Danza de legado y libertad (Corona de sombra y luces 1) 12. El precio del deseo. #5
24%

12. El precio del deseo. #5

—¡Guardias! —grita mi padre con la mirada fija en Drieden.

Los guardias entran obedientes. Golpean las lanzas contra el suelo a cada par de pasos hasta quedar frente a mi padre. Se llevan la mano al pecho y a la cadera para dedicarle el saludo oficial a su temido mal carácter.

—Mi señor —dice Quilion, el guardia a su derecha.

Mi padre señala con la cabeza a Drieden.

Sin que su voz salga, los guardias lo agarran por las muñecas, doblan sus brazos con fuerza contra su espalda hasta inmovilizarlo.

El rey camina. Se acerca a él. Hunde los dedos entre los mechones para sujetar los sucios cabellos del cancilier, lo arrastra hasta que saca su cabeza por el amplio hueco entre las columnas de la sala.

Su cuerpo se asoma al precipicio sin remedio.

—No vuelvas a extralimitarte, querido Drieden, respeta a tu rey —ordena mi padre—. Dije que la princesa no se encontraba en el palacio.

—Mi señor… —Drieden solloza con la expresión de la muerte en su rostro.

—No eres una excepción para mí —el rey aprieta los dientes. Tira de la cabeza para apoyar la frente sobre la suya—. Si me llevas la contraria, morirás como el resto.

Devuelve la mirada de Drieden al precipicio del lago bajo sus ojos.

—Claro que no, mi señor —Drieden gime. Su voz está llena de pánico—. No existe criatura más erudita que vos.

—Nadie puede traicionarme —su majestad aparta la capa de un manotazo autoritario—. ¡Nadie!

El rey se aleja y los guardias apartan a Drieden.

Lo arrodillan frente a él. Contemplamos con la mandíbula inferior caída por si en cualquier momento ordena su ejecución o decide que el abismo es el mejor lugar para que su vita termine.

En el fondo, aunque jamás sería capaz de celebrar ninguna muerte, no puedo negarme que siento placer por verlo como yo estuve en tantas ocasiones.

—Besarás el suelo donde pisa tu rey —mi padre desenvaina la espada y la extiende frente a él. Apunta a su cabeza.

—Será un gran honor, majestad —el cancilier besa el suelo en repetidas ocasiones. En alguna también incluye las botas de mi padre—. Es un placer para mí venerar vuestros pasos.

—No olvides cuál es tu posición frente a mí, querido amigo —mi padre le ofrece la mano para ayudarlo a levantar.

—Jamás, vuestra excelencia —Drieden extiende el brazo para aceptar su ayuda, pero desde aquí se aprecia la duda por hacerlo—. Cada una de vuestras decisiones siempre son impecables y llenas de justicia.

Que escoria, la forma en la que suplica por su vida es humillante. Y todavía se atreve a asegurar que los brujos y las mujeres son los cobardes.

—Querido —mi madre habla desde el fondo sin mover un solo músculo de su cuerpo—. Recuerda mencionar las noticias de Órianth.

—¿Qué noticias son esas? —interviene Cálix Allier, otro cancilier de apoyo.

—Nada agradable —mi padre envaina la espada en su cinturón. Camina alrededor de la sala tras hacerle un gesto a los guardias para que se retiren—. Como he dicho antes, mañana habrá una reunión en el templo de Órianth.

—¿Qué reinos asistirán? —Orlo se recoloca en la silla.

—Todos —revela mi padre con voz de poca satisfacción—. No se trata de una reunión militar sobre los reinos de Órianth, los dioses quieren incentivar las relaciones entre sus criaturas.

—¿Hasta los asquerosos brujos acudirán? —Priel arruga la nariz.

—Sí —el rey une sus brazos por detrás. Sus pasos aminoran de camino a su sillón—. Quiero que todos seamos cordiales con los otros reinos ante los dioses.

—Correcto —Drieden camina hasta su silla ajustándose la camisa por el cuello. Ni ahora es capaz de mantenerse callado—. Tienen que ver que estamos unidos. Que nosotros no somos el problema.

—Si alguien sospecha de nuestras nefastas relaciones, no podremos acabar con los brujos sin ser castigados por los dioses —su majestad toma asiento en la silla presidencial.

—¿Cuándo haremos desaparecer el reino de Néferien? —Rohan y su sorna esbozan media sonrisa.

—Cuando llegue el momento indicado —mi padre se recuesta sobre el respaldo entrelazando los dedos frente a la boca.

—Majestad. Escúcheme, se lo ruego —le miro de forma suplicante desde el otro extremo de la mesa. Aun delante del mapa—. Muchos de sus habitantes morirían. No solo brujos, también hadas.

—Las muertes en las guerras tienen un propósito, princesa, es prioridad hacer limpieza —la impasividad de mi padre asustaría a un muerto—. Sus criaturas están malditas y son peligrosas, deben ser destruidas. Deben desaparecer.

—Hay niños. Gente libre de pecado —y Azohr. Dejo caer frente a él todo el peso de la resignación.

—Mi señor —Drieden se inclina hacia delante con sonrisa altiva—. En muchos encuentros hemos discutido sobre el tema, y ambos hemos estado de acuerdo en que están ocultando su verdadera forma de ser.

—Tienen miedo —mi padre entrecierra los ojos al observar el mapa tras de mí.

—¿Miedo? —observo el mapa junto con mi padre—. ¿De qué?

—De morir antes de cumplir su cometido —el rey esboza una media sonrisa—. Nosotros siempre vamos un paso por delante.

