12. El precio del deseo. #4
—Buenos días, princesa —me saluda el cancilier Evander tras incorporarse cuando llego a mi sitio.
El resto de canciliers imitan sus pasos. Una vez que toda la mesa, salvo mi padre, se encuentra en pie, me dedican una reverencia. Empiezo a estar cansada de ese gesto y no son más que las doce del mediodía.
—Buenos días —asiento sonriente hacia el cancilier Evander.
—Canciliers del reino Ravenbell —mi padre se inclina en la silla para dirigirse a todos con solemnidad—. Varios son los motivos que nos reúnen hoy aquí, pero me temo que ninguno de ellos es motivo de celebración.
—Tiempos difíciles vuelan sobre el reino en estos momentos —asiente Drieden en la silla a la derecha de mi padre.
—Esta mañana, el pueblo de Eryas se ha levantado repleto de anuncios difamando mi figura —el rey mantiene la mirada en sus canciliers.
Es tan elegante en sus posturas, que cualquiera diría que la maldad puede encorvar su alma.
—¿Majestad? —finjo un gesto de sorpresa. Mi entrecejo se llena de una ira falsa—. ¿Quién se atrevería a tal acto contra un gran señor como vos?
Mi padre estira el brazo en dirección al cancilier.
Drieden se levanta con más premura que nunca para entregarle un papel algo desgastado por los bordes.
La caligrafía es pésima, a duras penas puede distinguirse una palabra clara.
Sus ojos se mueven sobre las líneas antes de lanzar un bufido de cólera cuando me la entrega.
“Se hace saber a los habitantes del reino de Ravenbell:
El rey Eliot tomó el control de la corona.
Su majestad mantiene a la reina alejada de los asuntos de palacio y se encuentra encerrada en la torre del homenaje.
Impide que la princesa Eladriel tome cualquier responsabilidad política.
¿Sus castigos? Abusos y violencia si se atreven a contrariar sus órdenes para luchar por el pueblo.
Ya traicionó al pueblo de Néferien y Bhulkahdur.
Una guerra se hubiera producido si la humildad de la reina de los brujos y el rey de los enanos no hubiera imperado.
Nos engañó durante milenios. Hay enemigos que están dispuestos a destruir Ravenbell y no son de tierras vecinas.
No es contra ellos contra quiénes debéis rebelaros, es contra vuestro rey.”
—Ese maldito infame fementido… —Drieden forma un puño para golpear la mesa.
—El traidor debe morir —el rey apoya las manos en sobre el tablero. Se incorpora con lentitud observando a cada uno de sus secuaces—. No tenéis permitido descansar hasta que no lo hayáis atrapado.
Arrebata el papel de mis manos al llegar a mi lado. Su idea de que el autor de todo esto sea un hombre me beneficia y aleja de mí las sospechas sus sospechas, pero soy incapaz de quedarme con la duda.
—¿Qué os hace pensar que ha sido un hombre? —mantengo la mirada sobre las uniones de piedra del suelo.
—Ninguna mujer se atrevería a desafiar de esa manera a su majestad —Drieden esboza media sonrisa que eleva su labio superior—. Saben cuáles son las consecuencias de ello.
—Ni tampoco tendrían esa inteligencia, su excelencia —declara Orlo Varden, uno de sus cancilier de apoyo.
—Aunque, la letra luce como la de alguien analfabeto… —mi padre golpea el papel con desprecio—. Quizás un hombre podría haberla obligado a ello.
—Solo conozco a una mujer que podría atreverse a tal acto —Drieden posa las pupilas sobre el mapa a las espaldas de mi padre.
Si el miedo tuviera olor, su aroma sería el de mi piel. Tiemblo. Me estremezco por si al levantar el dedo acusador, es a mi madre a quién apunta. O por si es a mí a quiénes señalan como responsable. Mi respiración se detiene ante la idea de vernos morir.
—No se atrevería a tanto, mi señor —Tieran convierte su voz en un hilo de cordura—. Los brujos siempre han mostrado un gran respeto por vos en los últimos milenios.
—Nadie salvo Efaris puede atreverse —se gira el rey mientras la voz le sale como un bramido—. Es la única que tiene el poder suficiente para hacerlo. ¿No visteis como me desafió cuando acudió a palacio rodeada de ellos sin dar aviso?
—Es cierto —Drieden se pone en pie de un movimiento—. Quién está detrás de todo esto alabó su figura en los carteles, majestad, eso no puede ser una simple coincidencia. Quiere volver al pueblo contra vos.
Camina deslizándose hacia él como si fuera una de las serpientes del reino.
—Esa criatura sediciosa quiere volver al pueblo contra vos —proclama Drieden en alto como si pudiera escuchar los pensamientos de mi padre.
—Pero asegurasteis que la caligrafía era de una criatura analfabeta —me apresuro a interrumpir antes de que el rey lo escuche—. ¿Creéis que la reina de Néferien no sabrá escribir?
—Todas las mujeres son analfabetas, princesa, por muchas coronas que sostengan sobre sus pequeñas cabecitas —mi padre me dedica una mirada afilada por encima del hombro.
—¿Decís, cancilier Drieden, que se trata de una venganza contra la corona real de Ravenbell? —Priel, uno de los consejeros sobre estrategia militar, se pone en pie.
Las miradas de cada uno de los canciliers se clavan sobre la figura real de mi padre frente a la mesa.
