12. El precio del deseo. #7
Algo me dice que pagará conmigo todo lo que le aflija.
Su largo cabello plateado ondula mientras camina hacia mí.
Lleva un pequeño frasco de cristal lleno de un líquido verde con burbujas y ninguna expresión en su rostro.
Tal vez solo la pesadez de cumplir con su deber.
—Mi princesa —me hace una reverencia. Su rostro se transforma ante mi desnudez.
—¿Qué me harás? —mis ojos resplandecen por las lágrimas, pero nunca dejaría que cayesen.
Subo la cabeza solo por ver las cadenas sujetándome los brazos.
—Nada que deba haceros sentir miedo —me sonríe de forma amable—. Vamos a liberaros del mal que ha invadido vuestro cuerpo, y eso siempre es motivo de felicidad.
—¿Por qué me han encadenado entonces? —mis ojos miran rápido el alrededor—. Yo he aceptado someterme a este ritual.
—El procedimiento puede ser algo doloroso, es mucho más fácil cuando los pacientes permanecen encadenados —Thaloriel agarra su túnica en la parte izquierda para no mojarla mientras camina—. Prometo a la princesa que todo pasará rápido, haré mi mejor esfuerzo solo por vos.
El purificador se adentra en el círculo de forma meticulosa según destapa el frasco.
Toma mi cabello para llevar mi cabeza hacia atrás.
Vierte lentamente sobre él un líquido espeso que tiene el mismo aroma fétido de un animal muerto.
Sacude el bote sobre el resto cuerpo, lo agita para que caigan las últimas gotas en los brazos y la espalda.
Pasa sus manos por mi torso frotando con suavidad para expandirlo.
Sentir su tacto me provoca nauseas. Tanto como ver a los guardias sostener esas ramas largas de zarza espinada en las manos.
Continúa extendiendo el líquido por las piernas, el abdomen...
Pronuncia en voz baja una especia de rezo en el lenguaje de las hadas del que no entiendo más que dos palabras.
La ansiedad comienza a taponar mis oídos.
He dejado de escuchar todo lo que hay alrededor para oír solo un pitido largo y sonoro.
Hasta que el golpe de las armaduras caminando que separaba la calma del dolor trae de vuelta a mi conciencia.
Me envuelvo las cadenas en las manos para no desfallecer sobre el palo.
Descanso la frente en la madera al ver a Soren alzar la rama para golpearme con ella.
Torren le sigue. Y seguido al movimiento de sus brazos, mis gritos desesperados cada vez que una de esas puntas afiladas se adentra en mi cuerpo.
Golpean por cualquier lugar donde Thaloriel haya esparcido lo espeso.
Siento que se abren heridas en cada parte, en las que penetra el fétido líquido.
Me quema. Arrojo alaridos con la voz en el cuello, tiro de las cadenas hacia abajo cada vez que una gota logra acceder al interior.
Me sujeto en la punta de mis pies con vehemencia de no sentir nada más que mi respiración y los pensamientos.
Dieciséis, diecisiete… Paro de contar cuando llego a veintitrés y veo que no tienen intención de parar.
Apartan la vista tras golpear porque me estremezco con cada uno de los impactos que recibo de sus manos.
La visión destella un brillo que mezcla la figura de los guardias en un conjunto de telas doradas, mientras trato de humedecerme los labios.
Se convierten en sombras en movimiento que se aproximan a mí para herirme.
Clavo las uñas en el palo con sollozos ahogados y posiciones desproporcionadas para seguir manteniéndome en pie.
—Es suficiente —veo la sombra de Thaloriel desplegando el brazo para detener los golpes.
Los guardias obedecen. Me abrazo al poste con un lamento de alivio, dejo que las lágrimas nos abracen a los dos por piedad.
Apoyo el cuerpo contra la madera a pesar de que pueda clavarme las astillas aún más dentro.
Ahogo el resto de los gritos. Los empujo hacia las lágrimas porque ellas salen de manera silenciosa.
Inspiro. Expiro. Intento alejar el dolor y concentrarme en mantenerme fuerte.
Pienso aguantar, aunque quiera arrancarme la piel para no sentir nada más.
Torren me libera de las cadenas de las muñecas cuando yo todavía no siento mi alma Permite que mis piernas se venzan para que Soren me sujete en sus brazos y así poder desencadenar las que envuelven mis tobillos.
Ambos me ayudan a llegar al purificador.
Thaloriel me unta una especie de ungüento en la frente dibujando un punto superior.
Baja en una línea y hace un punto inferior del que sale otra más fina que desliza hacia la punta de la nariz.
Mi espalda siente cercano el tacto del guardia.
Saco aire para poder mantenerme en pie ansiando llegar a ese palo y sujetarme.
—Volved a encadenarla —autoriza Thaloriel.
Mi espalda llena de heridas sangrantes choca contra el astillado poste y curvo la espalda.
Apoyo la cabeza en él para lanzar un quejido que hace cerrar los ojos de los guardias.
Lucho por recuperar la postura de forma inútil.
Es irónico que no les de vergüenza alzar de nuevo las ramas de zarza y comenzar a golpearme de sin piedad, pero sí ver cómo me duele.
Me rasga la piel desde el cuello hasta que el último tramo de mi cuerpo.
Siento que ese dolor corre como el fuego por mis venas.
Ni siquiera mi voz quiere salir por lo que sucede.
Thaloriel les ordena detenerse mientras se abre a la túnica a la altura de la rodilla.
Saca una hoja fina y afilada, algo oxidada en los bordes.
Cierro los ojos para no ver nada más. Me abandono a su propia moral cuando siento como el frío metal se introduce en mi piel en medio del torso.
Gira la hoja hacia la derecha, en diagonal.
Repite el mismo dibujo hacia arriba. Ante el dolor de sus movimientos abro los ojos; sus manos, el suelo están llenos de hilos de mi sangre cuando reparo en ellos.
Recorre mi cuerpo como un río que busca desesperado desembocar en algún lugar.
El purificador se aleja con cuidado de no mancharse la ropa ni las anchas mangas, chasquea los dedos.
El cabello de Torren se llena de sangre que gotea mientras me desencadena los tobillos. Soren me sujeta mis piernas en alto para apartar las que envuelven mis brazos. Si no fuera porque me sostiene, estaría tirada en esa agua que baña el suelo.
—¿Qué debemos hacer ahora? —Torren me sacude apresurado entre sus brazos.