—Y… ¿Cuál es su cometido? —pregunto por simple curiosidad.

—Ellos quieren arrebatarnos nuestro poder —asegura el rey con la mirada desorbitada.

—Padre… —dejo a un lado tanto protocolo y le imploro desde la única parte que nos une—. Jamás nadie ha sido tan poderoso como vos, nadie lo será. No es necesario que demostréis nada más.

—No la escuchéis majestad. La princesa ha debido de sufrir algún tipo de embrujo —Drieden jadea mientras se inclina hacia mi padre—. Deben de haber aprovechado su visita a Néferien.

—No proclaméis falacias —elevo la voz con rabia. Dirijo la mirada hacia él mientras contengo las ganas de saltar sobre la mesa y patearle la boca—. No le escuchéis padre, no es la mejor decisión si pensáis en vuestro reino.

—Los brujos son poderosos, ellos te manipulan con su magia para sonsacarte información —mi padre convierte su expresión en la del delirio.

—Eso no es cierto —sacudo la cabeza en una negativa profunda.

—Hurgan en la sesera para obtener recuerdos, influyen en los comportamientos y en el corazón —sus pupilas se perturban en cada palabra que dice—. Te hacen ver alucinaciones y criaturas que no existen para desprotegerte y poder matarte sin que puedas oponerte.

—Solo los de magia negra, mi señor —Evander decide aportar un poco de cordura a la situación—. Y todos están recluidos en la fortaleza de Borh.

—Los años de gobierno me han enseñado que hasta las criaturas más fieles pueden traicionarte —el rey dedica una afilada mirada hacia el cancilier antes de volverse hacia su objetivo. Yo—. Continúa, querido Drieden.

—Debemos purificar su sangre para eliminar cualquier rastro de magia oscura del cuerpo —el cancilier sonríe y disfruta de mostrar sus dientes.

—Entiendo —mi padre arruga la frente—. ¿Qué método te parece el más recomendable?

—Podríamos utilizar la purgación de sombras, alteza —propone el cancilier con tono de satisfacción.

Me niego. Y no solo porque nadie me haya lanzado ningún tipo de conjuro, sé que ocurre cuando quieren hacerte una purgación. Estoy segura de que eso es lo que quiere Drieden. He visto a otras criaturas que se han sometido a eso antes que yo, y todas se han reunido con Beliel.

—Eso no será necesario —mis pies me llevan a prisa hacia el rey.

—Debemos asegurarnos, mi señor —Drieden toma el antebrazo de mi padre con mirada desorbitada—. Uno de los brujos que le acompañaba ha demostrado su deslealtad de manera continuada a nuestro amado rey y los dioses, es un pecador.

—¿Acaso vuestras palabras pasan por vuestra sesera? —no puedo evitar alejarme del dichoso protocolo incluso si sé que eso es lo que desea.

—El teniente Bradosck no ha dudado en promulgar que solo guarda lealtad a su reina —Drieden levanta ligeramente el labio superior—. Y él fue quien os trajo de regreso a lomos de su pajarito.

—¿Y cuál es el crimen del resto del reino para matarlos a todos? —mis fosas nasales se separan por su despotismo.

—Existir —mi padre sentencia—. A veces, hay criaturas que no deberían de haber nacido, y está en nuestras manos como responsables de nuestros pueblos tomar acción.

¿Qué debería hacer ahora? Si ordeno a los halcones enviar una misiva a Néferien revelando lo que se ha tratado en la sala de asambleas el día de hoy, pueden atacarnos con intenciones de aprehender a mi padre desprevenido.

Ni siquiera tendría tiempo de refugiar a los ciudadanos mientras luchamos.

Si no la envío, en cualquier momento los brujos pueden ser atacados.

No tendrías tiempo de llevar a su pueblo a un lugar seguro para poder luchar.

—Aunque vuestras razones para hacerlo sean las más justas del mundo, las hadas perderíamos criaturas —trago saliva—. Ellos son más numerosos que nosotros.

—El rey Eliot está cumpliendo con su deber —Drieden endurece el tono de voz—. Si pensáis bien, es vuestra culpa.

—¿Mi culpa? —separo los párpados llena de asombro—. ¿Cómo podría ser yo la culpable?

—Nos obligaste a aceptar el trato del solium —inclina la barbilla hacia abajo lentamente—. Nos uniste a ellos, y han aprovechado esa unión para destruir al rey.

—No es cierto —sacudo la cabeza con firmeza para apoyar mi negativa—. Estoy segura de que el resto de reinos solo desea sobrevivir a la convergencia como nosotros.

—¿Ese pensamiento tan romántico sobre esas infames bestias se debe a la visita que hiciste a Brenshire? —su majestad hace que todas las miradas en la sala se centren a mí—. ¿O quizás fue por la vuelta sobre lomos de su animal’

—Desconozco los comportamientos de ese tal Bradosck —carraspeo en un intento de alejar su recuerdo de mi mente—. Esta sierva solo se preocupa por el bien de ambos reinos y de vuestro trono, mi señor.

—Si es como afirmas, apoyarás las decisiones que se tomen en este palacio sin oponerte a ninguna —con la sesera apoyada en el respaldo, su mirada sibilina me recorre—. De lo contrario, entenderé que estás contra el reino y contra mí, y tendré que acusarte de traición.

—Yo me debo a vos, mi señor. Sus decisiones son las mejores para nuestros pueblos y para la princesa de las hadas—me esfuerzo por sonreír—. Yo siempre respetaré vuestras decisiones.