Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 13. El romance del dragón y la serpiente. #2
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13. El romance del dragón y la serpiente. #2

—Envía hombres a Néferien que pidan ayuda para la princesa —el rey se inclina hacia él para convertir su voz en un susurro—. Aseguraos de que el teniente Bradosck no pone un pie en mi palacio, recordadle si es preciso que prohibí su entrada.

—En seguida, su majestad —asiente el guardia.

De un golpe y abre la fila de guardias tras él para salir en el mismo orden de entrada.

—Su excelencia —el cancilier se coloca en medio del campo de visión de mi padre—. Sería recomendable que algunos guardias permaneciesen cerca de la princesa en presencia de esos seres.

—Están en mis dominios —asevera el rey.

—Permitid que mi hijo la acompañe —la comisura izquierda de Drieden se eleva—. Pudisteis comprobar qué es capaz de hacer por ella.

—¿Puedo confiar en ti para esa tarea? —de reojo, por encima del hombro, mi padre establece contacto con Tien.

—Permaneceré en este cuarto en todo momento —asiente el hijo del cancilier sonriente.

—Excelente —el rostro del rey se ilumina de manera repentina—. Comprendo con lo que veo, que vuestros encuentros prosperan de forma favorable.

Veo a Tien apretar sus labios. Suspirar después de haberme dedicado una fugaz mirada de reojo.

Las enfermeras tocan mis heridas para curarlas, pero su tacto me hace menos daño que el de la aceptación del hijo del cancilier a las palabras de mi padre.

Sacudo la cabeza en un gesto de negativa al ver que sus labios se abrirán.

—Los dos estamos conformes con la decisión de su majestad —Tien afirma a pesar de que yo niego.

—Supuse que nuestras charlas no eran una mentira, pero no imaginé que fueras tan certero —la mano del rey viaja hacia la nuca del hijo del cancilier en un gesto amigable.

—Fuisteis el artífice de esta unión, mi señor —sonríe Drieden—. Vuestra excelencia no comete errores.

—Siempre gozaste de un sincero aprecio por mi parte —mi padre se confiesa ante Tien—. No actúes de nuevo de esta forma, me dará mucha pena tener que condenarte a muerte por desacato a tu rey.

—Majestad —alcanza a decir Tien antes de reverenciarle.

Verlo afirmar estando frente a mí que los encuentros a los que le ordené negarse son el motivo por el que estoy ahora entre las manos de Seraphine y Brises, me hiere más que esas ramas.

Hiere mi orgullo. Incendio mis pupilas cuando contemplo como se mantiene aquí.

Me sentí culpable cuando lo vi enfrentarse a Thaloriel, en ese momento pensé que lo había condenado a lo que el pueblo me condenó a mí.

Si sintiese vergüenza, saldría del cuarto antes de comprobar que podría quemarlo con un pensamiento.

Al menos, permite que nos acoja el silencio durante el rato que las enfermeras terminan de limpiar mis cortes. Gracias a los dioses que un golpe en la puerta me levanta el ánimo. Twig introduce con cuidado la cabeza por la rendija.

—Está todo preparado, mi señor —Twig asiente desde fuera del cuarto.

—Que los guardias vengan a por ella —conmina el rey según señala la puerta.

—Mi señor —Drieden se llena de sigilo—. Dejad que sea mi hijo quién se encargue. Pensad que la princesa está… —carraspea. Sus ojos se mecen hasta encontrarme—. Vulnerable.

—No la expongamos a manos de lascivos —sentencia el rey en busca del hijo del cancilier—. Obedece a tu padre, estás encargado de su seguridad hasta que se recupere.

La sala se postra en una reverencia de despedida al rey cuando sus pasos lo dirigen a la salida.

Las enfermeras se apresuran a recoger la jarra, el cuenco, los paños…

Sujetan la sábana de la cama para envolverme con suavidad antes de que Tien se acerque a sostenerme entre sus brazos.

Aemid se inclina cuando abandonamos el cuarto en busca de las escaleras del torreón.

Abordamos el pasillo principal. La curiosidad de los lacayos y criados que caminan por las galerías se despierta al ver al hijo del cancilier sujetar a la princesa.

Se apresuran a facilitar el acceso a los baños.

El aire golpea mi nariz. Aunque decoran este lugar con tantas flores como tiene un cenador, la pestilencia de las letrinas es más fuerte que el aroma que desprenden.

Esa sensación desaparece al sentir agua tibia envolviéndome, dejo salir un suspiro de alivio cuando consigue calmar el ardor que tenía en la piel.

Seraphine destapa un frasco de vidrio para dejar caer unas gotas.

Briseis toma un paño y lo moja. Lo usa para pasarlo sobre las piernas, los brazos, el torso y las heridas del abdomen.

Seraphine coloca un par de toallas sobre uno de los bancos de madera al lado, Briseis reposa en la esquina algunos botes.

Las dos se acercan al hijo del cancilier para susurrarles algo que no consigo comprender.

Tien introduce los brazos en la bañera para tumbarme en la cama improvisada que ha creado la enfermera.

Una de ellas se encarga se secarme en toques leves que puedan dañarme.

La otra aplica una especie de ungüento que desprende un aroma fuerte a consuelda.

—Si sois vos quién permanecerá junto a ella, debéis aseguraros de que toma este elixir del sueño —Briseis le ofrece el frasco al hijo del cancilier—. Tiene que dormir.