—Esas despreciables alimañanas quieren arrebatar el trono a tu rey —Drieden se acerca a la mesa. A Priel y el resto de canciliers mientras habla.
—La noche de mañana sería perfecta para ir contra Néferien… —el rey se acaricia el mentón contemplando el mapa—. La reunión del templo de Órianth es la ocasión que esperábamos para no ser acusados de ser la corona que rompa la paz del reino.
—Mi señor, debéis pensar con claridad —Drieden voltea apresurad para acercarse a las espaldas de mi padre—. No es solo el pueblo lo que debemos destruir.
—¿Me enseñarás a pensar, rata de mazmorra? —resopla su majestad con cierta ironía—. Sus líderes estarán en el templo. Es a esos miserables de corazón negro que llaman reyes a quienes deseo eliminar en primer lugar.
¿Luchar contra Néferien? ¿Eliminar a sus líderes?
Ni siquiera entiendo en qué momento mi padre y el resto de canciliers han considerado ser el reino que levante la espada en primer lugar.
O por qué. No puedo comprender cómo puede pensar que la reina Efaris haya sido la cabeza pensante tras los carteles.
—Majestad, no os precipitéis —alzo la mirada hasta ver a mi padre arrugando el mentón por mi atrevimiento—. ¿Cómo podría la reina Efaris conocer las circunstancias íntimas del palacio?
—Utilizan magia para vigilarnos —Drieden da un paso a la derecha para colocarse delante del rey—. Puede que leyera la mente de nuestro señor con trucos desconocidos el día que visitaron Eryas de improviso.
Su majestad estira el brazo para apartar al Drieden de un zarpazo. Lo hace retroceder de una forma tan brusca, que casi consigue perder el equilibrio.
—Quiero escuchar a la princesa —el rey estira los ojos. Alza la frente para observarme con más detalle.
A riesgos de que estas palabras me condenen, no puedo permitir que Drieden desate una guerra. No pienso admitir que soy quién está detrás de todos los carteles para arrojarme a una muerte segura, pero…
—El traidor debe estar entre los muros de este palacio —mis pupilas se dirigen acusadoras hacia el cancilier—. Ha de ser alguien cercano a vos, mi señor.
—Continuad —las pupilas de mi padre viajan hasta captar al cancilier de reojo.
—El autor de esos carteles tiene conocimiento de eventos de vuestra vida que jamás podría conocer Efaris o cualquier otro gobernante —asiento con firmeza—. Detalles que solo alguien muy cercano a vos conocería.
—¿Insinúas que una criatura de mi reino se ha aliado con ella para arrebatarme el trono? —la mirada del rey se llena de juicio. Junta las cejas apresurado.
—Alguien puede estar desviando la atención a su nombre para seguir lanzando al aire sus falacias —doy un paso hacia delante convencida—. Y en ese caso, mi señor, esos carteles adornarán los pueblos de nuevo y vuestra autoridad quedará expuesta ante los súbditos.
Ojalá estas palabras sirvan para sembrar la semilla de la desconfianza entre mi padre y el pútrido del cancilier Drieden. Quizás el rey no estaría tan desquiciado si no contase con su compañía.
El silencio se produce en la sala. Cada uno de los canciliers es sometido a la pupila analítica y aterradora del rey.
Se desentrañan unos a otros con desconfianza.
Parece que todos sospechan de su compañero y buscan revelar el nombre del culpable solo para expiar sus pecados.
Me madre apenas ha intervenido. Ella solo ha cambiado de posición de forma leve antes de fundir su mirada con el suelo. Parece un adorno más en esta sala.
—Podríais haber sido vos, mi princesa —Drieden sonríe de lado. Lleva la mano a su pecho para reverenciarme.
Pensé que haber omitido su nombre a pesar de mis sospechas sería suficiente para evitar este tipo de confrontaciones.
Ahora, toda criatura de la sala se aparta de mi campo de visión y lo convierten a él en el objetivo más fácil que capturar.
Lucho contra mi propio poder para impedir que salga.
Aunque podría echarla la culpa a la ignorancia si, por desgracia, algún rayo accidentado se me escapa en dirección a su boca.
—¿Cómo os atrevéis a acusarme de tal injuria? —dejo que mi voz salga como la de mi padre según camino hacia él—. ¿Sabéis cuál es el castigo para los que acusan de falsedades a una princesa?
El rey estira las comisuras de forma leve al ver cómo me detengo frente a su cancilier. Creo que nunca antes lo vi sonreír, y gracias a los dioses que tan solo dura un pestañeo. Me deja espacio.
—¿Por qué os ponéis tan nerviosa? —Drieden mantiene la sonrisa. Estira las manos para guardar las distancias—. No fue sino una mera insinuación tan inocente como vuestra intachable lealtad.
—Una sugerencia llena de mala intención —me inclino para reducir la distancia aún más con sus ojos—. A mí no puedes engañarme.
—¡Basta ya! —brama mi padre.
Envuelve mi brazo para zarandearme hacia atrás y alejarme así de él.
—Cancilier Drieden —su majestad ladea el cuello apresurado—. Anoche la princesa no se encontraba en este palacio.
—Pero, mi querido sire… —la voz del cancilier se entrecorta—, podría haberse aliado con la reina en secreto y…
El rey le lanza una mirada cargada de ira. Su pecho sube y baja.