Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 13. El romance del dragón y la serpiente.
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13. El romance del dragón y la serpiente.

(Eladriel)

Aprecio la luz tenue de las antorchas cuando Tien toma el acceso a mi torreón.

Trato de elevar la mirada. Siento cada escalón que sube como un castigo, el impacto de mi cuerpo contra el suyo abre mis heridas en cada subida.

Observo como sus labios están sellados. No lo he visto bajar su barbilla ni una vez desde que abandonamos las mazmorras.

Contemplo su ropa. Sus brazos están calados de la sangre que aún me brota del cuerpo.

Percibo como fluye un cordel fino, rojo, que cae sin cesar del abdomen.

El camino dibujado desde el cuarto del purificador serviría como método de huida para los prisioneros.

Los llevaría directo a mis aposentos y podrían negociar por su libertad a punta de amenazar a la hija de su majestad.

Cierro los ojos cuando los párpados comienzan a resultarme pesados.

—Eladriel —escucho la voz de Tien luchando por sujetarme con mayor cuidado—. Habla. Solo di que estás despierta.

—Lo estoy —susurro con la voz desgarrada.

—Eres inteligente, ya sabes que debes esforzarte en mantener los ojos abiertos —me recuerda Tien con un tono de angustia que nunca le escuché.

Escucho la armadura de Aemid, tuerzo el cuello con trabajo ante su silencio.

Su mano viaja presta al pomo para empujar la hoja cuando el goteo escarlata se convierte en el sonido del saludo oficial.

Aprieto los dientes. Tien apresura el paso al interior y roza con más fiereza contra la tela que me cubre esos cortes que me hicieron las ramas.

Hundo la punta de los dedos en su uniforme al sentir que apoya mis piernas sobre la cama.

De mi garganta nace un grito de dolor según dobla su cuerpo para dejarme tumbada, apenas un par de lágrimas después de tocar la almohada.

Baja la rodilla para inclinarse a mi altura mientras toma una de mis manos entre las suyas.

Me detengo en la forma impaciente en la que observa la puerta frente a él. Convierte sus manos en un refugio para la mía mientras trata de ofrecerle calor con un cálido soplido.

—¿Aún sigues despierta? —Tien se acerca. Aparta casi sin tacto un par de cabellos rebeldes sobre la frente.

—Vete —musito a pesar de que no siento energías—. Te pedirán explicaciones, será peor si te ven aquí.

—No me marcharé —su ceño se arruga. Se aferra a mi mano—. No estás bien.

—Pediré a Twig que te busque si algo sucede —lucho por mantener los ojos algo abiertos.

—Me iré si eso es lo que deseas, pero debes saber que no me alejaré de la puerta —su mandíbula se tensa.

Las hojas de la puerta se separan sin previo aviso.

Tien deja caer mi mano cuando su expresión se llena de susto.

Coloca recta la espalda para ponerse en pie, retrocede al ver que Twig aparece en compañía de las enfermeras de palacio.

En un segundo están sobre mí. Me despojan con delicadeza de la manta con la que el hijo del cancilier me envolvió en las mazmorras.

Veo a una de ellas hurgar en una bolsa de cuero en busca de algo hasta que complacida saca unas pequeñas pinzas de metal.

Mis párpados se abren liberados del cansancio al ver como las acerca a mi cara.

—Solo retiraré las fibras que quedaron adheridas en los cortes —me indica la enfermera antes de comenzar.

—Es necesario preparar un baño para la princesa —Briseis desliza una gasa que moja en un cuenco de metal dorado sobre algunas partes.

—Podría pedirles a los guardias que traigan cubos de agua para llenar la tina —Twig da un paso hacia la cama.

Contemplo con angustia su rostro entristecido.

—Debe estar preparado antes de que la mitad de las velas se consuman —Seraphina continúa con sus pinzas. Alza la mirada hacia Twig—. El purificador aplicó un veneno de heléboro y tártago que debemos retirar.

—Entonces pierdo el tiempo aquí —Twig rompe la distancia para acariciarme la frente—. La entrego a vuestra protección.

Twig se aleja justo cuando las puertas vuelven a abrirse y dobla la espalda en una genuflexión.

Mi padre irrumpe en los aposentos seguidos de su más fiel cancilier.

Las enfermeras dejan caer lo que sostenían entre sus manos para cubrirme de nuevo con la manta y dedicarle una reverencia.

Tien adopta una postura recta después de estirar los hombros.

Los pasos del rey se hacen cortos. Camina despacio, contemplando con gesto de decepción al hijo del cancilier. En silencio, rueda los ojos hacia Briseis y Seraphine al llegar a los pies de la cama.

—Apartad esa mugrosa manta de la princesa —ordena mi padre con la voz firme.

Briseis me descubre. El rey arruga la nariz cuando los cortes que las espinas me hicieron quedan expuestos.

Se inclina hacia atrás con cierto disimulo.

Mi atención no la capta mi padre, sino la forma en la que el cancilier trata de controlar las comisuras de sus labios.

Si no fuera porque no me queda un atisbo de fuerza, saltaría contra él para terminar con su existencia.

—¿Dónde vas con tanta urgencia, querido Twig? —el rey posa su mirada en él. Sacude sus dedos en un gesto de llamada.

Twig se inclina antes de obedecer su indicación.

