Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 12. El precio del deseo. #6
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12. El precio del deseo. #6

—Confiaba en que sabrías cómo comportarte —el rey yergue la espalda desde el asiento—. Te someterás al ritual por propia voluntad, ¿no es cierto?

—Es una excelente idea, mi señor —el cancilier Drieden asiente con orgullo a su decisión—. No podemos permitir que la princesa continúe impura.

—Eladriel —su majestad acaricia con la punta de sus dedos el pomo de su daga—. Aún no escuché tu consentimiento.

—Quizás tenga miedo de perder la vida —Drieden esconde sus labios entre los dientes.

Como si de esa forma pudiera ocultar la sonrisa de placer de sus ojos.

—Si se opone, muere —la punta de metal se adentra en la yema del dedo del rey hasta hacerlo sangrar—. No tendré criaturas con el mal dentro viviendo entre los muros de mi palacio.

—Estoy lista para ello, majestad —me inclino. Trato de evitar cualquier tipo de contacto visual con él o con mi madre—. Siempre estoy dispuesta a servir vuestras órdenes.

El rey posa la punta de sus dedos en el reposabrazos para tomar impulso.

Se acerca a uno de los guardias de la puerta.

Drieden sonríe ahora que él no puede verlo porque es incapaz de ocultar la oscuridad que alberga su alma.

Y mi estómago vibra porque acaba de vencerme aun si esto solo acaba de empezar.

El odio que siento por su existencia traspasa mis pupilas y viaja directo hacia su yugular.

A cambio, como señal de aprecio arroja un beso de despedida al aire.

El aire se envicia por ese gesto de superioridad, y la llegada de mi padre en compañía de sus guardias.

—Princesa —uno de los soldados golpea la lanza contra el suelo—. Debe acompañarnos, las órdenes son llevarla a la fuerza de lo contrario.

—Vamos —ni siquiera pestañeo para entregarme.

Me acojo al silencio antes de dedicarle una reverencia a mi padre.

Echo un último vistazo a la reina. Se aparta la capucha con cuidado de no revelar sus facciones solo para mostrarme como sus ojos se han llenado de pena.

Pero eso no evita que deba caminar delante de los guardias mientras los canciliers se levantan por mi partida.

El semblante de serenidad de su majestad cuando los guardias separan las hojas me pone los pelos de punta.

Hay criaturas de las presentes que muestran más preocupación que él.

Incluso si soy su hija, esa preciada heredera.

No tenía esperanzas de que cambiase de opinión, él sabe que mi mente es un peligro para su sistema porque no se ha inclinado ante sus normas.

Creo que él ya conoce lo que puede conseguir una mujer que piensa.

Twig palidece a verme aparecer. Su semblante blanquecino sigue apresurado los pasos de Torren, uno de los guardias que sujeta mi brazo mientras me guía por el pasillo.

Corre. Ha desencajado los ojos al comprender que me alejan de él, estira el brazo para darme alcance.

Debe pensar que mi padre descubrió todo y su temor más profundo ha tomado forma.

—¡Princesa! —Twig trata de desplegar las alas.

—Fuera, sirviente —Soren, el otro guardia, empuja a Twig contra una de las paredes.

Aprieto el puño, separo las fosas nasales. Dejo caer los pies con fuerza en el suelo para detener los pasos en seco, y conmigo, a Torren. Sacudo el brazo para soltarme. Tenso la espalda cuando tratan de frustrar el intento de acercarme a Twig, comprobar cómo se encuentra.

Me dejo llevar por la imagen de sus manos apoyadas en el suelo, sus piernas desdoblándose con trabajo en un intento de levantarse…

Tuerzo el cuello cuando la consideración se esfuma de mis pensamientos.

El pecho agitado me obliga a volver sobre mis pasos para alzar la mano y asestarle una sonora bofetada.

—No volverás a llamarlo sirviente —aprieto los dientes—. No volverás a tocarlo —hundo la mirada sobre Soren.

—No estáis en condiciones de dar órdenes, alteza —sonríe Soren.

Tal vez les dieron demasiada impunidad. Les di.

—Su nombre es Twig —anuncio con tono seco y autoritario—. Repite su nombre.

—Princesa… —el guardia me mira desconcertado.

—¿Deseas acompañarme a morir en esas mazmorras? —agarro parte de su armadura para hacerlo doblar la espalda—. Te sorprendería comprobar todo lo que soy capaz de hacer antes de que me purguen como si fuera un maldito bicho.

—Yo solo cumplo las órdenes del rey —Soren trata de recuperar la postura.

—Quiero que repitas su nombre… —cierro los ojos. Tomo aire y paciencia.

—No será necesario, mi querida princesa —Twig guarda en su garganta algunos quejidos de voz dulce y compasivo.

Pero eso es algo que este guardia no posee. Desenvaino su espada en un movimiento para colocarla cerca de su garganta.

—Twig, mi señora —Soren al fin baja la mirada.

Dejo caer la espada en cuánto muestra el respeto que debe a Twig. Torren ayuda al guardia a recomponer la postura cuando yo ya tomé el camino que lleva a las mazmorras.

—¿Qué sucede, pequeña Eladriel? —Twig se muestra sofocado por el intento de seguir mis pasos.

—Drieden asegura que he sido embrujada por el teniente de los brujos —estrecho la mirada con rabia—. Mi padre ordenó que se ejecutase la purgación de sombras conmigo.

