la mano para acariciarme el brazo—. Conozco cuánto tiempo habéis tratado de ganar su validación, su afecto. No dejéis que el dolor tan profundo que cargáis por su rechazo destruya la esencia de vuestra alma.

—Rogar el cariño de mi padre no es lo que ahora me ata a este palacio —murmuro porque la tristeza me impide levantar la voz—. Soy una princesa, alguien que debe salvar.

—Llegará un día en el que os sintáis preparada para tomar una decisión sobre estas palabras —asiente mi querido Twig, esbozando una sonrisa entre sus labios apretados—. Y tendréis que mantener la cabeza firme para poder cumplirla.

Volteo el cuello hacia la puerta cuando un golpe nos interrumpe.

Tomo aire con calma al recordar que Elm nos debía visitar.

Solo confío en él porque sé que tiene una relación bastante cercana con Twig.

Aunque cuando era pequeña, pasaba tiempo con mi madre y con Mylo en las cocinas o el salón, y permanecía en la misma sala con nosotros.

Tengo el vago recuerdo de saltar sobre sus piernas antes de lanzarme a escalar sobre mi amado padre de abundante cabello cano al que nadie le hacía reverencias.

Podía jugar y despeinarlo, Twig nunca se opuso a que alborotara su aspecto.

Tal vez por eso siempre lleva su peine encima.

Cuando mi madre se distanció, él también lo hizo, pero siempre fui testigo de su devoción por la reina. He visto como su semblante se ha ido apagando junto al de mi madre al comprender que su vida se acababa entre muros de roca de una torre fría.

—Entre —enuncio al colocarme junto a Twig.

Amid separa las hojas de la puerta.

Elm carga sobre su hombro izquierdo un gran saco atado con cuerdas de cuero que transporta con falta de destreza.

Se apresura a llegar a la cama para dejarlo caer mientras Twig le observa reprimiendo una carcajada.

Recupera la postura a la vez que trata de tomar aliento.

Se lleva la mano a la espalda para aliviar el quejido que lanza al desdoblarse.

—Buenos días, princesa Eladriel —Elm me dedica una reverencia aún con la mano sujetando su lomo—. Me alegra ver que os encontráis totalmente reestablecida.

—¿A qué se debe esta inesperada visita? —le sonrío con la mirada llena de ternura.

—Una ofrenda de la reina Olet —Elm asiente con manos sujetas al frente—. Encargó un vestido especial al sastre para cumplir con la etiqueta exigente de Órianth.

—Ya poseo demasiados vestidos, Elm —sacudo la cabeza en un gesto de negativa—. No necesito otro.

—Vuestra madre considera que vuestra manera de vestir es algo… —carraspea. Mueve la mano izquierda en un gesto de duda—. Inusitada.

—¿Inusitada? —arqueo una ceja. Inclino la cabeza ligeramente hacia abajo—. No pienso llevar esos trajes pomposos que me impiden ocultar dagas.

—Las dagas no son necesarias en esa clase de eventos —me recuerda Twig con fina arrogancia.

—Pero ir a esos eventos desprovista de armas y ataviada con un traje me hace igual de elegante que de mortal —le recrimino con la frente arrugada y cierto retintín.

—No penséis que la reina desea oponerse a vuestras decisiones —Elm estira la barbilla—. Tan solo desea que vuestra reunión con los dioses tenga un resultado exitoso para vos, recordad que vuestro padre asistirá.

—Estaré exhausta con tantas capas —resoplo. Me acerco a la cama para abrir la bolsa—. Ya tengo suficiente con no poder respirar por el corsé.

—La reina también ha pensado en joyas y un cinturón perlado de seda y plata —asegura Elm reprimiendo con torpeza una mueca burlona.

—Mi princesa —Twig desenvaina su sonrisa mediadora—. Tan solo será una noche. Estaréis hermosa con ese traje ante todos los altos cargos de los reinos.

—Compartiré cena con mi padre, Drieden, Tien, y el resto de canciliers —estiro los labios en un gesto de disgusto—. Lo que menos deseo es estar hermosa.