13. El romance del dragón y la serpiente. #3
Ladeo las pupilas hacia un punto perdido cuando llegan a mi lado, cuando siento como sus miradas me recorren y dejan que la pena hable por ellas.
Tien ni siquiera se ha levantado, no le ha dado importancia al hecho de que un alto cargo haya ingresado al cuarto.
Comprendo que no mostrará respeto ante Azohr después de darme a conocer cuánto desconfían de él.
Hasta ahora, el miedo solo ha desaparecido cuando el teniente ha entrado aquí, pero para él…
Su mirada se levanta hacia Tien cuando termina de ver mi estado.
Sus puños se cierran antes de que sus pupilas vuelvan a determinarme.
Ojalá pudiera hacerle saber que su frustración ahora está a la altura de la mía.
Aunque estoy convencida de que, entre sus miedos, no está el hecho de que el rey pueda entrar por la puerta.
—Princesa… —percibo a Ebhan sorprendido. Bordea a Tien para inspeccionarme con la vista—. ¿Qué os han hecho? ¿Hasta dónde llegan vuestras heridas?
—Hay demasiadas criaturas presentes en este cuarto para observar todas las heridas de la princesa —Tien se pone en pie. Eleva su barbilla sin apartar la mirada del príncipe.
—En ese caso, abandonad el cuarto y llevaos al hada bajita con vos —Azohr señala a Twig en un costado—. Nos podréis ofrecer la intimidad que necesitamos.
—Eso no es posible —Tien afila la mirada en su dirección—. El rey ordenó que debo permanecer en este cuarto mientras se cura a la princesa.
—¿Crees que me importa llevarle la contraria? —Azohr da un paso al frente.
—Teniente —enuncia Ebhan. Tuerce el cuello hacia él con urgencia—. Os ordeno silencio.
—Haced caso a vuestro príncipe —sonríe Tien.
—El joven Tien mantuvo un temple admirable —Twig arruga la frente mientras se dirige al teniente—. Su gallardía fue quién salvó a la princesa de las mazmorras.
—¿Cierto? —la mirada del teniente se llena de intriga cuando escucha a Twig.
—Si él no hubiese aparecido, quizás no hubiera vuelto a ver a mi amada princesa nunca más —Twig llena sus ojos de lágrimas mientras me mira desde la distancia.
—Pensé que no tenías valía, Mémberin —Azohr arquea una ceja sonriente—. Sé que no salvas damas con frecuencia.
—¿A qué te refieres? —Tien se cruza de brazos.
—Desprecias mi raza, pero no las mujeres de mi reino —carraspea el teniente—. ¿Con cuántas de la mancebía te has saltado la norma?
—No encuentran placer entre los vuestros —sonríe Tien.
—Te pesarán tus palabras algún día —sentencia Azohr con calma. Con una sonrisa como la del hijo del cancilier.
—¿Qué es lo que hacéis? —Ebhan yergue la espalda para señalar al teniente con el dedo índice—. No habéis venido a esto.
—Lo siento —asiente el teniente.
—Siento incomodaros, princesa —Ebhan toma las sábanas que me cubren—. Es vital ver las heridas antes de aplicar la magia.
Asiento. Aprieto los dientes cuando comienza a levantar las sábanas.
Mis uñas se aferran a la tela de las que hay bajo mi cuerpo cuando llega a la altura del abdomen.
Sus párpados se separan al ver el camisón ensangrentado que me cubre antes de verter una mirada de desasosiego en el teniente.
Twig aparta la vista por la visión de todas esas heridas que no pudo ver.
—Decidnos qué os han hecho —el tono del teniente no suena afable.
—Es un ritual del reino —Tien se atreve a responder a su pregunta.
—Los cortes del abdomen sangran aún, no podéis moveros —Ebhan coloca mi almohada para que mi abdomen no esté contraído.
—¿Qué clase de ritual es este? —Azohr voltea en busca de Twig.
—Es algo desproporcionado —Ebhan me mira mientras pasa los dedos por las heridas.
El príncipe desenvaina una daga pequeña de un costado de su cinturón tras apartar la capa.
Estira la tela de mi camisón antes de hundir la punta en ella para iniciar un camino que desgarre la ropa.
Toma asiento en la cama al terminar de apartar hacia los lados los paños.
Sus labios se mantienen separados ante el corte profundo que Thaloriel hizo a la altura del ombligo.
Se mantiene inmóvil cuando el teniente se inclina para examinar con cuidado los dibujos hechos con el filo de metal.
—Deberíais esperar a que Mémberin y el lacayo salgan —Azohr descansa su pierna sobre la cama para rodear el brazo de Ebhan.
—Me molesta tener que repetirlo, pero tendréis que trabajar con espectadores —Tien deja caer la mano en la columna inferior de la cama.
—¿Vuestro rey está de acuerdo con esta humillación a su hija? —Azohr me señala con la voz llena de indignación—. Está desnuda ante todos nosotros. Herida.
—No creo que le ocasione problemas —sonríe Tien mientras recoloca la postura hasta encontrarse cómodo—. Incluso diría que le otorgaría dicha.
Ebhan gira la cabeza para lanzarle la misma mirada de desprecio que Azohr.
—¿Y a vos? ¿No os importa lo que ella piense? —el teniente se incorpora solo para acercarse a él un par de pasos.
—Ella no debería incomodarse, no es la primera vez que está desnuda frente a mí —el hijo del cancilier se encoje de hombros.
—Retírate —mi decreto capta la atención de todos los presentes.