—Las enfermeras ordenaron preparar un baño para la princesa —Twig yergue la espalda y baja la mirada—. Me dirigía al patio de armas a buscar guardias que puedan traer el agua.

Mi padre guarda silencio. Me observa mientras se muerde la lengua pensativo.

—Procede —el rey sacude la mano para que Twig se retire.

Sus pupilas se posan sobre las mías. Los segundos con el purificador eran más agradables, que bajo esa repulsión con las que destellean sus ojos.

—¿Qué más se debe hacer para que la princesa se recupere hoy? —su majestad recorre las heridas de mi cuerpo con poco agrado.

—Mi señor, eso no será posible —Seraphine rompe el silencio desde un lado de la cama con las manos sujetas al frente.

—Mañana tenemos una reunión en el templo de los dioses —su majestad arquea una ceja—. No podrá asistir con todas esas heridas sangrantes.

—El estado de la princesa es delicado, mi señor. El veneno ha podido entrar en su sangre y esas marcas…. —la enfermera une sus labios para retener el resto de la información.

Alzo la mirada hacia Tien cuando escucho sus palabras. Sus ojos ya estaban sobre mí.

—¿Su piel estará llena de ellas? —mi padre adelanta el pie para lanzar la pregunta.

—Así lo parece, su majestad —Briseis se aclara la garganta—. Nuestros ungüentos son efectivos, pero solo servirán para que sane y sus heridas no se infecten.

—Pero así no podrá asistir a ningún baile, ni siquiera será deseada por este inútil —la cólera conquista a mi padre. Expande sus brazos con rabia—. ¿De qué me sirve tener una princesa entonces?

—La magia de los brujos sanadores podría ayudarla —Seraphine eleva la frente al lanzar la sugerencia.

—No traeré brujos asquerosos a mi palacio —niega mi padre en un bramido.

—Son despreciables —afirma la enfermera con el ceño fruncido—, pero su poder es suficiente para curar la piel de la princesa tal y como sucedió con el señor Mémberin.

—Sire, no escuchéis las sugerencias de esta mujer —Drieden da un paso hacia el rey. Sujeta su capa con insistencia mientras clava la mirada en Seraphine—. Se aprovecharían del estado de la princesa para terminar de controlar su mente con sus sombras, ahora está demasiado vulnerable.

—¿Qué opinas tú? —mi padre ladea la cabeza hacia Tien. Sonríe—. Ya que te has convertido en el héroe repentino de mi princesa.

Drieden observa a su hijo desde detrás de los hombros del rey.

Sus ojos le arrojan destellos de odio que serán cobrados luego cuando estén a solas, lo sé.

Parece furioso. Veo como Tien sostiene la mirada de su padre antes de recorrer cada una de las heridas que cubren mi cuerpo.

Su garganta se sacude. Mis labios se sellan.

Aparto la mirada para no mostrarle el dolor que siento al ver como sus párpados ceden a la resignación.

—Su excelencia —anuncia Tien—. Estoy de acuerdo con las enfermeras, lo más indicado es buscar la ayuda de un sanador.

—Pero querido sire —la voz de Drieden sale entre dientes. Su semblante se vuelve sereno cuando mi padre voltea para prestarle atención—. ¿De qué habría servido este ritual si acedéis?

—Sé que tenéis razón, estimado Drieden —mi padre coloca la mano sobre el hombro del cancilier.

—¿Y aun así le ofreceréis el placer de veros rendiros ante ellos? —Drieden se mantiene férreo en su posición.

—Por desgracia, los dioses ya me advirtieron de que, en esta ocasión, debía asistir en compañía de la princesa —el rey aprieta los labios con cierto tono de derrota—. Debe asistir.

—Que os acompañe la reina —Drieden sonríe. Sus cuerpo se sacude necesitado de aceptación, puedo verlo.

—No sería recomendable que los dioses vieran el estado de la reina —la barbilla del rey se un hunde en una verdad que trata de decir con adornos, pero todos la sabemos—. Su melancolía ha afectado a su salud.

—Mi señor —Tien da un paso al frente—. Si no llamáis a un brujo, ni siquiera podrá ponerse en pie para desayunar.

—Si te atreves a lanzar un bramido más… —Drieden bordea al rey preso de la ira mientras levanta la mano de forma amenazante hacia Tien—. ¿Quieres llevar a la perdición a tu rey, engendro de la estupidez?

—No es ese mi propósito, padre —Tien se mantiene recto, con la mirada fija al frente y alejada de su padre—. Mi deseo es que su único heredero se mantenga con vida.

Drieden deja que su brazo caída lento. Que sus párpados se separen despacio.

Parece que, tanto el cancilier como yo, acabamos de comprender cuáles eran las verdaderas intenciones de su hijo al bajar a las mazmorras.

Me salvó. Y se aseguró con ello de que su opción de subir al trono siga respirando.

El cancilier voltea con cuidado de mostrarme su sonrisa burlona.

—¡Claro! —afirma el cancilier—. El reino quedaría sin herederos si la princesa muere…

—¡Guardias! —grita el rey.

Los soldados que acompañan a mi padre con frecuencia entran a su llamado. Golpean el suelo con las lanzas al llegar junto a él. Ese sonido no es tan intenso en otras ocasiones como ahora.

—A sus órdenes, majestad —se inclina Cedric.