Apenas he tomado el pasillo principal comprendo que su respiración no se debe al cansancio, si no al susto.

—No debes asustarte, mi querido Twig —intento apiadarme de su calma con una mirada sobre el hombro—. Todo estará bien.

—¡Por todos los dioses! —sus pasos se detienen en medio del pasillo—. Dejadme conversar con su majestad, quizás vuestro padre…

—No te atrevas a ponerte en peligro, ¿me oyes? —estiro el dedo para señarlo—. Este es mi castigo, no el tuyo.

—¿Vuestro castigo? —Twig jadea al llegar a la puerta del patio de armas—. Mi princesa es un alma buena que no merece ser castigada.

—Pero rechacé a Tien y robé su oportunidad —resoplo—. Sabe que mi padre jamás dejaría que una mujer gobernase, Drieden quiere que él tenga todos los poderes.

—¿Qué puede hacer este humilde siervo por ayudaros? —solloza—. Estoy listo para las órdenes que sean.

—Prepárate, Twig —desvío la mirada de su rostro para no entristecerlo—. Por si debes continuar tú con lo que habíamos empezado.

—¿Cómo? —se lanza a por mi mano así su respiración agonice—. No podría continuar sin vos, mi princesa.

—Debes obedecerme —beso sus manos para que me den aliento—. Sabes que esto es lo correcto.

Dejo caer su mano cuando Torren y Soren sujetan mis brazos para arrastrarme al interior de las mazmorras.

Fuerzo una sonrisa que regalarle a Twig antes de perderle de vista.

Él se merece pensar que no siento miedo incluso si sus lágrimas y el terror de sus ojos son el espejo de lo que mi pecho siente.

Yo le prometí que no me dejaría vencer. Me prometí que lucharía contra mi padre hasta que no me quedasen fuerzas…

Las pesadas puertas de madera y sus metales negros se abren, dejan frente a nuestros ojos una larga galería oscurecida.

Aún con antorchas engastadas a lo largo de las paredes.

El hedor es desmesurado. Me repugna el olor de la humedad envolviendo los aromas de las excreciones de los prisioneros encerrados aquí abajo.

Después de atravesar el estrecho pasillo, vislumbro algo de luz natural que me ofrece algo de alivio.

Al menos, puedo ver qué hay alrededor. Hasta que comprendo qué hay aquí en realidad.

Me imaginé caminando por pasillos repletos de celdas y criaturas llenas de barro, heces y sin dientes la gran mayoría de ellos.

Mi padre me ha amenazado demasiadas veces.

Pero estar aquí… Se agarran a los barrotes de metal que impiden su codiciada libertad.

Todos me observan con la mirada fuera de las cuencas, perdida.

Algunos no emiten sonidos de hada, han transformado las palabras en rugidos de bestia como si no fueran nada de la criatura que los habitaba.

Trago saliva por los que no tienen lengua y nunca podrán pedir justicia.

Los observo mientras los guardias me sujetan los brazos, y puedo sentir lo que algunos de ellos sintieron.

La galería más profunda de las mazmorras solo tiene una puerta.

Sería improbable no encontrarla entre cientos de ella si tiene un ojo grabado cuya pupila es un remolino.

El interior no es más que una gran sala con las paredes recubiertas de musgo verdecino debido al agua del lago que se filtra por el suelo.

En el centro solo hay un palo de madera astillada y lleno de grietas.

Elevo la vista hacia las cadenas que cuelgan por la mitad.

Me aclaro la garganta cuando percibo las que están sobre el agua.

Todo está rodeado por un círculo que ha sido pintado de color negro, pero no sé qué significan esos símbolos con líneas curvas que recorren el interior camuflándose con la vegetación que crece.

—Debemos quitar vuestras ropas, alteza —Torran se inclina.

—No os atreváis a ponerme una mano encima —me llevo las manos a las cuerdas del corpiño.

—Podemos hacerlo por la fuerza —Soren eleva una ceja.

—Da un paso al frente y te arrastro conmigo a las profundidades —recorro su postura con la mirada por si fuera necesario actuar antes de tiempo.

Desabrocho el corsé. Lo dejo caer sin vergüenzas porque no me pertenece, retiro la camisa.

A duras penas, me descalzo las botas. Desabrocho el lateral del pantalón de vuelo apartándolo a un lado con el pie.

Por último, bajo las calzas. Recupero una postura recta, dejo caer los brazos.

Soren se acerca para arrancar el broche del pelo y lo deja caer alborotado.

Lo tira hacia el montón de ropa que se pierde entre los charcos de agua.

Me repugna esa forma en la que no pueden dejar de mirarme.

—Caminad hacia la pica, princesa —ordena Soren con cierto retintín.

Contengo la aversión que me produce su voz para luego. Camino hacia el círculo. Elevo las brazos para sujetar por mí misma las cadenas que deben colocarme.

—Separad las piernas —Torran doblas las rodillas con cadenas entre las manos.

Las que envuelven mis muñecas son más largas y puedo separarme algo del palo para no clavarme las astillas por toda la parte del pecho y del abdomen, pero las de los tobillos…

La puerta se abre para dar paso a Thaloriel, el purificador del reino.

Viste una túnica de color oscuro con los mismos grabados que el círculo donde me han encadenado.

Sus ojos de color índigo me generan miedo y fascinación.

Tienen una pizca de tristeza en el fondo que me conmueve, aunque hace que agarre el palo con fuerza.