Tien acepta el líquido y lo guarda en un bolsillo interior de su uniforme. Dobla las rodillas mientras me mira. Su mano se desliza suave por mi cabello en una caricia.

—¿Deseas volver a tu cuarto? —me susurra.

—Lo prefiero —musito.

—Lo haremos allí —indica Tien después de alzar la mirada hacia ellas.

—No puede tocar el paño que cubre su abdomen —Briseis eleva la voz con tono de aviso—. Debéis controlar la sangre hasta que lleguen los brujos, o morirá de una hemorragia.

La agradable brisa de los pasillos, de la escalera de mi torreón, me reconforta.

Es como si los dioses soplasen para aliviar mi dolor.

El cuerpo me recuerda cuánto puede dolerme justo cuando Tien me recuesta sobre la cama.

Aparta las sábanas para cubrirme después de que las criadas las hayan cambiado en mi visita a los baños.

Retira el corcho del frasco que saca de su uniforme antes de ofrecérmelo.

Salvo las laceraciones de los labios cuando el líquido entra en contacto con ellos, no siento nada de dolor.

Es curioso cómo, a medida que los tragos se han hecho más soportables, cada sorbo me alivia.

Todavía hay hadas que entran y salen de este lugar.

Retiran la bandeja, el frasco vacío, algunos trapos de la esquina llenos de sangre.

Y mientras, Tien recorre cada rincón del cuarto.

Contempla la vista fuera de los ventanales sin olvidarse de lanzar alguna mirada a sus espaldas interesado en comprobar mi estado.

Mis ojos se cierran con su visión de fondo.

Toma asiento en el borde de la cama y esa sacudida me hace despertar.

Apoya la cabeza entre sus manos. Batallo para mantenerme despierta y no dormir.

Mi pecho se agita como cuando quiero aletargarme y soñar, pero guardias con armas ocupan mi mente para impedir que pueda hacerlo.

Hasta que no me queda más remedio que sucumbir al sueño, aunque sea en los periodos en los que no sienta que nada aprisiona mi respiración.

—Ves a descansar —le ordeno a Tien en una de las ocasiones que abro los ojos bajo esa sensación.

—Eres tú quién necesita esa clase de recomendaciones —el hijo del cancilier sonríe rápido al escuchar que me dirijo a él—. No has dormido lo suficiente.

—¿Crees que es fácil dormir mientras alguien te vigila? —mis cejas se alzan irónicas.

—Aprenderás a hacerlo. Al menos, hoy —apoya su mano en la cama, deja caer el peso ahí—. Ya desobedecí a tu padre lo suficiente.

—Me sorprendió lo que hiciste —mi rostro se llena de verdad—. Hasta ese momento, nunca te opusiste a una de las órdenes de mi padre.

—Admito que estuve a punto no entrar a pesar de que tu lacayo me buscó en cuanto entraste a las mazmorras —me observa en silencio—. Pero no pude.

—Gracias —asiento—. No deseaba que tuvieras problemas. Que nadie los tuviera.

Sus dedos acarician los míos. Ese hormigueo del recuerdo me recorre las tripas.

Pasé muchas horas con Tien en este cuarto, la última vez estuvimos sentados en esta misma cama.

Pero no soy capaz de sentir nada parecido a eso que sentía.

Lo que creí que sentía. Incluso si ha arriesgado su cuello por sacarme de esa tortura horrible que han llamado ritual.

Quiero creer que su mirada inocente es la verdadera, más no puedo confiar en sus acciones. Sus palabras tampoco son un pozo de credibilidad. Siempre me obligué a ceder para no lastimar el corazón del resto, pero ahora solo aparto la mano.

—Todo estará bien con el rey. En cuanto a mi padre, hay algo que me tiene más preocupado que él —Tien retira su brazo al notar la ausencia de mi mano.

—Confío en que eso también podrás solucionarlo, tú siempre consigues salirte con la tuya —sonrío con una mueca de dolor por haber estirado la piel de los labios.

—No podré hacerlo hasta que no hable contigo —inclina la cabeza hacia un lado.

—Tien, no deseo… —las voces del otro lado de la puerta me hacen callar.

Las botas metálicas y pesadas de los guardias impactan varias veces contra el suelo.

El sonido se vuelve estridente. Sus lanzas no dejan de golpear en aviso de que se prepararán para atacar a alguien.

Las voces del alboroto consiguen atravesar las piedras de los muros, aunque no se perciben con total claridad.

Trato de incorporarme cuando distingo entre ellas la de Twig.

—Deben darles el paso, nuestro señor los mandó a llamar —Twig se escucha autoritario, como pocas veces.

—El rey prohibió la entrada del teniente —Aemid es quién le ofrece la negativa.

—Yo estimé oportuna su presencia —una voz amistosa a pesar de que suena grave interviene.

—¿Quién sois, príncipe Ebhan, para desacatar la orden del rey Eliot? —Aemid vuelve a negar su entrada.

—El rey precisa curar a la princesa —la voz del príncipe se eleva segura.

—Vuestra presencia será suficiente —declara Aemid de forma tajante.

—Me iré si el líder de mis sanadores no puede acceder conmigo —asesta Ebhan.

Las puertas se abren tras un par de palabras más.

Twig accede con os ojos entornados en tristeza.

Su cuerpo ha dejado que la angustia lo domine, estira sus manos en mi dirección según camina hacia la cama apresurado.

El príncipe Ebhan debe ser quién sigue sus pasos en compañía del teniente.