Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 13. El romance del dragón y la serpiente. #4
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13. El romance del dragón y la serpiente. #4

—Vas a tener que agarrar sus brazos para que deje de moverse —Ebhan curva los dedos de sus manos a la altura de mis brazos—. Si sus heridas no dejan de contraerse, no podré hacer que dejen de sangrar.

—¿Qué quieres decir con que la magia no actúa como debería? —insiste Azohr.

—El veneno que pusieron en ella anula la magia, aún hay rastros —sentencia el príncipe.

Azohr arruga el entrecejo ante las palabras del príncipe.

Suelta mi mano para sacar el anillo que me entregó en las horas de la mañana y lo guarda con sigilo bajo su armadura.

Se inclina hacia delante para poder sujetarme los brazos.

Ebhan continúa con sus movimientos, con los ojos cerrados.

A estas alturas he comenzado a pensar que si no utiliza la magia de esa forma, no funcionará.

Cada vez percibo menos dolor en la piel que envuelve el teniente.

He ido recuperando la visión, percibo todo de forma clara.

También me siento con más energía. El colchón ha dejado de sentirse como espinas y se ha transformado en algo mullido sobre lo que es confortable estar recostada.

Ya no siento punzadas lacerantes como al acariciar las paredes de los cortes para sanarlos.

Aparto la mirada del teniente para observar al príncipe por un instante, la determinación con la que sigue concentrado en su oficio.

Entonces Azohr se convierte en el dueño de mis pensamientos.

Él tiembla desde que sujetó mis brazos, su preocupación parece sincera.

El hecho de que esté aquí a pesar de que conoce que no debe, también.

—Parece que de forma superficial hemos terminado —Ebhan abre los ojos. Coloca su antebrazo delante para cubrirse de la luz—. ¿Cómo os sentís, alteza?

—No siento dolor —carraspeo para esbozar una sonrisa de agradecimiento.

—No hay marcas —Ebhan estira sus comisuras alegre—. No recordaréis el horror cada vez que os veáis al espejo.

—Esa no era la mayor de mis preocupaciones —suspiro—. Pero me gustaría ofreceros en grado sumo mi agradecimiento —aprieto los labios—. Por desgracia, no creo que pueda ofreceros nada más que eso.

—Veros recupera es la mayor recompensa —el príncipe apoya las manos sobre la punta de la cama para ponerse en pie—. La magia siempre sirve a Órianth.

—Entonces os expresaré mi gratitud hacia ella —le sigo con la mirada. Aún estoy atrapada entre las manos del teniente y el colchón.

—No digáis nada todavía, puede que no estemos a la altura de vuestro agradecimiento —el príncipe limpia sus manos llenas de sangre con un paño. Sus ojos se centran en el teniente. En cómo me sujeta—. ¡Teniente! Hace rato que terminaos.

Azohr reacciona al tono elevado, se aleja. Clava la mirada en el príncipe ahora que por fin puedo moverme con libertad para cubrirme con las sábanas. No me agrada que me reverencien estando sin ropa.

—Disculpadme —el teniente toma la dirección hacia Ebhan estirando los brazos—. Yo pensaba en lo que hablábamos antes de venir.

—Cuando salgamos tendréis tiempo para recordarme que era tan interesante… —Ebhan lanza el paño a una nueva montonera en una esquina.

—Príncipe Ebhan —tomo asiento en la cama. El príncipe ladea el cuello ante mi anuncio—. Desearía hablar un momento con el teniente de magia verde —asiento—. A solas.

A mi petición, no solo Ebhan me observa con cara de sorpresa. La mirada del príncipe se mantiene amable, pero se entrecierra mientras guarda silencio.

—No encuentro problema en ello, princesa Eladriel —Ebhan se cruza de brazos—. Sin embargo, no lo veo conveniente, vuestro padre siente un cariño singular por nosotros.

—Llevamos una hora en esta habitación y nadie nos ha interrumpido. La princesa no agoniza —Azohr da un par de pasos al frente hablándole fuera del protocolo—. Por un breve minuto adicional…

A las espaldas del teniente las puertas se abren.

Azohr estira el brazo ante el sonido para colocarme tras él mientras desenvaina la daga desde un lateral de su armadura.

Ebhan da un paso hacia el lado. Se coloca delante del teniente.

Su brazo se sacude en un movimiento que abarca todo el espacio en el que nos encontramos.

El aura se transforma en un manto denso al tacto, como si un velo etéreo tamizara la luz y la colorease de verde.

Un grupo de guardias que está presidido por mi padre, Drieden a la derecha y hasta Tien junto a ellos, accede al cuarto. Los soldados preparan las lanzas desde las espaldas de los altos cargos cuando el semblante de su majestad se afila lleno de repulsión.

—No me place como creéis cuando el destino hace honor a mi razón —Ebhan estira el cuello. Se ve obligado a desenvainar su espada.

—No mientras —Azohr le dedica una mirada de reojo—. Presumes de ello cada vez que sucede.

Azohr estira el brazo con cautela hacia sus espaldas.

Me regala una mirada rápida sobre el hombro que señala a su puño cerrado.

El anillo que antes me quitó se muestra entre sus dedos e insiste en que lo tome.

Lo acepto antes de que puedan darse cuenta de su ofrecimiento, pero al ponerlo no es tan fuerte la sensación, no es como la de la ciudadela.

