12. El precio del deseo. #3
—Debéis disculparme —el odio chisporrotea en mi mirada cuando inclino la cabeza a un lado. Aprieto los puños para que mi ira se vaya ahí—. Mis andanzas en la oscuridad de la ciudadela poco tienen que ver con el placer.
—Veo intenciones ocultas detrás de vuestras salidas, aunque aún no he descubierto cuáles —los ojos del cancilier se entrecierran. Su sonrisa se mantiene intacta.
Me embriago de su asqueroso aroma a vino cuando su aliento impacta de golpe contra mi olfato después de haberme atrevido a romper la distancia con ellos.
Espero que mi padre o Rohan intervengan.
Deberían hacerlo. Pero ellos solo se mantienen en silencio, expectantes ante las ofensas del cancilier y la aguda conversación.
Poco les importa que sus afirmaciones humillen mi dignidad, menos aún se preocupan por mi honor.
Por eso deben comprender que no tengo más remedio que dejar el protocolo a un lado y dedicarle un improperio que le devuelva a la recuerde a quién le habla.
—Quizás, si fuese la hija de un simple cancilier como vos, no me vería obligada a marchar en busca de tantas aventuras —mi mirada se llena de soberbia y subversión según elevo el mentón.
—No es la primera vez que intentáis provocarme —Drieden arruga su labio inferior. Muestra una sonrisa donde yo solo veo desprecio.
—Entonces espero que vos no os atreváis a hacerlo nunca más —aparto la mirada para evitar ver durante más tiempo su desagradable expresión—. Porque no dudaré en devolveros el desprecio.
—Ruego a su alteza que acepte mi más humilde disculpa —el cancilier hinca una rodilla en espera de que le entregue mi mano.
Inclino la cabeza para contemplar su gesto con intenciones de rechazar su petición. Me aclaro la garganta cuando la mirada de mi padre se vuelve cortante.
—Yo solo me limitaba a aconsejaros que las princesas desprotegidas fuera de su reino corren peligro —admite Drieden cuando finalmente le entrego la mano y puede besarme el dorso.
—Explícate mejor, cancilier Drieden —mi padre interviene en la conversación arqueando las cejas.
—Oh, mi amado sire —el cancilier se incorpora con trabajo. Se gira con complacencia ante el rey—. Era una simple observación para que la princesa estuviese atenta.
—Si me disculpáis, mi señor… —Rohan se inclina hacia delante con cautela—, que el cancilier Drieden se refiere a que fuera de Ravenbell se encuentran las criaturas más despreciables.
—No negaremos el hecho de que tenéis razón —el rey levanta la cabeza convencido de sus propios pensamientos—. Pero no olvidéis que la princesa viaja al reino elfo. Aelfraed prometió su protección y sé que ese viejo elfo nunca se atrevería a traicionarme.
—Vuestra sabiduría es digna de admirar en cualquier ámbito —sostiene Drieden con aparente veneración a su rey.
—Es menester que actuemos sin más dilación, señores de juicio —Rohan redirige la conversación hacia un lugar que me produce calma al fin—. Princesa Eladriel —me dedica una reverencia.
El rey posa su mirada feroz sobre mí en espera de que termine de reverenciarle. Tras inclinarme ante todos, el brazo de mi padre aparta a Rohan para abrirse paso hacia la sala de asambleas.
El cancilier Mémberin, sin embargo, se mantiene clavado en el sitio como si hubiera echado raíces.
No toma el ejemplo de Rohan. Se asegura de que mi padre ha desaparecido antes de cambiar la expresión de su cara.
Los guardias apenas están pendientes de lo que sucede, pero de igual forma les echa una mirada filosa.
Imagino que sabe con suma certeza que le tienen miedo y que no actuarían sin ser llamados.
Que puede sumirse al placer de despreciarme sin que nadie pueda oponerse.
Despliega todo su asco en esa nariz arrugada que olfatea a mi alrededor como si fuera uno de los lobos que entrena su hijo.
—Os aconsejo que no echéis en saco roto las consideraciones de su majestad —espeta Drieden en un tono que podría cortar la piel—. Puedo aseguraros que mi razón aventaja a la sabiduría de quién os dio vida.
—Me apena, pero ambos sabemos que eso no os deja en buen lugar —mis labios se aprietan con burla. Me permito observarle ahora con el desprecio que ambos nos vemos obligados a ocultar—. No es mayor la inteligencia del rey, que la de una humilde nuez.
—Su majestad me despreció delante de los altos cargos por vuestra culpa —se acerca de forma brusca, con intenciones de causarme temor—. Os saldrá caro.
Intento no sacudirme ni dejar de observar cómo se aleja a pesar de que mis fosas nasales se separan.
Aprieto en su lugar la mandíbula. Tanto, que mis dientes rechinan para ponerle sonido al desprecio que siento.
Nunca confié en sus palabras. Ni cuando aún me dedicaba a trepar las estatuas del jardín para lanzarme y practicar el vuelo.
Desde que su relación con mi padre se ha ido afianzando, mi madre cada vez está más alejada de la corona, y él cada vez más cerca.
Mi cuerpo vibra al sentir una presencia a la espalda que me hace girar.
Twig ha llegado tan silencioso y respetuoso como siempre.