—Continuad con la sanación —espeta Tien, aunque ha escuchado mi orden con claridad.
—Te ordeno que te retires —Me incorporo. Tomo las sábanas que Ebhan apartó para cubrirme así me muera de dolor—. Desprecio tu comportamiento sin juicio.
Las manos de Ebhan se apoyan en mis hombros para hacerme retroceder. Él trata de mantenerse ajeno a lo que sucede mientras coloca de nuevo el paño sobre mi abdomen para presionar.
—Te salvé… —Tien niega.
—Una sola vez —le recuerdo cortando sus palabras—. ¿Cuántas me has condenado?
—Diles que no te incomoda mi presencia —el hijo del cancilier se inclina hacia delante con el ceño arrugado por la autoridad.
—Debí enviarte fuera cuando mentiste a mi padre en mi presencia —ignoro su mandato por completo.
—¿Me veré obligado a repetirlo? —se inclina hacia delante amenazante.
—Te agradecí tu ayuda —contengo un grito entre los dientes—. Sal si me respetas y guarda silencio ante mi padre, lo que está sucediendo no se parece a esas veces que me viste expuesta.
—Me siento responsable del comportamiento de este tullido mental —resopla el teniente—. Usé mal la magia cuando lo curé.
—No estás en el mejor lugar para lanzarme insultos —Tien se tensa tanto como se eleva su tono de voz.
—No te preocupes por lo que puedan escuchar, ellos lo ven igual que yo —sonríe Azohr.
—Twig —enuncio sin apartar la mirada del hijo del cancilier—. Acompáñalo fuera.
—Si me marcho, tu padre entenderá que desobedecí sus órdenes de nuevo —Tien deja caer sus brazos, y aunque se ve enfadado, para nada sus gestos son bruscos.
—Por favor —mi rostro se llena de súplica, y no sé si podrá verlo entre las heridas.
Ni siquiera me presta atención a mí. Después de unir sus labios, su mirada desafiante se centró en el teniente hasta que Twig se acercó para cumplir con mi pedido.
Escucho como las puertas se abren. Mi respiración comienza a volverse calma cuando los guardias nos dejan en intimidad.
Ebhan alarga el brazo con la mano estirada en busca de las sábanas que sujeto entre los dedos para taparme.
Se las ofrezco apenas la pide. Azohr toma asiento al borde de la cama, al otro lado de Ebhan.
—No os preocupéis, dicen que soy bueno con mi magia —el teniente sonríe. Señala la puerta con un golpe de cabeza—. El que ha salido es la excepción.
—Vi sus heridas desaparecer en un mismo día, no tengo dudas de vuestras capacidades —le devuelvo la sonrisa.
—Las enfermeras mojaron el paño del abdomen en una decocción de corteza de sauce gris para detener la hemorragia —Ebhan observa el trapo que cubría mi abdomen a tras luz.
—Tiene tonos dorados —Azohr inspecciona el paño de cerca después de tomarlo de sus manos—. No solo usaron corteza de sauce, también usaron genciana.
—Las heridas tenían veneno… —afirma Ebhan.
—¿Os dieron alguna infusión? —pregunta el teniente.
—Un elixir del sueño —confieso fascinada por lo que veo.
—Debieron daros una tisana de clavel rojo para impedir que perdierais la conciencia —Azohr chasquea la lengua.
—Usaré un conjuro de nivel tres —Ebhan arruga la frente—. Debo advertiros de que será doloroso, princesa.
Las manos de Ebhan se expanden sobre mi cuerpo.
Proyectan unos hilos que ondean como si fueran humo de vapor cuando arquea los dedos.
Azohr sujeta mi mano. Sus dedos se entrelazan con los míos al ver que el príncipe ajusta la intensidad de la magia sobre mi estómago.
Gotea sobre él. Mi cuello se tensa al recibirlas como si fueran pinchos de hielo.
Mis párpados se cierran con fuerza al tacto en el interior de las fisuras.
Curvo la espalda ante el movimiento suave por las cavidades, me impulso tras comprobar que no cesará.
Contemplo como analiza las heridas cuando abro los ojos para ver al príncipe.
Sus labios tiemblan. Su postura cambia en tantas ocasiones, como quejidos me permito lanzar.
Azohr se apoya sobre una pierna, aparta la vista al sentir que mis gritos se ahogan en su mano.
Su cuello se tuerce con rapidez al escuchar mi silencio.
Siento que él ahoga las caricias que yo ansío recibir ahora.
—Está sufriendo mucho, Ebhan —Azohr al fin rompe el silencio. Se inclina hacia él a pesar de que su tono no es bajo.
—El corte es demasiado profundo —Ebhan mantiene su concentración en la magia.
—No debería dolerle tanto —le recrimina el teniente.
—La herida está muy abierta —el príncipe la lanza una mirada de reproche—. Si no utilizo la magia de esta forma, no sanará.
—Déjame intentarlo a mí, probaré con la técnica que Gandar me enseñó —Azohr convierte el tono de su voz en una súplica.
—Si no me dejas trabajar, tú también tendrás que salir de aquí —Ebhan desenvaina una afilada amenaza que me hace admirarlo aún más.
—Tú nunca has fallado con ninguna de las criaturas que has sanado, ni siquiera con las que estaban en peor estado —Azohr me contempla confundido.
—Mi magia no actúa en la princesa como debería —se resigna el príncipe a pesar de que no desiste.
—¿A qué te refieres? —se atreve a preguntar el teniente por mí.