—Majestad —me postro ante mi padre tras salir de las espaldas del teniente—. ¿A qué se debe esta clase de turbación?

—Este retoño maldito de Bradosck tiene prohibida la entrada en mi reino, en mi palacio —mi padre estira la punta de su espada hacia la atenta mira del teniente.

—No existe fuerza ni corona que me impida cumplir con mi deber, mi señor —Azohr le dedica una reverencia como saludo. Envaina su daga.

—En eso tienes razón, teniente —el rey levanta la espada en su dirección—. Sabes que ambos tenemos un deber.

Los guardias bordean al cancilier y a su hijo para atacar tras el movimiento de mi padre. Ebhan estira su hoja afilada y apoya la punta chirriante contra el suelo.

—No quiero ser descortés porque me encuentro en vuestro palacio, pero debo deciros que os equivocáis —Ebhan se inclina—. Si alguien debe responder por la presencia del teniente, no es otro que este humilde servidor de la magia.

Los soldados se detienen cuando mi padre alza el brazo. Retroceden con cautela tras apoyar las lanzas en el suelo.

—Advertí por mandato firme que el teniente tiene interdicta la entrada a Eryas —el rey estira la mandíbula con subversión—. ¿Acaso mi guardia omitió la orden?

—No, mi señor. Sus hombres informaron con la excelencia que les exige vuestros deseos —asiente Ebhan de forma respetuosa.

—¿Y lo afirmáis sin vergüenza alguna? —la ceja de mi padre se arquea con poca paciencia. Temblequea.

—El teniente es el líder de los aegisari, es la criatura más capacitada para asistirme en una sanación —explica Ebhan mientras dibuja gestos en el aire.

—Cualquiera de los sanadores de Berato podría haberla sanado con fortuna —Drieden eleva la frente de forma altiva. Su voz suena tan rígida como la de mi padre—. La situación de la princesa no era tan alarmante.

—Permitidme presentar mis objeciones, cancilier Mémberin —Ebhan envaina la espalda. Estira los hombros para recolocar la tensión—. Ahora que parece que la conversación se ha envuelto en la calma, os diré que la princesa Eladriel no hubiera visto el sol de nuevo si no hubiéramos llegado.

—Muchos otros fueron sometidos a este ritual antes de ella —Drieden eleva su labio superior. Repasa con la vista al príncipe.

—A pesar de que las enfermeras de palacio hicieron un gran trabajo y lograron contener la hemorragia, las heridas de la dama estaban envenenadas —el príncipe se encarga de sostener la mirada sobre la del cancilier.

—Yo la vi antes de que fueran a buscaros, mi señor —revela Drieden con cierta mofa.

—¿Sabéis, cancilier Mémberin, cuál es mi papel en Néferien? —Ebhan arruga el entrecejo. Da un par de pasos al frente.

—Así es —Drieden eleva las cejas en una muda ironía—. Mucho antes de que vuestra dinastía gobernase esas tierras conozco el papel de un príncipe de magia verde.

—Qué maravilla, eso agiliza por mucho nuestra conversación —Ebhan espeta una palmada. Le señala con el dedo índice—. También soy consejero político de la reina, aparte de príncipe.

—¿A dónde queréis llegar, alteza? —Drieden llena su rostro de pasmo ante el discurso de Ebhan.

—Debéis recordar que entre mis tareas no se encuentra la de instruir en anatomía al cancilier del reino vecino —Ebhan sonríe mientras sujeta sus manos por la espalda—.

A partir de lo que os expliqué, podéis tomar la decisión que veáis conveniente, pero el teniente Bradosck abandonará este palacio en mi compañía.

—¿Sin castigo? —el semblante de mi padre se muestra inconforme con la decisión que el príncipe ha tomado—. No lo veo conveniente.

—Yo castigaré a mi teniente, dado que yo lo traje aquí —el príncipe sugiere con un movimiento de cabeza.

—Aceptaré como muestra de buena voluntad por lo sucedido con el solium —el rey hace una señal a los guardias para que se marchen—. Si el teniente decide aparecer de nuevo por mi palacio, os aseguro que no seré tan benevolente con él como ahora.

—Conforme a su voluntad, su excelencia —Ebhan se inclina con una sonrisa forzada—. Alistaremos nuestras cosas y partiremos a Néferien de inmediato.

—Vuestros fénixes están preparados en las puertas —el cancilier sonríe forma presuntuosa—. También olvidasteis que tienen prohibida la entrada al reino de las hadas.

Capturo la forma en la que Azohr y Tien se observan.

Parece implacable. Puedo sentir lo que ocupa la mente del teniente, sin dudas sé lo que a Tien se le pasa por la cabeza.

Si pudiese fulminarlo solo por atreverse a dirigirse a él, estoy segura de que lo haría para vengarse de mí por haberlo humillado por segunda vez en su presencia.

Aprieto los labios cuando es a mí a quién contempla desde lejos.

No quería mostrarme indiferente a su gesto de ayuda, pero sí ante lo que finge sentir.

¿Qué esperaba? Solo porque haya hecho lo correcto no voy a aceptar la propuesta de su padre.

Qué triste. Esto mismo habría sido el detonante de nuestro enlace de no haberme atrevido a reaccionar antes.

—Os veo restablecida, princesa —mi padre voltea. Coloca un pie por delante del otro.

—Así es, mi señor —sujeto las manos al frente.