Me lanzo a sus brazos. Incluso si este abrazo capta la atención de los guardias que custodian la puerta de la entrada.
Es curioso. Ellos son cómplices mudos del sufrimiento, pero estarían dispuestos a matar a sangre fría a la más cálida de las emociones.
Anhelaba tanto saber que se encontraba vivo, que no pienso reprimir la felicidad de mi alma al ver que aún puede respirar.
—Princesa Eladriel —Twig sonríe ampliamente después de que me haya alejado. Entrelaza las manos frente a su pecho—. ¿Qué tal fue vuestra visita a la ciudadela?
—Eso no es importante ahora —contengo el tono para otorgar intimidad a nuestra conversación—. ¿Te ocupaste de fijar los edictos por Eryas?
—Uno de los recolectores apareció en palacio con uno de ellos como prueba —afirma Twig con la frente elevada.
—Reúnete conmigo cuando la asamblea termine —musito.
Doy un paso que Twig frustra al sujetarme el brazo.
—¿La han convocado? —Twig no puede ocultar su desconcierto.
—Así es —aprieto los labios por un segundo ante su semblante.
—Puede que sospeche que vos sois la autora de los carteles, princesa —Twig traga saliva. Su mirada se ensombrece.
—El cancilier sospecha de mis salidas a la ciudadela, sabe que anoche no estuve aquí —niego.
—¿Cree que sabe de sus encuentros con el teniente? —Twig abre los ojos tanto, que el resto de sus facciones desaparecen.
—Creo que trata de hallar un modo de librarse de mí —declaro convencida de mis ideas y su reciente discurso.
—¿Qué haréis entonces, princesa Eladriel? —me pregunta Twig compungido.
—Solo me resta abrazar mi destino y aceptarlo como adversario —no añado nada más—. La suerte así lo dispone.
—Luchemos contra él, pues —Twig saca la llave de uno de los bolsillos de su librea—. ¿Qué debo de hacer ahora?
—Guarda la llave en el reloj —cierro su mano tras enviar una mirada a los guardias por encima del hombro. Le entrego la bolsa—. Avisa a Lugh, Maren y Lynn de lo que sucede. Adviérteles de que es posible que nuestra reunión deba ser cancelada de vuelta.
—A sus órdenes, mi princesa Eladriel —Twig me dedica una reverencia.
Se aleja con premura.
—Twig —enuncio para detenerlo por un instante—. No abras la bolsa.
Los guardias embisten sus lanzas contra el suelo cuando accedo al interior.
Tomo apresurada el primer pasillo a la izquierda que nace de la galería principal.
Cómo disfrutaba de esta parte del palacio…
Ahora camino cerca de la sala donde la profesora Clarimond me impartía protocolo con una sensación de remordimiento entre los dientes.
Al menos, todavía puedo escuchar las teclas del piano.
Recorro las pocas decoraciones hacia el final, por la zona del cuarto de los guardias.
Mi padre pensó que unas simples antorchas eran suficientes para aportar gracia al espacio.
Es claro que nadie podría sospechar que un ala tan escueta en cuanto a engalanamiento, pudiese albergar en el fondo algo tan importante como el despacho privado de su majestad, o la cámara de asambleas.
Hasta decidió construir los cuartos privados que otorgó a sus cancilier en este ala.
Ojalá la presencia de guardias en este lugar fuese suficiente para la protección de todos lo que entran aquí.
Sé que utilizan estos aposentos para reunirse con sus esclavas sexuales.
Algunas eran criadas, pero demasiado hermosas para perderse entre ropas de servicio y lavandería.
Otras fueron reclutadas a palacio. Muchas son hijas de los criados que convivían con nosotros y paseaban inocentes por los patios.
Pero sus favoritas son las que ellos llaman malas, las mujeres que se revelan.
Supongo que su castigo va más hallá de la pérdida de la esencia, están ahí para que no olviden quiénes tienen el poder en este mundo.
Al llegar, Cedric, que está encargado de custodiar la puerta, me dedica una reverencia mientras abre. Contemplo el interior por un momento, cuando la sensación de inquietud comienza a sobrecogerme.
—Mi señor —entrelazo los dedos a la altura del abdomen para inclinarme ante mi padre—. Solicito permiso para poder unirme a la asamblea.
—Adelante —el rey señala el lado izquierdo de su sillón como el lugar en el que debo colocarme.
Avanzo reprimiendo la angustia. El escalofrío que me recorre al sentir el aire frío del lago que atraviesa las columnas que hacen de pared en un lateral de la sala.
He visto que algunos canciliers observan pensativos el mapa frente a mi padre cuando se ha transformado en el reino de Néferien.
El ambiente parece calmo. Me asusta. Todos lucen bastante tranquilos en sus asientos como si se tratase de una reunión cualquiera y yo fuese tan ingenua como ellos piensan.
Tan estúpida como para ignorar que, si me han convocado, es porque soy parte de lo que aquí se determine.
Veo que mi madre también ha asistido. Está justo donde siempre, al lado de mi padre.
Su fiel capucha cubre la mayor parte de su cuerpo en esta ocasión, incluso su cara se aprecia como una sombra negra entre las telas.
Permanece en su atesorado silencio, nunca deja de estar devota del rey y su tiranía.
Ni siquiera le pertenece una de las lujosas sillas ni un espacio en la mesa en el que tomar decisiones.