Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 12. El precio del deseo. #8
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12. El precio del deseo. #8

—Nadie tendría constancia si tomamos a bien arrancar hasta el último vestigio de su voluntad —Soren me recorre con la mirada—. Buen placer puede darnos la princesa.

—Está demasiado herida para eso —reprocha Torren. Como si eso fuera lo único que tiene para decir.

Mis oídos se alejan de las voces de los guardias y percibe el brusco sonido de las puertas sacudiéndose.

Hago fuerza para que mis ojos no se cierren cuando Soren me deja sobre el suelo.

Me ordeno apoyar las manos por levantarme, aun si las heridas sangran con más intensidad.

Quizás es Twig y debo decirle que se vaya.

Caigo una vez sobre el hombro izquierdo, pero si yo no trato de levantarme, él caerá.

Me impulso con la rodilla cuando mi garganta se cierra al comprender que no llegaré a tiempo.

El estruendo de la hoja al chocar contra la pared fría me hace voltear.

Me esfuerzo por distinguir una figura alta con el pelo color miel.

Es Tien. Observa la sala hasta que sus ojos se centran en mí, y en la forma en la que me dejo caer.

No sé si su presencia significa mi final o mi salvación.

Pestañeo, pero apenas puedo abrir de nuevo los ojos.

Veo como el hijo del cancilier ha tomado la sala y asesta un par de golpes en la cara a Soren que lo hacen retroceder.

Determina a Thaloriel. Su mandíbula se tensa con ira mientras desenvaina una daga de uno de los tahalí que cuelgan de su cinturón.

—Sabes que es tu princesa la que está en el suelo, ¿verdad? —brama Tien.

La vena de su cuello florece cuando acerca la daga al del purificador.

—Desde luego, joven Mémberin —el purificador recorre mi cuerpo con la mirada y demasiada pasividad—. He tenido el placer de poder saludarla antes de comenzar.

—Sus gritos se escuchaban desde fuera de las mazmorras —insiste con un movimiento en el que la hoja fría de la daga roza la piel ajada de Thaloriel.

—Apenas ha gritado —hace un gesto de poca importancia con la mano—. En muchas ocasiones ni siquiera han aguantado y se han desmayado.

—La purgación ha terminado —sentencia el hijo del cancilier.

Tien envaina la daga. Thaloriel aprovecha que aún no ha dado un paso para aferrarse a él.

—Si apreciáis vuestra vida, salid de aquí de inmediato y no le diré al rey que habéis ido contra sus órdenes —el purificador utiliza un tono bajo y calculado.

—Ordenadle que se marchen —espeta Tien. Sus ojos se miran a poca distancia.

—Debo terminar el ritual para que funcione, solo falta un paso —Thaloriel se eleva sobre las puntas de los pies para echarme un vistazo.

—¿Sí? —Tien agarra al purificador de la túnica hasta unir sus alientos—. Pues a menos que sea llevarla a la enfermería, el ritual acaba aquí.

Se acerca hasta mí. Sus dedos deslizan mi pelo para observar las heridas

—Traed una manta —ordena a los guardias—. ¡Rápido! —vocifera.

Los guardias corren al exterior sin olvidarse de recoger su lanza del suelo. Thaloriel lo observa con los ojos medio cerrados y una mueca en la que su barbilla se estira.

—Si os la lleváis, el rey me castigará por no haber completado el trabajo —Thaloriel se deshace de la hoja que sujeta tirándola a un lado.

Tien se desata el cuello de su camisa. Se desproviste de ella según se sienta contra el palo. Mis dientes retienen un grito de dolor cuando me apoya contra él para poder cubrirme con ella.

—Decidle al rey que me castigue a mí —la respiración de Tien se entrecorta—.Si intentáis acercaros, os aseguro que vos también moriréis en condiciones lastimosas.

—Espero que la amistad de vuestro padre con el rey sea tan fuerte como creéis —Thaloriel frunce el ceño. La pena de sus ojos por Tien mientras yo pierdo sangre me aterra—. Porque si no, nadie podrá salvaros.

Los guardias aparecen con la manta. Tien me cubre cuidadosamente con ella, me aparta los mechones pegados a la cara por la sangre y ese dichoso líquido.

Solo siento como Tien me levanta y camina conmigo en los brazos.

Mi alma se despierta al percibir el destello de luz alrededor según salimos de las mazmorras.

Corre conmigo por las escaleras de las mazmorras. El sol sobre el patio de armas me obliga bajar la vista, cierro los ojos al ver el rastro de sangre a su paso. A Twig correr tras él lanzando sollozos desesperados.

—¡Mi princesa! —Twig corre como puede tras Tien. Su llamo es desgarrador—. Por los dioses joven Tien, mi pequeña princesa.

—No pierdas el tiempo viniendo detrás —Tien le lanza una mirada por encima del hombro. Me sube hacia arriba con impulso para agarrarme con más fuerza—. Busca a las enfermeras, necesita ayuda urgente.

—Por favor, joven Tien, decidme que le ocurre —Twig junta sus manos en una súplica sin dejar de correr.

Algo en la forma en la que Tien me mira cambia según nos detenemos ante el pasillo principal.

Twig se acerca. Aparta con delicadeza la tela que cubre parte de mi rostro.

Sus ojos se abren tras bañarse en lágrimas.

Deja caer la mandíbula para quedarse mudo, sus dedos se deslizan sobre las heridas de las mejillas, la frente, la boca…

—¡Qué barbaridad! —Twig rompe el silencio al fin—. ¿Qué clase de bestia puede hacerle eso a un ser tan inocente y bello? —posa la manta con ternura sobre la cara.

—Busca ayuda, lacayo —le ordena Tien tras retomar los pasos—. Tu princesa está muy débil.